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El alivio fiscal: ¿bajar impuestos es de izquierdas?

Tribuna invitada: El exministro de Trabajo socialista Valeriano Gómez responde al artículo de Miguel Sebastián en el que cuestionaba la propuesta de Rubalcaba de subir los impuestos.

"La mayoría de los economistas son favorables a bajar el IRPF en unas condiciones cíclicas como las que actualmente atraviesa la economía española (...) El problema surge cuando algunos de los que así opinan también eran partidarios de “bajar impuestos”, incluso siendo de izquierdas, decían, cuando la posición cíclica era de auge intenso".

"La política fiscal, con sus defectos, que los tiene y son muchos, no debe ser solo un instrumento de la política coyuntural".

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Hace algunas semanas, un viejo amigo economista me recordó una idea, no menos vieja, resumida en el siguiente adagio: no hay problema económico, por importante que sea, que no pueda ser arreglado con una bajada de impuestos. Da igual que estemos en auge o en crisis, que la combinación de política fiscal y monetaria resulte o no adecuada, el signo y el nivel del saldo presupuestario público, observado o estructural, o que el país, su sociedad, requiera o no caminar en una senda determinada en relación a su estado de bienestar. Las subidas de impuestos son malas y no hay mejor calmante a nuestros dolores, no importa su origen, que una buena bajada de impuestos. Los republicanos estadounidenses hablarían de alivio fiscal.

En estas cosas pensaba cuando leía el reciente artículo de Miguel Sebastián, titulado "Una oportunidad perdida para el PSOE". En él, mi compañero de Consejo de Ministros dice que “los economistas son contrarios a la subida del IRPF”. La verdad es que siempre me ha parecido poco humilde y, ciertamente, muy presuntuoso pensar que las opiniones de uno son compartidas por el conjunto de la profesión. Yo mismo lo soy y sería capaz de sumar a miles de economistas españoles, y a muchos miles más si traspasamos nuestras fronteras, que son favorables no solo a una subida en el tipo medio del IRPF y a una mejor distribución de la carga de la imposición directa beneficiando a las rentas medias y bajas y gravando más las rentas altas, sino a elevar la presión fiscal global en un país que se sitúa en uno de los niveles más bajos en intensidad de dicha variable en el conjunto de la Unión Europea (en 2011 nuestra presión fiscal era del 32,4% respecto del PIB frente al 40,1% en la UE 27).

Ahora bien, creo que la mayoría de los economistas son favorables a bajar el IRPF en unas condiciones cíclicas como las que actualmente atraviesa la economía española. Por supuesto, yo estoy de acuerdo con esa posición. Cuando las economías atraviesan situaciones como la actual y el juego de los estabilizadores automáticos no es suficiente, la respuesta óptima suele estar más cerca de esa visión. El problema surge cuando algunos de los que así opinan también eran partidarios de “bajar impuestos”, incluso siendo de izquierdas, decían, cuando la posición cíclica era de auge intenso, alimentando una caldera que al estallar ha terminado llevándose por delante a un buena parte de nuestro sistema financiero, ha triplicado nuestra deuda pública y amenaza con arrastrar nuestro estancamiento económico y un desempleo ya masivo más allá de una década tras la explosión de la crisis.

Por supuesto, creo que es un grave error, además de una visión sesgada habitual entre los economistas más conservadores, asignar a la etapa de gobierno de Zapatero durante la primera legislatura esa inclinación a alimentar el ciclo a través de una política fiscal expansiva. Al fin y al cabo dichos errores también eran característicos de la etapa de Aznar y, no está de más subrayarlo, fue entre 2004 y 2007 cuando nuestro saldo público alcanzó superávit después de muchísimo tiempo acumulando déficits sucesivos.

Pero además, a estas alturas resulta obvio, hemos tenido que convivir con un tono de la política monetaria a todas luces inconveniente para una economía como la española entre 2000 y 2008. Necesitábamos una política monetaria mucho más contractiva y en su ausencia la política fiscal adecuada no podía consistir en bajar impuestos. Pero así se hizo. Con el PP y con el PSOE. Y ahora, tras el estallido de la burbuja, aunque nuestro endeudamiento público era al comienzo de la crisis más reducido que la media de la eurozona (35% frente a alrededor del 50%), nuestro margen de maniobra hubiera sido más elevado a la hora de gestionar la abrupta caída de la recaudación fiscal (especialmente en IVA y Sociedades). Malas políticas durante el auge, insisto, malas empezando por las practicadas por el PP, terminan forzando a hacer malas políticas durante la crisis: se bajan impuestos cuando había que subirlos y se suben cuando hay que reducirlos.

Como se habrá comprobado la palabra equidad todavía no ha aparecido en esta breve reflexión. Pero resulta obvia su importancia. La política fiscal, con sus defectos, que los tiene y son muchos, no debe ser solo un instrumento de la política coyuntural. Las sociedades avanzadas lo son en la medida en que, como decía Sándor Márai en Las confesiones de un burgués, los ricos pagan impuestos. Por eso es muy importante conjugar la imposición directa con el nivel de fraude fiscal que, como es bien sabido, en nuestro país es muy alto entre las rentas más elevadas. De poco sirve elevar los tipos marginales en el IRPF si ello termina gravando fundamentalmente a las rentas medias.

Aun así, no conviene olvidar la perspectiva histórica. Durante el último cuarto de siglo los tipos impositivos en las dos principales figuras impositivas, el IRPF y el Impuesto sobre la Renta de las Sociedades, han caído significativamente en España y en los principales países europeos. Y mientras tanto, el nivel de fraude fiscal no ha dejado de aumentar. Es verdad que para muchos de nosotros el espejo no es Cuba sino, seguramente, Suecia, por cierto, un país que mantuvo durante mucho tiempo altos tipos marginales en la imposición sobre la renta que resultaron más exitosos que su actual imposición dual y mucho más suave. Comprendo que para muchos, como Miguel Sebastián, las subidas de impuestos no sean movilizadoras. Al fin y al cabo, para casi nadie lo son si se reparten de forma desigual y financian gastos de manera regresiva. Pero estoy entre los que sufrieron un verdadero golpe de tos, seca y muy molesta, cuando escuchamos que “bajar impuestos es de izquierdas”. Tan molesta que todavía no hemos encontrado alivio.

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