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Springsteen sabe lo que pasó en Minneapolis

Bruce Springsteen en San Sebastián, el 21 de junio de 2025
31 de enero de 2026 22:20 h

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En ningún lugar se ha acelerado tanto la historia en la última semana como en Minneapolis. Por eso Bruce Springsteen le ha hecho una canción. Hay quien dice que la divisoria izquierda-derecha es cada vez menos relevante, que la clave está en la oposición entre demócratas y autoritarios. 

Para mí la disyuntiva a la que prestar atención es epistémica. Por decirlo con Groucho Marx: “¿Va usted a creerme a mí o lo que ven sus ojos?”. Esa es la mayor urgencia política: no aceptar falsedades, ni en Minneapolis ni en la Gran Vía. Mirar con nuestros ojos la ley para ver que no, que la regularización de inmigrantes no modifica el censo electoral. Mirar con nuestros ojos la historia para ver que no, no todos perdimos la guerra.

El corazón de la batalla política del momento es la batalla por lo real. Hay una guerra entre quienes quieren que no lo veamos y quienes lo sacan a la luz. Alex Pretti tenía su móvil. Renée Good, asesinada también por el ICE en Minnesota, era poeta: tenía la palabra. Los portavoces de la administración Trump denigraron a ambos acusándolos en falso de “terroristas”. Sólo eran ciudadanos que salieron a manifestarse y los mataron. Por eso el Boss les ha hecho una canción: “Los ciudadanos representaban la justicia,/ sus voces sonando por la noche,/ y había huellas ensangrentadas/ donde debía haber misericordia”.

Envolvernos en falsedades es la táctica del autoritarismo para volvernos locos, para que desconfiemos de todo el mundo. Los habitantes de Minneapolis han confiado en sí mismos, por eso grababan al ICE. Trump sabe mucho de narrativas visuales. Cuando vio los vídeos del asesinato de Pretti debió de darse cuenta de que esta vez no iba a colar. Ha anunciado una desescalada, aunque hay sectores de su movimiento MAGA que le recriminan levantar el pie del acelerador. Pero él sabe cuándo debe parar: cuando la construcción de la realidad alternativa se tuerce. 

El alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, lo ha explicado en una entrevista con The New York Times: «Imagina que no tuviéramos algunas de estas grabaciones. Imagina que el tiroteo de Alex Pretti no hubiera quedado grabado para que todo el mundo lo viera. Entonces estaríamos tragándonos esas narrativas basura que crea el gobierno federal, que son falsas, y todos estaríamos viviendo en una mentira.»

Lo más urgente es no dejar de mirar con nuestros propios ojos. Quienes llevábamos meses preguntándonos dónde está la resistencia en EEUU, ahora la vemos. Y no en las pantallas. Las batallas políticas de este tiempo tienen lugar en la realidad objetiva no en la virtual. El Boss no ha hecho una canción a las pantallas de Minneapolis. 

Frente al autoritarismo de Trump, el arte de Springsteen pone a la mentira en su sitio. Y las calles de Estados Unidos restauran lo obvio: que el ICE actúa fuera de la ley, que se están vulnerando derechos, que el país se hunde en una espiral autoritaria. “Dicen que están aquí para aplicar la ley,/ pero pisan nuestros derechos”, canta Springsteen. Cuando la canción protesta vuelve a ser necesaria, es que urge recomponer la realidad. La crisis epistémica está en el corazón de la política. Hay que recomponer la trama de significados compartidos. 

En estos días, en Minnesota también han agredido a una congresista demócrata de origen somalí, Ilhan Omar, a la que Trump ha puesto a menudo en la diana. Le preguntaron por ello y aseguró que “probablemente ella misma había tramado el ataque”. Su red de falsedades funciona con sus votantes: les impide formarse su propio criterio, les hace cerrar los ojos frente a los hechos, les obliga a suspender su empatía. Así es el ciudadano que crea el autoritarismo y lo sostiene, como nos enseñó Hannah Arendt: incapaz de distinguir lo verdadero de lo falso y lo real de lo ficticio. No podemos suspender los debates, eso equivale a negar la crisis epistémica. Hay que ir a rebatir a la derecha moderada cuando afirma que todos perdimos la guerra. Porque detrás hay otra derecha mucho peor, la que a no tardar afirmará orgullosa: nosotros ganamos la guerra.

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