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¿Hay que salvar a los partidos socialistas?

La crisis del socialismo francés es, junto a la del español, la más acuciante dentro de la socialdemocracia europea. Pero ningún partido de los que se inscriben en ese campo se libra de sufrir serios problemas que plantean graves incógnitas sobre su futuro

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Mediapart es un exitoso diario digital francés que se financia únicamente mediante las aportaciones de sus casi 125.000 suscriptores. Aunque alejado del sector oficial del Partido Socialista, no se adscribe a ninguna de la larga serie de tendencias, facciones, partidos y personajes que componen el espectro de la como nunca dividida izquierda gala. Su gran debate de esta semana se ha dedicado justamente al PSF, en el que no pocos de los miembros de los citados grupos o grupúsculos militaron en algún momento de sus vidas. Y el titular de ese encuentro ha sido: "¿Hay que salvar al Partido Socialista?".

Esa pregunta, u otra con intención parecida, se podría formular en España. Y también en buena parte de Europa. Lo cierto es que las respuestas a la cuestión planteada por Mediapart se referían a Francia. No han sido unánimes, pero la impresión que han transmitido muchos de los que han opinado en el debate es que el PSF tiene muy mal futuro, si es que tiene alguno. Se ha sugerido incluso que la debacle final podría llegar muy pronto si, como todo indica, la segunda vuelta de las cruciales elecciones francesas de la primavera de 2017 tiene como contendientes al candidato de la derecha –Alain Juppé o Nicolás Sarkozy– y a la de la ultraderecha, Marine Le Pen.

El actual líder del PSF y presidente de la nación, François Hollande, parece totalmente descartado, aún es posible que pierda las primarias para ser nombrado candidato oficial, y si así no ocurre tendría que disputar la primacía del voto de izquierda en la primera vuelta de las presidenciales a por lo menos otros seis candidatos. Y a Emmanuel Macron, ministro de economía de Hollande hasta hace dos meses, que acaba de abandonar el PSF y que encabezando un proyecto estrictamente de centro no deja de subir en las encuestas.

La catastrófica gestión de Hollande es en buena medida responsable de ese desastre. Empezó traicionando su programa electoral y a los pocos meses de ser elegido, en 2012, se pasó a la política de austeridad, que ha ido reventando al partido y provocado fugas en masa de militantes, sin que haya mejorado para nada la pésima situación económica y social francesa, de la que la ultraderecha ha obtenido muy buen rédito.

La crisis del socialismo francés es, junto a la del español, la más acuciante en el panorama de la socialdemocracia europea. Pero ningún partido de los que se inscriben en ese campo se libra de sufrir serios problemas que plantean graves incógnitas sobre su futuro y, prácticamente sin excepciones, todos ellos están cayendo en las elecciones y aún más en los sondeos.

El mayor de todos ellos, el Laborista británico, acaba de celebrar su congreso, que ha revalidado triunfalmente a su actual líder, Jeremy Corbin, y a su programa que reniega de todo lo que significó el blairismo y la "tercera vía" y que se coloca abiertamente frente al establishment con unas propuestas que en España podrían estar muy cerca de las de Podemos. Pero que tiene enfrente a toda la vieja guardia del partido, la que viene justamente de las etapas Blair y Gordon Brown, que dice que Corbin no ganará nunca las elecciones y que, entre otras cosas, cuenta con la mayoría del grupo parlamentario. En el horizonte amenaza la posibilidad de una escisión entre la izquierda y la derecha del laborismo, como la que tuvo lugar en 1981.

El otro gran partido socialdemócrata europeo, el SPD alemán, ha perdido tres cuartas partes de los afiliados con que contó en sus años gloriosos. Pero sobre todo ha perdido toda posibilidad de ser nuevamente el protagonista de la escena política alemana y nada apunta a que algún día pueda recuperar esa condición. Por el contrario, lo más probable es que siga cayendo elección tras elección, como le viene ocurriendo desde que Gerhard Schröder, el Tony Blair alemán, dejara el gobierno en 2005, tras haber dado un giro de 180 grados a la política histórica de su partido y abrazado en buena medida la causa del neoliberalismo, mediante la reducción de salarios y derechos sociales.

Ese cambio de orientación sigue siendo la razón principal de la escasa popularidad de la socialdemocracia alemana. Porque los sucesores de Schröder no han podido ni querido revertirlo, entre otras cosas porque su margen de acción ha quedado muy limitado por su coalición con el centro-derecha de Angela Merkel. Hoy, cuando el CDU cae en los sondeos, el SPD cae aún más.

Los partidos socialdemócratas de Holanda, Austria, Bélgica o Dinamarca no son ni sombra de lo que fueron hace dos décadas. Varios de ellos, desaparecido ya hace tiempo de sus programas cualquier atisbo de propuesta alternativa a la de del centro derecha neoliberal, son socios de segunda en gobiernos de coalición. Pero, sin excepción, sus resultados electorales empeoran en cada elección y muchos de sus antiguos votantes engrosan las filas de los ascendentes partidos ultranacionalistas y/o xenófobos. El socialismo escandinavo resiste algo mejor pero tampoco vive sus mejores momentos, tras haber ido revisando desde hace una década sus avanzados planteamientos, los que convirtieron a la socialdemocracia sueca, por ejemplo, en un mito.

En Grecia, el Pasok ya es historia. En Italia, el Partido Socialista de Bettino Craxi despareció sin más y hoy el centro-izquierda es el resultado de la fusión del ala izquierda de la antigua Democracia Cristiana con los herederos del Partido Comunista reconvertidos en socialdemócratas. Su partido, el Partido Democrático, gobierna amenazado por la ascensión del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, que a pesar de algunos últimos reveses sigue siendo un claro candidato a ganar las próximas generales.

Nada parecido a una opción socialdemócrata sólida ha sobrevivido a la larga convulsión política que los países del antiguo bloque del Este han sufrido en las últimas dos décadas. Por ahora lo que manda en ellos es el ultranacionalismo y la derecha, incluso la más extrema.

Y queda Portugal. En donde un valiente y hábil primer ministro socialista, Antonio Costa, decidió hace casi un año formar gobierno son los comunistas y el Bloco, que algunos llaman el Podemos portugués, y aplicar una política económica y social que contradice abiertamente, aunque sin sobresaltos ni excesos, los mandatos de Bruselas. El gran problema de Antonio Costa es que el fantasma de un nuevo rescate vuelve a agitarse sobre Portugal.

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