El mundo debate la IA, Madrid habla de Los Pocholos
El primer día que entré en las aulas de la Universidad Complutense estaba aterrorizada y emocionada a la vez: la idea de estudiar en una universidad centenaria me enorgullecía. Hoy se está desmontando esa universidad emblemática. La guerra civil hizo que los estudios superiores se saltaran una generación en mi familia, pero entrar allí era ser consciente de que la democracia daba oportunidades a todos. En España ese sueño ha durado apenas 30 años. Ayuso y el PP de Madrid apuestan contra la movilidad social: llevan 30 años construyendo una sociedad que da oportunidades a quienes tienen dinero. Hoy, además estas políticas están excluyendo a nuestro sistema universitario —público y privado— del debate más urgente de nuestro tiempo: el impacto de la inteligencia artificial en la enseñanza superior.
No me molesta que haya universidades privadas, sino que desde la administración se sabotee de forma deliberada la universidad pública, para que funcione más rápido el negocio. Las aulas luminosas de mi facultad tenían ese aire ajado que deja el paso del tiempo en los pomos de las puertas. En esa luz aprendí que el conocimiento se hereda del pasado y se transmite al futuro. En Madrid, hoy, el conocimiento es, por encima de todo, una mercancía.
Aquí un tercio de los alumnos estudia en centros privados, y la Comunidad es la que menos invierte por alumno universitario: 6.975 euros frente a una media de 9.346. Esto es dramático: somos una de las regiones más ricas de España y de Europa, pero despreciamos el talento de la población, siempre y cuando sea de clase humilde. Al parecer, aún hay quién se pregunta qué tipo de sociedad emerge del hundimiento de la universidad pública. Pues lo sabemos hace tiempo. En un siglo, a lo largo del XVIII, Escocia modificó su sistema de enseñanza para hacerlo más accesible. Con 1,5 millones de habitantes generó a gente como David Hume, Adam Smith, Adam Ferguson y otras figuras fundacionales en filosofía, economía, sociología, química, etc. Esta concentración de genio no se dio por casualidad, sino porque se extendió la educación básica y las universidades accesibles (tampoco excluían por razones religiosas). Hume era hijo de un abogado de escasa fortuna; Smith, de un interventor de aduanas. La Ilustración escocesa demuestra de forma empírica que dar más oportunidades a más gente no es sólo una política de mejora individual, sino de mejora social: el conocimiento es un bien democrático.
Destruir la universidad pública siempre es malo. Ahora es peor. Para adaptarnos al mundo que viene, sería necesario integrar el desarrollo digital y la inteligencia artificial con unas Humanidades innovadoras que protejan nuestras mentes de los excesos de la revolución tecnológica. La ausencia de este debate hace pagar un alto coste de oportunidad a todo el sistema. Las principales universidades del mundo debaten con urgencia el impacto de la inteligencia artificial en su modelo de enseñanza: los estudiantes ya no escriben trabajos, lo hace ChatGPT, y eso significa una pérdida para la madurez intelectual del alumnado que hay que compensar. Niall Ferguson ha defendido un cambio de modelo que combina el “enclaustramiento y la nave espacial”: siete horas al día de estudiar como los monjes medievales, con libros, cuadernos y lápices; el resto con IA. Su planteamiento es nítido: si no enseñamos a los jóvenes a hacer buenas preguntas, serán esclavos de la IA, y no sus dueños. Entretanto, en Madrid se habla de Los Pocholos y el gurú que ilumina a Ayuso en política educativa, un tal Antonio Castillo Algarra, director artístico del Ballet Español de la Comunidad. Hay días en que recordar aquella luz de las aulas complutenses no es un ejercicio de melancolía, sino una advertencia. Escocia tardó un siglo en producir a Hume. Madrid lleva 30 años desmontando su universidad.
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