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Sólo los perezosos disponen de tiempo

La lentitud nos devuelve la tranquilidad, nos permite ser más reflexivos y por ende más creativos

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El genial Álvaro Cunqueiro defendía su derecho a la pereza. Lo argumentaba como una forma de empoderamiento; de huida de la esclavitud de las obligaciones creadas. Y es que la dimensión, concepción y administración del tiempo es uno de los grandes retos culturales de cualquier civilización.  

La valoración social del tiempo no es la misma en todas las culturas; ni lo ha sido a lo largo de la historia. Lo único invariable es la caducidad del itinerario vital. Pero a partir de ese único imperativo, el tiempo no deja de ser una construcción cultural. En las tradicionales culturas orientales, el tiempo es algo circular, simplemente se renueva como el aire. En la tradición occidental el tiempo es lineal, un recurso finito que se va agotando.

Por ello, quizás lo llevamos tan mal. Dossey, un médico estadounidense, acuñó hace ya 35 años el término «enfermedad del tiempo» para definir la obsesión que tenemos con él en nuestra sociedad.  Percibimos  que se nos escapa, que nunca llegamos a nada, que siempre debes ir más rápido, que el tiempo de descanso es tiempo muerto. Esta angustia por el tiempo nos lleva a  problemas de salud, tales como el estrés, ansiedad o agotamiento.

Ir rápido nos impide saborear el momento, reflexionar sobre lo que nos ocurre. Kundera, en su libro, “Lentitud” afirma que el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido. Cuando las cosas suceden rápidamente, nadie puede estar seguro de nada. De nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo. “Nuestra época se entrega al demonio de la velocidad y por eso se olvida tan fácilmente a sí misma. La velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes.”

Debido a  esa mala digestión que hace nuestra civilización del tiempo surgen movimientos contraculturales de protesta. El Movimiento Slow es una declaración de guerra a la velocidad de nuestra cultura. Afirma que el tiempo no es el enemigo, es la esencia misma de la vida, y debemos aprender a convivir con él. Se apuesta por disfrutar de una buena comida, de un buen libro, del placer de estar con tus amigos, con tu familia o con tu pareja, de un trabajo bien hecho. Todo ello, tranquilamente pero con pasión y precisión. En definitiva, en vez de pelear con el tiempo, disfrutar de él.

No es fácil, pero debemos cambiar nuestra concepción cultural del tiempo. Cierto que nuestro tiempo es limitado; pero por muy deprisa que vayamos nunca podremos llegar a todo. En vez de percibirlo con la angustia de que se acaba, lo debemos percibir como algo valioso que debe ser usado sabiamente. La vida no se reduce haciendo menos. Antes al contrario, se vive más porque lo que haces lo realizas más intensamente. Al  liberarnos de nuestros compromisos banales, liberamos tiempo y nos empoderamos. La lentitud nos devuelve la tranquilidad, nos permite ser más reflexivos y por ende más creativos.

En definitiva, se trata de controlar nuestros ritmos e intensidades desde la jerarquía que establezcamos a  nuestras acciones. Nuestros valores nos deben de servir para responder a la pregunta clave: ¿Para qué es la vida?

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