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El perro glotón que impulsó los dibujos animados quince años antes que Mickey

En 1913, un cortometraje que mezclaba imágenes reales con la historia animada de un pequeño perro salchicha sentaba las bases que permitirían que la animación creciera hasta convertirse en el gran negocio que es hoy. Faltaban todavía 15 años para que Mickey pilotara su barco y John Bray ya imaginaba una historia en la que un pequeño can comía salchichas hasta estallar gracias a la fotocopia de fondos.

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'El Sueño del Artista' revolucionó la animación gracias a la fotocopia de fondos

'El Sueño del Artista' revolucionó la animación gracias a la fotocopia de fondos

En 1913, John Bray, un dibujante que acabaría convirtiéndose en un referente (ahora olvidado) de la industria del cine, creaba un cortometraje llamado ‘El sueño del artista’ y subtitulado ‘El dachshund y su salchicha’. En blanco y negro, sin sonido y con los tradicionales carteles de diálogo que caracterizan al cine mudo, este corto narra la historia de un artista que dibuja un perro salchicha y que es acusado por su jefe de que el diseño es rígido y le falta movimiento.

¿Qué no hay acción? Espera ”, afirma el creador a través de los carteles. A partir de ese momento, las imágenes del artista pensando en cómo mejorar el movimiento se intercalan con la historieta animada del afable perro salchicha que trepa por los cajones de un mueble para conseguir varias piezas del embutido que le da nombre hasta estallar (literalmente) por comer demasiadas.

El dibujante va contemplando los cambios en el lienzo, totalmente extrañado por lo que está pasando, hasta que al final del corto Bray usa un recurso típico del cine: resulta que todo era un sueño. Aunque la animación puede parecer simple, este corto, dibujado 15 años antes de la famosa historieta en la que Mickey maneja un barco, dio comienzo a la industria de los dibujos animados gracias a la introducción de técnicas que permitirían crear animaciones cada vez más complejas. 

“Bray desarrolló un método para simplificar el proceso de la animación”, explica el historiador de la animación Mark Langer en el libro ‘American Silent Film’. “Se le ocurrió la idea de imprimir, en vez de volver a dibujar o calcar, los fondos. Solo los elementos en movimiento de cada imagen tendrían que ser dibujados para cada fotograma”.

Con esta técnica, los elementos estáticos que se cruzaban en el camino de los que se movían eran eliminados dibujando encima o borrando los solapamientos. “Además, imprimiendo los elementos del fondo en vez de reelaborarlos a mano, Bray eliminaba el efecto de vibración y de retorcimiento causado por las pequeñas diferencias en los fondos redibujados para cada fotograma”, explica el historiador. En la patente de su idea, Bray especificaba que había que usar papel traslúcido para facilitar el posicionamiento de los objetos en movimiento en los sucesivos dibujos.   

Esta sería la primera idea que patentaría, pero luego vendrían otras. “En un periodo de dos años había hecho tres patentes”, afirma Manuel Rodríguez Bermúdez, autor del libro ‘Animación: una perspectiva desde México’. “En enero de 1914, el uso de escenas de fondo impresas; en julio de 1914, la aplicación de sombras grises a los dibujos; y en julio de 1915, el uso de dibujo de fondo hecho de celuloide transparente, que luego se aplicaría a los dibujos que serían animados”, añade. Según el experto, estas patentes le dieron el liderazgo en el área y durante varios años le aseguraron un monopolio efectivo sobre sus competidores.

Un artista que transformó la animación

Nacido en Addison (Michigan, Estados Unidos), el 25 de agosto de 1879, Bray comenzó su carrera como dibujante para el periódico Detroit Evening News en el año 1900. De ahí se mudaría a Nueva York, donde trabajó para el Brooklyn Daily Eagle y produjo varias tiras de dibujos para las revistas Life, Puck y Judge. Alrededor de 1907, le encargaron hacer una página de cómic, contraportada de Judge, llamada ‘Little Johnny y su osito de peluche’. Según Langer fue trabajando en este encargo cuando vio la película ‘The Teddy Bears’ (1907), donde, además de usar actores disfrazados, se daba vida a unos osos de peluche a través de la técnica del ‘stop-motion’.

Al verla, Bray se planteó que si los juguetes podrían ser animados, también los dibujos. “Durante meses, Bray estudió el movimiento animal en visitas al zoo del Bronx”, explica Langer. “En algún momento alrededor de 1912, dejó sus otros trabajos y se retiró a su granja cerca de Poughkeepsie [en el estado de Nueva York]”.  Aunque en un principio quiso dotar de vida a su tira de cómic sobre ositos de peluche, se dio cuenta de que un corto con siete personajes o más le requeriría dibujar 112.000 figuras individuales y hacer al menos 16.000 capturas de cámara.

“Bray rememoraría después ese momento en el que se dio cuenta de que la clave para el éxito comercial en la animación estaba en la posibilidad de producir una serie que pudiera ser proyectada en los cines de una forma calendarizada con un personaje central que pudiera convertirse en popular”, relata Langer. No era el primero que probaba con la animación –Winsor McCay, por ejemplo, ya había hecho un par de producciones cortas, una de ellas sobre un mosquito— pero sus técnicas corregían errores y simplificaban el proceso, abriendo camino a todo lo que estaba por llegar.

Después de enseñarle la película a Charles Pathé, el cineasta lo contrató para que produjera películas para él. Su primera creación fueron varios episodios del Colonel Heeza Liar, el primero de ellos ‘Colonel Heeza Liar in Africa’ (1914), una parodia de la película de larga duración de 1912 llamada 'Paul J.Rainey’s African Hunt'.

Tras su época en Pathé, fundaría su propio estudio, que viviría distintas transformaciones y asociaciones con grandes compañías como Paramount o Goldwyn a lo largo de los años y que sería referencia durante la I Guerra Mundial. A finales de la década de los 20, Bray perdería el interés por la animación, pero la compañía continuaría realizando cortos y películas, especialmente promocionales y educativas durante algunas décadas más.

Además de sus técnicas innovadoras, otro de sus aportes destacables a la industria es su modelo de producción. “El método del celuloide tenía la ventaja de que era adaptable a una mayor división del trabajo de lo que había sido previamente posible. En vez de un animador dibujando el fondo y el primer plano de una imagen en un papel para cada fotograma, cada paso del proceso se dividía en funciones”, explica Langer.

“Nos inventamos un sistema en el que el dibujante original compondría el diseño en lápiz. Después otra persona pondría tinta en algunas partes. Después otro chico o chica pondría color en el fondo de la imagen…”, recordaba Bray, ya anciano, en una  una entrevista con el historiador. Los animadores supervisaban la producción y dejaban los trabajos más repetitivos para asistentes a los que se pagaba menos, reduciendo los costes de las películas, pero también permitiendo una mayor eficiencia y producciones cada vez más cuidadas y largas.

De esta forma, mucho antes de que Walt Disney presentase a Mickey Mouse al gran público, John Randolph Bray lanzaba algunas de las técnicas que después otros con más talento para contar historias animadas emplearon para la creación de grandes producciones que han pasado a la historia. Un pionero cuyo perro salchicha glotón abrió el camino a la posibilidad de narrar grandes relatos en dibujos animados.

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