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Referéndum en Turquía: ¿qué está en juego?

Miles de partidarios del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) acudieron a un mitin por el sí (evet en turco) // AP

Turquía celebra este 16 de abril un referéndum para ratificar o no la transformación de la Constitución del país de un sistema parlamentario a uno presidencialista, un cambio político que puede ser el más significativo desde la instauración de la República en 1923. La propuesta impulsada desde el gobierno y que se vota hoy, incluye dieciocho enmiendas constitucionales con el fin de otorgar al presidente del país poderes ejecutivos, legislativos y la elección de gran parte del aparato judicial.

En caso de que finalmente gane el “SI” en el referéndum, el presidente Erdogan podrá concentrar en su mano, a partir de 2019 (cuando entraría en vigor la actual reforma) y durante un máximo de diez años, una cantidad de poder como nadie ostentó en Turquía desde el imperio otomano. De esta forma, además de concederle el rol ejecutivo del que ahora carece la presidencia, la reforma constitucional le permitirá suspender unilateralmente el parlamento, gobernar mediante decreto y la reconfiguración del Tribunal Constitucional y del Consejo de Jueces y Fiscales, el mayor órgano judicial turco. Además podrá liderar un partido político, algo que con la actual Constitución no se permite. De hecho Erdogan tuvo que dejar de ser presidente del  (Partido de la Justicia y el Desarrollo) que el mismo fundó, como exigencia constitucional para poder ser presidente del país.

La propuesta de reforma constitucional se intenta enmarcar en las modificaciones de la Constitución de 1982, redactada bajo la dictadura militar, buscándose así legitimarse y combatir tanto las críticas internas como las de organismos internacionales ante la acumulación de poder y la inexistente rendición de cuentas de la figura presidencial. En este sentido, la Comisión de Venecia del Consejo Europeo ha advertido que “al eliminar el sistema de controles y contrapesos, las enmiendas no cumplirán con la separación de poderes, sino que Turquía podría transformarse en un sistema presidencial autoritario”. El propio Erdogan ha respondido a las críticas realizadas desde dentro y fuera de la propia Turquía, argumentando que el parlamento no puede seguir obstaculizando la gestión del Estado, vendiendo la reforma como una victoria “democrática”.

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América Latina, la gran oportunidad para el comercio europeo

Los últimos meses han traído consigo más de una parada brusca para la política comercial europea. A lo largo de 2016 hemos presenciado la congelación del TTIP y, más recientemente las polémicas sobre el CETA (los dos tratados comerciales con EEUU y Canadá, respectivamente). Con el trasfondo de la salida de Gran Bretaña de la UE y la elección de Donald Trump a la Casa Blanca, desde luego el cuadro no resulta reconfortante. Frente a los desafíos globales, con frecuencia Europa ha parecido replegarse sobre sí misma y dejarse tentar por la vuelta a los proteccionismos nacionales. Y sin embargo, precisamente a partir de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa Europa está mejor pertrechada que nunca para hacer frente a esos desafíos, porque ve reforzada su capacidad negociadora.

País por país, no somos nada. En cambio, todos juntos somos la comunidad supranacional más acabada del mundo y la primera economía en términos de PIB, con un mercado de más de quinientos millones de habitantes y un enorme potencial inversor, innovador y generador de riqueza. Seguimos siendo una potencia política y económica, aunque parece que últimamente se nos olvida.

En este escenario hay al menos una buena noticia que destacar: tras un paréntesis de cuatro años se han retomado las negociaciones entre la UE y Mercosur. Mercosur es el mercado común de América Latina e incluye entre sus propios miembros a los mayores países de ese continente, empezando por Argentina, Brasil y Uruguay. En el mes de octubre las delegaciones europea y sudamericana han recuperado oficialmente el diálogo por primera vez desde octubre de 2012. Son muchos los temas que están sobre la mesa, desde la reducción de cargas administrativas para las empresas, a la normativa sobre contratos públicos, pasando por el capítulo del desarrollo sostenible. Lo que caracteriza a un buen acuerdo comercial, en efecto, son los retornos positivos que puede traer no sólo a las empresas de los países que son parte –empezando por las PYMES– sino también para los trabajadores y consumidores.

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Sesenta años de proyecto europeo: ¿Y ahora qué?

Imagen de archivo: bandera europea.

Hace sesenta años, en Roma, seis naciones profundamente heridas por dos guerras mundiales apostaron por huir de la confrontación hacia la armonía que los intereses industriales y comerciales comunes podrían generar. A través de una integración gradual de las sociedades europeas, fue un paso destinado a conformar rápidamente una comunidad política. Aun así, con el tiempo, la realidad mostró que la unión política no podía realizarse automáticamente con la integración económica, sino que requería de la construcción de un verdadero proceso político.

Hoy, aun haciendo frente a la crisis y a pesar de que la austeridad y los retrocesos democráticos han dañado seriamente el proyecto, la Unión Europea permanece como una de las más grandes ambiciones llevadas a cabo por los europeos y europeas. Significa un auténtico aliento de esperanza para todos los que estuvieron y siguen viviendo bajo la opresión de los regímenes autoritarios o en regiones empobrecidas. En un continente de pasado sangriento, el proyecto de integración, con sus altibajos, sigue constituyendo un pilar de paz y cooperación sin precedentes entre sus pueblos.

Hoy, nosotros y nosotras las europeas, podemos generalmente movernos y vivir libremente por toda la Unión Europea; compartimos recursos e ideamos reglas comunes, a través de instituciones comunes, y eso ha contribuido a mejorar considerablemente la vida diaria de 500 millones de personas; hemos dado la bienvenida a las democracias del sur, emancipadas de sus dictadores militares y hemos reunido un continente con el corazón rasgado por el Telón de Acero.

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Acabar con el bloqueo de la agenda de igualdad de género en la Unión Europea

Una mujer en la manifestación del Día Internacional de la Mujer. / Olmo Calvo.

Europa sigue solo a medio camino de lograr la verdadera igualdad entre hombres y mujeres, y los últimos años, ha dado incluso pasos atrás. Si seguimos al ritmo actual se calcula que aún deberemos esperar como mínimo 70 años más para conseguir la igualdad salarial, 50 años antes que el trabajo de doméstico y de cuidado sea repartido a partes iguales entre hombres y mujeres y más de 20 años para conseguir una representación paritaria en la política. ¿De verdad debemos esperar más de una o dos generaciones para alcanzar estas metas?

Como miembros de la Comisión de los Derechos de la Mujer e Igualdad de género del Parlamento Europeo hemos tenido la oportunidad este año de redactar el informe anual que valora la situación de la igualdad de género en la UE, aprobado este martes en el pleno del Parlamento Europeo.

La conclusión es clara: los progresos en igualdad de género son muy lentos. Según el índice de igualdad de género 2015 del Instituto Europeo de Igualdad de Género (EIGE, en sus siglas en inglés) la Unión sigue estando solo al 52,9% de conseguir la igualdad, y durante los últimos 10 años solo ha aumentado en 1,6 puntos.

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Por qué llevar el debate sobre la Política Agraria Común al conjunto de la sociedad

Imagen de archivo.

La UE abrió a principios de febrero una consulta ciudadana sobre la futura reforma de la Política Agraria Común (PAC) para 2020. La PAC lleva funcionando desde los años 60 y fue la primera política europea común. Nació para asegurar el autoabastecimiento de los principales productos agrarios en Europa y hacer eso compatible con unas rentas adecuadas para los agricultores. Todavía hoy absorbe el 40% del presupuesto de la UE. Pero poco tiene que ver esta Unión Europea con los objetivos que la gestaron. Lo hemos visto con la crisis de valores derivada del drama de los refugiados. Y lo llevamos viendo en nuestros campos décadas y décadas de reformas de la PAC que nos han llevado a modelos de producción insostenibles, a desequilibrios territoriales, a paradojas de una burocracia desconocedora de la realidad de las tierras, al enriquecimiento de unos pocos y a la ruina de muchos agricultores, desprotegidos ante el sector de la distribución.

La trama de poder y negocios configurada alrededor del campo es más evidente que nunca en el mundo. Tres grandes multinacionales (Bayer, Monsanto y Dupont) están a punto de controlar la mayoría de los suministros agrícolas. La volatilidad de los precios agrarios es altísima y afecta gravemente a los productores desde que, en 2007, las grandes corporaciones financieras comenzaron a especular con los productos alimentarios en en la Bolsa de Futuros de Chicago. Desde entonces, asistimos a la aberración de un mercado mundial que permite que se pudran cosechas enteras para que los precios suban, mientras 40.000 de personas mueren al día de hambre.

La Comisión Europea ha emprendido una nueva estrategia comercial bajo la premisa de que la política comercial es la principal fuerza estabilizadora en el momentos de crisis. Asistimos así al auge de los tratados de libre comercio, como el TTIP o el ya aprobado CETA, que van en la dirección opuesta al establecimiento de una política agraria que proteja tanto a los productores europeos como a los consumidores. Por eso creo que es importante que toda la sociedad se vuelque en este debate. La nueva política comercial de la UE es una amenaza para tanto nuestros agricultores (porque muchas de las denominaciones de origen podrían desaparecer como tales) como para nuestra seguridad alimentaria (porque los estándares medioambientales, de calidad y seguridad se homogeneizan siempre a la baja). Así que, en el fondo, lo que está en juego es algo tan importante como nuestra comida y nuestra soberanía alimentaria.

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No sólo es injusto, también es un error

Imagen de archivo de una trabajadora.

Otro 8 de marzo, otra vez un motivo para hacer balance de los retos alcanzados, de los pasos desandados y de las piedras que adivinamos en el camino.

Este año, la Unión Europea ha querido llamar la atención sobre la importancia del empoderamiento económico de las mujeres, porque la falta de recursos y de autonomía es una de las causas más directas de la desigualdad.

A día de hoy, las mujeres europeas ganan de media un 16% menos por hora que los hombres. Y de seguir el ritmo actual, hasta 2086 no llegarían a cobrar lo mismo que los hombres.

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Un Pilar Social contra la ira

Imagen de archivo: personal sanitario se concentra delante de un muro levantado para bloquear el acceso al Ministerio de Sanidad durante una protesta simbólica contra las medidas de austeridad en Atenas (Grecia).

La vida de muchos europeos se asemeja a los campos de California que describía Steinbeck en Las uvas de la ira. "No hay más que dolor cubierto de piel" decía uno de sus personajes. En la UE viven 119 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social. No es de extrañar que su ira haya acabado tomando forma de insurrección electoral.

Hagamos un breve control de daños. Clase media maltrecha. Grave repunte de la desigualdad en la Europa meridional. Divergencia rampante Norte/Sur que dificulta los consensos políticos internos. Mercado laboral gripado que ha dejado de ser fuente de seguridad y bienestar amenazado por la digitalización y robotización. Pero sobre todo y ante todo, para muchos, el futuro ha dejado de ser un lugar deseable.

¿Las causas? Nos son pocas. La gran recesión. Un andamiaje monetario deflacionista e incompleto. Un cóctel económico tóxico (austeridad y devaluación interna). Una globalización sin suficientes amortiguadores de compensación. En definitiva, la nueva piel del capitalismo; hipertrofia financiera, creciente desigualdad e internacionalización de los mercados (Costas y Carlos Arias).

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Lo urgente en Europa

Imagen de archivo: refugiados llegan a la costa de la isla de Lesbos tras cruzar el mar desde Turquía en el puerto de Mytilene (Grecia).

Hemos cruzado el ecuador de la actual legislatura en el Parlamento Europeo. Después de dos años y medios combatiendo los efectos devastadores de la austeridad y defendiendo medidas para reforzar el pilar social de la Unión Europea –y ahora que ha cambiado el panorama institucional con las tres sedes comunitarias copadas por los populares– es el momento de trazar una nueva estrategia política que nos permita a los socialdemócratas consolidar nuestro proyecto y valores.

Los recortes de las políticas conservadoras y la falta de soluciones a los problemas de la gente está llenando las urnas de votos populistas, xenófobos y antieuropeos. Para cuando se demuestre la falacia de las recetas que proponen estas fuerzas extremas, es probable que ya no quede tiempo. Esta realidad, unida a problemas inéditos como la salida de Reino Unido de la UE, nos obliga a reaccionar.

Los socialistas y demócratas en el Parlamento Europeo somos importantes para el futuro de la UE. Conscientes de este rol y de la responsabilidad que acarrea, desde la delegación española hemos propuesto a nuestros compañeros del Grupo Socialdemócrata y del Partido Socialista Europeo que de aquí a lo que resta de legislatura establezcamos unas prioridades claras y trabajemos en la misma dirección para defenderlas ante la Comisión y el Consejo.

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En defensa del CETA

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Pleno del Parlamento Europeo.

El pasado miércoles el Parlamento Europeo aprobó por una amplia mayoría el Acuerdo Económico y Comercio Global con Canadá, más conocido como CETA. El acuerdo entrará ya en vigor de manera provisional una vez haga lo propio el parlamento canadiense sujeto, en todo caso, a la ratificación posterior por todos los Estados miembros. El acuerdo ha estado sujeto a notables críticas, amplificadas por el debate sobre el TTIP, el acuerdo con Estados Unidos, que se encuentra paralizado o incluso muerto tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

En esta breve columna pretendo salir al paso a algunas de las críticas que se han vertido sobre el acuerdo y, por lo tanto, defender mi voto afirmativo. Quiero clarificar que mis argumentos van dirigidos a aquellos que como yo aspiran a vivir en una sociedad igualitaria en el marco de una economía social y de mercado, junto a eficientes instrumentos de regulación y redistribución de la renta. O dicho de otra manera, hay personas que están contra el CETA en la medida en que están siempre contra el mercado. Mi colega Miguel Urbán es anticapitalista y, por lo tanto, se sitúa contra este acuerdo comercial. Por ello, la discusión sobre este asunto con estos amigos no puede focalizarse sólo en el CETA, sino en el modelo de sociedad al que se aspira. Por lo tanto, quiero dejar claro que al debatir las bondades o maldades del CETA no puedo entremezclarlo con un intercambio de opiniones sobre la naturaleza de la economía de mercado. Ese es otro debate. Quiero así circunscribir claramente el objetivo de este artículo.

El actual comercio de la Unión Europea y Canadá supone tan sólo el 1,8% del comercio exterior de la UE. Sin duda, un volumen reducido. Por ello, el CETA es más un símbolo que un tratado de alto impacto. Pero es un símbolo importante. Y lo es porque para Europa marca las líneas de juego de la futura política comercial de la Unión que ha puesto el foco de las decisiones en Bruselas y no en los Estados miembros. Muchos hemos pedido que Europa negocie con una sola voz y tras el Tratado de Lisboa lo hemos conseguido. Por ello, en primer lugar, no entiendo la petición de que todo sea aprobado por cualquier cámara legislativa, incluso por los Ayuntamientos. Estamos yendo en contra del espíritu europeísta que hemos defendido tantas veces. Pero la simbología del CETA no acaba en esta cuestión competencial.  

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PP, PSOE y Ciudadanos aprueban el CETA en la Eurocámara, pero aún podemos pararlo en el Congreso

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Varios manifestantes bloquean el acceso al Parlamento Europeo, en Estrasburgo (Francia), hoy, 15 de febrero de 2017, mientras protestan contra el tratado de libre comercio e inversión de la Unión Europea con Canadá (CETA).

Elena Valenciano, Inmaculada Rodríguez, Jonás Fernández, Ramón Jáuregui, José Blanco, Esteban González Pons, Javier Díaz de Mera, Pilar del Castillo, Luis de Grandes, Teresa Jiménez Becerril, Javier Nart, Izaskun Bilbao y Ramon Tremosa son sólo algunos de los eurodiputados y eurodiputadas españoles del PSOE, PP, Ciudadanos, PNV y PdC la gran coalición europea, que han votado este miércoles a favor de la ratificación por el Parlamento Europeo del Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA) entre la Unión Europea y Canadá.

El texto ha contado con 408 votos favorables, 254 en contra y 33 abstenciones y ha sido aprobado antes de someterlo a votación en los parlamentos estatales de los Estados miembros para presionar a los gobiernos europeos y blindarlo, ya que se empezará a aplicar de manera provisional y ya no podrá ser modificado.

La jugada no puede considerarse más que una estafa y un golpe a nuestras democracias y cuenta con el privilegio de ser el primer caso en el que se aplicará una legislación en la UE antes de estar debidamente aprobada. Sin embargo, a pesar de haber perdido una votación, lo primero que debe quedar claro es que no está todo perdido, porque ha sido la presión social de estos últimos meses lo que ha hecho que el CETA tenga que pasar por los Estados.

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