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“Con la acogida de una niña saharaui contribuyo a una causa justa y noble”

La psicóloga Lucía Pérez Concepción, de Barlovento, anima a las familias a acoger y asegura que “merece la pena pagar el precio de la separación al final del verano”.

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Lucía junto a la pequeña saharaui Mashfuda. Foto: LUZ RODRÍGUEZ.

Lucía junto a la pequeña saharaui Mashfuda. Foto: LUZ RODRÍGUEZ.

Lucía Pérez Concepción, natural de Barlovento y psicóloga del Centro Penitenciario de Santa Cruz de La Palma, en el acto de recibimiento del Cabildo a los niños saharauis que pasan sus vacaciones en La Palma, leyó un texto manuscrito con el que lloró e hizo llorar a muchos de los presentes. “Cuando mi hija nació sentí que me convertía en madre de todos los niños del mundo, que no podía ser indiferente ante las grandes injusticias que los más pequeños sufren, porque cuando eres madre todos los dolores y sufrimientos de los niños y niñas te duelen como si fueran tuyos”, dijo desbordada por el llanto. “Y así sentimos la certeza de que este gran amor surgido era la señal inequívoca de que estábamos preparados para acoger a una pequeña saharaui en nuestro hogar; la espera durante los meses previos ha sido, y no exagero, como un embarazo”, aseguró.

Lucía es madre de una niña de dos años, y este verano lo está siendo también de Mashfuda, de 10, que dejó hace un par de semanas los tórridos campamentos de refugiados de Tinduf, en el sur de Argelia, para pasar en La Palma el periodo estival, alejada de las altas temperaturas del desierto y de las condiciones precarias en las que vive. “Estoy en excedencia por maternidad y aproveché el verano libre para poder disfrutar con las dos niñas”, ha señalado a La Palma Ahora. “Mashfuda lleva poco tiempo con nosotros y estamos en pleno proceso de adaptación, hay ratos buenos y otros muy difíciles, porque ella es pequeñita y es la primera vez que se separa de la madre, por eso ha tenido momentos de tristeza, la ha echado de menos, pero con paciencia y amor ahí vamos”, dice Lucía con expresión de felicidad.

“Hay mucha gente que me comenta que no acoge porque le da miedo la separación, pero yo siempre les digo que tenemos que pensar en el beneficio que estamos haciendo y en la experiencia vital que le aportamos a estos niños, que no tienen la oportunidad de conocer el mundo en el que nosotros vivimos; por eso hay que focalizarse en el bien que haces, en el amor que das, en el amor que recibes, y merece la pena pagar el precio de la separación al final del verano”, afirma sin atisbo de duda. “Este es el primer verano que acojo; nos surgió la necesidad de hacer algo real para que nuestra ayuda, nuestra solidaridad, llegara a alguien en concreto, y como estábamos en contacto con la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui y conocíamos a personas de nuestro pueblo que ya lo habían hecho, nos pareció que era una buena idea”, explica.

Lucía no oculta que “también surgieron muchas dudas y miedos, es indudable que hay partes del proceso que son muy difíciles, pero estábamos tan convencidos del beneficio que no nos dejábamos amedrentar”. “El verano está comenzando y quedan infinitas experiencias por vivir, no sé cómo acabará pero sí sé cómo empezó: con la barriga llena de mariposas revoloteando, con el corazón rebosante de amor y con la certeza de estar contribuyendo a una causa justa y noble”, concluye.

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