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¿Y esto era el derecho a decidir?

Como laboratorio de lo que puede ser un futuro que nadie desea, el que se ha puesto en marcha en Cataluña es de un valor inestimable. Nos sirve a todos como advertencia

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Puigdemont reúne mañana su Govern justo antes de anunciar fecha de referéndum

EFE

Mucho me temo que a los catalanes y catalanas, que se han pasado cinco años votando para ver si podían votar en serio, no les va a quedar otro remedio que volver a votar para decidir en el futuro si quieren votar de verdad, como catalanes auténticos, y no conforme a la ley como el resto de los españoles. Todo esto puede parecer un trabalenguas indigerible, pero no es más que un resumen de eso que llaman “procés”, en la jerga empleada por quienes lo pusieron en marcha y lo siguen manteniendo contra viento y marea: esa conjunción de independentistas de siempre, conversos de la Cataluña del tres por ciento (o del cinco, según otras estimaciones), sectores de la izquierda despistada y antisistemas de la CUP. Un verdadero jolgorio nacional, el que ha conformado ese Club Catalán de la Comedia, que empieza a dar alarmantes síntomas de fatiga, a juzgar por los claros que ya se dejan ver en su auditorio y los sonoros bostezos que se empiezan a oír entre los asistentes.

Porque una comedia, para que funcione, debe tener elementos sorpresivos que mantengan la atención del público y toques de humor que le den vidilla. Pero no hay ya sorpresa alguna en monólogos que se repiten hasta la desesperación, por mucho referéndum  de imposible ejecución que se ponga por delante. Y parece, por otra parte, bastante evidente que el sentido del humor no es la gracia que quiso darle el cielo al “president” Puigdemont. Y, así, la Cataluña del futuro que se predica –entre amenazas y apropiaciones institucionales indebidas- se parece cada vez más a una película de terror. Porque lo que está dando de sí el “procés” resulta bastante aterrador.

No hay más que ver cómo, tras el golpe de mano para la reforma de su Reglamento, el Parlamento de Cataluña se ha convertido en el Parlamento de Junts pel Sí, donde los diputados de la oposición han quedado como convidados de piedra, aunque representen a una mayoría no independentista de la sociedad catalana; pese a lo cual carecen de la más mínima noticia de ese texto clandestino que es la “Ley de Desconexión”, aunque tendrán que votarla deprisa y corriendo cuando llegue, si es que llega, al Parlamento, por el procedimiento de la lectura única.

Así pues, el Parlament de la señora Forcadell se ha transformado en una Cámara de Adhesiones Incondicionales, que empieza a recordar peligrosamente a las Cortes franquistas de antaño. Es verdad que los parlamentarios disconformes todavía pueden hablar y aún no han sido expurgados. Aunque podrían serlo, si la nueva “legalidad catalana” acabara imponiéndose en contra de la verdadera legalidad.

¿O acaso no ha anunciado el cantautor antifranquista, y actual portavoz del régimen independentista, Lluis Llach, que la Cataluña del futuro será un “Estado serio”; y que, por eso mismo, los funcionarios que no se adapten a sus leyes serán sancionados? ¿Y se puede sancionar a los funcionarios sin proceder finalmente contra quienes alientan la insumisión en una Cámara legislativa? Podría haber muchas dudas al respecto, aunque, sin querer dar ideas y visto lo visto, en materias como éstas todo es cuestión de empezar. Es lo que tiene eso que los nacionalistas llaman derecho a decidir.

La Cataluña del futuro que se predica –entre amenazas y apropiaciones institucionales indebidas- se parece cada vez más a una película de terror

Ah, pero, ¿es que el derecho a decidir era esto? Pues, sí. Algo que tiene muy poquito que ver con las normas, usos y costumbres de un verdadero sistema democrático. Un concepto utilizado para uniformar el pensamiento de los ciudadanos,  marginar a la oposición, amenazar al disconforme, cargarse las instituciones representativas y borrar de la acción política todo lo que huela a transparencia. Como laboratorio de lo que puede ser un futuro que nadie desea, el que se ha puesto en marcha en Cataluña es de un valor inestimable. Nos sirve a todos como advertencia. También a los ciudadanos de Euskadi, que ya hemos pasado por situaciones parecidas y hace ya algún tiempo nos libramos del peligro que hoy acecha a la sociedad catalana. Pero aún nos quedan nostálgicos.

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