Ocho emes contra el espejismo de la igualdad: cuando una parte de la juventud cree que ya somos iguales
Hay algo inquietante en la frase “si ya somos iguales”. No suele decirse con rabia ni con desprecio, sino con la naturalidad de quien cree estar constatando un hecho, como si el debate estuviera cerrado. Una parte creciente de la juventud española —especialmente entre los chicos— está convencida de que la igualdad es una batalla ya ganada o sin relevancia. Han crecido viendo ministras, juezas, científicas y directivas; han estudiado en aulas mixtas y no han conocido una España sin divorcio, sin protección legal frente a la violencia machista o sin mujeres en la universidad. No vivieron la desigualdad más brutal y, precisamente por eso, muchos concluyen que ya no existe.
Según el CIS y otros estudios recientes, el apoyo al feminismo entre jóvenes ha descendido de forma significativa en los últimos años y, entre los hombres jóvenes, la caída es aún más pronunciada: apenas uno de cada cuatro se declara feminista y más de la mitad considera que el feminismo “ha ido demasiado lejos”. Lo que algunos interpretan como prueba de que la igualdad está consolidada es, en realidad, un espejismo. Estas son las ocho emes que lo desmontan.
- M de Marco legal
La ley reconoce la igualdad y ese reconocimiento ha sido un avance histórico incuestionable. Pero convertir la igualdad formal en sinónimo de igualdad real es una simplificación peligrosa. La norma abre puertas, sí, pero no redistribuye automáticamente el poder, el dinero, el tiempo ni la seguridad; no corrige inercias culturales ni elimina por sí sola las desigualdades estructurales.
Que algo esté garantizado en el papel no implica que todas las personas puedan ejercerlo en las mismas condiciones. La igualdad jurídica es el punto de partida. No es la meta.
- M de Muertes
Desde que existen registros oficiales (2003), más de 1.300 mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas o exparejas. Cada año siguen produciéndose asesinatos machistas. No hablamos de un pasado remoto ni de una anomalía ya superada, sino de una violencia que sigue ocurriendo ahora. No es historia. Es presente.
Mientras haya mujeres asesinadas por el hecho de ser mujeres, sostener que la igualdad está consolidada no es una muestra de optimismo, sino una forma de negación.
- M de Miedo
Más allá de los asesinatos, existe una experiencia cotidiana que no se distribuye de manera simétrica. Cambiar de ruta, avisar al llegar a casa, compartir ubicación o evaluar constantemente el entorno no son conductas excepcionales, sino estrategias incorporadas por muchas mujeres desde la adolescencia. No porque alguien lo imponga de forma explícita, sino porque aprenden pronto que la seguridad no se vive igual.
Y hay algo aún más revelador: seguimos educando a nuestras hijas para que se protejan antes que educando a nuestros hijos para que no generen miedo. Les enseñamos a tener cuidado, a no exponerse, a anticipar riesgos; menos veces ponemos el foco en desactivar las conductas que hacen necesario ese cuidado. Cuando una parte de la población interioriza un nivel de alerta que la otra no comparte, la igualdad no puede darse por completa.
- M de Maternidad y cuidados
El reparto doméstico ha mejorado respecto a generaciones anteriores, pero sigue siendo desigual. Las mujeres dedican, de media, más tiempo al trabajo no remunerado y asumen mayor carga mental: planificar, anticipar, organizar, recordar. Esa tarea invisible sostiene la vida cotidiana y tiene consecuencias laborales reales.
Muchas no abandonan el mercado de trabajo, pero reducen jornada, rechazan promociones o adaptan sus expectativas profesionales. No siempre es una decisión plenamente libre; a menudo es la respuesta a un sistema que continúa premiando la disponibilidad total y presupone que alguien sostendrá la vida doméstica. La ley reconoce igualdad. El tiempo no se reparte igual.
- M de Medios materiales
No todas las mujeres viven estas desigualdades del mismo modo.Quien dispone de recursos puede externalizar cuidados, pagar apoyos y amortiguar el impacto profesional de determinadas decisiones. Eso no elimina las barreras, pero reduce algunas renuncias. Para una mujer en situación precaria, con empleo inestable o sin red familiar, cuidar puede significar pérdida directa de ingresos o dependencia económica.
La desigualdad de género se cruza con la desigualdad de clase y, cuando ambas se combinan, se intensifican. Negar la dimensión de género porque algunas mujeres prosperan es confundir excepción con estructura.
- M de Mandos
Las cúpulas empresariales, económicas y políticas siguen estando mayoritariamente ocupadas por hombres. El acceso formal existe, pero la presencia real en los espacios dondese toman decisiones continúa siendo desigual. La igualdad no consiste solo en poder participar, sino en estar allí donde se decide. Mientras la mayoría de quienes toman decisiones sigan siendo hombres, la igualdad no estará completa.
- M de Manosfera y Mensajes
Gran parte de la juventud se informa y debate en redes sociales, donde los algoritmos premian la simplificación y el conflicto. El feminismo aparece reducido a frases virales y polémicas descontextualizadas, mientras crece lo que se conoce como la manosfera: un conjunto de foros, creadores de contenido e influencers que difunden discursos antifeministas y promueven la idea de que los hombres están siendo desplazados, discriminados o privados de derechos.
En un contexto de precariedad e incertidumbre, ese relato ofrece una explicación sencilla y emocionalmente eficaz: alguien te está quitando algo. El problema no es solo que sea simplista, sino que convierte una transformación social compleja en una batalla identitaria. Pero que un mensaje sea simple y expansivo no lo convierte en estructuralmente cierto.
- M de Memoria
Nuestra generación heredó derechos sin heredar plenamente la conciencia de cómo se conquistaron. Creció con la igualdad formal como paisaje y no como lucha. No vivimos la prohibición de abrir una cuenta bancaria, ni la ausencia de divorcio, ni la falta de protección frente a la violencia. Cuando algo se percibe como natural, deja de verse como frágil.
La historia demuestra que los derechos no son irreversibles. Retroceden cuando dejan de defenderse, se erosionan cuando parecen garantizados y se vacían cuando pierden apoyo social. No se trata de ignorancia, sino de una forma de amnesia colectiva que convierte el éxito en espejismo.
Pensar que "ya somos iguales" no es solo una simplificación generacional; es el contexto perfecto para que esos retrocesos se normalicen sin resistencia
La trampa del éxito
El feminismo ha transformado profundamente la sociedad española y ha ampliado horizontes hasta hacer posibles expectativas impensables hace apenas unas décadas. Ese éxito es real, pero encierra una paradoja: cuanto más normalizada parece la igualdad, menos urgente parece defenderla; cuanto más sutil se vuelve la desigualdad, más fácil resulta negarla.
El problemano es que el feminismo haya ido demasiado lejos. Es que la igualdad todavía no ha llegado lo suficiente —ni de la misma manera para todas— como para permitirnos el lujo de creer que ya está consolidada.
No es una percepción aislada ni exclusivamente española. Este 8M, Amnistía Internacional ha lanzado cuatro alertas globales ante el avancede prácticas autoritarias que amenazan los derechos de las mujeres: el uso de leyes represivas, el crecimiento de movimientos antiderechos, el aumento de los discursos de odio y la tecnología como amplificador de esa violencia. Pensar que “ya somos iguales” no es solo una simplificación generacional; es el contexto perfecto para que esos retrocesos se normalicen sin resistencia.
Este 8M no es una repetición automática, sino un recordatorio. Porque cuandola desigualdad deja de gritar y empieza a susurrar, el riesgo no es que desaparezca. Es que decidamos no escucharla.