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Alguien que lo arregle

Si se estuviera diseñando un marco de legalidad para la independencia, la Ley de Transitoriedad se habría aprobado después de que los catalanes votasen

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Un 57% de catalanes votaría a favor de la independencia, según la Generalitat

Un 57% de catalanes votaría a favor de la independencia, según la Generalitat EFE

Sin haber empezado a tramitar la famosa Ley del Referéndum, que tanto dio que hablar antes de las vacaciones de verano, los independentistas acaban de presentar la Ley de Transitoriedad, que tanto va a dar que hablar a la vuelta de las mismas vacaciones. Sin aprobar la primera, la segunda no sirve de mucho. Es como si James Cameron hubiera estrenado Terminator 2 cuando aún está a medio estrenar Terminator 1, demasiado espectáculo junto.

Si realmente se estuviera diseñando un marco de legalidad para la independencia, la Ley del referéndum tendría mínimos de participación y resultados, como en todos los precedentes que cita, y la Ley de Transitoriedad se habría aprobado después de que los catalanes votasen y sin elevar la unilateralidad a título para quedarse con el patrimonio o los funcionarios.

Ahora, si estamos en precampaña electoral de una ERC y una CUP que ven la oportunidad de devorar lo que queda de Convergencia, entonces tanto espectáculo es algo más que ruido; también para un Mariano Rajoy y un PP que tienen en Catalunya el argumento perfecto para intentar coger como rehén a la izquierda española.

Esta película ya la hemos visto demasiadas veces. Admitámoslo, el llamado procés nos está agotando a todos. A los catalanes porque viven en un bucle, como Bill Murray en Atrapado en el Tiempo pero con Carles Puigdemont en lugar de Andy McDowell, que no deja de constituir una diferencia bastante notoria. A los que no somos catalanes también nos agota, porque también existimos y tenemos problemas y demandas que el gobierno de Rajoy ignora, con la excusa de que están muy ocupados atendiendo el desafío catalán, y los medios de comunicación de ámbito estatal sólo recogen si se parece en algo a lo que pasa en Catalunya y se pueden indignar mucho.

Seguramente por eso cada vez emerge con más fuerza la demanda de quienes se niegan a elegir entre dos bandos que no parecen tener más interés que obligarte a escoger, la demanda de que alguien se decida a hacer política y asumir riesgos para arreglarlo como se hace en democracia: dialogando, acordando y asumiendo compromisos compartidos.

No se puede ir a la independencia con un respaldo que no supera ampliamente el 50% del electorado. No se puede bloquear la reclamación de más autogobierno con el voto de menos de la mitad de los catalanes. Sólo hay algo con sentido que se puede hacer: negociar, ceder y llegar a un acuerdo. Que alguien se ponga a ello parece una opción que seguramente, ahora mismo, tendría un respaldo abrumador en España y en Catalunya. El Estado español se hizo como se pudo en 1978. Es hora de construirlo como se puede y queremos en el Siglo XXI para atender los problemas de todos.

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