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La espera de "los olvidados" de Calais genera discordia entre las comunidades

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La espera de "los olvidados" de Calais genera discordia entre las comunidades

La espera de "los olvidados" de Calais genera discordia entre las comunidades

Miles de inmigrantes confinados a un espacio sin saneamiento básico esperan meses en el campamento de Calais a que se resuelva su situación legal. En ese amenazante panorama, el ambiente se ha enrarecido por las recurrentes peleas entre sudaneses y afganos.

El mayor "bidonville" (barrio chabolista) de Francia ha sido noticia por un aumento de los episodios de violencia, y no solo entre la policía y los inmigrantes.

Los cooperantes que trabajan sobre el terreno han alertado de que las peleas entre grupos de ambas nacionalidades son cada vez más frecuentes, sobre todo cuando cae la noche, y avisan de que los niveles de conflictividad empeorarán si no se encuentra una solución.

"Ha habido cuatro muertos en reyertas entre habitantes del campo, sobre todo entre los sudaneses y los afganos, las dos principales comunidades", constató en declaraciones a Efe el coordinador sobre el terreno de la ONG Médicos del Mundo, el franco-argelino Amin Trouvé Baghadouche.

Sudaneses (cerca del 50 % de los habitantes) y afganos (un tercio) viven un conflicto fomentado por el hacinamiento en el que están atrapados desde hace tiempo y que, inevitablemente, "degrada las relaciones humanas". Un hacinamiento que además ha provocado problemas de salud como brotes de sarna entre muchos de ellos.

Varios trabajadores humanitarios consultados por Efe trazan un perfil de ambas comunidades mayoritarias. Se trata de dos tipos de inmigrantes: los sudaneses son "más vulnerables", pues son más pobres y saben menos lenguas que los afganos, mejor instruidos y más acostumbrados a emigrar.

Los últimos análisis elaborados por las ONG muestran también que la falta de soluciones legales para los inmigrantes es otro factor que ha pesado negativamente.

"En seis meses ha empeorado muchísimo. Ahora el campo es más peligroso", cuenta un testigo de la evolución del lugar que prefirió mantener el anonimato.

El paulatino aumento de población (12 % en el último mes, hasta en torno a las 10.000 personas, según las ONG, aunque el Gobierno reduce esa cifra a algo más de 7.000) no ayuda. El emplazamiento se considera ya una ciudad paralela a Calais, que tiene unos 60.000 habitantes.

A la violencia interna se suma la policial, según denuncian los propios inmigrantes y varias asociaciones.

Prácticamente a diario, la policía responde con gases lacrimógenos a los centenares de jóvenes que intentan introducirse en los bajos de los camiones que circulan en la concurrida autopista E-15 mediante peligrosos abordajes. Su objetivo, el Reino Unido.

El levantamiento de un nuevo muro que protegerá al puerto de Calais ha venido a ensombrecer aún más el ambiente. "Ya tuvimos el Muro de Berlín, el de Palestina. ¿Para qué sirvieron? Lo que se hace es culpar a las víctimas del sistema que necesitan más protección. Las instituciones han de responder a esta emergencia", alega Baghadouche.

El tiempo también corre en contra de los habitantes del campo de Calais. "Estoy aquí desde hace cinco meses y he tenido fases buenas y malas. En las malas le doy a la cabeza por saber qué hago con mi vida", explica a Efe el sudanés Moussa, de 28 años, quien pretende pedir asilo en Francia y no en el Reino Unido, como muchos de sus compatriotas.

El joven no alimenta ese clima de tensión con los afganos. Prueba de ello es que viene de comprar la cena en el restaurante afgano New Kabul, regentado por un adolescente y un hombre de unos 30 años. La carne que brindan es "halal", el corte genuino de la cultura musulmana.

Los implicados en las reyertas, que suelen ser los más jóvenes, intentan mantenerse en el anonimato, escondidos de las cámaras de los periodistas que visitan el campamento más polémico de Francia.

En su calle principal, bautizada Theresa May, como la primera ministra británica, afloran todo tipo de negocios montados sin red eléctrica (hay generadores), sin saneamiento básico y construidos con endebles materiales, como contrachapados y plásticos.

Pero también aflora la desconfianza hacia las cámaras: pocos inmigrantes aceptan ser filmados. Quieren proteger así a sus familias y protegerse ellos mismos, sobre todo los que piensan marchar al Reino Unido, para evitar que su imagen sea reconocible.

Si Londres descubre que un inmigrante ha estado antes en otro país de la UE, no le permite pedir asilo.

En las calles del campamento huele a leña quemada, con la que los habitantes cocinan o se calientan, y casi no se ven mujeres. Viven en otra zona del campo y la mayoría proceden de Eritrea o Etiopía. Muchas están solas a cargo de niños y algunas de ellas están embarazadas.

Los menores solos tampoco son visibles, pero los hay, y cada vez más: casi 1.000 según los últimos censos de colectivos de inmigrantes.

Por Antonio Torres del Cerro

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