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Uniforme con falda y tacones

Hace tres meses empecé a trabajar de camarera en Berlín. En realidad soy periodista, ya sabéis: crisis, paro, aprender a sacarse las castañas del fuego. Lo cierto es que es un trabajo agradable en el que nos llaman para trabajar espontáneamente en eventos que tienen lugar en distintos hoteles de la ciudad. Lo que pasa es que hay detalles, quizá insignificantes, que a mí me molestan.

1. Uniformes con falda

En una cadena de hoteles en concreto nos toca ponernos el uniforme de ‘la casa’. En el caso de las mujeres, consiste en una camisa, una falda y unos zapatos incómodos con un poco de tacón. ¿En el caso de los hombres? Camisa, pantalones y zapatos planos negros, que pueden ser de las marcas más cómodas de calzado, esas que permiten que tu pie respire y tal. Y así toca trabajar durante una jornada de 8 a 10 horas.

2. Reparto de tareas por sexo

Reparto de tareas del día: como buen hotel moderno y avanzado, los hombres se encargarán de traer las pesadas mesas del almacén para, a continuación, montarlas. Las mujeres, mientras tanto, estarán a cargo de las máquinas de café para servir, siempre con una bonita sonrisa en la boca, a los clientes que salen de una conferencia para sus quince minutos de pausa.

3. Mujer y fuerza son antónimos

En un momento de la mañana hay que hacer otro reparto de tareas. Mujeres, pulid la vajilla. Machotes, llevad las cajas de agua a la sala Y para la reunión Z de la 12. Resulta que falta un mozo para una de las cajas. Cojo la caja y me dispongo a llevarla a la sala Y. Me para un compañero y me pregunta condescendientemente: “¿Seguro que puedes? ¿No pesa demasiado?”

4. Los tacones: incómodos pero imprescindibles

Lógicamente, a las 4 horas las mujeres solo nos aguantamos de pie por inercia debido al trabajo frenético que tenemos que realizar con zapatos de tacón. Aprovechamos cualquier momento en que no estamos de cara al público para trabajar descalzas. Pero viene el jefe y nos dice que “ya sabe que es incómodo, que nos entiende” (¿seguro?), pero que “mejor que nos calcemos porque nunca se sabe y nos podríamos cortar o hacer daño” en nuestros delicados piececitos de princesas.

Y todo esto, aguantando miraditas a culos de compañeras que se lo están dejando en trabajar más que otros. No es un episodio de Mad Men. Es el Hyatt, es Berlín y es el año 2014.

Carla

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"¿Por qué aquel hombre se comportó de esa manera?"

Tengo 20 años. Conozco mi barrio de siempre, conozco sus luces y sus sombras, sus callejuelas ocultas, sus esquinas fantasma. Lo conozco lo suficiente como para saber que si elijo esa calle, los bares todavía estarán abiertos; que en esa otra hay una parada de taxi concurrida y que, más allá, la avenida es amplia. Conozco mi barrio y lo ando a las 4 de la mañana, con los tacones en la mano y los pies doloridos, pero sumándole unos diez minutos a mi trayecto inicial porque sí, estoy volviendo sola a casa en mi barrio. Sola, de madrugada y con los tacones en la mano, porque desgraciadamente tengo mis prioridades demasiado claras como para saber que inocularme cualquier enfermedad en las plantas de los pies es mejor tragedia que aparecer en un descampado desnuda y no volver a soñar en la vida.

Un coche está parado en uno de los márgenes de la calle. Me lanza dos besos al aire. Arranca, se va. Es de noche, hace frío, quiero llegar a casa y me duelen los pies. El coche se estaciona unos metros más allá, cerca del portal de mi casa. De él se baja un hombre, en su treintena, y se apoya en un banco justo en mi trayectoria. Mi portal de él dista unos metros. Se oye la música de su coche, probablemente el cabrón haya dejado la puerta abierta. Es de noche, hace frío, y sé que ese hombre me supera en fuerza. Sé que me puede obligar de cualquier manera a subir al coche. Lo que no sé es qué va a pasar después. No sé si volveré a soñar de nuevo, pero tampoco sé si podré volver a despertar. 

Saco el teléfono de mis manos pero no veo los números. No controlo mis dedos. No soy capaz de hacer absolutamente nada más que seguir avanzando hacia el hombre, hacia su coche y hacia su música. No quiero retroceder, no quiero darle la espalda. No sé retroceder. No sé cómo afirmar ante el mundo que ese hombre me puede secuestrar. No sé correr hacia alguien y comentarle mis presentimientos. "Probablemente no sea nada, tía". "Déjanos en paz." "Ignórale". No. Desgraciadamente no sé pedir ayuda, porque tampoco sé si estoy escapando de algo o está todo en mi mente. En mi mente. 

Sigo andando, sigo andando porque no sé qué otra cosa hacer. Llego a su altura, he conseguido marcar un 112 que no me atrevo a pulsar. Le miro al hombre a los ojos, y una voz firme sale desde mi garganta y le propone: "Déjame en paz, ¿o qué?". El hombre retrocede con sus palmas extendidas, niega con la cabeza. Parece que diga que "no, si yo no...". Sigo andando, la anestesia de la valentía inhibiendo mis emociones. Llego a mi portal, abro la puerta, entro, cierro. El espejo del ascensor donde me apoyo cuando mis piernas empiezan a temblar está frío.

Eran las 4 de la mañana, pero, ¿igual era más tarde? Hacía frío, pero soy capaz de decirlo porque en esta ciudad siempre hace frío de madrugada. Llevaba probablemente los tacones en las manos porque, para qué mentir, no aguanto ni diez minutos con ellos puestos. Pero me acuerdo de mi móvil con el 112 marcado. Me acuerdo de su mirada. Me acuerdo de su negación con la cabeza. Me acuerdo de que me mandó dos besos y no tres. Me acuerdo exactamente de las palabras que salieron de mis labios. No me acuerdo de que aquella noche lo pasara de puta madre, aunque seguro que lo hice: pero me acuerdo del temblor de mis piernas cuando me apoyé en el frío espejo de mi ascensor.

¿Por qué he de obligar a alguien del género masculino a acompañarme o he de pagarme un taxi para ir a casa?, ¿por qué aquel hombre se comportó de esa manera?

Elena (nombre ficticio)

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Ariel Detergente y su concepto de igualdad de género

Pantallazo de uno de los tuits de @ArielDetergente

En las últimas semanas, la marca de detergentes Ariel ha publicado varios tuits con tópicos machistas sobre la limpieza y el trabajo doméstico. Por ejemplo:

Para ti, ¿quienes lavan mejor, las suegras o las esposas?

En otros, Ariel jaleaba a los "maridos" que "ayudan" en las tareas del hogar o animaba a los niños a que hablaran de la marca a sus madres:

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Víctima por partida doble

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Captura del artículo publicado en Periodista Digital.

Captura del artículo publicado en Periodista Digital.

Si te engañaron para someterte a trabajos forzados y abusar sexualmente de ti, eres una pardilla. "Padeció todo tipo de vejaciones, abusos sexuales y agresiones físicas", subraya Periodista Digital –un diario online dirigido por Alfonso Rojo– que, sin embargo, no tiene problema en llamar "pardilla" a la víctima e ilustrar el artículo con una foto que obviamente nada tiene que ver con el caso y que busca generar el mayor tráfico posible.

Unas horas después, la web ha cambiado el titular y la foto, pero, eso sí, el artículo sigue publicado en la sección de "Ocio y Cultura. Gente".

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Como si la loca fuera yo

Paseo en bicicleta y un tipo trajeado me grita desde la acera: "¡Ole ese potorro ahí... restregándose contra el sillín!". ¿Se puede ser más burdo?

Y me voy llorando, calle abajo, intentando gestionar mi rabia porque de haber tenido fuerza suficiente para partirle la cara, me habría costado mucho contenerme. Pero no la tengo, y él lo sabe. Por eso se siente, seguramente, en disposición de faltarme al respeto. No sé cuál es su objetivo, ni qué satisfacción le puede producir, ni cómo defenderme. Más tarde me enfado conmigo misma por haber dejado que la actitud de un tarado me afecte hasta hacerme hervir la sangre y aflorar los sentimientos más primarios.

Pero, ¿qué sucede si de repente hay un tipo que va aún más allá y cruza la raya del insulto verbal?

Hace poco más de un año, un desgraciado que pasaba por allí me tocó la vulva delante de toda una fila de antidisturbios. Busqué refugio con la mirada en la "autoridad". Unos miraron indiferentes y otros esbozaron una sonrisa. Nadie se movió. Anduve hacia el agresor, le insulté, descargué mi rabia. Y los viandantes me miraron como si la loca fuera yo.

Lloré de nuevo. Exagerada de nuevo. Claro.

Se lo cuentas a los amigos íntimos, a los que sabes positivamente que te quieren, y "bueno mujer, no te hagas mala sangre por eso". Concluyo que no entienden nada porque, simplemente, no llevan siglos sufriéndolo, no saben de lo que hablamos. Y porque muy poca gente les dice que es importante que lo empiecen a entender.

Decido cambiar de estrategia. Voy camino de una reunión y dos hombres, sentados en un banco, me tiran besos como el que llama a una yegua y decido hacerles una peineta sin ni siquiera mirarles. Gritan: "'¡Será gilipollas, la tía! ¡Que te jodan!". Me paro, me doy media vuelta y les grito, en pleno centro de Madrid, a diez metros de distancia: "Encima gilipollas yo, ¿no? Me agredes tú a mí y la gilipollas soy yo, ¿no?". Se quedan boquiabiertos. Todo el mundo les mira. Ahora la vergüenza la están pasando ellos.

Y yo me marcho orgullosa de mi pequeña gran victoria.

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Apreciada Javier: aquí está tu pedido de Prénatal

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Pantallazo de la respuesta enviada por Prenatal.

Esta mañana he entrado en la web de Prénatal para comprarle una cosa a mi sobrino. Como era mi novio la persona que iba a recoger el producto en la tienda, he puesto sus datos de contacto. En ningún momento me han preguntado si era hombre o mujer. Cuál es mi sorpresa cuando recibo el email de confirmación en el que pone: "Apreciada Javier Lozano".

¿Qué pasa, la ropita de los bebés la tenemos que comprar las mujeres? Siempre me encuentro con "estimadO", "apreciadO", excepto cuando voy a comprar ropa de bebé. Es indignante.

Rocío

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Página web de Prenatal.

Página web de Prenatal.

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El miedo que inmoviliza

He vivido sola en varios países y viajado por unos cuantos más. He pasado por situaciones complicadas y he salido de ellas sin muchos traumas. Suelo decir lo que pienso, soy feminista creyente y practicante. Se podría decir de mí que soy una mujer emancipada o empoderada o como quieran llamarlo.

Y, sin embargo, el otro día en el metro eché por tierra esa descripción. De pie, apoyada contra la puerta, decidí aprovechar el trayecto para contestar correos desde el móvil. El vagón se fue llenando, así que empezaron a empujar desde atrás, pero yo seguía concentrada en los mensajes. Me moví un par de veces de manera automática sin que dejaran de rozarme, comencé a escuchar sonidos sospechosos. Levanté la vista para descubrir que el vagón no estaba en realidad nada lleno y volví a bajarla para encontrar un panorama clarificador a mi espalda.

No grité al tipo que había decidido que mi cuerpo estaba ahí para servirle. Tampoco le di un bofetón, ni siquiera le puse en evidencia como había hecho otras veces. Había llegado mi parada y me bajé triste, asqueada y con una sensación de vulnerabilidad que ya había sentido antes, como casi todas las que estáis leyendo esto. Poco después llegó el cabreo y la vergüenza por no haber sabido reaccionar esta vez, por dejarme infantilizar. Ese tipo no se lo pensaría dos veces para volver a la carga y la próxima quizás le tocara a una mucho más joven, con menos tablas y reflejos.

Ese momento, tan común que parece trivial, me vuelve a la memoria al leer algo muchísimo más alarmante. "No podemos proteger a quien siente que no tiene por qué ser protegido". Lo dice nada menos que la nueva presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género, Ángeles Carmona, en una entrevista. Habla después de la sociedad y el silencio cómplice. Pero el acento de sus palabras está en la responsabilidad de las mujeres maltratadas, transmitiendo el mensaje de que si no denuncian es porque no quieren. Las responsabiliza así de su indefensión.

Estoy casi segura de que Carmona ha sentido alguna vez, aunque sea poco, el miedo que inmoviliza, el asco que paraliza, las ganas de salir corriendo sin decir nada. En el metro o en la parada del autobús o a la salida de un bar de copas. Debería recordar y multiplicar esa sensación de vulnerabilidad por un millón para meterse en la piel de una mujer maltratada y entender lo que hay detrás de una no denuncia. Tendría que saber que si es difícil gritarle a un extraño en la calle, mucho más lo es reaccionar ante un marido, un novio, un padre y dar el paso de la denuncia. Su obligación es proteger siempre a las mujeres maltratadas, tanto a las que sienten que necesitan protección como a las creen que no lo sienten, y dejarlo claro y sin matices en sus declaraciones. No es un puro ejercicio de reflexión, es un deber inherente a su cargo. Hay vidas en juego.

Anxela


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VÍDEO: ¿Qué pasaría si cambiásemos a las mujeres por hombres en los anuncios sexistas?

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La boda de la jueza Alaya

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Una de las fotos del artículo publicado por Terra.

Mercedes Alaya es la jueza que instruye el caso de los ERE en Andalucía. Pero es noticia por los bolsos y trajes que lleva y porque renueva sus votos matrimoniales.

Artículo publicado en Terra el 17-4-2014

Artículo publicado en Terra el 17-4-2014

"El ya famoso diseño de organza y seda color blanco roto, llamaba la atención por sus detalles bordados en crema en las caderas y en el generoso escote del mismo", decía un artículo de Terra.es

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Él sabe de mecánica, ella de bodas

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Mi novio y yo vamos al banco, queremos abrir una cuenta conjunta. Extrañamente, cuando nos explican las condiciones, lo miran a él. Firmamos el contrato de alquiler, también se lo explican todo a él. Vienen a ponernos el rúter, y sólo hablan con él. Vamos al mecánico y, cómo no, sólo lo miran a él, y eso que ninguno de los dos tiene ni idea de mecánica.

La situación se hace más evidente cuando viajamos fuera. Siempre, siempre, siempre, se dirigen a él: en los restaurantes, en los hoteles, en los puntos de información... Pero, claro, la gente no sabe que, de los dos, yo soy la que habla inglés. Y vaya cara se les queda cuando él me señala y dice: "Díselo a ella, que es la que te va a entender".

Yo pensaba que esto pasaba por una costumbre de tratar siempre con los hombres (aunque tampoco me parece justificable). Pero recientemente he descubierto que es aún peor, que depende del tema del que se esté hablando.

¿Que cómo lo sé? Pues porque este año nos casamos. Y qué sorpresa descubrir que, al hablar de la boda, todo el mundo se dirige a mí. Es algo que me resulta extraño porque, al contrario de lo que pasa normalmente, él ha dejado de existir. Él es un punto más dentro de la organización de la boda, porque la importante aquí es la futura novia. Y no sólo en los establecimientos, sino que nos ha pasado incluso con la familia: cuando lo comunicamos, la gente sólo me felicitaba a mí. Fue tan evidente que mi padre dijo en voz alta: "¡Eh, él se casa el mismo día!".

Nosotros queremos algo sencillo y, sinceramente, ambos estamos perdidísimos en este mundo de bodas, ya que nunca hemos estado muy puestos en este tema. Pero la gente se extraña cuando dudo de qué elegir, o cuando digo que quiero algo sencillo o que no quiero lo tradicional. Porque la mayoría de personas dan por supuesto que yo, como mujer, no entiendo de dinero, ni de contratos, ni de cláusulas, ni de coches, ni de pagar la cuenta en un restaurante, ni de pagar una noche de hotel.

Pero ¡de bodas! De bodas soy una experta. ¡Imagínate! Deben de pensar que llevo toda mi vida soñando con casarme, que desde los doce años sé qué flores y qué vestido quería. Deben de imaginar que es mi meta en la vida y claro, sólo importa mi opinión porqué ese es mi día y no importa lo que piensen los demás, ni siquiera el novio. Ah, y porque de decoración, flores, vestidos y zapatos también se da por supuesto que sé mucho.

Sandra

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