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Balance de daños

Donald Trump no es el problema. El problema es que la democracia ya no es rentable, no permite hacer negocios con libertad y habrá que hacer recortes democráticos. Nos espera un futuro antropófago, donde el hombre será una hamburguesa para el hombre. Ésa es la cuestión.

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Danh Vo: Destierra a los sin rostro/Premia tu gracia. Palacio de Cristal. Madrid. | Paula Arranz

Danh Vo: Destierra a los sin rostro/Premia tu gracia. Palacio de Cristal. Madrid. | Paula Arranz

Te despiertas en el presente y en singular. Te tocas, te reconoces, te levantas de la cama por tu propio pie, te lavas el sueño de tu propia cara, te desperezas con el frío de tu nevera y metes tu desayuno en tu microondas. Mientras esperas, enciendes el móvil, se ilumina la portada del periódico y Donald Trump es el presidente de los Estados Unidos. ¡Qué barbaridad! ¡No puede ser! No te lo crees. Seguro que es una broma de El Mundo Today. Suena tan diabólico… Pero estás  todavía en pijama, no sabes a qué atenerte, intentas ordenar tus sentimientos. Una voz interior te dice que Trump es estadísticamente imposible. No te cabe en la cabeza. Entonces salta la alarma del microondas,  te tomas el café con leche de dos tragos rápidos, toses un poco, y cuando dejas la taza en el fregadero ya tienes la cocina llena de gente. “Nosotros NO hemos escogido a Trump, éste NO es nuestro presidente”, dices bien alto, enfatizando el NO, como si fueras el portavoz de una asamblea.  Has pasado del singular al plural, para no quedarte solo. Es normal. Aunque no seas americano ni éste sea tu presidente. Toma nota detallada.

Son las ocho de la mañana. Tu ordenador se enciende solo. Tu trabajo consiste en elaborar un informe preliminar y por ese motivo estás sentado delante de la pantalla a la hora prefijada. Te conectas a internet para seguir el curso de la tragedia. Parece que llegas tarde, la consternación mundial comenzó de madrugada y ha sido tan fuerte que ni Hillary Clinton se ha atrevido a dar la cara para reconocer su derrota. La extrema derecha europea, con Le Pen a la cabeza, ya ha felicitado efusivamente al candidato electo, y el Ku Klux Klan confirma en estos instantes que le dio su apoyo incondicional en las urnas: “Donald Trump es uno de los nuestros, él sabe que los negros no son blancos”, declara a la cámara un encapuchado que lleva sobre la capucha una gorra de Trump. Es tan disparatado, tan grotesco. Los perdedores lloran, se dejan caer al suelo, buscan culpables, todos sin excepción piden la cabeza de las empresas encuestadoras y dudan abiertamente de que la estadística sea una ciencia. La colmena está irritada. La inteligencia chilla al unísono porque no se lo esperaba y siente verdadero pavor. El enemigo ya no está a las puertas, el enemigo ha entrado en casa, nos han metido un Caballo de Troya lleno de paletos y descerebrados que están a punto de tomar el poder. “¿Es la democracia deseable si ganan los Otros?”, titula un rotativo neoyorkino. Se nota en muchos  artículos de prensa que sus redactores escriben como bomberos ante un incendio desproporcionado, con más visceralidad que sentido común. Dicen las barbaridades que se esperan de ellos: Cómo hemos llegado a esto, Trump tirará la bomba, Trump nos va a exterminar, Trump es el apocalipsis, Todos somos Donald Trump.

A las nueve y media, en mitad del jaleo, los que saben exactamente lo que vale el peine informan al público de que las Bolsas caen, pero poco. Apenas unas décimas de incertidumbre. Después de las palabras tranquilizadoras del presidente electro Donald Trump, que no ha soltado su primer discurso con espuma en la boca, un negro encadenado en una mano y una mujer “cogida por el coño” en la otra, sino que ha dicho con cara de circunstancias que será el presidente de todos, como dicen todos los presidentes, pues la cosa se ha calmado bastante. Lo razona así un analista iluminado, teólogo de la economía: “Si el dinero es Dios y la Bolsa su representante en la tierra, que no haya caído la Bolsa significa que Donald Trump es del agrado de Dios”. Y el hombre se calienta y sigue: “Porque es un hecho indudable que todos obedecemos al Dinero, nos plegamos a sus deseos, sentimos su omnipresencia y su cualidad trascendente, ya que es material e inmaterial a  la vez. No somos nada ante el Dinero: ¿acaso podemos dudar de sus designios? Si el Dinero ha puesto en la presidencia a Donald Trump por algo será”.  Sin comentarios. Mientras tanto, en las grandes ciudades norteamericanas, con la misma desesperación primaria que me llevó a mí a decirlo, hay miles de personas gritando que Donald Trump NO es su presidente. Pero se equivocan, hay pruebas, sesenta millones de votos, y se lo explica Robert de Niro, que había expresado su deseo de partirle la cara al magnate y ahora no podrá hacerlo porque estaría golpeando al presidente de la nación. Hay que saber perder, porque no se puede ganar siempre, no por otra cosa.

Cerca del mediodía  me hago cargo de lo que puedo esperar en las próximas horas. Una vez formado el bucle de reacciones airadas a la elección de Trump,  se repetirá hasta la noche. Mientras sus partidarios lo festejan en privado sus detractores expresarán su indignación en público. Trump lo tiene difícil, su biografía le persigue, su abuelo regentaba un burdel, su primer trabajo fue como gorila para cobrar a los morosos en los edificios de su padre, su fortuna procede del mismo lugar pantanoso de donde proceden todas, y no ha pagado impuestos en veinte años porque le sale del flequillo, como un bravo Corleone. Que sea el presidente es una burla, algo infame, ensucia la Casa Blanca y las conciencias. La gran pregunta del día tendrá un tono pragmático: ¿Si Donald Trump, haciendo lo que ha hecho y diciendo lo que dice, ha llegado adonde ha llegado, a partir de ahora todo vale? Mucha gente no va a saber cómo explicárselo a sus hijos. Además internet lo está inflando todo, exagera las repercusiones, está generando miedo a nivel global. Se excede en sus atribuciones virtuales. Dibuja un monstruo informe y aterrador, tipo Lovecraft. Pero la realidad no es así, tiene contornos, formas definidas, principio y fin, puede ser grande pero nunca inconmensurable. Donald Trump no es Godzilla aunque tenga el botón nuclear porque Godzilla es ficticio y Donald Trump, desgraciadamente, no. Era ficticio el payaso de las elecciones, su objetivo consistía únicamente en apelar a los más bajos instintos humanos para lograr votos, que son acciones de la empresa más grande que ha tenido a su alcance. Pero ahora se ha hecho con el mando y le toca crear suculentos dividendos. Donald Trump está atrapado en el laberinto político, rodeado de hienas que le ríen las gracias pero que se lo van a comer crudo si no cumple con su cometido: convertir los Estados Unidos en una corporación empresarial. Trump no es el problema, la red domesticada confunde deliberadamente el objetivo. El problema es que la democracia ya no es rentable, no permite hacer negocios con libertad y habrá que hacer recortes democráticos. Nos espera un futuro antropófago, donde el hombre será una hamburguesa para el hombre. Ésa es la cuestión.

A las dos en punto de la tarde el ordenador me avisa y se apaga. Tengo que comer y empezar a elaborar el informe. Es importante registrar las primeras impresiones y dejar constancia escrita para analizar más tarde la evolución del pensamiento colectivo y del mío propio. Debo ser frío y a la vez permeable. Este es uno de esos momentos históricos que recuerda toda una generación, algún día me preguntarán ‘dónde estabas tú’ cuando Donald Trump creó de la USA Corporation. Tengo que inventar una coartada, puede que dentro de unos años pensar sea ilegal y declarar que hacía lo que estoy haciendo me perjudique. Diré que tenía una empresa de auto-observación y que ofrecía mis conclusiones al mercado libre, para la regulación del consumo. No diré la verdad pero tampoco estaré mintiendo, la empresa que me paga está al servicio de una causa moral elevada que pretende compensar el desequilibrio social, sin ánimo de lucro pero dentro una rentabilidad razonable que le permite sobrevivir como producto de consumo. No hay madurez sin paradoja. Por mi parte, tengo que cumplir el contrato, que especifica libertad, naturalidad e inmediatez. Visto lo visto, mi primer consejo es matar a Donald Trump. Así de simple. Abro el ordenador con una nueva clave y lo escribo sin dudarlo en la casilla correspondiente: Matar a Trump. El programa marca en rojo la palabra matar y me obliga a dar explicaciones. Escribo: “No me refiero, como es obvio e ilegal, a pegarle un tiro o dañarle físicamente en modo alguno. Quiero decir que Donald Trump, el Donald Trump que conocemos, debe morir en el plazo que hay desde hoy hasta su investidura, y en caso contrario no debe ser investido. No podemos permitirnos que Donald Trump exista, luego su imagen y lo que representa deben ser destruidos sin contemplaciones. La inversión moral empleada para desechar sus ideas obsoletas ha sido demasiado grande, hay que reeducar a Trump hasta que se ajuste al protocolo civilizado”. El programa acepta mi explicación, la borra para proteger mi anonimato y desactiva la casilla para impedirme usarla de nuevo. El ordenador se apaga y me obliga a comer.

En la nevera solo tengo una caja de muslos de pollo y una cerveza. Mientras devoro pongo la tele para ver cómo le va a Donald Trump.  El reality continua, el presidente electo se ha atrincherado en su torre particular, miles de manifestantes en su contra rodean el edificio y los fotógrafos esperan el atardecer para pillar un contraluz sangriento y comparar la torre con Mordor, como esperan sus maduros televidentes. Sin embargo las aguas se están calmando, Hillary Clinton acaba de dar una rueda de prensa y pide una oportunidad para el nuevo presidente, una oportunidad para la paz. Se cierra el espacio aéreo sobre el edificio Trump, que necesita libertad de movimiento, aunque hay tantos guardaespaldas, miembros del servicio secreto y policías que no caben en el helipuerto. Ahora Donald Trump vuela en su helicóptero hacia la Casa Blanca. En la única toma que nos ofrecen, lleva las manos abiertas, impacientes, esperando echar mano al botín. Barack Obama lo recibirá en el Despacho Oval, pero que se olvide de la foto familiar con los dos matrimonios sonriendo porque no quiere ofender la memoria de su padre, y por extensión del género humano. La cadena corta en seco para echar publicidad. De McDonald's. En mitad de las noticias. Por lo ‘Donald’ Trump. La tele está llegando a un nivel oligofrénico preocupante. Apago de mala leche y regreso al ordenador.

Me quedan por delante otras cinco horas. Se espera de mí que ahonde en mis argumentos y que los refuerce y confirme, o que cambie de opinión según me vaya enfriando. El asesinato moral de Donald Trump me sigue convenciendo, aunque el empleo de la palabra matar me aproxima al campo de acción retórica de ese impresentable. De momento lo voy a considerar contaminación léxica proveniente del personaje, del mismo modo que el tono apocalíptico responde a la paranoia inducida por los medios de comunicación. No creo que seamos conscientes del daño que nos estamos haciendo, del daño que vamos acumulando en esta realidad exacerbada que nos ofrece más de los que somos capaces de asimilar. Como niños aplastados por una montaña de osos de peluche. Con un pensamiento endeble y asustadizo. Porque Donald Trump dejará de ser Donald Trump o será una marioneta teledirigida. El demonio es otro. Lo peor es que ha evidenciado lo evidente: somos machistas, racistas, xenófobos y mezquinos hasta la raíz. Pero ese tipo de franquezas sólo se le toleran a un borracho, sólo se dicen en las tabernas. Es cierto que somos insignificantes, torpes e idiotas, pero saberlo nos ha hecho humanos. Nuestra historia es la crónica de un despropósito, aprendimos a contar y a escribir para organizar esclavos, calcular sus raciones de comida y elevar pirámides majestuosas que expresaran la dimensión de nuestro miedo a la muerte. ¿Acaso una pirámide no es una cagarruta geométricamente idealizada? No tenemos otro conocimiento que el que emana de los cementerios. No querer morir, nos hizo vivir. Ahora hemos alcanzado la cualidad de las hormigas, estamos interconectados a una red que nos une por la coincidencia de nuestros pensamientos, que globalmente son: sexo, darle golpes a una pelota,  espiar al vecino, hacer el ridículo y buscar a tientas una salida del laberinto. La sabiduría siempre ha sido entre los humanos un bien escaso. Yo solo soy un escriba que elabora un informe, y creo que con frecuencia lo peor que te puede pasar es lo mejor que te podía suceder. Alimento para la rebelión. Quien ha visto el mar inmenso no se sorprende de estas cosas.

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