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Cultura & tecnología

ENTREVISTA | Rubén Lardín

"Las redes sociales son el mejor ingenio con que podía soñar cualquier totalitarismo"

En La hora atómica, Rubén Lardín reúne textos sin orden ni concierto que, vistos en conjunto, ofrecen una visión de la actualidad única y sin complejos

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Rubén Lardín. Foto: Irene Schulz.

Rubén Lardín ha sido traductor, guionista, articulista, seleccionador en festivales de cine, editor literario, crítico de arte y de cine -habría que discernir si son lo mismo-, y  colaborador habitual en eldiario.es entre otros medios españoles. Todo sin dejar de ser escritor. Es decir que todo aquello que hace o ha hecho este autor nacido en Barcelona siempre, de manera irremediablemente, tiene su raíz en lo que Galeano decía que no era más que cazar palabras.

A día de hoy ha publicado ensayos como Las diez caras del miedo, Fuego en el cuerpo Sam Peckimpah: Hermano perro o El resplandor, en torno al séptimo arte y sus más oscuras derivas. También ha probado con dietarios y memorias sentimentales como Imbécil y desnudoo Corazón Conejo. Ahora acaba de publicar La hora atómica con la editorial Fulgencio Pimentel. Como estos dos últimos, este también lo escribe en primera persona y el resultado resulta en gran medida indecible.

Se trata de un libro cuyo apelativo más definitorio es ese mismo: ‘libro’. No es una novela, ni un ensayo, ni un diario, ni un libro de recetas. Es un conjunto de hojas de papel encuadernadas que bien vendrían a ser una colección de pensamientos fugaces. En ellas nos habla de una ciudad que le parece ajena pero entiende como suya. De unas inclinaciones que aborrece y en las que no puede dejar de foguearse. De una generación joven que no entiende y una coetánea que tampoco. Ahí se encuentra La hora atómica, en mitad de la nada y sin parecerse a nada.

¿Cómo nace La hora atómica y qué representa en este momento de su carrera?

Lo que llamas mi carrera no sé qué es, nunca me he planteado nada en esos términos y me avergonzaría hacerlo. La hora atómica se escribió muy deprisa pero muy despacio. En un lapso de varios años pero con un formato de entregas semanales de escritura relámpago. Ahora reunidas han tomado una forma extraña, de diario o algo parecido. El libro es una primera persona constante y sonante, un tío que no puede estarse quieto en su cabeza y corre en pelotas de arriba abajo, una cosa un poco lamentable. Yo no sé entenderlo porque estoy en él de una manera tan elocuente que me repele, me da la corriente, pero mi editor es un gran lector y quiero creer que el libro funciona, que tiene alguna entidad.

Dice en La hora atómica que la soberbia de su generación es creerse formada de libros y cine. Que a cambio hemos regalado nuestra juventud. ¿Qué perdió por ser periodista (cultural o como se quiera llamar)?

Es la edad, sí, la cuarta década. En cuanto cumplimos 40, las personas nos creemos formadas y ahí detenemos el aprendizaje, lo tengo comprobado, ocurre incluso antes, a los treinta y tantos, aunque lo único que pasa es que empezamos a estar cansados, el entusiasmo y la curiosidad se atrofian y además nos encontramos metidos de lleno en la penosa trampa del trabajo.

El periodismo cultural no existe en este país fuera de los fanzines y de algunas revistas muy especializadas. Otra cosa es lo que hacemos en prensa, que es vocear, bailarle el agua a la industria del entretenimiento y dar la brasa con los temas de siempre, que si los Oscar, que si el centenario de no sé qué, que si el trailer de una peli o ahora el Día del Libro. Con suerte, un día conseguimos expresar sinceramente nuestro entusiasmo sobre una lectura extraña que nos ha conmovido, pero en general no hay sitio, es difícil y no interesa porque no mueve nada en términos económicos.

¿Cree que la generación de los dosmil está regalando su juventud a Internet?

Bueno, yo me encerraba en mi habitación y escuchaba discos en bucle. Al margen de las costumbres de cada tiempo, estoy convencido de que todas las generaciones son iguales, todas las adolescencias son la misma y todos los adultos van a tener las mismas cosas de qué lamentarse. Sí que observo algunas conductas que en mi quinta eran menos frecuentes, dejes de ambición que me sorprenden porque nosotros éramos más torpes. Supongo que las nuevas generaciones vienen con el gen del publicista integrado de serie, pero por lo demás son réplicas exactas y conmovedoras del mismo animalito.

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Portada de 'La hora atómica'. Fulgencio Pimentel.

También cuenta que está cansado de leer a colegas que escriben muy seriamente. ¿Se puede hacer buen periodismo sin acarrear la seriedad como una losa?

Esto va a quedar fatal, pero para mí el periodismo no es más que ruido y propaganda. Espectáculo en el peor de los casos. Al menos así lo he visto siempre y así se me certifica todas las mañanas. El periodismo es otro cómplice del sistema que además tiene la manía de atribuirse cualidades paliativas o sanadoras porque una vez tal vez salvó un perro. Yo no creo en el periodismo, me parece una mentira enorme, empezando por esa presunta ausencia de estilo de que hace gala la escritura informativa, un recurso persuasivo que comporta la mayor falacia de este oficio.

A lo largo de La hora atómica hace reiterados elogios al hecho de perder el tiempo. ¿Se nos ha olvidado como perder el tiempo?

Eso será postureo, en realidad soy bastante inquieto y no sería capaz de hacer un elogio abierto y encendido de la pereza, pero sí percibo todos los días las artimañas del mundo del trabajo para tratar de anularme y arrastrarme al infierno de los emprendedores, de los chalados del trabajo, de toda es gente loca de la cabeza.

¿Ve esto relacionado con el hecho de vivir constantemente conectados? O con otras palabras, ¿deberíamos volver a aprender a aburrirnos?

Para mí Internet ya es sinónimo de aburrimiento, de no hacer nada o no tener nada mejor que hacer. Yo no lo llevo encima, pero es cierto que se ha convertido en una bola de presidiario, lo veo en la calle, y supongo que para pasear al pairo es un handicap.

Hace años, cuando estabas con alguien que miraba repetidamente el reloj, te sentías incómodo. ¿Ahora cómo hay que sentirse? No creo que haya que volver a ningún estadio anterior, tampoco sería posible, pero sí me gustaría acelerar algunos procesos para comprobar qué conductas se perpetúan y qué otras desaparecen. De momento estamos tolerando a gente con el teléfono encima de la mesa, que ya me está pareciendo mucho tolerar.

Habla también del esperpento que le rodea cuando habla de temas como la política o las generaciones venideras. ¿Cree que este esperpento nos ha llevado a ser lo que somos: un país que, como diría Valle-Inclán, está como la vida, para mal comer?

El esperpento es nuestro Black Mirror, y además con mucho más arte. Ni ciencia ficción distópica ni nada, el esperpento es lo único que nos explica de manera diáfana. Valle-Inclán, claro, pero también Berlanga. Ningún sociólogo ha entendido España de manera tan precisa, absoluta y sintética como ellos. El problema es el relevo, que no existe. Ahora mismo estamos solos, nadie ilumina con su candil. Aunque, tal vez baste asomarse a los comentarios de cualquier periódico digital para entenderlo todo...

El libro, además, está cargado de paisajes sexuales y abiertamente eróticos. Se diría que es el tema más recurrente de La hora atómica. ¿Por qué es así?

Ayer un amigo me envió un mensaje diciendo que el libro le había puesto cachondo. Yo no había contemplado ni remotamente esa posibilidad y hasta me dio un poco de reparo, pero también me alegró mucho. Si resulta que La hora atómica tiene alguna cualidad erótica empiezo a sentirme más que satisfecho por este libro.

El erotismo me gusta más allá de la pornografía gimnástica. Me gusta como celebración de la vida, como cura de humildad si partimos de que la sexualidad es una tiranía y como lugar franco para la blasfemia, como lo era el humor antiguamente. La literatura erótica, que nada tiene que ver  con las sombras de Grey ni con esas bobadas románticas, es un género capaz de una hondura filosófica que cuesta encontrar en otros ámbitos, tal vez por eso hoy no se practica, porque no es fácil.

Sobrevuela la idea en el libro de la tauromaquia como arte con poesía. ¿Cómo explicaría esto? A mí, por ejemplo, me parece repulsivo.

Te entiendo. Yo me interesé por los toros cuando en Cataluña impulsaron la prohibición, es lo que tiene funcionar a la contra. Antes, para mí, un torero bueno era un torero muerto. De siempre, no había otra, estaba instalado en esa idea como un fanático. Empecé a valorar lo de asistir a una corrida cuando se empezó a hablar de prohibición, cuando gente próxima con la que compartía ideas supuestamente progresistas y tolerantes se empezó a mostrar a favor de que se prohibiera algo, creo que eso fue para mí lo alarmante. Ahora ya me he acostumbrado, ahora es constante.

El caso es que fui un día a la plaza y aquello me atravesó el espíritu. Por ensalmo entendí toda la literatura al respecto y de hecho procedí a leerla. No hay más. Soy taurino, sí. Tampoco quiero extenderme ni convencer a nadie, sé que estamos en territorio hostil y reconozco que me abochornan muchas de las cosas que rodean los toros, la primera de todas la banderita apestosa.

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Rubén Lardín y Jesús Palacios, también escritor y crítico, en la presentación del libro colectivo '¡Sigue rodando!'. Foto: FICX.

Hay escritos en los que parece que en lugar de escribir, su prosa tiende más a dibujar ideas (que no escenas). ¿Está de acuerdo? Me refiero a frases como "como yo aquí dejando estas nubes de pensamiento sin personita debajo".

Supongo que a veces se generan imágenes, pero también me gusta lo sensorial, toquetear al lector, darle una sinestesia o un correveidile. Lo único que puedo decir en mi defensa es que con el estilo no puedes mentir, el estilo te va a delatar todo el rato.

¿Esta obra es entonces eso, nubes de pensamiento que intentas aclarar?

Es una historia de valentía y superación. Un libro que habla de oportunidades, que te enseña a convivir con la enfermedad e incluso a dar gracias por ella, ¡por todas las enfermedades! No, en serio, no tengo ni idea de cómo vender este libro, tal vez sea un engendro. Si es así, me gustaría que llegase a ofender a alguien. A alguien muy feo y muy bajito, a ser posible.

Persiste en el libro la idea de Internet como algo ajeno a usted. ¿Cree que Internet se ha convertido más en una herramienta de control que en otra cosa? Al fin y al cabo alguien es el dueño de Facebook. 

De sumisión más que de control, ¿no? Internet lo veo como una ilusión colectiva, toda esa gente ahí metida hablando de cosas que no han ocurrido, que no han tenido lugar, de hechos cuya única consecuencia es que ellos están hablando de ello.

Internet como tal solo se ha demostrado útil e interesado en una cosa: vender más. Más de todo, lo mismo una guerra santa que unos recambios, un gorrito, lo que sea que no necesites. Las redes sociales son ya una liga superior, el mejor ingenio con que podía soñar cualquier totalitarismo.

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Rubén Lardín en un rodaje de un cortometraje de Pere Koniec.

Si lo lees de una sentada, es como un tratado de la vida urbanita. ¿Es una contestación a la moda por la literatura del buen salvaje? ¿Es un antiWalden?

A mí lo único que no me parece lógico es vivir sentado y ni siquiera ser relojero.

En este sentido Barcelona parece un personaje más. ¿Qué significa esta ciudad para usted?

Me gusta mucho Barcelona. En realidad me gustan muchas ciudades pero esta es a la única que quiero. No sé si es mi ciudad pero sí creo que le pertenezco. Nací aquí, en la Gran Vía, en la Casa de la Lactancia, que ahora es un asilo de ancianos. La madre que los parió, todo son señales. Maldita ciudad, malditos viejos, malditos niños y malditos seamos todos.

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