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Néstor Cenizo

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“Señor: esta monstruosidad… ¿por qué está aquí?”.

Anthony Burke detiene su paseo ciclista para interpelar al periodista. Es australiano, lleva 40 años en España, vivió diez en Ronda (“quizá suena pretencioso: mi alma es andaluza”) y maneja un buen vocabulario, pero hay cosas que aún no ha conseguido. Son de ese tipo de cosas que no se logran casi nunca, como disimular el acento inglés o entender cómo un descomunal edificio puede quedar varado a pie de playa durante casi dos décadas, mientras se cruzan cientos de folios que concluyen que, de ninguna manera, precisamente, eso no debería estar aquí.

Anthony pasa unos días en la playa con su mujer a bordo de la autocaravana que lleva estampada las siluetas de Don Quijote y Sancho Panza. Y aunque no sepa nada leyes, algo le dice que esa mole ahí no encaja. Además, El Algarrobico es muy feo. “El arquitecto no sabía si hacer algo mozárabe o para los guiris. ¿Eso está curvado o es una ilusión óptica? Un desastre. Es una barbaridad, pero hay tantas barbaridades…”.

La promesa del empleo: “Yo firmaría por este hotel y unos cuantos más”

Cuando uno llega a Carboneras desde la A-7 lo que ve es una larguísima chimenea azul junto al Mar Mediterráneo. El hotel está a la vuelta de una esquina, pero no se divisa desde ningún lugar del pueblo: es el vecino silencioso que reaparece una vez al año para montar una bacanal. Si no fuera por la repercusión mediática, en Carboneras ni se acordarían de él. En cambio, la chimenea impone su presencia diaria en el horizonte. Es el último vestigio de la central térmica, ahora en pleno desmantelamiento.

“Yo firmaría por que se hiciera este hotel, y unos cuantos más, aunque fuera aquí”, suelta Antonio (“vamos a dejarlo ahí”), un paisano que se acerca a la playa de El Algarrobico a pasear a su perro. Su argumento resume el de muchos en el pueblo. “Para que quite más paro. Tengo dos hijos: una trabaja en Níjar y otro ha hecho un módulo que le ha servido para trabajar en el desmantelamiento, pero eso terminará. Y me gustaría que trabajaran aquí”.

La promesa de empleo siempre fue la gran baza a favor del hotel. La flota pesquera de Carboneras sigue encogiendo, y lo que le queda, a la vista de los últimos acuerdos pesqueros. La central térmica tiene los días contados, y nadie sabe cómo funcionará la alternativa. Y las posibilidades de crecimiento turístico o agrícola son limitadas precisamente por la integración en Cabo de Gata. “Ahora no nos dejan ni hacer un invernadero. Sin consentimiento del pueblo se quitó el 85% de su término municipal para meterlo en el parque… y ni siquiera aparece el nombre de Carboneras”.

El papel de los ecologistas

Así que existe en el pueblo una sensación extendida: la oposición a El Algarrobico es más externa que propia. Es difícil contactar con activistas locales dispuestos a hablar. Fue Salvemos Mojácar (una plataforma del pueblo vecino) quien logró la sentencia de paralización. Ecologistas en Acción y Greenpeace, además de grupos almerienses, se sumaron después a la causa. Por teléfono desde Madrid, Jaime del Val cuenta que él inició la batalla judicial en la “soledad absoluta” con Salvemos Mojácar. “Promoví e inicié acciones que nadie quería apoyar. El pueblo siempre ha estado muy dividido y ha sido hostil a los ecologistas”, admite.

Antonio es de los que no tiene buena opinión de ellos. Cree que son muy selectivos y se pregunta por qué. “La térmica vino rebotada de toda España, y cuando se hizo, los ecologistas se amarraron dos veces y se fueron”. Pone otro ejemplo: “Hace cinco días me encontré veinte cormoranes ahogados, porque los pescadores echan el trasmallo en la misma orilla y quedan atrapados. ¿Qué van a hacer con eso?”.

Al otro extremo del municipio está la zona portuaria, donde se suceden la antigua central térmica de carbón, una desaladora, una fábrica de biodiésel, una fábrica de cemento y una depuradora. En abril de 2018, los ecologistas y la desaladora denunciaron la aparición de un extenso vertido junto a la captación de aguas. El Instituto Nacional de Toxicología concluyó que eran sustancias de “naturaleza contaminante” y causaban “daños sustanciales”.

Dice Antonio que, visto lo visto y puestos a comparar, el del hotel es “trabajo limpio”.  

Una maraña de resoluciones judiciales

Se suponía que El Algarrobico crearía 300 empleos en un pueblo de 8000 habitantes. En lugar de eso, lo que ha quedado es una mole deforme y multicolor, que ni siquiera sirve como vestigio kitsch. Las administraciones (ayuntamiento y Junta de Andalucía) lo impulsaron, autorizaron o miraron para otro lado, y la intervención posterior de los tribunales solo ha servido para constatar el dicho: “Pleitos tengas y los ganes”.

José Ignacio Domínguez, abogado de los ecologistas, maneja un listado con más de medio centenar de resoluciones recaídas en 26 procedimientos diferentes sobre El Algarrobico, casi todas favorables. El abanico de temas da para tratado de derecho administrativo: desde el deslinde a la legalidad de los planes urbanísticos, pasando por cómo se emite o revoca una licencia.

Es un documento vivo. La última sentencia del Tribunal Supremo, cuyo fallo (no el contenido) se ha conocido esta semana, rechaza que los tribunales puedan anular por sí mismos la licencia municipal, que sigue en vigor aunque se haya declarado por activa y por pasiva que ese hotel no puede estar ahí. Debe anularla el ayuntamiento. Ocurre que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ya condenó al consistorio a “admitir y tramitar” el procedimiento de “revisión de oficio de la licencia de obras” por la “posible existencia de nulidad de pleno derecho”, pero el ayuntamiento no lo ha hecho. El abogado José Ignacio Domínguez habla de la “pescadilla que se muerde la cola”.

El alcalde José Luis Amérigo (PSOE) no habla, pero una portavoz explica que el consistorio prefiere “esperar a conocer el contenido de la sentencia y que la estudien los servicios jurídicos”. Así tendrán más claro qué se puede hacer. Entre tanto: “El ayuntamiento ofrece su plena colaboración para cumplir lo que la justicia vaya dictando”.

El panorama es tan complejo, que existe el temor de que un paso mal dado enmarañe más la madeja o acabe generando algún tipo de responsabilidad patrimonial frente a la promotora, que hasta ahora los tribunales rechazan. “Todo depende de que al ayuntamiento le dé la gana o a algunos jueces les dé la gana de obligar al ayuntamiento”, concluye Jaime del Val.

El consistorio no solo parece arrastrar los pies, sino que durante años dedicó grandes esfuerzos a recurrir las sentencias que ponían en solfa el edificio, alineándose sistemáticamente con la promotora. 

El papel de los alcaldes

La nula predisposición del ayuntamiento de Carboneras para derribar El Algarrobico ha contribuido durante mucho tiempo a alimentar el enredo. “Es demasiado tiempo de juicios, y esto va a la cuenta del pueblo”, lamenta Antonio Belmonte, que pide una solución definitiva “por el bien de Carboneras”. “Que se haga caso a la justicia: si dicen que es ilegal, que dejen de dar vueltas y gastar dinero de ciudadanos, y lo eliminen definitivamente”, opina mientras observa una partida de petanca.

“Puede que mi nombre te suene”, espeta de improviso. Algo sabe de juicios Belmonte. En 1999 intentaron comprar su voto: le dijeron que su empleo municipal como conserje del colegio corría peligro (“que me vería con mis hijas debajo de un puente”) si él y su familia no votaban a Cristóbal Fernández. Pero el hombre, que dice ningún dinero vale la honra, no sólo se resistió sino que llevó pruebas a la Fiscalía. Los investigadores le dijeron que se había salvado porque contó su historia a la prensa nacional.

De este caso se hace un exhaustivo repaso en Playa Burbuja, un proyecto de Datadista: en 2006, el Tribunal Supremo confirmó la condena por delito electoral a Fernández, que fue inhabilitado para ejercer cargo público. Llevaba 21 años siendo alcalde de Carboneras (desde mediados de los 80 con el PSOE) y acumulando un gran poder local y orgánico, según diversas fuentes.

Fue indultado por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero nueve días después de empezar a cumplir condena. Esto le permitió volver a la alcaldía en 2007 y seguir defendiendo en los tribunales, al frente del ayuntamiento de Carboneras, la legalidad de El Algarrobico, cuya licencia él mismo concedió. Nunca fue condenado en la investigación penal que se le abrió por presunta prevaricación. Él se defendió apuntando a la Junta.

En cambio, también fue condenada e indultada por delito electoral Rosario Fernández, concejal del ayuntamiento. Rosario es hermana de Fernández, y madre del actual alcalde José Luis Amérigo.

“Las habitaciones estaban casi terminadas”

Casi veinte años después de que se pusiera la primera piedra, El Algarrobico es hoy un cascarón casi vacío. Algunas pintadas: “Esto es la jungla yo soy tarzán”. “Hotel Sí”. “Sé un mono”. Dicen que en él habita desde hace 15 años un vigilante, que este jueves no respondió a las llamadas desde el exterior.

Maxim y Verena están recorriendo Europa y han pasado la noche en su furgoneta a los pies del gigante. Al despertar, han decidido visitarlo y han visto gatos y un árbol que crece en mitad de lo que les pareció una suite, y han hecho algunas fotos que han cedido para este reportaje. La excursión terminó cuando observaron las cámaras. No tenían ni idea de qué es El Algarrobico. “Las habitaciones estaban casi terminadas. Lo dejaron todo: herramientas, cables… Creo que estaban en la última fase”. Allí quedaron también las grúas, como los arpones clavados en el lomo de una gran ballena varada en la playa.

El 23 de febrero de 2006, El Algarrobico quedó congelado en el tiempo y 16 años después un australiano pregunta: “Esta monstruosidad… ¿por qué está aquí?”. Esa monstruosidad está ahí porque alguien la puso y nadie la ha quitado. 

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