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El futuro como síntoma

En España, como en el resto del mundo, nuestra alma se está infectando maliciosamente como antes se infectaron nuestros cuerpos.

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Un día luminoso. | Paula Arranz

Un día luminoso. | Paula Arranz

Nadie nos advirtió contra el cáncer. No había nada que advertir. Era una enfermedad. La prevención de las enfermedades todavía no estaba de moda y constatar su existencia como pandemia era más que suficiente. Su gravedad estaba acentuada por el malditismo y el silencio. Cuando al fin se habló libremente de ello, el todo en su conjunto comenzó a provocar cáncer. Fumar pasó de ser un recurso masculino para convertirse en vaquero curtido al atardecer a ser un traqueotomizado hecho polvo. La comida también estaba bajo sospecha y las puertas de las neveras se llenaron de listados de conservantes que nos podían llevar a la tumba. Por supuesto, aunque todos lo negaban, se expandía la idea de que era muy contagioso. Había que alejarse de las personas con cáncer.

Tampoco nadie nos advirtió contra el sida. Llegó una mañana, sin nombre adjudicado, pero pronto se asoció con el sexo y se extendió el temor a contagiarse con la saliva de un simple beso. También había que ocultarlo, estigmatizar a los enfermos, no tener contacto alguno con ellos, porque era una plaga bíblica para castigarnos por nuestra degeneración. Repartir o no condones dividió a la sociedad. Los católicos se oponían, preconizaban de nuevo la virginidad y el celibato, se hicieron cómplices de la epidemia en contra del consejo de la OMS. Los más tremendistas advirtieron que se llevaría por delante a una cuarta parte de la población africana. Para evitarlo había que tomar medicamentos a paletadas, una veintena de pastillas cada día, no se sabía si era peor el remedio que la enfermedad. Pero era un remedio solo para los países ricos.

Ahora el cáncer está bajo control relativo, en la infancia se curan el 80% de los casos, y las campañas preventivas han reducido drásticamente el consumo de tabaco y fomentan el control riguroso de los alimentos. El sida ha pasado de ser una enfermedad mortal de necesidad a enfermedad tratable. Lo mismo pasó con la vieja tuberculosis, y también hay una vacuna en curso contra la viruela, incluso algo tan terrible como el ébola se ataja en occidente en cuestión de semanas. Se diría que el ser humano ha entrado en una fase de tregua con las enfermedades. Sin embargo, esta misma semana leo que en el 2030, dentro de tan solo trece años, la depresión será la primera causa de baja laboral. Que en España, como en el resto del mundo, nuestra alma se está infectando maliciosamente como antes se infectaron nuestros cuerpos.

Nada más leer la noticia echo de menos a varios amigos. ¿Qué fue de aquel colega o de aquella mujer o del hijo de tal o del tipo aquel del quiosco? Me dijeron que habían pillado una depresión. Que uno no sale de casa, la otra ya no se levanta de la cama, el chaval saltó por la ventana y el tipo del quiosco cerró el negocio y a veces se le oye llorar desconsolado a las tantas de la madrugada. No me acerco a ellos, claro, pero me digo que son ellos los que no se acercan a mí. No les llamo por teléfono, no les envió mensajes, no preguntó a nadie qué tal les va. Es como si hubieran desaparecido en un sanatorio de apestados. Y, ahora que lo pienso, en varias ocasiones he rehuido encontrarme con ellos y he comentado con otras personas que cuesta tratarlos porque son unos cenizos, unos negativos a los que todo les parece mal, unos nihilistas descorazonadores, en fin, que los depresivos son gente deprimente. Tanto que hasta frivolizar sobre el tema resulta molesto.

Sin embargo, a diferencia del cáncer o el sida, hace décadas que se nos advierte de que esto iba a suceder. La crisis, el paro, la decadencia moral, la pérdida de valores, la degradación de la democracia, la insolidaridad con los refugiados, la extinción de la ética y la esperanza. La certeza de que en el futuro las cosas van a ir a peor. Parece que todo conspira contra nosotros, todo nos conduce a la demolición y, al llegar el fin de semana, aumentan las probabilidades de que alguien haga detonar una bomba en el campo de fútbol o en un concierto por la paz. Hay días en que me miro al espejo y solo veo a un cínico con calefacción central pagada gracias a la venta de armas que enriquece a este país. Tal vez yo también esté contagiado y tener conciencia me arrastre a la depresión.

Hace un par de semanas vi una película que me sentó muy mal. Fueron 162 minutos de cabrero, y todo el rato sin comprender cómo esa cinta ha logrado cosechar una veintena de premios tan prestigiosos como el de ‘Mejor película europea del año’. Se trata de ‘Toni Erdmann’ de Maren Ade y me pareció un homenaje grotesco a la vida patética que llevamos. Lo más parecido a que se te corte la leche del desayuno cuando solo te queda una vaso. Un esperpento, la verdad. Daba la sensación de que ni los actores, ni la directora y mucho menos el guionista creyeran en absoluto que merece la pena vivir esta existencia malsana. Dicen los críticos que es una comedia amarga, pero si te ríes es que te falla algo en la cabeza. Me he pasado quince días maldiciendo y sin poder olvidarla. Lo más deprimente que me he echado a la cara en mucho tiempo. Seguro que los fabricantes de Orfidal han financiado esa película.

En fin, aunque sea cierto que hoy en día ser optimista es estar mal informado, hay que alejarse de ese futuro previsto, porque la negatividad se contagia, es la nueva y más peligrosa enfermedad que nos acecha.

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