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Más pan y menos circo

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Aquello del pan y circo ha funcionado siempre con mayor o menor éxito en éste y en todos los países. No es nada nuevo hoy en día y ni siquiera lo era en la época de los romanos. Mientras el populacho esté bien alimentado y se le ofrezca un espectáculo que lleve algo de ilusión pasajera a sus insulsas vidas, los gobernantes podrán hacer y deshacer a su antojo, que no recibirán críticas a sus políticas por muy controvertidas que puedan llegar a ser.

El circo con mayor éxito hoy en día son los deportes profesionales, sobre todo el futbol, que suscita las pasiones más básicas en una gran parte de la ciudadanía. Y a quienes no les guste el futbol, se les da baloncesto, balonmano, tenis o Fórmula 1. Y a quienes no les apasione el deporte, siempre podrán desconectar de sus problemas cotidianos frente al televisor, donde las azarosas vidas de una serie de 'famosetes' les harán olvidar sus propias desgracias.

Durante los últimos años hemos visto como el deporte profesional participaba en el inflado de la burbuja que caracterizó la economía española hasta 2008. Millones de euros de dinero público y otros tantos de fondos privados provenientes del modelo del ladrillo buscaron acomodo en las sociedades anónimas deportivas, facilitando fichajes por cantidades exorbitantes que llevaron a que el deporte español alcanzase cotas inimaginables hace unas décadas. De esta coyuntura surgieron equipos galácticos, las mejores ligas del mundo, los mundiales, las eurocopas, las medallas olímpicas a puñados, los dobles grandes premios de Fórmula 1, los triples de motociclismo, las copas américas, etc.

En definitiva, la edad de oro del deporte español coincidió, y no por casualidad, con el clímax de la fiesta organizada por las constructoras y las cajas de ahorros, con la connivencia de los poderes públicos de todos los ámbitos. Los cargos electos sonreían felices en sus palcos de honor y recibiendo a los equipos vencedores en ayuntamientos, diputaciones y hasta en la Moncloa. Para los políticos fotografiarse junto a las estrellas del deporte siempre ha resultado rentable y por eso han mirado para otro lado cuando la burbuja ha estallado en nuestras caras.

La edad de oro del deporte español coincidió, y no por casualidad, con el clímax de la fiesta organizada por las constructoras y las cajas de ahorros, con la connivencia de los poderes públicos de todos los ámbitos


En Euskadi este mismo fenómeno se ha dado, pero mucho más atenuado. Aquí el apoyo ha venido a través de ayudas más discretas y de soporte económico para renovar infraestructuras como el pabellón Buesa Arena en Vitoria-Gasteiz o la construcción del nuevo estadio de San Mamés en Bilbao. Mucho más grave es que se haya salvado a clubes privados aquejados de una endémica pésima gestión, como ha sido el caso del Deportivo Alavés, que sin el apoyo de los fondos públicos de las instituciones vascas probablemente habría desaparecido o estaría compitiendo en categorías inferiores. Tampoco nos podemos olvidar de las exenciones fiscales a deportistas profesionales que han propiciado las haciendas forales: hablamos de perdonar hasta la mitad de sus impuestos a personas con sueldos que el común de los mortales jamás llegará ni siquiera a imaginar cobrar.

A todo el mundo le gusta que los equipos de su ciudad o localidad obtengan grandes éxitos deportivos. No cabe duda que esos éxitos deportivos conllevan beneficios económicos para  la propia ciudad. Pero no debemos olvidar que se trata de clubes profesionales, de empresas privadas, por mucho que susciten el apoyo y un sentimiento de pertenencia entre gran parte de la ciudadanía. Mientras tanto, la gente que trabaja día tras día en fomentar el deporte base, ve recortadas las ayudas públicas y privadas vía esponsorización, cercenando de raíz las ilusiones de miles de jóvenes que ya ni pueden trabajar ni estudiar ni practicar su deporte favorito.

Ahora que la crisis sistémica y el desempleo ha traído la pobreza a millones de hogares, afloran las vergüenzas del deporte profesional: contratos trapicheados, paraísos fiscales, deudas millonarias a Hacienda y a la Seguridad Social, pelotazos urbanísticos asociados a infraestructuras deportivas, etc. No hace falta que ponga ejemplos, todos los conocemos y están a diario en la prensa. Ahora que el pan escasea y el circo comienza a hundirse en sus propias miserias, ya solamente nos quedan las maquilladas cifras macroeconómicas que ofrece el Gobierno para salvaguardar una cohesión social cada día más endeble.

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