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El secreto mejor guardado de Fidel Castro

El periodista José Manuel Martín Medem indaga en uno de los misterios de la historia de Cuba: los fusilamientos del general Ochoa y el coronel De la Guardia en 1989 por narcotráfico y traición a la patria.

En el libro 'El secreto mejor guardado de Fidel', publicado por La Catarata y del que aquí ofrecemos el primer capítulo, el que fue corresponsal en La Habana desvela una historia que tiene mucho que ver con la guerra secreta de Cuba contra el bloqueo norteamericano y las relaciones de poder dentro del Gobierno cubano

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Fidel y Raúl Castro en el III Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1986. Foto: EFE

Fidel y Raúl Castro en el III Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1986. Foto: EFE

“Me llevaré a la tumba la conversación de Fidel con Tony.” Carlos Aldana le contó a un amigo del Partido Comunista de Cuba que estuvo con Fidel Castro en su despacho del Palacio de la Revolución cuando convenció a Antonio de la Guardia de que asumiera toda la responsabilidad por las operaciones de narcotráfico con el Cártel de Medellín.

En las grabaciones de esa conversación y de las reuniones de Raúl Castro con el general Arnaldo Ochoa (desarrollando un guión establecido por el Comandante) están las claves de los fusilamientos que serán decisivos en la valoración histórica de Fidel Castro. Es la tiñosa de Fidel, lo que en cubano significa la complicación que no sabes cómo quitarte de encima. Si no los fusilaba, se podía entender que habían cumplido sus órdenes. Al fusilarlos, cabe la posibilidad de que eliminara a los testigos de su intervención. Incluso que temiera el protagonismo del general Ochoa, por su influencia en las Fuerzas Armadas, cuando el Comandante en Jefe ya pronosticaba el desmerengamiento de la Unión Soviética, que iba a provocar severas tensiones en una Cuba sin recursos.

Libro de Martín Medem sobre Fidel Castro.
El 13 de julio de 1989 fueron fusilados, en las afueras de La Habana, el general Arnaldo Ochoa y el coronel Antonio de la Guardia, condenados por narcotráfico y traición a la patria.

La versión oficial publicada por el gobierno de Cuba establece que un grupo de oficiales del Ministerio del Interior, dirigidos por Tony de la Guardia, organizó quince operaciones de narcotráfico, entre enero de 1987 y abril de 1989, para introducir en Estados Unidos, pasando por la isla, seis toneladas de cocaína del Cártel de Medellín, por lo que cobraron tres millones y medio de dólares. El general Ochoa habría intentado, sin conseguirlo, una asociación personal y directa con Pablo Escobar.

La traición a la patria se producía porque los fusilados habían puesto en las manos de la Administración Bush la posibilidad de acusar al gobierno de Cuba por su supuesta participación en el narcotráfico, pudiendo justificar así cualquier agresión.

Estaban infiltrados por la DEA (Drug Enforcement Administration, en su siglas en inglés; en castellano, Administración de Cumplimiento de Leyes sobre las Drogas) y por la CIA los contactos de los oficiales cubanos con el Cártel de Medellín y los lancheros que llevaban a Miami la cocaína transportada en aviones desde Colombia a Varadero.

La solidaridad incondicional considera que Fidel Castro fue traicionado por los corsarios del Departamento MC (Moneda Convertible) que, en el Ministerio del Interior, estaban encargados de las operaciones secretas para romper el bloqueo y abastecer a Cuba de tecnología procedente de Estados Unidos. Los que acusan al Comandante dicen que fusiló a los que cumplían sus órdenes para ocultar así su responsabilidad en el narcotráfico.

Veinticinco años después, se repiten las tres preguntas fundamentales: ¿era posible organizar operaciones de narcotráfico a través de Cuba sin la autorización de Fidel Castro?; ¿podía arriesgarse el Comandante en operaciones que Estados Unidos detectaría con facilidad y que le daban a Washington el argumento definitivo para atacar la isla?; ¿por qué la Administración Bush no aprovechó la oportunidad?

Carlos Aldana era entonces el jefe del Departamento Ideológico del Partido Comunista de Cuba (PCC). Considerado incluso el número tres, después de los hermanos Castro.

Ha confirmado que Fidel Castro habló con Tony de la Guardia, pero dice que se llevará esa conversación a la tumba. Ileana, la hija de Tony, ahora en el exilio, asegura que el Comandante traicionó a su padre porque le prometió que no sería fusilado si asumía toda la responsabilidad del narcotráfico.

Fidel Castro no habló con Arnaldo Ochoa, el general con más prestigio en las Fuerzas Armadas de Cuba. Se lo encargó a su hermano Raúl, con instrucciones muy precisas, como él mismo ha reconocido en los dos libros publicados por el gobierno de Cuba con su versión oficial. Buscando en esos textos se encuentran las palabras de Fidel Castro, que confirman el fracaso de la presión sobre Ochoa. “No coopera, no quiso asumir toda la responsabilidad.” Lo dijo el líder en la sesión del Consejo de Estado que ratificó por unanimidad las penas de muerte.

Permanece, desde entonces, la sensación de que incluir a Ochoa en aquel juicio pudo ser una operación preventiva contra un general con mucha autoridad entre los militares, considerado simpatizante de la perestroika y que reclamaba reformas.

Después de los fusilamientos fue destituido José Abrantes, ministro del Interior, por negligencia al no haber detectado el narcotráfico. Murió en prisión. Si el ministro del Interior tuvo responsabilidad al no controlar a sus subordinados, ¿no se debía aplicar el mismo razonamiento al ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Raúl Castro, por la supuesta traición del general Ochoa?

El coronel Tocororo asegura que “a Tony, que cumplía sus órdenes, Fidel lo fusiló como si fuera el único responsable del narcotráfico, haciéndole creer que no lo ejecutaría si se sacrificaba por la Revolución, y al general Ochoa, capaz de guapearle al Comandante, lo fusiló por reclamar las reformas que ahora está haciendo Raúl”.

El coronel protege su identidad con el nombre del pájaro, el tocororo, que lleva en su plumaje los colores de la bandera cubana: rojo, blanco y azul. El coronel Tocororo sabe bastante más de lo que dice, pero advierte que el cuento completo solo se conocerá si José Abrantes dejó su testimonio para que un amigo lo publique después de la muerte de Fidel Castro. “Solo Pepe —insiste— tenía todo el expediente de la tiñosa.”

Fidel Castro dijo de Felipe González y de los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) lo mismo que se le puede aplicar al Comandante sobre la conexión cubana del narcotráfico: es imposible que no lo supiera.

En La autobiografía de Fidel Castro (2004), Norberto Fuentes imagina el siguiente monólogo: “Una vez Pepe me dijo que los compañeros del M-19 le habían propuesto cambiarnos drogas por fusiles. Yo le respondí que ni loco. Y con el M-19 menos. Nunca han sido de mi confianza. Pero ese es el tipo de asuntos que jamás me pueden plantear y mucho menos bajo techo y con lenguaje tan abierto. Claro, yo me percataba de que eran cuestiones demasiado peliagudas para que Pepe se decidiera a resolverlas solo, por lo que las despachaba conmigo para saber cuál era mi reacción y medir, por mi nivel de ira o rotunda negativa, el margen verdadero de acción que a él le quedaba y si era aconsejable actuar o si lo hacía a riesgo de navegar a solas o si suspendía la jugada”.

El general Juan Escalona, fiscal en el juicio militar sumarísimo, fue el artífice de la cuestionable acusación por “un delito de narcotráfico configurante de traición a la patria”.

Los editoriales del Granma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, cuya redacción se atribuye a Fidel Castro1, impusieron la versión oficial de que “han atentado contra el prestigio internacional de Cuba, que es la fuerza fundamental con la que nos defendemos de las agresiones del imperio, poniendo en peligro no solo el prestigio sino la seguridad de nuestro país”, que esa deslealtad “conduce siempre a la traición política” y que hubo incluso “el riesgo de una deserción”. El Tribunal Militar asumió que las operaciones para introducir cocaína en Estados Unidos le daban la excusa a Washington para agredir a la isla y se configuraba así la traición a la patria que, según la Constitución de Cuba, “es el más grave de los crímenes y quien la comete está sujeto a las más severas sanciones”. El Granma llegaba a la conclusión de que “el gobierno de Estados Unidos estaba reuniendo pruebas y preparando un grueso expediente contra nuestra patria, tal vez pensando en reclutar futuros agentes de la CIA entre los implicados sobre la base del chantaje”.

Desde el mes de mayo de 1983, se mantenía la acusación del presidente Ronald Reagan: “Estados Unidos tiene claras evidencias de que funcionarios de alto nivel del gobierno de Cuba están involucrados en el narcotráfico hacia Estados Unidos”. Y también la pregunta dirigida a Fidel Castro: “¿Son funcionarios renegados o con autorización del gobierno?”.
La gran paradoja era que, mientras desde Washington se acusaba a Cuba, simultáneamente se descubría que, en Estados Unidos, la Administración Reagan había financiado a los contras antisandinistas con los beneficios de una red de narcotraficantes bolivianos, colombianos y mexicanos que introducían la cocaína en territorio norteamericano con aviones de la CIA.

¿Por qué no se produjo en 1963 la invasión de Cuba, que era uno de los objetivos del asesinato del presidente Kennedy? ¿Por qué el presidente Johnson ordenó parar las acusaciones contra Fidel Castro, cuando todo había sido preparado por la CIA para presentar a Oswald como el asesino dirigido desde Cuba? ¿Por qué no hubo una represalia de la Administración Bush contra la Revolución Cubana en 1989 cuando tenían las pruebas sobre el narcotráfico desde Colombia hacia Estados Unidos a través de la isla?

Cuesta creer que Fidel Castro no supiera que sus corsarios dedicados a romper el bloqueo hubieran organizado una red de narcotráfico. Pero tampoco que Fidel Castro fuera tan imprudente como para facilitarle al gobierno de Estados Unidos las pruebas sobre su implicación en el narcotráfico, que justificarían cualquier agresión.

En tres años, Estados Unidos se apoderó de México, Panamá, Nicaragua y Colombia, manejando el narcotráfico como un instrumento de su política internacional. En 1988, 1989 y 1990, los países más afectados por las operaciones del Cártel de Medellín fueron intervenidos por los gobiernos de los presidentes Reagan y Bush. Menos Cuba. En México, Panamá, Nicaragua y Colombia las consecuencias de la triangulación de la CIA con los narcotraficantes y los contras determinaron una drástica reducción de su soberanía nacional. En Cuba, el desenlace de la crisis provocada por la “conexión cubana” con el narcotráfico consolidó el poder absoluto de Fidel Castro.

La complicidad de la Administración Reagan con el narcotráfico creó las condiciones en México para su tremendo desarrollo posterior, su hegemonía sobre las mafias colombianas y el establecimiento de un poder, la narcopolítica, que ha corrompido al Estado y carcome la democracia. Reagan consintió el fraude electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 1988 y Bush tapó las evidencias sobre la implicación del nuevo presidente en el narcotráfico a cambio de que el neoliberal Carlos Salinas de Gortari entregara a su país en la negociación del Tratado de Libre Comercio.

La Administración Bush se apoderó de Panamá con la invasión de 1989. La excusa fue la vinculación con el narcotráfico del general Manuel Antonio Noriega, como si no hubiera sido el cómplice de la Administración Reagan en el acuerdo de la CIA con las mafias de la cocaína de Bolivia, Colombia y México para financiar la guerra terrorista contra el gobierno sandinista de Nicaragua. Los diez años de acoso de los contras dirigidos por Washington provocaron la derrota electoral de los sandinistas en 1990 y la recuperación del control estadounidense sobre Nicaragua.

En Colombia, el presidente neoliberal César Gaviria, después recompensado con la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos, se sometió a los intereses de Estados Unidos con la apertura económica y rindió la soberanía nacional mediante la alianza de sus fuerzas de seguridad con la CIA, el Cártel de Cali y los paramilitares en la cacería de Pablo Escobar. Eliminaron al colaborador de Reagan en la guerra de los contras. Con esa alianza se fortalecieron los paramilitares, que dominaron el narcotráfico y organizaron con su poder criminal la narcopolítica, que llevaría a la presidencia a Álvaro Uribe.

La supuesta guerra contra las drogas fue en realidad una palanca de la política internacional de Estados Unidos en América Latina, que cambió radicalmente el escenario de los países más afectados. Menos en Cuba.

Solo se podrá saber la verdad sobre la actitud de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos contra la Cuba de Fidel Castro a partir de la verdad en la respuesta a la pregunta fundamental: ¿cuál fue el pacto de 1963, renovado en 1989?

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