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Marlon Brando

Antes de adentrarnos en la aplastante rutina, en el aburrimiento tecnológico de una clase media venida a menos y la desfachatez de quienes nos condenan a salarios de miseria mientras nos distraen con enfrentamientos identitarios parece una época propicia para pasear

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Bosque Time Out

No hay tratado filosófico ni formula matemática que resulte tan precisa como lo que Marlon Brando descubrió tras una década de holgazanería en una de las islas de su propiedad. Tras diez años retirado en la isla de Tetiaroa del Pacífico Sur, dedicado tan solo a la lectura, a la contemplación del paisaje, a la reconsideración de sus valores y a la minuciosa exploración de cada pequeño pensamiento que atravesara su mente – según sus propias palabras – el bueno de Marlon descubrió que “el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante”.

A partir de ahí se desquició del todo. Normal. Lógico. No hay nada más desquiciante que freírse continuamente las neuronas del cerebro con las muchas chorradas que se nos van acumulando en sus cavidades. Además, en este disparatado mundo, pocas cosas pueden llegar a desquiciarnos tanto como descubrir que por mucha lata que demos, por mucho que hablemos, protestemos, follemos, comamos o ganemos dinero – y en todas esas cosas el bueno de Marlon fue un auténtico maestro – no estamos hecho más que de tiempo y el tiempo, tan implacable como una sentencia bíblica, nos va arrastrando hacia territorios desconocidos donde apenas quedará rastro de las muchas tonterías que hayamos hecho o de todo lo que, penosa o gozosamente, hayamos conseguido.

La lluvia ha llegado. No es una noticia pero es un hecho. En estos primeros días lluviosos de este tardío otoño todavía resulta muy agradable pasear por el campo o la playa, cuando escampa, aunque solo sea para desentenderse durante unas cuántas horas de la desmedida ambición constructora de los alcaldes de nuestras ciudades. En estos días todas las cosas en la naturaleza parecen afectadas por un cansancio y un abandono interno: las laderas de los montes presentan un resplandor de rescoldo moribundo y los colores incendiados, dorados, calientes del paisaje parecen velados por la telaraña húmeda y azulada de la niebla.

Antes de adentrarnos, de nuevo, en la aplastante rutina de los telediarios, los tertulianos, los políticos, los partidos de fútbol, el tedio de los domingos por la tarde, los preliminares de las temibles fiestas navideñas, el aburrimiento tecnológico de una clase media venida a menos y la desfachatez de quienes nos condenan a salarios de miseria mientras nos distraen con enfrentamientos identitarios, parece una época propicia para pasear, al atardecer, por alguno de los bosques de nuestra comunidad respirando el aire que la lluvia ha limpiado; un aire tibio, transparente, casi, casi dulzón debido a los frutos que comienzan a pudrirse mientras meditamos – brevemente, eso sí, no vaya a ser que acabemos desquiciándonos – acerca de lo que Marlon Brando descubrió hace ya muchos, muchos años: que el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante.

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