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Peritaje del daño sufrido

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Como gusta afirmar el profesor Reyes Mate, después de Auschwitz, nació el deber de memoria; la memoria como imperativo ético. Tras la experiencia del Holocausto, la memoria consiste en reconocer que lo impensable ha tenido lugar y entonces se convierte en algo que da que pensar. La intensidad del horror y el sufrimiento del holocausto fue de tal calibre y supuso tal conmoción para la humanidad que la consecuencia del deber de memoria en términos éticos devino en ineludible: recordar para no repetir.

Cabría preguntarse “memoria de qué” y responder con el citado Reyes Mate: memoria de las víctimas. “Víctimas ha habido siempre, pero hasta ahora eran invisibles porque se las consideraba el precio obligado de la marcha de la historia. Ahora se han hecho visibles y eso significa que entienden su situación no como algo natural o inevitable, sino como una injusticia que espera respuesta”.

Hacer memoria a las víctimas es afirmar una injusticia hecha a la víctima que está vigente y que no se puede pasar por alto. Por eso, acaba Reyes Mate vinculando las ideas de Justicia y Memoria, al afirmar que la memoria es una forma de hacer Justicia, ya que ésta exige reparar a la víctima en lo reparable y hacer memoria de lo irreparable. Nadie va a reparar el daño cometido a la víctima, pero la memoria puede rescatarle de la indiferencia y decirnos que se cometió una injusticia y que ésta sigue vigente. Esta forma modesta, pero persistente de justicia no es impunidad, aunque entiende la justicia no tanto como castigo al culpable cuanto, como se ha dicho, como memoria de lo irreparable.

En el proceso vasco, vivimos como nunca en estos momentos el deber de memoria. De hecho, la Ley de Reconocimiento y Reparación a las Víctimas del Terrorismo, aprobada en Euskadi en 2008, ya recoge la configuración normativa de la memoria como un derecho-deber, es decir, con su doble dimensión: derecho de las víctimas y deber de la sociedad.

Y es en este ejercicio de ajuste y encaje en la idea de justicia, donde hay demasiadas tareas autocríticas pendientes y donde, por desgracia, se manifiestan actitudes políticas injustificablemente laxas ante quienes se muestran reticentes cuando no reacios a asumir la necesidad de esta tarea.



En la parte que nos concierne como sociedad – y en primer término a las instituciones públicas – es imprescindible culminar el proceso de peritaje del daño sufrido en nuestro país como consecuencia de la violencia de intencionalidad política, dentro de la cual cobra una singular importancia el fenómeno terrorista de ETA. Conocer la realidad de las violaciones de derechos humanos habidas, para que ninguna quede fuera del proceso del conocimiento y del reconocimiento público.

Pero tras el citado paso, resulta ineludible proceder a una adecuada adjetivación de dicho daño, puesto que no todos los sufrimientos son iguales y, siendo la inocencia la característica fundamental de la víctima, hay que valorar y concluir que estuvo mal, que fue injusto. Y es en este ejercicio de ajuste y encaje en la idea de justicia, donde hay demasiadas tareas autocríticas pendientes y donde, por desgracia, se manifiestan actitudes políticas injustificablemente laxas ante quienes se muestran reticentes cuando no reacios a asumir la necesidad de esta tarea.

Solo una memoria de lo irreparable y de la injusticia de la violencia, que cimente sólidamente la idea de la ausencia total de legitimidad de la misma, debería ser objeto de las políticas públicas. Como dice Rajoy; veremos.

Txema Urkijo, abogado y ex director de Derechos Humanos del Gobierno vasco.

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