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Las cosas inútiles (que no sirven para nada)

Qué razón absoluta se agacha en ese recuerdo desnortado. Quedarte sola. Sin ninguna intención. Sin prisa. Sin lecturas urgentes. Sin notificaciones. Sin la necesidad de saber más. De llegar el primero.

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Me gusta septiembre. Se desnuda despacio, si la fortuna se agarra de esta mano lo hace envuelto en sur, somos canciones, pequeños mutantes, somos amigos con forma de oreja gigante abierta de par en par, al igual que esa ventana que da al mar en primavera.

Septiembre te permite volver a empezar. Es el enero de los que somos frioleros. Piensas, puedo hacerlo. Y le plantas cara a la desidia. Aldabillas, tuercas, hebillas. Le plantas cara a las lecturas fáciles de un verano que te abandona en la playa, descalza, si pudiera vivir descalza, pasando páginas de Leonardo Padura, sabiendo que todos necesitamos un reseteo a destiempo.

Vivimos demasiado rápido. ¿Alguien recuerda aquellos momentos remotos en los que las personas se aburrían? Hoy eso pasa poco. No existen las esperas interminables, los días que escurren el minutero sin ganas, aquel echar el rato poniéndote hasta las cejas del barro de la niñez. Y en esta vorágine diseñada para zotes creo que es indispensable marcarse un tanto, patear este iPhone, hacer un álbum de fotos de las de verdad, ahí imprimidas, desparramadas sobre la cama, haciendo cola porque una cabeza despeinada les indique su propio orden alfabético.

A veces, cuando estoy sola, cuando él puntúa lento sobre la almohada el ritmo pausado de sus sueños, me quedo desenchufada, el sofá, el salón, ese absurdo conocido como televisión. Me sirvo un vino, digo, haz algo, María. Escribe, escribe lo que sea, siéntate en la mesa, despliega el portátil, utiliza los minutos, abre un libro, plancha ese montón de ropa que provocaría el desmayo materno, inmiscúyete en el devenir del mundo. Pienso, aunque sea, aunque solo sea eso, enciende la televisión, tú, minúsculo germen vacío.

No lo hago. En realidad, no hago nada. Tuve un buen profesor en la Facultad, se llamaba Fernando Bermejo. Yo tenía 18 años, que es la mitad (y suma uno, tela) de los que tengo ahora. La cabeza, un poblado de grillos. El cuerpo desprovisto de grasa. Y aquel chaval (era un chaval, no llegaba ni de lejos a la treintena) que nos aleccionaba en una asignatura llamada Teoría de la Comunicación conseguía conmovernos arrastrando las palabras, su desidia en la voz, el pelo largo, qué hacías tú, chico listo, lidiando entre jesuitas. El caso es que debe de ser una de las pocas frases que recuerdo de manera literal de aquellos años que transcurrían entre la biblioteca y los bares de Salamanca. Él dijo, lo recuerdo, le cito: "Yo reivindico las cosas inútiles. Que no sirven para nada".

Qué razón absoluta se agacha en ese recuerdo desnortado. Quedarte sola. Sin ninguna intención. Sin prisa. Sin lecturas urgentes. Sin notificaciones. Sin la necesidad de saber más. De llegar el primero. A veces, solo a veces, le doy tregua a la televisión. Es cierto, no me gusta. Y constato aspectos irrevocables; el primero, que no debería haberlo hecho. El segundo, que es necesario que nos extingamos como especie.

Entonces recapacito, firmo un armisticio conmigo misma, otro trago de vino, qué placer, sonrío, es septiembre. Qué placer este mando a distancia. Que permite volver a empezar. Y darle muerte a ese mecanismo disparatado. Que grita. Que escupe. Que molesta.

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