Habrá un día en que todos
Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga Vito Quiles. La batalla del Ebro, esta vez, no la ganó la izquierda. Las tropas nacionales alcanzaron este domingo sus últimos objetivos electorales en Aragón. Al menos, décadas después, como en un viejo poema de Ángel González, no se ha oido el grito de “a las armas”, sino el de “a las urnas”. Algo, al menos, hemos salido ganando en tanto tiempo. Aunque no sé lo que habrá salido ganando Alberto Núñez Feijóo: el partido de Santiago Abascal es un caballo de Troya en la fortaleza de su electorado.
Pero, hoy por hoy, PSOE, Sumar y Podemos lo tienen peor. Las de Ione Belarra tendrían que hacérselo mirar pero la coalición de La Moncloa está en tenguerengue y es difícil legislar desde un Parlamento cambembo. Como fichas de dominó –primero, fue Extremadura, luego le tocará a Castilla y León--, el Partido Popular y Vox van conquistando mayorías parlamentarias que, ante el desgaste del Gobierno y con el viento de cola, empieza a calcar lo que ocurre en buena parte del mundo, que los conservadores se han vuelto reaccionarios y que a gran parte del electorado eso parece gustarle: “Nunca es triste la verdad –cantaba Joan Manuel Serrat--, lo que no tiene es remedio”.
Quienes no pensamos igual –gente rara, ya se sabe--, podemos entregarnos a la melancolía o calibrar qué hemos hecho mal o qué ha ocurrido para que hayamos llegado a esto. Claro que, como siempre, alguien dirá que no se hizo lo suficiente o que no se hizo lo correcto, que ha sido excesivo, que las compañías no han sido las mejores, que no conviene molestar al león cuando duerme ni conviene salir de noche ni llevar falda corta. Cualquier excusa es válida para no pisar los colegios electorales: históricamente, la izquierda ha perdido siempre en este país por incomparecencia de sus partidarios y el Gobierno más progresista de la historia no parece que se esté desviviendo para sacar a sus votantes del sofá y del maratón habitual de miniseries.
Quizá sea que llueve demasiado, que la ganadora de 'Pasapalabra' defiende que hay que pagar impuestos, que los trenes derrapan, que hubo un apagón y una erupción volcánica y largos incendios y una pandemia, que la gente le tiene más miedo a que regularicen a los inmigrantes a que sigan siendo clandestinos
Sería un error maliciar que muchos jóvenes se han vuelto repentinamente fachas, o que la derecha vota siempre y la izquierda ya veremos. Que todo lo que sucede estriba en que votamos con las tripas y no con la razón, que es posible, no lo niego. Que del Caso Montoro no se habla y que a Begoña Gómez la han vestido de Lucrecia Borgia. Que pesa el miedo y la incertidumbre, que si los medios, que si las redes, que si somos volubles y manipulables, pero hay algo más. Que el presidente parece explicarse mejor fuera que dentro de España. Que catalanes y que vascos, pero de Madrid no hablamos. Que la subida de pensiones y de salarios, la creación del ingreso mínimo vital, no bastan: que los precios suben en los supermercados, que la vivienda es un artículo de lujo, que el mercado laboral está poblado de falsos autónomos y de autónomos que siguen pasándolas canutas, que el paro baja pero muchos contratos no permiten sueldos dignos.
Y, al mismo tiempo, cunde el imaginario que de todo tiene la culpa Perro Sánchez, incluso de la degradación de la educación o de la sanidad pública, transferidas a autonomías cuyos dirigentes son votados, sin embargo, en masa.
O quizá sea que llueve demasiado, que la ganadora de “Pasapalabra” defiende que hay que pagar impuestos, que los trenes derrapan, que hubo un apagón y una erupción volcánica y largos incendios y una pandemia, que la gente le tiene más miedo a que regularicen a los inmigrantes a que sigan siendo clandestinos. Que hay quien cree que es posible deportarlos en masa o que eso resultaría necesario, humano o eficiente, a pesar de la demografía, de las catequesis o de los objetivos de la OCDE.
Pero gane quien gane, más allá de la decepción o de la euforia, del estrépito o del silencio, nos cabrá la tozudez de urdir pequeñas utopías cotidianas, la rebelión del pensamiento, la complicidad de quienes saben que un grano no hace granero pero ayuda al compañero
Así están las cosas y así las estamos votando. Será un ciclo, dicen. Ojalá pueda llegar a serlo y la deriva del mundo no conduzca a la autocracia. Que la historia es larga pero la vida es corta, como canta Ricardo Arjona. Que quizá haya que dar un paso atrás cada vez que demos dos adelante. Pero gane quien gane, más allá de la decepción o de la euforia, del estrépito o del silencio, nos cabrá la tozudez de urdir pequeñas utopías cotidianas, la rebelión del pensamiento, la complicidad de quienes saben que un grano no hace granero pero ayuda al compañero. Ahí estaremos, esperando a que pasen las borrascas o los veranos tórridos, esperanzados en sobrevivir como especie aunque a veces no lo merezcamos. Sin cambiar de principios, pero quizá actualizando su vestuario mientras mandamos a la tintorería las viejas levitas del siglo XIX.
Algo ya sabemos a ciencia cierta. Que el planeta está que arde y es nuestra casa. Que no hay una guerra entre el hombre y la mujer sino entre ambos frente a la desigualdad. Que aquí cabemos todos o no cabe ni Dios. Que la democracia es el único antídoto conocido contra la ley del más fuerte. Que los quirófanos y los pupitres no deben de ocuparlos tan sólo los pudientes. Que la justicia debe ser justa. Que los techos de cristal deben quebrarse definitivamente. Que si no podemos parar las guerras, que amparemos al menos a quienes las sufren. Que la calle no es sitio para nadie. Que el que parta y reparta no se lleve la mejor parte. Que merecemos el pan nuestro de cada día y que los dioses no perdonen fácilmente a los ofendiditos. Que las religiones manden en el cielo pero no en la tierra. Que podamos amar al prójimo, sea quien sea. Y que debemos ser conspiranoicos contra las conspiraciones que pretendan devolvernos a Altamira.
En el camino, probablemente, se perderán elecciones y se perderán los papeles. Probablemente, nunca existirá la victoria y quizá nos venga bien cambiar de himno: de derrota en derrota, hasta la masacre final. O, a más corto plazo: en peores garitas hemos hecho guardia. En caso contrario, quizá haya un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga qué mal lo hicimos.