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El cómic exhibe la fractura total de una sociedad de EE.UU. irreconciliable

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El cómic exhibe la fractura total de una sociedad de EE.UU. irreconciliable

El cómic exhibe la fractura total de una sociedad de EE.UU. irreconciliable

La polarización que se está viviendo estos días en la campaña para la presidencia de EEUU refleja la gran brecha ideológica de la sociedad de la primera potencia del planeta, una fractura que crece, irreconciliable, y que el cómic ha sabido plasmar en obras como "Paletos cabrones" o "Stuck rubber baby".

La acción de estas dos obras gráficas se sitúa en el sur de EE.UU.; la primera, del tándem formado por Jason Aaron y Jason Latour, transcurre en la actualidad, mientras que la obra de Howard Cruse, creador del conocido Wendel, se centra en sus recuerdos de juventud de los años sesenta, cuando la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra estaba en pleno auge, ante una gran parte de la América blanca que miraba hacia otro lado.

"Stuck rubber baby", que se publicó en 1995 (en plena era Clinton, tras doce años del neoliberalismo republicano en la Casa Blanca), llega ahora traducida por Astiberri con el aclarador subtítulo de "Mundos diferentes", porque eso es lo que era la sociedad estadounidense durante la presidencia de John F. Kennedy, cuando blancos y negros vivían en ecosistemas estancos.

Aunque es una novela de ficción histórica, "Stuck rubber baby" tiene mucho de autobiográfica, ya que el personaje principal, Toland Polk, al igual que el propio Cruse, aborda los miedos de un joven de familia acomodada que, al darse cuenta de que es gay, decide poner todos sus esfuerzos en llevar una vida lo más heterosexual posible, aunque la cabra acabe tirando finalmente al monte.

Toland se echa una novia a la que quiere amar, una cantante folk que no sólo intuye sus inclinaciones sexuales sino que le abre las puertas de los grupos que combaten por los derechos de los afroamericanos: una encrucijada vital que obliga a este pusilánime a asumir su propia condición y sumarse, casi por inercia, al combate social que se estaba viviendo en las calles de las ciudades sureñas.

La persecución, el racismo o la brutalidad policial que sufrían los ciudadanos negros -y también las primeras agrupaciones de homosexuales-, en aquellos (supuestos) felices sesenta, resulta estremecedora no sólo porque esas tropelías ocurrieran hace tan sólo unas décadas, sino porque las viñetas de Cruse continúan siendo de plena actualidad en un país de gatillo fácil.

Por su parte, "Paletos cabrones", que llega en entregas de la mano de Planeta Cómic -avalada por el premio Eisner a la mejor serie- convierte la violencia cotidiana en un pueblo imaginario de Alabama en la columna vertebral de una historia brutal, donde impera la ley del más fuerte, y en el que las armas, lo mismo da pistolas, navajas, bates que puños americanos, son los signos de puntuación de una obra que deja sin aliento.

Jason Aaron procede de ese territorio conocido como el Cinturón de la Biblia, poblado de "rednecks" (paletos orgullosos de serlo ante los progresistas urbanos), ciudadanos blancos de talante muy conservador que viven resentidos con un mundo que a su juicio quiere cambiar demasiado deprisa y cuyas existencias parecen seguir la guía del "ojo por ojo" del Antiguo Testamento, más que el "poner la otra mejilla" de las nuevas escrituras.

Aunque estamos en el siglo XXI y supuestamente en el primer mundo, los personajes de Aaron, que se mueven por los asfixiantes ambientes creados por los dibujos del también sureño Latour (con trabajos para "Scalped" o "Django Desencadenado") se rigen por unos códigos de pura furia e instinto animal, sin espacio para la razón.

Aaron, nieto de un predicador minero -y autor de guiones para "Star wars", "Lobezno" o la también primitiva "Scalped"-, narra el regreso de un hombre a su pueblo natal, que no pisa desde hace 40 años, para encontrarse que allí las cosas siguen igual que siempre.

"Váyase a su casa donde quiera que esté. Déjenos a la gente sencilla de campo manejar nuestros propios asuntos. Nos las arreglamos bien, como siempre hemos hecho", le dice uno de los violentos personajes al recién llegado.

Un espacio detenido, atemporal, decadente, en el que el fútbol americano es ahora la única religión de ceremonia diaria, y el alcohol y la carne roja de barbacoa, piezas básicas de la liturgia de los habitantes de esta tribu llena de entrenadores y jugadores testosterónicos.

"Paletos cabrones" te hace sentir el sabor de la sangre y la saliva en las encías, el olor del miedo del débil que debe mantenerse callado, el sonido de los cuerpos golpeados por una violencia arrebatadora, sin sentido, injustificada, pero convertida en la gramática social que todos aceptan sin chistar porque la justicia oficial representada por la estrella del sheriff hace tiempo que dejó de brillar.

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