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Una campeona en el frontón

Maite Ruiz de Larramendi es una deportista de éxito, con dos oros en Mundiales de Pelota, pero nunca ha podido ser profesional: es una mujer en un mundo tradicionalmente masculino.

Esta pelotari ha compaginado los partidos con su trabajo en un hospital y con la enseñanza a chicas en una escuela de pelota.

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La pelotari Maite Ruiz de Larramendi / Foto: Daniel Burgui Iguzkiza.

La pelotari Maite Ruiz de Larramendi / Foto: Daniel Burgui Iguzkiza.

Medalla de bronce en el mundial de pelota celebrado en 1994 en San Juan de Luz (Francia), oro en México 1998, plata en Pamplona 2002 y México 2006, oro en el de Pau (Francia) 2010, con el añadido de ser Mejor Pelotari, y plata en el reciente mundial de México 2014. Con esta breve selección de su brillante palmarés, parece que, pese a tratarse de un deporte minoritario como la pelota vasca, hablamos de un deportista profesional que ha vivido centrado en el frontón. Pero hay que cambiarle el género para entender la historia. Maite Ruiz de Larramendi (Beasáin, 1973) es una competidora neta. Y no sólo por sus victorias en los partidos, sino por su pelea constante para lograr lo que más le gustaba: jugar a pelota. Pese a que haya tenido que compaginarla con su trabajo en un hospital, pese a los largos kilometrajes para competir con otras chicas porque no había deportistas suficientes en Navarra, pese a no tener la repercusión de los hombres. Este es un partido que, aún hoy, sigue jugando.

La historia de esta deportista de alto rendimiento es precisamente una de las que han inspirado el documental Las Pelotaris, en el que trabajan los navarros Daniel Burgui, Andrés Salaberri y Jokin Pascual, que ha llevado el proyecto a retratar el mundial de pelota de México (en septiembre se celebró su XVII edición en Toluca-Zinacanpetec) y a California, a  conocer el testimonio de antiguas jugadoras profesionales de pelota. Porque, en un deporte tan tradicional y tan masculino como la pelota vasca, hubo un tiempo en el que ellas también fueron profesionales. El problema es que, lejos de extenderse esta situación, parece haberse dado marcha atrás.

En el caso de Ruiz de Larramendi, su historia es la de una afición: desde que tenía 8 años, en Eulate, le gustó jugar a pelota y empezó a competir. Entonces era con chicos y a mano. Parecía que no había problemas entre los otros jugadores por luchar con ella de igual a igual, o quizá es que todavía era demasiado inocente para enterarse. Pero lo cierto es que, hasta los 14 años, “yo era una más”. El gran chascarrillo de aquella época es que llegó a enfrentarse, y a vencer, a Rubén Beloki.

Sin embargo, entonces hubo quien recomendó a su padre que la chica lo dejara porque se iba a estropear la mano. Y, aunque su madre nunca quiso que abandonara, cambió la pelota por el acordeón y ya no le apuntaron a más campeonatos. Pero, a los 18 años, Adón Larrión, que entrenaba a Susana Muneta, llamó a su casa porque recordaba a esa chica a la que había visto jugar con tantas ganas; la animó a pasar una prueba, pero en otra disciplina: la pala. Y gracias a cómo sabía posicionarse y encarar la pelota, Ruiz de Larramendi, con su 1’80 de altura y su empeño, la superó. Juntas, así, las dos chicas empezaron una carrera de éxitos.

Viajes, sacrificios y cambios de turnos

Aunque, para ello, también han tenido que cambiar el frontón por el trinquete, la pala maciza por la paleta argentina (que es la estándar, por así decirlo, en competiciones internacionales) y, en el último mundial, incluso han probado en un frontón de 30 metros. Los resultados están claros en su palmarés, aunque Ruiz de Larramendi insiste en que no ha sido fácil. La suya ha sido una carrera en la que han acumulado viajes y viajes para poder competir con otras chicas, a veces incluso jugando entre cuatro y cinco partidos en apenas un fin de semana, en ocasiones sin comer y sin dormir y, siempre, intentando cuadrar los días con su trabajo como técnica de Radiología, primero en el Hospital Virgen del Camino y ahora en el Hospital de Navarra.

Porque, a diferencia de otras comunidades, en Navarra no hay facilidades para que deportistas como ella puedan disponer de días para competir. Así que esta deportista ha cuadrado su calendario gracias a turnos extra, a cambios y a la paciencia de sus compañeras y compañeros, a los que “he vuelto locos”.

Ahora, además de competir (aunque augura que no le quedan muchos años), también es junto a Yanira Aristorena la seleccionadora de Juveniles y Sub20 y encabeza una escuela para chicas de pelota en Oberena. En la actualidad, entrena a unas diez jugadoras de entre 15 y 16 años. ¿Quiere eso decir que Navarra tiene cantera? Ruiz de Larramendi lo único que espera es que su lucha les haya servido a ellas para tenerlo un poco más fácil. “Nos ha tocado pelear y toca seguir, porque falta mucho”, insiste. Para dar relevancia a la pelota, un paso sería que se convirtiera en Olímpica (en el 92, en Barcelona, fue deporte de exhibición) y, para reivindicar el papel de las mujeres en ella, recordar los tiempos en los que sí hubo profesionales y los actuales en los que no. En los que mujeres como esta pelotari han tenido, siempre “con mucho sacrificio”, pelear por seguir jugando “a algo que no es que me guste, es que me encanta”.

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