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Poder vivir bien a partir de nuestro trabajo

Un funcionamiento equilibrado de la economía requiere que los aumentos de la productividad se trasladen a incrementos salariales, además de actuar para reducir la desigualdad

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No son buenos tiempos para las personas que vivimos de nuestro trabajo. Cantabria contó en 2016 con casi 30.000 empleos menos que 8 años atrás, según la EPA. A pesar de la recuperación económica, que cumple su tercer año, en nuestra comunidad hay actualmente un 11% de puestos de trabajo menos que en 2008. A nivel estatal, se han perdido alrededor de 2,1 millones de empleos este periodo (un 10%, en términos porcentuales). Además, en líneas generales, se han deteriorado notablemente las condiciones de los puestos de trabajo existentes, en particular de los ingresos que reportan (los salarios).

La caída de los salarios ha sido más notoria entre los segmentos de menor renta: como describí en otro artículo en este medio, uno de cada cuatro trabajadores cántabros gana menos de 12.700 euros brutos al año; uno de cada diez, menos de 7.200. En un momento en el que los salarios vuelven a situarse en el centro del debate público y la negociación colectiva, en este artículo dedico mi atención a describir cuál ha sido su evolución reciente, en Cantabria y en España, y cuáles son las claves para favorecer su incremento sostenible a largo plazo.

El gráfico 1 muestra la evolución, entre 2000 y 2015, de la remuneración media por cada hora de trabajo en Cantabria, España y la Unión Europea (UE). La remuneración de los asalariados se define como el total de pagos recibidos por los trabajadores, en salario o en especie, incluyendo también todas las cotizaciones a la Seguridad Social. Para calcular el indicador representado, lo divido entre el total de horas trabajadas en el año; y corrijo también el efecto de la evolución de los precios (esto es, lo expreso en su valor equivalente a precios actuales, lo que se denomina en términos reales).

En el conjunto de la UE, en el año 2000 un trabajador recibía, en promedio, el equivalente a 15,8 euros actuales por cada hora de trabajo. Como se observa, a nivel europeo dicha remuneración se ha incrementado de manera continuada, durante todo lo que llevamos de siglo, a un ritmo de aproximadamente el 1% anual. Un trabajador europeo medio ganó en 2015, en términos reales, casi un 17% más que 15 años atrás.

En cambio, la evolución de los ingresos de los trabajadores en España y en Cantabria ha sido mucho menos positiva. Como recoge también el gráfico, únicamente se incrementaron de manera destacada entre 2007 y 2009, coincidiendo (paradójicamente) con el estallido de la crisis. Esto se debió fundamentalmente a un efecto estadístico: en esos años se destruyó mucho empleo, en gran medida ligado a contratos temporales y con salarios inferiores al promedio, por lo cual la media de los salarios creció. Pero más allá de este periodo excepcional, los ingresos reales de los trabajadores se han mantenido prácticamente estancados tanto en Cantabria como en España: no aumentaron en los años de crecimiento previos a la crisis, ni tampoco lo están haciendo en la actual fase de recuperación, tras haber caído notoriamente en la segunda parte de la crisis. En consecuencia, la brecha entre los ingresos/hora de un trabajador medio español y uno europeo se ha profundizado sensiblemente. Aún mayor es la diferencia en la remuneración por hora entre un trabajador cántabro y la media de la UE, que ha pasado del 13% en el año 2000 a más del 17% en 2015.

Fuente: elaboración propia a partir de la Contabilidad Regional y Nacional del INE y EUROSTAT.

Fuente: elaboración propia a partir de la Contabilidad Regional y Nacional del INE y EUROSTAT.

Por tanto, en España y, en particular, en Cantabria, a diferencia de lo que se observa en buena parte de Europa, no solo las oportunidades de empleo escasean, sino que los salarios apenas crecen. No es, seguramente, el escenario que soñaron nuestros abuelos para el futuro, ni el que desearíamos nosotros para nuestros nietos. En la senda del progreso económico y social estamos más bien estancados e, incluso, algo perdidos. ¿Cuáles pueden ser las claves para retomar dicha senda con paso decidido?

Un concepto clave para el análisis económico es la productividad. La productividad mide cuál es el valor de lo que se produce en relación a los recursos empleados. Aquí me centraré en la productividad por hora trabajada: el valor de la producción obtenida por cada hora de trabajo. El gráfico 2 muestra la evolución reciente de la productividad media por hora trabajada en Cantabria, en España y en la UE, entre 2000 y 2015 (al igual que con los salarios, en términos reales). A medio y largo plazo, la evolución de la productividad está muy ligada a la de los salarios: en la medida en que aumente el valor de lo producido (porque se trabaje de manera más eficiente, con una mejor tecnología o, mejor aún, porque se dedique el tiempo a actividades más productivas), será más fácil y sostenible lograr incrementos de la remuneración obtenida con ese trabajo. A este respecto, es ilustrativo que, en el conjunto de la UE, el ritmo de crecimiento de la productividad real por hora trabajada desde el año 2000 ha sido prácticamente idéntico al de los salarios: en torno al 1,1% anual, aumentando un total de un 18% en el conjunto del periodo. Estos datos reflejan que, a nivel europeo, el aumento de la productividad es el elemento que impulsa el incremento de los salarios.

Mientras, como se observaba también con los salarios, tanto en España como en Cantabria la productividad real por hora trabajada ha permanecido estancada durante la mayor parte del periodo. Solo aumentó durante la crisis, debido fundamentalmente a que la destrucción de empleo se concentró en actividades de productividad inferior a la media, como la construcción. En cambio, cuando la economía crece, la productividad no lo hace. Ni lo hacía antes de la crisis ni lo hace ahora. Esto es, el valor de lo que se obtiene por cada hora de trabajo no aumenta, a pesar de las mejoras de la tecnología, de la formación, de las comunicaciones, del comercio, de la organización de las empresas… ¿Cómo es posible? La explicación radica en el modelo de crecimiento económico, orientado fundamentalmente a la potenciación de actividades de poco valor añadido, con menor productividad que la media y que, al ganar peso, hacen que dicha media caiga. Y si la evolución a nivel estatal es preocupante, el caso de Cantabria es paradigmático: en lo que llevamos de siglo, la productividad en nuestra comunidad ha crecido poco más de la mitad que a nivel nacional, y prácticamente lo ha hecho solo en los años del estallido de la crisis. La productividad real de un trabajador cántabro en 2006 era, en promedio, inferior a la de 2000; en 2015, prácticamente la misma que en 2012. Como resultado, la diferencia entre el valor medio de una hora de trabajo en Cantabria y en el conjunto de la UE, e incluso también respecto a la media estatal, se ha disparado en los últimos quince años.

Fuente: elaboración propia a partir de la Contabilidad Regional y Nacional del INE y EUROSTAT

Fuente: elaboración propia a partir de la Contabilidad Regional y Nacional del INE y EUROSTAT

 

El actual modelo de crecimiento económico español y, en particular, su aplicación en Cantabria, son la vía hacia el estancamiento económico y social y hacia el atraso en relación a las regiones más exitosas de Europa. El modelo, basado en el desarrollo de actividades de bajo valor añadido (tales como la construcción y la hostelería) en periodos positivos del ciclo económico, lleva a un estancamiento de la productividad y, con ello, de los ingresos de los trabajadores. Es un modelo muy rentable en términos políticos, dado que permite la creación de un gran número de puestos de trabajo cuando la economía marcha con el viento a favor y, de esta forma, ganar votos y elecciones a corto plazo. Se trata, sin embargo, en gran medida de un empleo inestable y muy vulnerable ante las crisis económicas, como hemos comprobado reiteradamente cada vez que hemos tenido que afrontar alguna.

La clave para reorientar el modelo pasa por aumentar la productividad por hora de trabajo, para lo cual es fundamental incrementar el peso en la economía de las actividades más productivas: la industria y los servicios intensivos en conocimiento. No obstante, además de aumentar la productividad, necesitamos crear puestos de trabajo, dado que nuestra tasa de paro es descomunal. Para conjugar ambos objetivos, la reducción del desempleo habría de basarse no en la creación de empleo de baja calidad, sino en la disminución del tiempo de trabajo: que los que tenemos un empleo trabajemos menos, para que trabajen más personas; y que la pérdida de salario derivada de la menor duración de la jornada laboral pueda compensarse gracias a la mayor productividad por hora. Puede sonar utópico, pero no lo es. Es lo que se hace en países como Alemania, Holanda y Dinamarca, donde hay prácticamente pleno empleo, pero cada ocupado trabaja alrededor de 250 ó 300 horas menos al año que en España, según datos de la OCDE, y tanto la productividad por hora como los salarios son muy superiores a los de nuestro país. Es lo que los economistas y los trabajadores más lúcidos defendieron a lo largo del siglo XX que nos habría de traer el progreso económico, como refleja la importancia que tuvieron las reivindicaciones para reducir la jornada laboral a 8 horas diarias: más puestos de trabajo, más rendimiento del tiempo dedicado a la producción y, a la vez, más tiempo para disfrutar de la vida (y gastar nuestro salario). Justo lo contrario de lo que estamos haciendo en el siglo XXI.

Por último, aunque en este artículo no he entrado en cuestiones distributivas, un funcionamiento equilibrado de la economía requiere que los aumentos de la productividad se trasladen a incrementos salariales (lo cual no puede darse por garantizado), además de actuar para reducir la desigualdad. En ello juegan un papel fundamental los sindicatos, a través de la negociación colectiva y del diálogo social, puesto que los trabajadores, salvo en casos excepcionales, no tenemos capacidad para lograrlo si actuamos de manera individual y aislada. En mi opinión, es el momento de pensar ya en todo ello. En reorientar el modelo económico para reorientar también el modelo de sociedad. En poner la política económica al servicio de un futuro mejor, y no simplemente al del objetivo de ganar las próximas elecciones.

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