Cera en la suela de los zapatos
A este paso, Juanma Moreno Bonilla no sólo ganará las próximas elecciones autonómicas en Andalucía, sino también el jubileo: si es que, en el Año Compostelano, puntúa su viacrucis personal de procesión en procesión durante la recién pasada Semana Santa; una plusmarca imbatible, a pesar de que María Jesús Montero haya intentado sumarse sin tanto empuje a ese mismo maratón de carreras oficiales.
Los desfiles procesionales han dejado un rastro de impagables secuencias de Berlanga, más allá los buñuelescos tambores de Calanda: esas coreografías legionarias cantándole a los niños con cáncer “Soy el novio de la muerte”; esos cargadores gaditanos visiblemente polarizados pegándose piñas en las Siete Palabras; ese potosí de aznares, díazayusos y cayetanas, entre fracs de munícipes con varas de mando, incluyendo a un buen número de los de la izquierda transformadora, salvo en Marinaleda que siguen celebrando la semana de la paz. Para colmo, el emérito resucitó en La Maestranza de Sevilla este domingo, con el gentío aplaudiéndole como si fuera una recogida vistosa: nada extraño si se tiene en cuenta que Barrabás fue indultado por aclamación popular.
Claro que también hay fe, un credo íntimo cuya procesión va por dentro: las promesas sinceras, el estremecimiento mágico, incluso la penitencia del silicio, la creencia profunda en que la imaginería nos acerca a los dioses. Nada extraño en la historia de la humanidad desde Melkart al Becerro de Oro, pero que vuelve a empapar de serenidad y recogimiento a muchos de sus fieles, ya vayan bajo los capirotes o bajo las mantillas. Y hay belleza, mucha belleza, desde el dardo intangible de las saetas al viejo ceremonial de la primavera, la elegancia de pasos y de tronos, las flores como un colorido recado de que la vida siempre sobrevive.
Desde que los miembros de las hermandades sustituyeron a los estibadores a sueldo, esta Semana Santa vino para quedarse. Alentada por los primeros ayuntamientos democráticos, hoy por hoy, es sencillamente irrebatible. Tremendamente popular y populista, pero a su vez devota como alguien que llora la muerte o el malestar de un ser querido; o tan friki como un pregón con ripios en consonante.
El arte del retranqueo convive con el entrañable sabor de los rosquillos y torrijas, o el brillo de las maniguetas, entre mayordomos, capataces, hombres de trono o aguadores, cornetas y tambores
Las procesiones suponen un rito de iniciación para la infancia, quizá la primera parada nupcial de la adolescencia, un ejercicio de memoria para los desmemoriados. El arte del retranqueo convive con el entrañable sabor de los rosquillos y torrijas, o el brillo de las maniguetas, entre mayordomos, capataces, hombres de trono o aguadores, cornetas y tambores.
Pero también abunda el espectáculo: colecciones de cromos, juegos de salón, piruletas con el rostro de las vírgenes o de las distintas advocaciones de Jesucristo, los cofraditos o el Priostic que permite crear tu propia hermandad en miniatura. Pasen y vean: fisioterapeutas especializados y tiendas de fajas lumbares; Domingo de Ramos, el que no estrena se le caen las manos, entre tours de japoneses sintoístas y balcones en alquiler.
Revelación, si, como reza el anuncio de la Andalusian Crush de la Junta, con John Cleeze de los Monty Python, pero a la vez toda una industria –admítanme la paradoja--, que gira en torno a la conmemoración de la tortura, muerte y resurrección del que se proclamaba hijo de Dios, hace dos mil y pico años.
No es religión todo lo que reluce, aunque quizá sea otra forma de religión: ¿o es que toda esa muchedumbre callejera que se agolpa en las esquinas y aguanta a pie firme las horas que hagan falta, cabría acaso en misa de doce?
A la jerarquía eclesiástica siempre le molestó que las cofradías le quitaran el monopolio del diálogo con la divinidad, que es algo también a tener en cuenta a la hora de explicarnos este fenómeno que lleva a los jóvenes a poner en su playlist a la banda del Rosario en lugar de Iron Maiden y Sed Vicious
Mientras las homilías del Papa le enmiendan sottovoce la plana a Trump, la estética que desprende nuestra Semana Santa es notablemente conservadora, aunque muchos progresistas participen de la misma y sin llegar, ni unos ni otros, a los exorcismos colectivos que, de un tiempo a esta parte, en un claro caso de competencia desleal o apropiación cultural, se celebran en la Casa Blanca.
A la jerarquía eclesiástica siempre le molestó que las cofradías le quitaran el monopolio del diálogo con la divinidad, que es algo también a tener en cuenta a la hora de explicarnos este fenómeno que lleva a los jóvenes a poner en su playlist a la banda del Rosario en lugar de Iron Maiden y Sed Vicious. Entre los grandes éxitos de estos días, pueden convivir perfectamente la versión de “Amargura” de Rafael Riqueni con “Dios es un Stalker”, de Rosalía. ¿Ya alguien se acuerda de Haydn en Viernes Santo, de la película de Gutiérrez Aragón vía Juan Lebrón, del teatro de Távora?
La Semana de Pasión nos deja algo más que cera en la suela de los zapatos: es también el espejo de la España real, la superficial y la profunda, la católica y la pagana, la que realiza recaudaciones solidarias o la que privatiza incluso la contemplación de las imágenes. La que huele a incienso o azahar y la que fuma hachís. La que cierra bares al paso de los nazarenos y la que bebe calimocho entre las trabajaderas. La que militariza, entre tricornios, gorras de plato y medalleros, hasta el calvario del Mesías, en un estado aconfesional que no laico, según el artículo 16 de la Constitución Española. Por cierto, ¿para cuándo la abolición del Concordato con la Santa Sede, vigente desde 1953? La respuesta a esa última pregunta tendríamos que ir a buscarla, mucho me temo, allá donde Cristo perdió el mechero.