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¡El pueblo quiere saber de qué se trata!”

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Buenos Aires, 25 de mayo de 1810. La ciudad lleva tres años con el alma en vilo: se han producido dos invasiones inglesas que, ante la incapacidad de la monarquía española (que desde Trafalgar no tiene armada), han tenido que ser rechazadas por las milicias locales; no ha dejado de causar conmoción que en 1807 el virrey, Rafael de Sobremonte, haya huido de la ciudad… llevándose la caja de los dineros; el actual virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros, se niega a convocar un cabildo abierto o junta general ante las noticias que dicen que en Madrid la corona ha sido cedida al hermano de un hidalgüelo corso, un tal José Bonaparte y que de la monarquía y su gobierno no queda ni la sombra. La muchedumbre comienza a concentrarse en la plaza del cabildo y un rumor la recorre: “¡El pueblo quiere saber de qué se trata!”.

España, 2015. El país lleva tres años con el alma en vilo: se ha ido enterando de que entre tesoreros del partido que gobierna, empresarios corruptos, directivos de cajas de ahorro convertidas en bancos y pillastres locales han dejado como un tambor la caja del dinero; ha visto enfangarse una a una las principales instituciones del Estado; nominalmente su jefe de Gobierno sigue siendo nacional, pero es creciente la sensación de que el país está ya siendo gobernado de hecho por una pietista alemana desde Berlín. Sólo le falta que Inglaterra decida invadirlo aprovechando el siguiente numerito en la valla de Gibraltar. Hace cuatro años, la gente se empezó a arremolinar en la plaza del cabildo madrileño y exigían saber de qué se trataba.

A diferencia del Buenos Aires de 1810, la España de 2015 ha podido reciclar a la gente de la plaza que exigía saber qué pasaba en 2011 en un partido político. Por ello el murmullo rioplatense terminó en una revolución y ya no hubo más virrey español por allá, y el 15M ha acabado desembocando en un cuestionamiento del sistema de partidos que surgió con la Transición.  Tiene mucha razón Imanol Zubero al afirmar en este mismo diario que la desaceleración de Podemos en las encuestas (que seguramente están situando a este partido en su verdadera dimensión electoral) tiene mucho que ver con la tensión entre la voluntad y la necesidad de cambiar las cosas. Yo diría, aprovechando el argumento de Zubero, que tiene que ver con el abandono de la plaza. Fue la plaza la que aunó a quienes querían cambiar el sistema y a quienes tenían que cambiarlo, como en la Buenos Aires de 1810. En la medida en que los primeros decidieron crear un partido político y salir de la plaza, los segundos ya no tenían mucho que hacer allí.

España, 2015. El país lleva tres años con el alma en vilo: se ha ido enterando de que entre tesoreros del partido que gobierna, empresarios corruptos, directivos de cajas de ahorro convertidas en bancos y pillastres locales han dejado como un tambor la caja del dinero

Si hasta aquí parezco Monedero reencarnado, espérenme tantito, porque, a diferencia del camarada Juan Carlos, estoy convencido de que es no ya lo mejor, sino lo único que podían hacer los que quieren cambiar las cosas. En el escenario rioplatense de 1810 la disyuntiva era la plaza o nada; en la España de 2015 la plaza puede llegar a convertirse en nada si no evoluciona hacia un partido político y comienza tocar sin complejos el poder. Eso sí, y ahí Monedero a mi juicio da en el clavo, ese tránsito de la plaza a las instituciones debe hacerse sin olvidar lo esencial del espacio todo esto empezó: que el pueblo quiere saber de qué se trata.

Y, entre otras cosas, quiere saber de qué se trata no solamente el programa del partido que surgió de la plaza (que ya le va costando parirlo), sino sobre todo saber qué hará una vez que tenga que sentarse en ayuntamientos y parlamentos regionales en los que la formación de uno u otro gobierno dependa de su actitud. Lo estamos viendo ya en Andalucía, donde a Podemos le ha podido el regateo. Ahora ya es tarde para hacer nada, porque lo que más deseaba el Partido Popular en este momento, que la izquierda llegara sin ponerse de acuerdo en Andalucía al 24 de mayo, es ya un hecho.

Es muy cierto que la primera en jugar al regate corto, pensando en hacer un caño a la vez a Podemos, IU y el PP, fue Susana Díaz y recién se ha percatado que ha podido hacer un pan con unas hostias, cabreándose, además. La cuestión es que ese va a ser el escenario más común que tendremos a finales de mes, el de gobiernos municipales y regionales que dependerán de pactos en los que habrá que mojarse hasta la barbilla o más allá. Además, en muchos lugares bien relevantes (Barcelona o Madrid seguramente entre ellos) las posibilidades de formar gobiernos no serán, como en Andalucía, solamente en una dirección.

Si esto es así, y se trataba de hacer política de otra manera, ¿no sería lo suyo que nos dijeran todos abiertamente y sin rodeos qué harán el día en que se reúnan en ayuntamientos y parlamentos fragmentados y precisados de acuerdos para gobernar? De momento es todo lo contrario. Lo es, por supuesto, en los partidos de siempre, sobre todo porque a ver quién les cambia el latiguillo, pero lo es también en los nuevos, los que venían en son de cambio: “Nosotros no pactaremos con nadie”; “No estamos aquí para pactar, sino para ganar”; “Serán los demás los que tendrán que pactar con nosotros”; “Nuestro programa no se rebaja”. ¿Nos suenan estas frases? Pues traducidas, significan: “a usted, electora o elector, no le importa un bledo lo que yo haga una vez que tenga la representación.”

Pues sí nos importa; de hecho es lo que más nos importa para decidir el voto. Ahora más que nunca en estas décadas pasadas desde la Transición, el pueblo quiere saber de qué se trata. Al menos este átomo de pueblo que soy yo. Y mientras no me lo aclaren, me digan con claridad qué harán con mi voto cuando se trate de formar gobierno, que no me manden una sola carta electoral más, que no me ofrezcan un globito por la calle y, sobre todo, que no me tengan por estúpido.

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