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"Si algún día ya no podemos seguir tocando en público, en el salón de casa seremos felices con nuestras canciones"

Entrevista a Nahúm Cobo y a Yenia Popova, integrantes de la banda cántabra cuyo segundo disco, 'Desorden en equilibrio', acaba de ver la luz

"El ritmo de grabación pausado nos permitió reflexionar sobre nuestro recorrido y plantearnos hacia donde queríamos ir", reconocen

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Nahúm Cobo y Yenia Popova, integrantes de la banda cántabra Chebú. | VÍCTOR VÉLEZ

Nahúm Cobo y Yenia Popova, integrantes de la banda cántabra Chebú. | FOTOS: VÍCTOR VÉLEZ

Chebú es una de esas bandas de difícil clasificación, pues su música transita con naturalidad por un generoso catálogo de estilos sin que haya uno definitivo al que adscribirla. ¿Cómo? Nahúm Cobo (Astillero, Cantabria, 1978) y Yenia Popova (Yaroslavl, Rusia, 1986) lo tienen claro: «hacemos música». La respuesta categórica no debe llevar a engaño, pues, como se comprobará enseguida, tanto el uno como la otra se detienen a explicar sus razones, al tiempo que reflexionan sobre su trayectoria, el lugar en que se encuentra la banda actualmente, así como sus expectativas, sobre todo las que se refieren a  Desorden en equilibro (OCA Records, 2017), su más reciente trabajo discográfico.

Desde que formaran la banda en 2010, Chebú se ha ido consolidando como una apuesta segura en la escena musical cántabra. En 2012 se estrenaron con  Confusión en tu casa..., un álbum que gozó de una buena acogida y que sirvió para sentar las bases de las que ya son algunas de las notas distintivas de su propuesta: el sincretismo sonoro, la exploración melódica o el recurso a varias lenguas para componer las letras de sus canciones.

Antes de empezar la entrevista, Yenia me advierte que Nahúm tiene mucha cuerda, que cuidado. Ella no le va a la zaga, aunque son estilos diferentes: él posee un verbo torrencial y gesto inquieto, mientras que ella es pausada e introspectiva, pero directa. Localizada en un entorno rural casi idílico (zona de Liérganes, Cantabria), nos reunimos en su casa para conversar sobre música y sobre su trayectoria, con especial interés en ese  Desorden en equilibrio. Tres años han pasado desde que se iniciara la grabación; la espera ha sido larga, pero, según nos cuentan, ha merecido la pena. Se trataba de cuidar al máximo cada detalle y de dejar tiempo para que la lista de colaboradores fuese engordando, hasta componer un cuadro lleno de colores. Asimismo, ese interludio les ha servido para crecer como músicos y como banda, para tener más claro quiénes son, además de para alimentar otros proyectos artísticos y culturales en los que se hallan embarcados. Ahora, ante ellos, un 2018 cargado de propósitos, especialmente el de viajar todo lo posible con el nuevo disco bajo el brazo y la ilusión de hacer llegar su música a todas partes. 

Nahúm Cobo y Yenia Popova, integrantes de la banda cántabra Chebú. | VÍCTOR VÉLEZ

VÍCTOR VÉLEZ

¿Cómo nace Chebú? ¿De dónde veníais?

NAHÚM. Lo mío fue una inquietud. Hace siete años yo estaba haciendo rock con varios grupos, pero había mucha de la música de la que tocaba y componía que se quedaba en casa. Es cierto que en un primer momento tampoco buscaba que tuviese más recorrido, pero cuando conocí a Yenia vi la oportunidad de poder dar salida a muchas cosas que encajaban peor en otros proyectos. Muchas de las carencias que tenían esas composiciones eran suplidas con su voz.

¿Por qué era difícil encajar esas composiciones?

NAHÚM. Bueno, es que mi formación es clásica, de conservatorio. Hasta más tarde no empecé a estudiar, con profesores y de manera autodidacta, música moderna. Claro, yo me ponía al piano y las manos se me iban, siempre me salía un color muy clásico. Y eso es lo que predominaba en las composiciones que hacía antes y, aunque me nutría de ello, era difícil que encajaran con proyectos como Lunática, Banshee o Javi Botanz, por lo menos para mí. Así que hacía falta otra cosa, algo más amplio, y eso fue lo que aportó Yenia, porque, cuando ella canta, lo tiñe todo y siempre encaja.

¿Y cuáles son tu orígenes musicales y formación, Yenia?

YENIA. Mi formación es autodidacta, mi bagaje es el que me legó mi familia a través de la música que escuchaba mi padre y la que escuchaba mi madre… y me imagino que de resquicios que quedaron de mi infancia. Hasta hace pocos años no sabía que uno de mis abuelos tocaba el acordeón y daba clase en el conservatorio en Rusia. Él solía venir a casa con su acordeón y me pedía cantar y bailar. Es algo curioso porque, como te digo, no lo recordaba y creo sin duda que me marcó. En mi casa la música siempre ha estado muy presente, pero nunca he tenido una formación reglada. Es más bien ahora, llegados a este punto, que se me abre el apetito.

La música de Chebú se caracteriza por el sincretismo, con sonidos tomados de diversas culturas. ¿Buscabais esa mezcla o es algo a lo que llegasteis?

N. Yo creo que es algo a lo que llegamos. Los dos tenemos el recuerdo de que, cuando empezamos a crear juntos, había dos tendencias creativas que de algún modo buscaban unirse, pero que de entrada quedaba todo un poco forzado. Las primeras composiciones que salieron de ese encuentro fueron pequeñas rarezas. Fue algo bastante natural, a la vez que buscábamos cierta originalidad. Ahí se veían, por otro lado, las influencias mías y las de Yenia. A veces vemos algún tema de los primeros y nos damos cuenta de que ahí ya estaban esas rarezas, un acorde diferente, una melodía u otro detalle que lo distingue. Lo bueno es que eso sigue pasando, aunque a veces también nos decimos: «oye, esta canción es muy normal», y entonces te propones conscientemente darle una vuelta.

Y. Hace poco, le enseñamos un tema a Iván Velasco, el guitarrista de la banda, que para nosotros era muy «normal» y nos suelta: «sí, es una rareza muy Chebú». O sea, que al final nos hemos acostumbrado a ese punto de diferencia y hemos perdido la perspectiva de lo que es más «normal» [risas].

La originalidad de vuestra propuesta salta al oído, pero siempre hay influencias, nombres, discos o canciones que marcan. En vuestro caso, ¿dónde tendríamos que ir a buscar vuestras referencias para entender mejor dónde os situáis?

Y. A mí me gusta mucho el jazz y la música de los años cincuenta, pero también el rock.

N. En todos estos años lo hemos hablado más de una vez y lo que parece claro es que, más que irnos a estilos musicales, aquello que nos ha marcado y nos llama más la atención son las propuestas de creadores que no se han limitado a hacer más de lo mismo. Es decir, gente que ha roto o dado una vuelta de tuerca a estilos, incluso estilos muy manidos. Cuando pienso en los grupos o artistas que me influyen a la hora de componer, suelen ser los que van es esa línea. Un ejemplo de esto es, para mí, Pearl Jam [Yenia: ¡yo estaba pensando en Pearl Jam!] es una banda que, saliendo del grunge, consiguió un sonido muy propio, con un giro particular, y míralos, ahí siguen, después de 25 años, siendo un grupo de referencia, precisamente porque no se encasillaron y siguieron reinventándose. Otros grupos que me gustan mucho y que me han influido son Muse y Placebo; también Queen…

Y. Queen es básico para mí. Tengo que mencionar, en otro plano, a Nina Simone, y a Fiona Apple, una mujer que me fascina. También Jeff Buckley, que yo creo que vino de otra galaxia y, tal como vino, desapareció. Son músicos muy distintos entre sí, pero que, dentro de sus registros, fueron capaces de hacer avanzar la música un poco más. Y seguro que me dejo algún nombre…

Me llama la atención que las referencias que anotáis son muy anglosajonas.

N. A mí me gusta distinguir entre dos tipos de influencias: estas, que son las conscientes, y el poso, lo que te ha ido quedando, que forma parte de ti y es muy difícil nombrarlo.

Y. Si nos ponemos a hablar del poso, tenemos que encender la radio de mi abuela [risas]...

N. Es que, claro, ahí está toda la música española, de cantautores que escuchaba en casa de mis padres.

Y. El acordeón de mi abuelo… Son cosas que, en definitiva, forman parte de ti y que siempre salen por algún lado sin que uno pueda controlar o recordar siquiera que están ahí. Pero cuando indagas y te escuchas, lo reconoces.

Nahúm Cobo y Yenia Popova, integrantes de la banda cántabra Chebú. | VÍCTOR VÉLEZ

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Acabáis de estrenar nuevo disco, el segundo, Desorden en equilibrio. Es un trabajo muy esperado que, sin embargo, ha tardado tres años en ver la luz desde que se iniciara el proceso de grabación. ¿Cómo afrontasteis el proyecto y por qué se ha dilatado tanto el proceso?

Y. Tras terminar el primer disco, Confusión en tu casa… , sabíamos que íbamos a grabar el segundo, porque teníamos material. Un día recibimos un correo electrónico de José María Díez Monzón y, tras una entrevista con él y varios encuentros, preparamos una maqueta. Como esto salió bien, decidimos grabar con él. El proceso tardó tanto porque, al carecer de una financiación fuerte, el disco se hizo en base a colaboraciones de personas diversas y de distinta procedencia, que colaboraban cuando realmente podían. La parte positiva de que se dilatara la grabación es que terminas contando con gente que merece mucho la pena y que se implica en lo que hace al máximo. Hemos tenido la fortuna de que tocase en el disco gente como Albert Vila o Borja Berrueta, por ejemplo.

N. Esto ha permitido también que muchos de los temas fuesen creciendo, madurando en el estudio. Hay canciones, como «Tras la puerta», que, por ejemplo, Charly [Pérez], el baterista, no había tocado nunca con nosotros. La oyó y la trabajó por su cuenta, y se fue a grabarla al estudio; así hubo más casos, lo cual también influye en el tiempo. Por otro lado, el productor, José María, tenía la referencia de nuestro primer disco, que, en comparación, era más sencillo. Claro, aquí se encontró con que los temas estaban más desarrollados, eran más complejos, con bastante más instrumentación. A la vez, como decía Yenia, nosotros intentamos aprovechar las oportunidades que se nos presentaban: que está por aquí Albert Vila, pues a por él, a ver si puede grabar algo de guitarra; Marcos Casal, algo de voz; si tenemos tres vientos, lo mismo. En definitiva, no queríamos sacrificar esas colaboraciones por las prisas de acabar el disco.

¿Qué otras ventajas –y perjuicios- se derivan de que se alargara tanto la grabación?

Y. Yo creo que, en parte, hemos desaparecido un poco de la escena musical. La ventaja ha sido vivir desde la calma todo el proceso de grabación y composición.

¿De qué habéis vivido musicalmente todo ese tiempo?

N. Pues hemos alimentado otros proyectos, como Furor Poeticus.

Y. Pero Furor responde más a otros factores, aunque fue positivo en ese período, porque éramos conscientes de que la grabación iba lenta. No obstante, lo más importante es que el ritmo pausado nos permitió reflexionar sobre nuestro recorrido y plantearnos hacia donde queríamos ir. A la vez que trabajábamos en el estudio, surgieron materiales que son casi un tercer disco, revisamos temas viejos que incluso versionamos. Eso está bien porque te permite valorar tu propia evolución. Entiendes que el primer disco es una foto de aquel momento, que te conoces mejor y que la identidad como grupo se va asentando. Y, por supuesto, como decía Nahúm, exploramos otras vías, como las colaboraciones que dieron lugar a Furor.

N. Nos interesa mucho el mundo audiovisual. Tuvimos la fortuna de que nos pidieran música para una película y un cortometraje. Para nosotros es muy importante la idea de combinar distintas expresiones artísticas, de colaborar con otra gente que está haciendo cosas interesantes. Es la misma idea de la que nace Furor Poeticus, por ejemplo.

¿Cuál es vuestra percepción de la evolución del grupo más allá de lo que ya hemos comentado en cuanto a producción?

Y. El primer disco era más casero; este está más producido, es más complejo, como te comentábamos. Pero… [pausa] estamos creciendo. Ahora mismo estamos trabajando en los temas de lo que será nuestro tercer disco y, a ver, como que está aún más claro qué es Chebú. En Desorden también, por supuesto, pero la sensación es que nos vamos acercando a nuestra esencia.

N. Por otro lado, lo que nos permite contar con tantas colaboraciones es que, si bien la composición parte de nosotros, cada músico aporta algo propio. Siempre hay una guía, pero preferimos que, si hay una colaboración de un guitarrista, sea su guitarra la que vaya al disco, lo mismo hasta con las fotos. Es decir, que no hay nada por encargo. Es muy enriquecedor y es una suma que define muy bien lo que hacemos. Por ejemplo, siguiendo con lo que decía Yenia, si nos vamos al primer disco en busca de cuáles son las canciones que mejor representan a Chebú, yo diría que son las últimas, «Los pájaros no lloran» o «Acrobacias», porque tienen esos giros, esas rarezas; también las compusimos juntos desde el principio, y luego han seguido creciendo. Claro, son dos temas de siete…

Y. Con «Acrobacias» recuerdo que pensé al llegar a casa: «hemos hecho un temazo», porque es que ¡me reconocía plenamente con esa canción!, independiente de que gustase más o menos al público. En este nuevo disco, la sensación es más heterogénea, lo cual nos plantea el problema, a la hora de pedir un ‘bolo’, de qué tema enseñar cuando te solicitan una muestra, dado que son muy distintos. Lo mismo para elegir un single.

N. Pero lo importante es que, a pesar de ser distintos, son Chebú. Y para el tercer disco se trata, como decía Yenia, de que todos sean plenamente Chebú.

Y. En el fondo, a mí me da mucha rabia haber tardado tanto en terminar el disco, pero cuando pienso en todo lo que hemos aprendido, en el estudio, en casa, no estando en la escena… al fin y al cabo, es lo que nos ha permitido acercarnos más a lo que somos. Y si algún día ya no podemos seguir tocando en público, al menos en el salón de casa, con nuestra canción seremos felices, porque te identificas y te reconoces en eso.

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¿Qué colaboración ha sido la más inesperada?

Y. Yo diría que la de Phil Grijuela. Es curioso porque es un amigo que tenemos más a mano. A mí me encanta su voz, y al tratarse de una versión de una canción de Johnny Cash [«Ring of Fire»], lo pedía; vimos que pegaba en «Bizarre» y lo aprovechamos. Pero en realidad y bien mirado, todas son colaboraciones inesperadas, porque cuando compones un tema no te planteas quién puede colaborar y cómo. Cada aportación es un privilegio que permite que la canción se vuelva más redonda. Ahí está también la voz de Marcos Casal en «Emotion», que es una pasada. Por otro lado, la colaboración de Alberto Vaquero a la trompeta ha sido muy especial. Por ejemplo, en «She Fell» se encargó de la dirección; además de los solos en «Oscura y fiel», una canción que con él a la trompeta y con Albert Vila a la guitarra gana muchísimo. Vamos, que todas las colaboraciones han estado a un nivel increíble y han hecho que incluso algunas canciones funcionasen mejor.

N. El disco se grabó en Estudios Ibioson, donde José María Diez en la producción y Ángel Santiago como técnico de sonido han hecho un trabajo maravilloso; finalmente, Ángel (OCA records) se encargó también de la publicación del disco. Estamos muy satisfechos por el resultado, que es producto de todo es proceso, que ha sido largo y en el que se ha implicado mucha gente y muy buena en lo suyo.

Y el tipo de grabación.

Y. Sí, ha sido a través de un sistema analógico de 24 pistas. Es más complicado grabar así. De hecho, muchos de los músicos que nos acompañaron se sorprendían cuando llegaban al estudio, porque para ellos era la primera vez con este sistema. La idea de utilizar este medio fue del productor, que buscaba recoger un sonido más orgánico, con sus defectos y sus ventajas.

N. Por ejemplo, en las canciones que hay chelo, se oye respirar a Miguel; o los desplazamientos de los dedos en la guitarra, así como otros ruiditos. No sé, es como más puro, con lo bueno y con lo malo.

Entre las catorce canciones que componen el álbum, sólo hay una versión, la mencionada «Ring of Fire », de June Carter y Johnny Cash. ¿Cómo se elige la canción que vais a versionar?

N. La teníamos hecha hace tiempo. El productor nos propuso hacer una versión y, tras barajar varias opciones, decidimos volver a algo más interiorizado. La grabamos, no nos convencía mucho al principio, pero luego con la voz de Phil Grijuela y los arreglos quedó muy bonita.

Y. Es una canción a la que tengo mucho cariño, sobre todo después de ver la película que se hizo de Johnny Cash hace unos años, En la cuerda floja.

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Quiero preguntaros por algo que es llamativo en vuestra propuesta. Me refiero a la elección de al menos cuatro idiomas para componer vuestras letras. ¿Por qué, qué os aporta y qué dificultades os encontráis en esta elección?

Y. Yo siempre me he sentido atraída por otros idiomas. Me hubiese encantado estudiar Traducción e Interpretación, finalmente cursé Interpretación de Lengua de Signos. En cuanto a la música, está relacionado con lo que comentábamos más arriba, es decir, con lo que te ha nutrido musicalmente. En mi casa hay mucha música en inglés, en español, en francés y, claro, en ruso. Pero también, a nivel melódico, cada idioma tiene sus razones. Cuando a mí me nace una melodía, pruebo a ver por dónde puede ir. Por ejemplo, el inglés resulta una lengua muy interesante, sobre todo por lo versátil que es, con lo cual permite jugar bien con las melodías. El español, en cambio, por el propio ritmo que tiene, es más complejo; la fonética resulta menos flexible. En este caso me ayudó a aprender mucho el proyecto Furor Poeticus, es decir, trabajar con una base de texto en español para crear melodías en español. Por otro lado, creo que cada idioma te hace sentir de una manera diferente, y te estructura la mente de una manera diferente; hay términos que ni siquiera se pueden traducir de una lengua a otra. Por eso, el mismo hecho de moverte en varios idiomas te enriquece mucho.

N. Desde otra perspectiva, te puedo decir que hay música que te pide un idioma u otro. Yenia misma muchas veces es la que dice «umm, es que esto no lo veo en este idioma…» y explora otras melodías. Por otro lado, te voy a decir que tampoco entiendo, ni comparto, eso que se dice mucho de que este o aquel tiene que cantar en español porque es español. Para mí es como si vas a un museo y pides que el pintor Fulanito pinte con esta técnica. Es que, sabes, una obra transmite y te llega sin necesidad de que entiendas el cien por cien de lo que está comunicando el artista.

Y. La mayor parte de la comunicación es no verbal, y si se trata de la voz, no es únicamente lo que se está diciendo, sino que hay otras cualidades, como el tono, pausas, entonación, por ejemplo. Y a eso tienes que sumar la música. De hecho, me ha pasado que, después de un concierto, se me acerque gente para decirme cuánto se había emocionado con una canción que está entera ¡en ruso! Ah, y eso me recuerda una cosa sobre las letras de Chebú. Al escribir tiendo a lo abstracto, y no por hacerme la interesante, sino porque creo que no necesito pintar todo el paisaje, ni contar mi momento de vida. Creo que todos coincidimos en ese momento de vida, pero en diferentes situaciones, es decir, todos hemos vivido el dolor, el amor, etc., aunque sea con matices. Cuando escribo, quiero que sea general, y luego que cada uno se busque.

Con Marco Mezquida hablé de un tema similar, pero a propósito de la música instrumental y la música vocal y sus potencias narrativas.

Y. Yo creo que la música instrumental es igualmente narrativa. Y, en el caso de Chebú, cuando recurrimos a figuras más abstractas, creo que lo que hacemos es poner el camino y que el oyente haga el resto. En la instrumental, igual no está puesto ni siquiera el camino.

N. Es un campo interpretativo mucho más amplio, que requiere al menos dos cosas: cierto esfuerzo, aunque es un esfuerzo grato, y cierta capacidad de atención, algo que, con el paso de los años, nos cuesta cada vez más. Los motivos de esto no vienen al caso, pero parece claro que nos cuesta mantener la atención, incluso en cosas que nos gustan y nos interesan. Y para la música instrumental hace falta, creo yo, más atención, pues no tienes una voz que te enganche con palabras que el cerebro identifique al momento sin tener que hacer el esfuerzo de imaginar. No tiene ese gancho del texto y, por tanto, necesita más atención y cierto esfuerzo. Y, ojo, que no se trata de que sea mejor o peor, ni mucho menos, sino que creo que demanda cosas distintas. Ahora tenemos tantos estímulos, es todo tan instantáneo, que nos cuesta más ese tipo de ejercicio, incluso para el disfrute. No sé si tengo razón, pero por ahí va mi hipótesis.

Marco pensaba parecido, si te sirve…

Y. Es que la música es una expresión artística del alma humana. Y cada manifestación de ese arte tiene su campo de cultivo. De nuestra música siempre nos han dicho que es como muy cinematográfica, ¿verdad?

N. Sí, a ver, es que hacemos música. Ahí está la voz, por supuesto, pero dedicamos muchísimo esfuerzo a la armonización, al acompañamiento, hay mucha miga y muchos detalles. Eso se nota mucho cuando reducimos el formato y tocamos a dúo o a trío, con el chelo. Lo concebimos como un todo, no se trata de hacer música para la voz, sino que cada instrumento, cada elemento tiene su importancia y papel.

Y. El otro día me comentaron que mi voz es como un instrumento más, y creo que es así. Hay muchas canciones en las que soy yo la que acompaña, y otras en las que tengo más presencia. Pero varía según qué tema.

Nahúm Cobo y Yenia Popova, integrantes de la banda cántabra Chebú. | VÍCTOR VÉLEZ

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Ya hemos comentado algo de pasada, pero querría que me hablarais un poco más de cómo os organizáis a la hora de componer.

N. No hay organización, es como surge. A veces tengo una línea de piano a la que Yenia le pone una melodía; a veces es al revés; a veces Yenia hace el inicio del piano y de ahí seguimos; un arreglo, una idea rítmica, una letra… Puede surgir de cualquier lado, la verdad.

Y. Re mayor, fa menor ¡DIM-DAM, DIM-DAM! [risas]. Y así todo el tema. Eso pasó con «Los pájaros no lloran», me acuerdo. Vamos, que no tenemos un reparto de tareas, es un poco caótico. El título del disco no es casual [risas]. A ver, a veces voy con el coche, cojo el móvil (no debería, lo sé) y mando a Nahúm un mensaje de voz con una melodía; luego, él me manda algo de piano; cuando nos juntamos, tratamos de unir las dos partes y trabajarlas a ver qué dan de sí.

Quiero volver sobre la cuestión de la formación de Chebú. ¿Qué espacios dejáis para que cada miembro de la banda aporte sus propias creaciones?

N. Siempre hay unas indicaciones, pero nos gusta, como decíamos antes, que cada músico aporte algo propio. Además, tenemos plena confianza en la gente que nos acompaña. Por ejemplo, Charly tiene su trabajo y sus proyectos, y a la música dedica todo el tiempo que puede y lo hace con muchas ganas; en cambio, Iván Velasco y Dani Simons [bajista] se dedican profesionalmente, o sea, viven de la música básicamente. Independientemente de una u otra situación, son personas que están totalmente implicadas con Chebú, y en eso somos muy afortunados. A mí me gusta distinguir, en este caso, entre colaboración y cooperación. Ambas ideas son fundamentales, pero en el caso de los componentes del grupo, se trata de músicos que están implicados en el proceso de creación desde el principio, aportando sus propios materiales. Eso es la cooperación: la creación conjunta, siempre abiertos a sugerencias de todos, cada uno desde su lugar. Es muy enriquecedor y es lo que hace que al final cada uno toca su canción que es a la vez la canción de todos.

Con Iván Velasco a la guitarra y con Charly Pérez a la batería Chebú ha ganado en potencia y garra.

Y. Sí, totalmente. Y con Eduardo Martínez, que toca el bajo cuando no está Dani. Por otro lado, ahora también contamos con Miguel Terio, que nos acompaña en formato trío, lo cual nos permite dar forma a otro perfil de Chebú. Él toca el chelo y es, como decía Nahúm antes, su chelo, con sus arreglos y con todo su cariño. Es otro compositor más sumando al proyecto.

Venís de presentar el disco en directo. Me gustaría que comentarais cómo valoráis esa primera toma de contacto con el público.

N. La presentación del disco la hicimos en el Rvbicón, porque, aunque sea ya un tópico, es como jugar en casa. Allí nació Chebú como banda realmente. Entonces, y en relación lo el tiempo que hemos tardado en sacar disco, ahora mismo estamos en un período de readaptación de nuestro público. Durante ese tiempo de demora, dimos bastantes conciertos de piano y voz, que contrasta mucho con la propuesta actual a banda completa. Estamos más cerca de nuestro sonido, pero es cierto que en la memoria de mucha gente estamos como una formación más sencilla –y también lo somos, ojo-. El otro día éramos seis personas en el escenario, imagínate. Los comentarios que nos llegan por el momento son buenos, tanto del directo como del disco.

Y. Para actuar con este formato tenemos que elegir bien los espacios, eso está claro.

N. Por eso hablo de readaptación, porque entiendo que nuestro público se está acostumbrando a esta nueva dimensión. En general, la sensación es positiva, porque además siento que quienes nos tenían más escuchados ahora nos están redescubriendo, y quien menos, pues nos ven así. Más de lo mismo no podíamos dar, porque nos aburrimos personalmente y aburrimos al personal. Yo creo que la gente se lo pasó bien viendo esta nueva faceta de Chebú.

Y. Debo añadir que, de todas formas, el concierto del Rvbicón lo hacemos todos los años, coincidiendo con el aniversario de Chebú, así que corresponde más a una fiesta que a una puesta en escena propia de la presentación de un disco. Es un planteamiento más abierto, menos sesudo.

N. En otro sentido, también fue una pequeña liberación. Porque, por ejemplo, respecto al año pasado, ya teníamos por fin el disco y podíamos tocar las canciones, enseñarlas y ver cómo quedaban. Teníamos ganas de que llegara ese momento. También hemos vendido bastantes discos, que siempre es un buen indicador.

Para la presentación, ¿contáis con salir de la comunidad o vuestro ámbito de acción se circunscribe a Cantabria?

Y. No, no, ya con el primer disco hicimos algunas salidas, y con este la idea es salir más. Aún tenemos que definir el recorrido que haremos, pero tenemos intención de ir más allá de Cantabria.

N. Siempre nos hemos movido lo que hemos podido. Con el primer disco estuvimos en Asturias, en Burgos, en Madrid… La idea que tenemos con este disco es dar un paso más hacia la profesionalización, en todos los sentidos, ya en el comentado respecto a la grabación, pero también en lo que se refiere a la promoción. Lo que ocurre es que, hasta que no hemos tenido el disco en la mano, no hemos querido cerrar nada. Ahora estamos en eso: en primavera-verano ya tenemos concertado un viaje a Cataluña, donde haremos una pequeña gira; en la primera mitad del año actuaremos en Madrid, Zaragoza, San Sebastián y Burgos, aunque estamos en proceso de concretar las fechas. Como te digo, la idea es que 2018 podamos movernos todo lo que podamos. Pero, ojo, todo esto sin descuidar Cantabria, que es nuestro campamento base, donde más nos conocen, por supuesto, y donde podemos seguir promocionando el disco. Aquí ya tenemos varias fechas cerradas, en Santander, incluyendo el Palacio de Festivales, y por toda la comunidad.

Nahúm Cobo y Yenia Popova, integrantes de la banda cántabra Chebú. | VÍCTOR VÉLEZ

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Con mi pregunta buscaba calibrar vuestra proyección como banda. Me gustaría que reflexionáis sobre qué horizonte de crecimiento y difusión contempláis a medio-largo plazo.

N. A ver, sin que suene pretencioso, en cuanto a promoción, apuntamos a lo más alto posible, luego llegaremos donde tengamos que llegar, porque eso no depende de nosotros. Pero, por nuestra parte, seguiremos haciendo la música que queremos lo mejor que sepamos y, por supuesto, intentaremos que llegue al máximo posible de público, porque, sabes, creo que nuestra música tiene ese público. Nuestro trabajo tiene que apuntar a lo máximo o, mejor, lo más lejos, porque no es una cuestión de categorías.

Y. Lo más importante es hacer lo que queremos hacer y hacerlo bien. No se trata de a donde quieras llegar, sino del trabajo que haces. Queremos estar a gusto donde estemos, todos los ‘bolos’ son importantes…

N. …lo mismo tocar ante diez personas en Potes, que tocar ante cuatro en Madrid, como nos ha pasado. Si llegas a esas personas y les gusta lo que haces, se compran un disco… ya está. Nosotros tenemos unos amigos en Burgos que nos contaban que ellos se han ganado sus seguidores uno a uno, en concierto de diez personas que compraban tres discos, o conciertos de cuarenta que igual se vendía uno.

Cambiando de tercio y yendo hacia el final, quiero preguntaros por otros proyectos en los que andáis metidos: Furor Poeticus, del que ya hemos comentado alguna cosa, pero también otros, como la asociación Cultural Cheburashka.

Y. La idea de Furor es la de combinar distintas manifestaciones artísticas, que es algo que nos gusta mucho. Teníamos en mente la figura de los trovadores, que componían poesías e iban con su instrumento por todas partes recitando y entreteniendo al público. Aquí en Cantabria hay muy buenos poetas, así que decidimos aprovechar esa oportunidad y proponérselo a varias personas, que además colaboraron con nosotros encantados. Fue una suerte poder trabajar con artistas tan destacados Marcos Díez Manrique, Lorenzo Oliván, Marta San Miguel, Adela Sainz, Mikel Lado Peña, Juanjo Galíndez. Todo ello en un proceso muy casero, pero que yo creo que quedó muy bien. Tenemos intención de seguir desarrollando esa vía de combinar artes, como pintura y música, o baile; también teatro, que es una de las cosas que tenemos cociéndose –eres el primero al que se lo contamos-, por lo que ya estamos hablando con distintas personas para organizar el proyecto.

N. De ahí viene la Asociación Cultural Cheburashka, que es una manera de dar soporte a todos estos proyectos de mezclar artes. Música y teatro, los cuentacuentos musicales que hemos creado para diversos eventos… Chebú, claro, tiene que ver con todo esto, ya que hay música y nos sirve de base. No obstante, la idea es explorar otros espacios, otras disciplinas que puedan tener la música como base, o no, aunque creo que va ser difícil que en cualquiera de las iniciativas que desarrollemos no esté la música muy presente, aunque no necesariamente como protagonista. En definitiva, la Asociación Cultural es la forma de dar sostén a todas esas inquietudes que tenemos y a las ganas de colaborar y cooperar con otras personas.

Y. Tanto Nahúm como yo pertenecemos al ámbito de la educación, el como maestro y yo como pedagoga. Con esto quiero decir que buena parte de la inspiración de Cheburashka está relacionada con nuestra formación. Hay una voluntad de trabajar con niños y con padres, aportando algo que pueda resultar, además de bonito y divertido, en cierto modo edificante. En esta línea, hemos hecho un cuentacuentos para Cantabria Coopera sobre la temática de la cooperación.

Volviendo a Chebú, también nos han propuesto poner música a un cortometraje. Es algo que ya hemos hecho, colaborando en la película cántabra En línea, lo mismo que el cortometraje Pósit .

Como estamos en víspera de fin de año, para acabar ¿qué esperáis de este 2018 que viene?

N. Grabar el tercer disco, cuya composición está avanzada, esperando que no se alargue tanto como el segundo. Y lo que te decíamos, promocionar mucho Desorden en equilibrio, ir cerrando fechas, alguna que otra entrevista, viajes. Sí, nos gustaría poder viajar mucho.

Y. Tenemos la inquietud y las ganas de ocupar espacios inusuales. Componer y dar conciertos, por supuesto, pero también seguir colaborando y explorando otras áreas artísticas. Está en la recámara, por cierto, un Furor Poeticus a nivel nacional, que es algo que nos gustaría hacer algún día y de lo que ya se han dado algunos pasos; por otro lado, pensamos en la posibilidad de hacer Signos Sonoros, combinando música y lengua de signos. Son carpetas abiertas que requieren mucho trabajo y dedicación…

Y tiempo. Os va a faltar año para todo, ¿no?

Y. [risas] ¡Sí, y tanto! Pero ahí vamos. Compaginar todo es complicado, pero lo hacemos por temporadas. La música no es algo que uno se imponga hacer en un momento determinado, al contrario, a veces la olvidas un poco y al rato te está llamando a la puerta. Es una mezcla de necesidad con aquello que está más arraigado en nuestro ser, así que también es una forma de limpieza…

N. De ahí viene catarsis… ¡qué filosóficos al final! [risas].

Nahúm Cobo y Yenia Popova, integrantes de la banda cántabra Chebú. | VÍCTOR VÉLEZ

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