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Razones por las que no te tengo respeto

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Siempre he pensado que el máximo pilar de cualquier relación humana es el respeto, que él nos lleva a amar nuestras diferencias, a pasar por alto algún que otro momento incómodo y a subestimar lo grandes que podemos llegar a ser para una persona. Gracias a él, somos capaces de creer alcanzar lo que algunos llaman felicidad y otros, sobredosis de Prozac. El respeto es eso que sólo puede convivir con la libertad. Respeto es también eso que cuesta tanto de ganar y que, de un momento a otro, viene un gilipollas y te lo quita dejándote sin libertad, sin amor, sin felicidad y con demasiadas ganas de Prozac.

Esto es justamente lo que está pasando gracias a la ardua labor del gobierno en su empresa de instauración de dictadura teocrática. Y me refiero concretamente al despropósito de ley del aborto del ministro Gallardón. Yo no voy a entrar en otra crítica más al gobierno y al ministro que no tendría nada de original. Baste decir que cualquiera con las capacidades intelectuales medianamente intactas sabe que esa ley supone una losa a los derechos humanos. Lo sé, es mucho pedir para el país en que vivimos pero creo que algunos quedamos. En realidad, quien es el destinatario de mis más que probables improperios y de mi irrespetuosa conciencia de cuidadana libre (o mejor dicho, de lo poco que queda de ella) es la masa siempre enfurecida de católicos españoles, que es quien verdaderamente está detrás del atentado contra los derechos de la mujer hecho ley.

Cualquiera que quiera psicoanalizar mis palabras, verá que tras ellas no hay ningún tipo de respeto y dirá que me convierto en hipócrita al no poner en práctica lo que con tanta efusividad predico. Y sí, llevará razón. No obstante, me alegrará dar mis aparentemente incoherentes razones para no ser respestuosa. A vosotros van dedicadas mis joviales palabras, amiguitos católicos.

No se puede ser tolerante con la intolerancia. La religión, como sistema dogmático por antonomasia, vive y se desvive por imponer un modelo homogéneo de forma de vida y, en consecuencia, no admite la diferencia, la castiga, la reprime, la presenta como el germen de todo mal. Esto, que queda tan superfluo al ser escrito, se traduce en vidas arruinadas al no encajar en ese modelo de vida en el que no encaja ni el papa de Roma, por muy progresista que se le tache. ¿Acaso alguien suficientemente empático duda de que obligar a una mujer a tener un hijo no es arruinarle la vida? Para algunas de nosotras, tener un hijo puede convertirse en un error en nuestras vidas, algo en lo que ni la religión ni tampoco la moral social debe inmiscuirse. Es nuestra vida y punto, no debemos explicaciones a nadie, y menos a un genio con superpoderes que quiere que nazcan niños y luego los abandona en el sufrimiento y la muerte. Curiosa ironía, por cierto.

Nosotras, las que queremos disfrutar de nuestra libertad, no decimos a las otras, sumisas de unas creencias que nunca han sido fruto de su propio raciocinio, que no tengan hijos. Entendemos que depositan su felicidad en el hecho de ser madres y eso es perfectamente normal. Que cada cuál elija su destino. Aunque yo piense que no hacen más que seguir leyes que han sido impuestas en sus mentes enfermas por la epidemia religiosa, están en su derecho de estar enfermas. En eso se basa el respeto, en dejar que cada uno elija su vida por muy disconforme que se esté.

Pero ha llegado el momento en que yo, que siempre he considerado el ateísmo como una de mis mayores verdades, he llegado ya al anticlericalismo. No respeto a la religión porque ella no me respeta a mí. No respeto a la religión porque convierte a sus creyentes en marionetas dispuestas a odiar todo lo que se les diga que tienen que odiar. Quizá odiar suene muy fuerte, quítense todos los disfraces de capuchas y coronas de espinas a la religión y se hallará el odio. No respeto a la religión porque cree saber cómo ha de ser mi vida sin tan siquiera preguntarme. No respeto a la religión porque no predica el amor al prójimo, sino su sumisión. No respeto a la religión porque convierte a cuidadanos de una democracia en súbditos de un poder extranjero. No respeto a la religión porque destruye la curiosidad humana, el elemento más natural que existe, para convertirla en culpa, miedo y obediencia ciega. No respeto a la religión porque no cree en la libertad. No respeto la religión porque engaña al adoctrinar hoy en una concepción del mundo que tenía sentido hace miles de años. No respeto a la religión porque aniquila mentes desde su más tierna infancia. No respeto a la religión porque a cualquier católico que esté leyendo no le habrá sido necesario llegar hasta aquí para dedicarme toda una serie de agradables cumplidos que habrá oído de otros y creerá conveniente continuar atrebuyéndomelos. Esa es la peor manipulación de todas, la silenciosa, la que cría en el odio disfrazado de libertad religiosa. Por eso no respeto la religión.

Eso es lo que ha hecho la religión, que nos hayamos perdido todos el respeto. Sin embargo, en lo que sí deberíamos ser fieles y creyentes es en la condición humana, en nuestra libertad, en nuestras posibilidades y en aquello que nos une porque es mucho más de lo que nos separa. Lástima que siempre haya un Rouco Varela jodiendo el cuento de la paz mundial.

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