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Yo también soy Pedro

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Soy un puto militante de base de un partido con más desperfectos que una casa antigua y más destartalado que un cobertizo descuidado desde hace más de un siglo. La inercia me ha traído hasta aquí. Ocurre que me resisto a abandonar a los que han sido mis colegas de siglas durante tanto tiempo. La fidelidad es tan religiosa como la de un creyente cuando escucha un sermón dominical que habla de ayudar al prójimo; la lealtad es tan firme como la que exhibe el aficionado de un club de fútbol; o el hábito del cariño está tan arraigado como el de las veteranas parejas supervivientes a los tsunamis sentimentales. Soy socialista, del PSPV de toda la vida, lo confieso.

Llamarme Pedro, a secas, es mi nombre de pila. Aún poseo el carnet de afiliado, aunque ahora no haga alarde de ello; mi mujer duda de sí todavía pago las cuotas. Soy un militante en situación de reposo, hibernando. Sin embargo, todavía conservo mis principios y por ello quiero decir alto y claro que me caen como el culo señores como el madrileño Carmona, que se muestra ufano y altanero en la televisión. Estoy hasta los huevos de señores como el ex-portavoz parlamentario del Congreso de los Diputados, Rafa Hernando, todo un espíritu de contradicción. También me asquea un tal Corcuera, exministro, uno de los políticos botarates de los que echaba mano el dios padre Felipe González. Ese pajarraco, de la misma quinta que otros de su calaña a los que ingenuamente vitoreaba en los mítines, ha dejado el partido. ¡Qué suerte! ¡Ya era hora! Ojala las recientes primarias impulsen la limpieza a fondo de los despachos, del aparato que nos oprimía y que no nos dejaba ser de izquierdas.

Nunca he tenido ningún cargo, aunque una vez fui de relleno en unas listas electorales, en la última fila, de suplente de algo. Eso sí, en mis años de militante he hecho varias campañas electorales, incluidas las últimas, que ya venían cuesta arriba. He pateado mercadillos y he visitado puerta a puerta, ¡menuda vergüenza!, casas de familias, pobres de solemnidad, en el extrarradio cercadas por polígonos industriales medio abandonados. He ensobrado papeletas y he puesto mi coche a disposición de la megafonía, de los carteles de pegar y de los bocadillos de los interventores. Llevo años en el paro y no me he hecho todavía ultra, ni culpo a la inmigración de mis desgracias. Estaba de uñas con mi propio partido, eso es todo, no estaba motivado. Muchos de mis colegas se habían pirado y se habían apuntado a clubes de senderismo o habían ingresado como voluntarios en ONG de campanillas.

Nunca lo he dicho pero hoy toca: he votado a escondidas las listas conjuntas de Compromís y Podemos, como mis hijos. Ellos no lo saben, ni nadie; antes muerto que traidor. Para joder, para fastidiar, para ver si espabilaban, aunque algunos erre que erre, como la Susanita que no ha hecho ni un miserable guiño a la izquierda en todo su pasacalle de las primarias. ¿Para qué echó mano de las viejas glorias, si la calle siente distinto a ellos? Somos exclusivamente una máquina de poder, y cada vez más pequeña.

Ahora, con el “Sanchazo”, todo ha cambiado. ¡Puaff! Igual luego nos vuelve a salir rana, pero el subidón ha sido tremendo, como si ganará mi equipo la liga. Los de abajo le han dado un sopapo a los de arriba; los soldados rasos, a los generales del partido; los pringados, a los exquisitos ex-altos cargos. Ayer mismo me llamó un amigo diciéndome que se ha apuntado al partido. Vaya con el efecto saludable de las primarias. Ya somos colegas de carnet, correligionarios. Podremos consolarnos mutuamente. Juntos iremos a las asambleas del partido en la que solo se deja ver gente mayor apalancada en las butacas. Ahora que se ve una pequeña luz al final del túnel espero que no volvamos a las andadas: “¡Pedro, no la cagues!”. Como vuelvan a cometer los mismos errores de siempre se van a acordar de mí. Como que me llamo también Pedro. Es la última oportunidad que les doy. Ni una más, me oyen.

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