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Cómo explicar La Desbandá a 400 metros de dónde ocurrió: “La dictadura rompió el lazo que une a las generaciones”

Néstor Cenizo

Málaga —
9 de febrero de 2026 21:30 h

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Unos 400 metros separan el IES Puerta de la Axarquía y la carretera N-340. Cada día, unos 300 chavales acuden a sus clases en este instituto de La Cala del Moral (Rincón de la Victoria, Málaga) sin saber que muy cerca de donde hoy se sientan fueron bombardeados miles de malagueños, quizás algún bisabuelo suyo, que huían con lo puesto hace ahora 89 años.

Manuel Triano, vecino de La Cala nacido el 12 de agosto de 1936, es uno de quienes sufrieron el hostigamiento de los golpistas, y ha venido casi un siglo después a explicar su historia a los chavales de 4º de ESO: les cuenta que con apenas seis meses, en febrero del 37, recorrió en brazos de su madre cientos de kilómetros hasta Almería, y ya no pudieron dejar de huir. “Por el camino, hambre. No había agua ni para comer hasta que no llegabas a un pueblo. A mi madre se le cortó la leche del miedo, y a los muertos los echaban a un lado o los tapaban con ramas”, relata, recordando lo que le contaron quienes hicieron La Desbandá con él, un bebé entonces.

Se estima que entre 3.000 y 5.000 personas murieron entre los 150.000-300.000 (según algunas investigaciones recientes) que recorrieron aquella carretera de la muerte. Desde el mar, los cañoneaban los buques Almirante Cervera, Canarias y Baleares, como prueba su cuaderno de bitácora; desde el aire los ametrallaban los Heinkel alemanes y Fiat italianos, según documentan fotografías del momento y cientos de testimonios; desde tierra, queda constancia de las arengas radiofónicas de Queipo de Llano, general del Ejército del Sur, animando a los regulares (apoyados por tropas fascistas e italianas) a cometer atrocidades contra “Málaga la Roja”, que cayó con un soplo. “Malagueños, maricones, ponedle pantalones a la luna”, amenazó. Hay quien sostiene que Picasso, que empezó el cuadro que le encargó la República antes del bombardeo de Guernica, se inspiró en lo que ocurrió en Málaga.

Coincidiendo con el paso de los senderistas que recuerdan cada febrero aquel episodio, la asociación cultural La Desbandá organiza charlas en institutos para dar a conocer una masacre silenciada durante mucho tiempo. “La ley obliga en el diseño curricular a que se hable de esta materia. La carretera es Lugar de Memoria. Solo tenemos un criterio: verdad, justicia y reparación”, explica Ángel Coello, uno de los organizadores de la charla. “Nos gustaría que saquéis vuestras propias conclusiones, y seáis libres para hacerlo, y para eso tenemos que tener el conocimiento”, les dice José Antonio Berenguer.

“La programación provoca que si no vas bien de tiempo no lleguen a parte de la Historia de España, y yo priorizo las causas inmediatas de por qué la sociedad en la que vivimos es como es”, explica Jorge Esteve, profesor de 4º de ESO en el instituto: “La fuente primaria es la mejor manera de traer un episodio tan terrible. Me gustaría que empaticen con quienes tienen muertos en las cuentas”.

Las charlas ponen en contacto a varias generaciones: la de quienes huyeron (ya pocos), la de los hijos de aquellos (que descubrieron la historia en los 2000, porque antes de esto “se hablaba bajito”, como suele decir la catedrática de Historia de la UMA Encarnación Barranquero) y la de los bisnietos, que la desconocen. Entre medias, están los nietos, que aquí hacen de enlace. “Sentimos que tenemos que hacernos cargo de este olvido, porque es una generación muy abandonada a la que le faltan referentes; les llegan discursos muy manidos con valores reaccionarios que sí les hablan de tú a tú”, admite Ander Villacián (20 años), que presenta las charlas en los institutos.

Los campos de concentración en Francia: “Como bichos”

Aquí les explican también que el éxodo no acabó con La Desbandá. Este 6 de febrero ha venido hasta La Cala del Moral Amparo Sánchez Moroy, “hija del exilio” que comenzó siendo un bebé. Su padre era teniente de la Guardia de Asalto de la República y su madre miembro de las Juventudes Socialistas y delegada del Socorro Rojo Internacional. Con medio millón de españoles y españolas cruzaron los Pirineos el 7 de febrero.

“Iban mujeres, niños, ancianos y muchos heridos con vendas y trapos sucios sujetando heridas abiertas. Toda esa gente buscaba auxilio en un país con fama de cuna de los derechos humanos que nos encerró en campos de concentración”, cuenta con tristeza. Su madre y ella fueron internadas en Argélès-sur-Mer. “No era verdaderamente un campo, sino arena fría y mojada de un mes de febrero, cercada de alambradas de púa. Nos encerraron como bichos en un corral”. Cuenta que algunos iban a verlos los domingos como quien va al zoo: “Algunos tenían la desfachatez de tirar pan y celebrar cómo los refugiados se peleaban por él”.  

Su madre vendió su anillo de casada por un poco de leche condensada para ella. “78 niños españoles murieron de frío, hambre y falta de cuidado en la primera semana. Por vergüenza, sus cuerpos siguen yaciendo bajo la arena de esa playa”, cuenta: “Sobreviví al hambre, frío, miseria, epidemias, piojos, racismo y xenofobia que siempre acompaña a todos los refugiados del mundo”.

Cumplió dos años ya en la cárcel de Aubusson, en el centro de Francia, porque Francia había concentró a todo extranjero en territorio francés ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Allí dormía en una caja de cartón que su madre se ponía sobre el pecho para protegerla de los mordiscos de las ratas. “En la celda número 12, el pequeño Manolín, de dos años, estuvo agonizando una noche entera. Mientras las madres locas de dolor golpeaban las puertas de la celda”.

Volvió en 1956 y cuatro días después fue detenida por la Brigada Político Social. España seguía siendo mal lugar para la hija de un militar republicano.

El Archivo Negrín y el oro de Moscú

Carmen Negrín vivió en París con Juan Negrín, el último presidente del consejo de Ministros de la República (1937-1945) hasta la muerte de este en 1956. “Fue, dentro de lo que cabe, mi gran suerte. Estaba escribiendo sus memorias y nos contó todo lo que pasó en la guerra”. Pronto comprobó que lo que se decía de su abuelo no se correspondía con el hombre que él había conocido: le acusaban de prolongar la guerra y de un episodio mitificado por el franquismo: el oro de Moscú. “Sabía que no era así, porque era una persona generosa incapaz de algo que no fuese ético, pero no sabía cómo probarlo”.

Encontró la clave en el sótano donde se guardaban los 200.000 documentos del archivo de su abuelo. Cada día subía una caja que examinaba con el historiador estadounidense Gabriel Jackson. La primera, las condenas de muerte. “Había 20 casos de gente que huía del frente al final de la guerra. A quien huye lo fusilan, pero mi abuelo en las notas ponía: ”¿Ha tenido un abogado? ¿Se ha podido defender?“ Daba más tiempo para reenviarlo al Ministerio, porque sabía que la guerra ya estaba terminando, ¿para qué matar más gente?”.

Con el también historiador Ángel Viñas encontró los papeles del “oro de Moscú” que prueban que Negrín, como ministro de Hacienda, eligió la URSS para depositarlo ante la imposibilidad de hacerlo en Francia e Inglaterra. El oro se vendió en su totalidad para conseguir los recursos con los que financiar el armamento. “Todo está descrito minuciosamente: las balas y cañones que se compraron, su precio…”.

Su objetivo ahora es completar la digitalización íntegra del archivo, depositado en Canarias, catalogarlo con precisión y que se pueda consultar fácilmente por Internet. “Al menos la imagen de mi abuelo ha cambiado, y el conocimiento de lo que pasó empieza a ser más objetivo”. El PSOE devolvió a su nieta el carné de afiliado de Juan Negrín en 2009.

“¿Sabéis de dónde venís?”

“El objetivo del archivo es aprender a aprender. No memorizar, sino aprender a ser crítico”, dice Negrín. Mientras el exilio republicano divulgaba lo ocurrido en el exterior, en España ese conocimiento se interrumpió durante 40 años. “La dictadura rompió los referentes y el lazo que une a las generaciones”, lamenta Amparo Sánchez: silenciaron voces, prohibieron libros, depuraron profesores y esa laguna, dice, la pagamos hoy.

La mujer se queda asombrada cuando lee que casi uno de cada cuatro jóvenes no vería mal una dictadura. “Yo he sufrido la guerra, la dictadura y la represión en carne propia. Todas las dictaduras empiezan por encerrar gente, prohibir libros, y luego imponen silencio y llevan a las cárceles, la tortura y el paredón. Vosotros, ciudadanos conscientes, tenéis que conocer la historia de vuestro país para ser capaces de elegir en conciencia el mundo en que queréis vivir. ¿Sabéis quiénes sois y de dónde venís para no conocer errores en el futuro?”.