La lección venezolana de Trump: no hay aliados, hay colonias
Desde hace algunos meses, Nicolás Maduro cambiaba de cama cada noche y de móvil con frecuencia. Temía un ataque personal contra él. Había sustituido a algunos de sus guardaespaldas: se fiaba más de los cubanos. Hasta ayer le bastaron.
Los bombardeos empezaron de madrugada en Caracas y otras ciudades. Maduro y su mujer fueron capturados y trasladados por la fuerza a Estados Unidos, donde una corte que se atribuye jurisdicción extraterritorial los juzgará, bajo acusaciones de narcotráfico.
No hay duda de que Maduro carecía de legitimidad, desde que en las últimas elecciones no recibió apoyo mayoritario ni admitió el triunfo de la oposición. Pero aplaudir una invasión contra el derecho internacional es muy arriesgado, por más quirúrgica que haya sido lo que Trump llamó “operación militar extraordinaria”.
El petróleo y los minerales venezolanos aparecen como trasfondo. Trump se consagra a Trump como sheriff global y repite esquema colonial: aspira sin pudor a controlar país soberano, hasta asegurarse de que sus intereses petroleros y económicos se respeten.
Colocar gobiernos favorables para explotar económicamente los recursos es algo que comparte con la visión imperial de Putin. También él quería un gobierno títere en Ucrania (ya dispone de uno en Bielorrusia), pero le salió mal.
El alto el fuego en Gaza de octubre pasado -incumplido cientos de veces por Israel- obedece al mismo esquema: recursos económicos y control de Estados Unidos. Allí se orienta a explotar la franja como resort turístico.
Democracia es la palabra que Trump no pronunció ayer en su rueda de prensa desde Mar-a-Lago. Mucha gente en Venezuela querrá ver el comienzo de un régimen de autonomía política, con elecciones, un sistema institucional, controles y equilibrios y un Estado de Derecho. Pero nada de lo que dijo Trump ayer lo sugiere. Anunció que un equipo estadounidense dirigirá el país, mano a mano con los líderes venezolanos. Mencionó expresamente a Delcy Rodríguez.
Dejó claro que le importa más el petróleo que la democracia. Lo cual tiene toda la lógica. Si él mismo evoluciona con rapidez hacia la autocracia, ¿por qué no querer lo mismo para los demás? En un bucle retórico asombroso, dijo que se hará “una transición adecuada”, pero no dijo a qué. En su discurso monótono y deslavazado, la libertad palideció frente al brillo espeso del petróleo.
Afirmó que EEUU mantendrá el control de Venezuela para evitar que lo tome “alguien” que no sea bueno para el país. Se ve que no se fía mucho de lo que voten los venezolanos. Garantizó que las empresas estadounidenses podrán trabajar allí y reconstruir las infraestructuras petroleras para explotar el potencial del país. Si hace falta volverá a bombardear.
Trump no ha reemplazado a Maduro por ser un dictador, sino porque no es su dictador. No creo que se engañen los venezolanos: esta operación tiene un diseño más colonial que democrático. Después de oírle, presumo que los dirigentes latinoamericanos estarán inquietos: Trump definió con rotundidad su zona de influencia en el hemisferio occidental e invocó la docrina Monroe.
En Europa también deberíamos estar atentos a la moraleja: los regímenes que no son rentables para EEUU pueden reemplazarse. Esto nos afecta. La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, conocida hace unas semanas, explicita el apoyo a partidos ultraderechistas europeos. Es otra forma de intervención política en países soberanos. Menos violenta, pero igual de agresiva.
En el caso de Europa, la ganancia económica reside en convertirnos en una colonia tecnológica. Hace apenas tres semanas, tras la multa de 120 millones de euros impuesta por la Comisión Europea a X (antes Twitter), Trump nos acusó de ir “en una dirección muy mala”.
Los venezolanos se libran de Maduro, sin democracia a la vista. A cambio, el mundo paga un alto precio: el derecho internacional se debilita; la ONU, la OEA y el multilateralismo, también; la cultura de la guerra se refuerza. Estamos en un mundo sin ley. Es hora de que los europeos busquemos nuevos amigos.
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