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Euskadi tiene un color especial

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Gracias a la globalidad eurovisiva, la ikurriña se ha hecho un hueco en la esfera internacional. No de manera excesivamente brillante, es la verdad; pero sí, al menos, con esa carga de bronca siempre tan necesaria para reactivar una militancia nacional que empezaba ya a acusar ciertos síntomas de cansancio. También para que el PNV se ponga las pilas en estos momentos de encrucijada electoral en que se dirime el ser o no ser de Euskadi. Joseba Egibar lo ha tenido claro desde el primer momento: todos los vascos tras la ikurriña, los 365 días del año. Y el que no esté por la labor no sale en las urnas, podría haber añadido, nuestro Alfonso Guerra particular.

Porque de eso se trata: de resaltar que, al igual que la España turística de Franco, Euskadi también es diferente. Aquí hacemos las cosas de manera más seria y muy distinta a como las hacen fuera de nuestras mugas. No podemos dar los votos a esos partidos españoles tan inútiles, que ni siquiera han sido capaces de defender lo suyo y, además, amenazan lo nuestro. Por eso mismo, en las elecciones que han vuelto a convocar “ellos”, es de todo punto lógico que los de aquí otorguemos el respaldo a “los partidos de aquí”. Para defender en las instituciones parlamentarias de España lo que únicamente los “partidos de aquí” pueden defender con éxito. No las bobadas que interesan a los españoles (como el empleo, los servicios públicos o la protección social), sino esa agenda vasca del derecho a decidir, que, como es sabido, encandila en Euskadi a miles de ciudadanos golpeados por la crisis.

Hay que votar en clave vasca, para evitar el peligro de contagio que nos viene de España, como nos advierten Joseba Egibar, Andoni Ortuzar y el propio Lehendakari Urkullu. Y con algo de razón, porque hay que reconocer que, al menos en los últimos años, la España gobernada por la mayoría absoluta del PP ha contagiado gravemente a Euskadi. Hasta el punto de que un Gobierno tan legitimado por su abertzalismo, como el de Urkullu, tuviera que empezar su andadura al paso alegre de Rajoy, con ese recorte de 1.500 millones de euros que trató de imponer en sus primeros presupuestos. Y, para vergüenza de los vascos a tiempo completo, tuvieron que ser los unionistas españoles del PSE-EE quienes apuntillaran la política de austeridad que nos venía de Madrid, salvaguardando ese modelo social de Euskadi del que nos sentimos todos tan orgullosos.

¿Ha sido España la que ha contagiado a Euskadi? ¿O la derecha nacionalista vasca la que se ha dejado contagiar gustosamente por la derecha nacional?

De ahí que me entren algunas dudas razonables sobre el origen del contagio español que tanto nos puede afectar. ¿Se trata de un contagio nacional? ¿O es de carácter ideológico? ¿Ha sido España la que ha contagiado a Euskadi? ¿O la derecha nacionalista vasca la que se ha dejado contagiar gustosamente por la derecha nacional? ¿Y qué decir, rizando el rizo, de esa derecha española que se contagió de las políticas de recortes sociales que la derecha nacionalista de Cataluña puso en marcha antes de que el PP fuera partido de Gobierno en toda España? No lo tengo demasiado claro, aunque empiezo a alimentar una sospecha: y es que, tanto los unos como los otros parecen empeñados, a la hora de la verdad, en dejar claro que lo que une el bolsillo no pueden separarlo enfrentamientos identitarios.

Máxime teniendo en cuenta que ese enfrentamiento recurrente entre identidades nacionales no dejan de ser en el fondo la expresión de una sana competencia económica, que es a la larga beneficiosa para todos. Al fin y al cabo, estas guerritas posibilitan que, según descubrió El Roto en una de sus viñetas, la industria textil se recupere, haciendo del negocio de las banderas un sector en alza, para beneficio común de quienes invierten en ellas.

No excluyo de todos modos que, antiguo como soy me deje llevar por prejuicios –la igualdad, las diferencias entre derecha e izquierda…- que ya no se estilan, y menos en estas tierras. Porque todos, hasta los más tontos, saben por estas latitudes que Euskadi y España son incompatibles. Y aquél que no lo entienda no conseguirá entender tampoco que, en plena crisis, haya en este país una superpoblación de seres tan extraños, que tienen como principal objetivo de sus vidas desplazarse cientos de kilómetros para pitar el Himno de España en las finales de Copa. Como para decir luego que Euskadi no es, como Cataluña, un problema nacional de máxima prioridad, muy por encima de los problemas diarios que puedan tener quienes aquí viven.

Pero no hay problema que no tenga solución en este país de las maravillas, con el derecho a decidir en la mano. Además, ¿para qué tenemos un Lehendakari tan previsor y tan preocupado por el futuro de nuestra gente? Basta recordar con qué entusiasmo y convencimiento ha pedido a nuestros jóvenes que los que se tengan que marchar de Euskadi en busca de oportunidades laborales, que lo hagan, pero que vuelvan luego. Eso sí, lo ha pedido por favor, porque tampoco es cuestión de forzar a nadie.

 

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