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Tu casa no es un contenedor: La experiencia de los municipalismos vivos

El municipalismo nos dota de la posibilidad de repensar la política, de acercarla y de crear sinergias sobre herramientas por encima de siglas y de élites televisadas.

El poder transnacional sostiene una normatividad agresiva para con los manejos comunales, la gestión local y la democracia.

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“Os damos, concedemos y asignamos a perpetuidad, así a vosotros como a vuestros sucesores los reyes de Castilla y León, todas y cada una de las tierras e islas sobredichas, antes desconocidas”, Bula Inter Cetera, emitida por el papa Alejandro VI el 4 de mayo de 1493

Lejos de ver territorios llenos y conformados por personas, memorias, biodiversidad y otras formas de entender el bienestar social, la colonización dibujó continentes vacíos, como argumenta Eduardo Subirats: eran apenas superficies para ofrecer a los imperios en expansión. Sostiene Subirats que el “ideario de conversión” era en realidad una “empresa de ocupación y explotación territoriales como cruzada a lo ancho de un continente vacío”, siendo el indígena americano un cristiano potencial: “ tabula rasa susceptible de sujeción y subjetivación”. Continente visto como contenedor del que extraer recursos, conciencias planas dispuestas a ser alfombradas por la nueva religión.

La modernidad ha cambiado, pero conserva aún muchos de sus pecados originales. Los territorios no son percibidos como lugares donde los seres humanos entrelazamos ecosistemas (territorio ambiental), infraestructuras y organizaciones sociales (territorio material) e imaginarios sobre desarrollo y manejo de recursos (territorio inmaterial). Cuando en clase pregunto (a estudiantes de medioambiente o de agronomía), por primera vez, qué entienden por territorio, lo usual es que contesten en clave de “superficie”, “área” o “terreno”. A través de sistemas educativos y de la construcción de una civilización consumista y que apenas entiende de límites ambientales, hemos heredado la tradición colonialista de percibir los territorios (propios y ajenos) como contenedores de recursos y alfombras humanas sobre las que instaurar proyectos y procesos de depredación. Edward Said, Arturo Escobar, Vandana Shiva o Tzvetan Todorov han escrito en profundidad sobre este hecho. Los territorios, los lugares donde cimentamos modos de vida y formas de circulación de recursos, bienes y mercancías, se edifican a partir de proximidades: una ciudad o pueblo, una comarca, una cuenca hidrográfica, un paisaje. Cierto que la llamada “globalización” ha desprovisto de sentido y de autonomía a estos territorios de proximidad. Desplazamos y nos desplazamos mucho. Más del 40% de la biomasa planetaria es movida y apropiada por el agente geológico ser-humano: hemos entrado en el Antropoceno.

Por ello, precisamente, los territorios son clave para legitimar y proponer formas de organización social o de repensar estrategias de desarrollo desde una perspectiva endógena. Y además es urgente: buena parte de las ciudades españolas, por ejemplo, consumen recursos y energía que multiplican por 100 el área que ocupan. Una huella ecológica insostenible: el planeta anda cada vez más escaso de energía fósil y materiales considerados como básicos para la producción consumista (cobre, aluminio, hierro o más de 60 elementos presentes en nuestros móviles). Y está lleno y saturado con nuestros residuos, nuestras formas de producción industrial y con el carácter especulativo (sobre materias primas y energía) de una economía caracterizada por una “exuberancia irracional”, que dijera el hoy expresidente de la Reserva Federal estadounidense Alan Greenspan.

La visión del territorio como cruce de (nuevas) memorias, infraestructuras, organizaciones sociales y maneras de entender nuestro bienestar, nos lleva a interrogarnos por apuestas políticas que puedan conducir a ello. El municipalismo se entiende, desde una perspectiva occidental, como la doble estrategia de abrir instituciones locales y de permitir o apoyar la consolidación de una autonomía social creciente para satisfacer nuestras necesidades humanas (que son materiales, pero también afectivas, expresivas y de relación amigable con el medio natural). Democracia participativa (de proximidad) y radicalización de la democracia (deliberativa, directa) como un impulso necesario para transitar hacia sistemas económicos y sociales más sostenibles, como apuntan los trabajos de Federico Aguilera Klink.

Cuando ciertos actores se refieren a políticas municipalistas, mi pregunta es: ¿se trata de avanzar en un protagonismo social para la gestión de un territorio con perspectivas de sostenibilidad de la vida en los mismos? ¿O por el contrario se está retomando “de facto”, la política de los contenedores territoriales y de las alfombras humanas? Llamaré municipalismos vivos al primer caso; y municipalismos muertos a aquellas prácticas que se presentan como “municipalizadoras” pero que no enfrentan la política de los contenedores y de las alfombras.

Los municipalismos vivos se conforman hoy a contracorriente. El poder transnacional (corporaciones, Estados y acuerdos internacionales) sostiene una normatividad agresiva para con los manejos comunales, la gestión local y la democracia que apunta a un genuino protagonismo social. Son ejemplos de estos ataques: la llamada Ley Montoro en este país, que arrebata y “empresariza” el gobierno de los municipios pequeños; en países como México, la lesión de derechos comunitarios e indígenas, la erosión de las gestiones colectivas como los Ejidos, así como la destrucción y confiscación de tierras que son fuente de biodiversidad, tal y como denuncia el Centro Mexicano de Derecho Ambiental; y en el conjunto de Latinoamérica, el aterrizaje de modelos de “desarrollo rural” importados desde la Unión Europea y centrados en “poner en valor” recursos locales para el turismo o la diversificación productiva hacia mercados globales.

Sin duda, en este país, la idea de T erritorios en democracia se cimenta en un ciclo reciente de movilizaciones locales y en una serie de apuestas políticas en clave municipalistas. Estos municipalismos vivos ofrecen ya sus primeros apuntes de un ciclo social y político que ha venido para quedarse como consecuencia de la crisis civilizatoria que atravesamos. Frente a los 4.000 kilómetros de media que viajan los alimentos para llegar a nuestras mesas, hoy vemos en pie y con fuerza iniciativas sociales, antes impensables, como Madrid Agroecológico, mercados ecológicos y sociales como De l'horta a la plaça en Valencia, iniciativas de accesos a tierras y defensas del territorio (Terra franca, parques agrarios, redes por la soberanía alimentaria y la defensa de los territorios), etc. En la economía, el reconocimiento del sector social y solidario como fuente de empleo y sostenibilidad territorial en territorios periféricos como Andalucía. Y también la revisión de nociones de trabajo y de creación de “riqueza”: programas para la “colectivización de los cuidados” pueden encontrarse hoy apoyados por el ayuntamiento de Barcelona.

El municipalismo trata de convertir los contenedores en territorios municipalistas. ¿Sucede lo mismo con la participación? El municipalismo nos dota de la posibilidad de repensar la política, de acercarla y de crear sinergias sobre herramientas por encima de siglas y de élites televisadas. Las candidaturas emergentes son muestra de ello, por contraposición al escenario estatal de contiendas electorales. Aún así, las prisas y ganas de ofrecer resultados hacen que muchos proyectos de participación (obras, presupuestos “participativos”, gestión de recursos) se vuelquen hacia “la democracia del click”: gestor propone agendas y elector elige. La participación tiene que ver con procesos sociales (es de medio plazo al menos) que invitan a construir las preguntas y a encontrar escenarios, políticas y planes de acción comunes para la (re)construcción común de nuestros territorios. La tentación de alfombrar digitalmente la participación está ahí. Como también la de proponer que un cooperativismo institucional: como fórmula jurídica, pero no asentado en prácticas cooperativistas de trabajadores/as y ciudadanía. Un requisito previo será, en grandes ciudades como Barcelona, la “descentralización administrativa hacia abajo, hacia los distritos y los barrios”, según apunta Ada Colau, alcaldesa de esta ciudad. Creando, en paralelo, sinergias con una visión más comunitaria (al menos de sociedades con vínculos más fuertes y próximos) como hace el programa de salud en dicha ciudad, que se enfoca a barrios y economías sociales, y que coordina Gemma Tarafa.

Muncipalismos vivos toman cuerpo en lugares tan dispares como Bristol (Reino Unido) o Villa el Salvador (Perú). Están planteándonos conjuntamente una última llamada: los municipalismos se están revolviendo entre la vida y la muerte. Por favor, apuesten por la salud de nuestros territorios y de las personas que vivimos en ellos.

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