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Absurdia, capital Bruselas

Se lleva ahora ser revolucionario con coche oficial, nómina a final de mes y asilo político. Es más limpio y más saludable.

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Puigdemont no aclara su futuro inmediato

Carles Puigdemont durante su rueda de prensa en Bruselas. | EFE

Cuando escribo estas líneas medio Gobierno de la nueva República de Absurdia ('Le Figaro' dixit) anda exiliado por Bruselas y estudia solicitar asilo político. Al tiempo, la otra mitad y los partidos que la sustentan anuncian con la boca pequeña que van a presentarse a las elecciones del país de al lado, al que acaban de abandonar como quien dice 24 horas antes, también conocido como España. O tal vez sea el mismo país. O tal vez sea un país cuántico con fronteras en Facebook y cajas de resistencia en Andorra. Yo ya me pierdo. Pero la mejor prueba de que Cataluña sigue siendo España es su querencia por la astracanada.

Acabamos de inventar la Revolución al 3%, que es como una revolución de las de siempre, pero con gente seria, de orden, que elabora comunicados cargados de ardor guerrero y manda al propio a la barricada, en horario de cuatro a cinco los días laborales, que para eso están los pobres. 

Cuando Baudelaire bajó a las barricadas allá por 1848 se le vio muy enardecido gritando "¡Muera el general Aupick!". El general Aupick era el gobernador de París, pero también era el padrastro del vate, el cual lo odiaba como solo puede odiar aquel que no puede ser feliz más que al lado de su madre o en algún paraíso artificial. Unos años después, cuando Alemania quiso dinamitar el frente ruso en la I Guerra Mundial, sólo tuvo que meter a Lenin en un tren y mandarlo a San Petersburgo. Lo demás es historia, nada artificial por cierto.

Como se verá, hay dos formas de hacer la revolución, a las bravas o con el boletín oficial, y en Absurdia lo tienen claro. Se lleva ahora ser revolucionario con coche oficial, nómina a final de mes y asilo político. Es más limpio y más saludable. Sobre todo porque la Policía está por una vez del lado de los revolucionarios. Nada de cruzar fronteras perseguido por los perros de los aduaneros ni disfrutar de la cochambre de los centros de reclusión para sin papeles. Es mucho más moderno alojarse en el Metropole y codearse con playboys y amantes de directores generales. Pero algo baudeleriano, que no las lecturas, se les ha pegado a los gestores inexistentes de esa República Fantasma que linda con Francia, España y el valle de Arán. Y son los paraísos artificiales. Me reconocerán que eso es innovación y emprendimiento aplicada a la cosa del procés.

En Absurdia hay más votos que papeletas y la policía auxilia a los que vulneran la ley para que no se hagan daño. También hay banderas, banderas hay para dar y regalar, algo que hace feliz al chino que todos llevamos dentro. Poner la bandera en el balcón es como ponerla en el perfil de las redes sociales y como en las redes sociales la vida se vuelve artificial, como más bonita y además se desconecta el aparato cuando uno quiere. El problema es que luego hay que bajar a la calle, que no tiene nada de paraíso, ni siquiera fiscal.

Y en España, los partidos como Podemos implosionan, Ciudadanos sube como la espuma y vuelven los campeones de las libertades. Ahí tenemos, cual Cid Campeador, al megafiscal Maza, por no hablar del ministro de Interior al que ya veo organizando un 'te deum' o alguna misa de campaña bajo advocación mariana. Y el Senado por primera vez ha tenido su utilidad y nos ha ofrecido una sesión en donde sus señorías han estado atentos (algo bueno tenía que salir de todo esto). Y la gorilada vuelve a agredir a los periodistas como en los buenos tiempos. Esto es la contrarrevolución cañí, con sus banderas, sus mesnadas y su Gürtel, y no deja de dejarme perplejo que la legalidad tenga que echar mano de estos aguerridos defensores porque uno no puede dejar de sentirse implicado. Pero qué decir. Es la ley, estúpido. Parafraseo al asesor de Bill Clinton, pero a quien estoy oyendo de verdad es a otro vate, el cojo exquisito, lord Byron:

"Al que cae desde una dicha cumplida no le importa cuán profundo sea el abismo".

Dicho lo cual, y con marcial paso, me dirijo al abismo, que nada se me perdió en Bruselas.

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