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El Gran Hotel Blankeria, un cuento de navidad

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“Cuatro empresas hoteleras ofrecen entre 4,5 y 5 millones por la sede del PSPV”

Desde el primer día supe que aquel no era un hotel como los demás. Más de veinte años como recepcionista de los más selectos establecimientos del planeta me habían convencido de que cada edificio tiene una personalidad propia que no sucumbe ni ante el más agresivo de los proyectos de interiorismo. Una suerte de espíritu que sobrevive a los propósitos de los propietarios del hotel, e incluso a la tozudez del arquitecto al que se encargó la última remodelación del inmueble.

Acudí a Valencia, una ciudad que apenas conocía de pasada, reclamado por Dimitri Kalamitov, patriarca de una de las familias más influyentes de la industria hotelera internacional y propietario de algunos de los mejores hopedajes de lujo del planeta. Me reclutó con la promesa de un generoso salario y el control absoluto del turno de noche del que estaba llamado a ser el destino más exclusivo del Mediterráneo occidental: El fabuloso Hotel Blankeria.

Pese a que para su inauguración contó con la presencia de algunas de las más rutilantes estrellas del cine y el deporte del momento, la billetera de los poderosos Kalamitov no pudo evitar que aquel proyecto estuviera marcado por la tragedia desde el primer instante. Con solo veinticuatro horas en funcionamiento, el hotel Blankeria saltó a las páginas de la prensa internacional, pero en la sección de sucesos. El afamado actor Richard Guele moría atropellado por el concejal de movilidad del ayuntamiento de Valencia, Fabiolo Gionone, que había acudido al acto con su bicicleta eléctrica. Un extraño cortocircuito aceleró su marcha en el mismo instante en que el legendario protagonista de “Oficial y Budista” salía corriendo a la calle al encuentro de su amiga del alma, Mónica Oltra. El alcalde Ribó decretó dos días de luto y en el hotel se inauguró una suite con el nombre del actor que Porcelanosa alicató hasta el techo con sus azulejos más exclusivos en honor a quien fuera, durante años, la imagen internacional de su marca.

No habían pasado ni dos semanas cuando empezaron a manifestarse los primeros fenómenos sobrenaturales. El primero fue precisamente en mi turno. De repente, todos los televisores del hotel se apagaron al mismo tiempo. Tras unos breves instantes de niebla aparecía la imagen de una extraña emisión del año 1989. En ella, un joven presidente, barbudo y circunspecto, daba la bienvenida a la audiencia a un canal desaparecido a mediados de la segunda década del siglo. El episodio era más desconcertante si se tenía en cuenta que en el año 2025 cerró la última emisora de televisión del país que emitía por TDT y en el hotel solo se visionaba el catálogo de las plataformas Netflix y Zaplazaping.

Con todo, el peor de aquellos misteriosos episodios paranormales sucedió una semana antes de nuestra primera Semana Santa. Varios huéspedes de diversa nacionalidad y credo afirmaron haber oído voces discutiendo a gritos por el pasillo de la planta tercera a partir de la media noche. Ante lo reiterado de las quejas, la dirección decidió apostar junto al ascensor a uno de nuestros guardias jurados más aguerridos: Bernabé. Berni para los amigos. Efectivamente, y confirmando el relato de la clientela, al filo de la media noche una extraña humareda con un fuerte olor a incienso invadió toda la planta, y de entre aquella extraña bruma aparecieron discutiendo acaloradamente dos espectros fantasmales que nuestro fornido guardia reconoció al instante, pues era el único empleado del hotel que había trabajado para los anteriores propietarios del edificio, y cuya identidad desveló en su detallado y último informe. Bernabé falleció pocos días después en extrañas circunstancias. Su cadáver apareció en su viejo apartamento de la calle Albacete rodeado de cajas vacías de puros montecristo. Pero antes de fallecer el viejo Berni identificó en su escrito, y sin ningún lugar dudas, a aquellos dos espectros como los fantasmas de un antiguo candidato a la Generalitat y el que fuera por aquel entonces secretario de organización federal. Al parecer su desacuerdo versaba sobre la confección de la lista por la circunscripción de Alicante. Lo más extraño era que, si bien el candidato en cuestión había fallecido algunos años atrás, el que fue identificado por el viejo segurata como responsable de organización del partido todavía estaba vivo y cotinuaba ocupando su escaño como diputado, siendo el único miembro de una cámara legislativa europea de más de noventa años.

No pasó un mes en que no amaneciera el hotel con el relato de alguna nueva aparición o suceso. Un día de verano, que ahora no consigo recordar, los ascensores inexplicablemente subían a todos nuestros huéspedes a la cuarta planta, donde un señor con bigote, al que nadie jamás pudo identificar, les pedía que avalaran su candidatura a primarias. En otra ocasión, un pequeño séquito de millonarios japoneses dejaron una generosa e inexplicable propina en recepción. Afirmaron, presos de un inusitado entusiasmo, haber sido recibidos en el aparcamiento del edificio por una alegre banda de música en cuyo estandarte rezaba “Unió Musical Socialista”. Por lo visto, en lo que los alegres huéspedes tardaron en aparcar y bajar sus maletas, la espectral agrupación musical interpretó un par de marchas moras y una versión charanga de la internacional. Cuando el personal bajó las escaleras para aclarar lo sucedido solo encontró una vieja batuta bajo la rueda del monovolumen de lujo con el que llegó la comitiva asiática.

Universidades de todo el mundo se interesaron por los inexplicables fenómenos acahecidos en nuestro hotel. Una delegación de la Instituto Técnologico de Massachusetts llegó a coincidir con el que probablemente fue el último y el más espectacular de los episodios y el que decidió a los Kalamitov a la clausura del hermoso establecimiento. Varios huéspedes de la suite, construida ahora sobre lo que antaño fuera el despacho del Director de Comunicación del PSPV, apenas unos minutos después de haber conciliado el sueño se despertaban inexplicablemente en otro edificio y en otra habitación situada a kilómetros de distancia: el despacho del director del Periódico “El Ocaso” . Al parecer, y sin que a día de hoy haya podido aclarase el origen ni el mecanismo que operaba en tan sorprendente fenómeno, desde la suite 404 se abría de manera aleatoria un túnel espacio temporal que habría provocado los primeros casos de humanos teletransportados acreditados por la ciencia.

Preocupados por el coste reputacional que la deriva esotérica del establecimiento podría ocasionar a su exclusiva red de hoteles, los Kalamitov decidieron en el invierno del 2019 clausurar definitivamente el negocio. Nos obligaron a firmar larguísimos contratos y cláusulas de confidencialidad y nos reubicaron por su extensa red de hoteles asegurándose que ningún antiguo empleado del Blankeria pudiera contar su historia. 

Hoy, visito de nuevo Valencia para cumplir con el compromiso que un día adquirí con la más amable de los entes espectrales con los que llegué a alternar en mi intensa experiencia valenciana. No sé para que los querrá, pero le prometí que ninguna noche de San José mientras yo estuviera vivo le faltaría un puñado de petardos y una caja de cerillas junto a la puerta de la 410. Hoy una habitación vacía y antes el despacho de un tal Jorge Alarte. Cosas de fantasmas.

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