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Sobre este blog

www.msur.es MediterráneoSur es una iniciativa para la difusión de la cultura mediterránea, creada en 2007 por un grupo de jóvenes periodistas, escritores, artistas e investigadores. Su proyecto más destacado es la revista digital M’Sur, que publica regularmente reportajes, entrevistas, opinión, crítica, fotografías y obras artísticas del ámbito mediterráneo. Cuenta también con una sección denominada ‘Fondo’ en la que se abordan de manera monográfica asuntos destacados de la actualidad de la región. En M’Sur colabora un amplio grupo de periodistas de larga experiencia repartidos por todo el Mediterráneo, muchos de los cuales trabajan como corresponsales para otros medios españoles. Además, M’Sur publica con regularidad columnas de opinión de destacados escritores o periodistas internacionales y obras de fotógrafos y artistas del ámbito mediterráneo. Estamos convencidos de que el Mediterráneo no constituye la frontera entre dos mundos —el mal llamado árabe y el peor llamado occidental— sino un espacio único en el que fluyen y confluyen, se intercambian y se sobreponen diversos conceptos de sociedad. Las diferencias visibles entre las sociedades al sur y al norte de este mar no deben hacer olvidar el estrato cultural que los une y no deben tomarse como señas de identidad inamovibles. Más en su web: http://msur.es/

Una guerra para nada

El Ejército israelí detiene un comando de milicianos emergidos de un túnel de Gaza

Uri Avnery

Después de 50 días, la guerra ha terminado. ¡Aleluya!

En el bando israelí: 71 muertos, entre ellos 66 soldados y 1 niño.

En el bando palestino: 2.143 muertos (577 de ellos niños, 263 mujeres y 102 ancianos), 11.230 heridos, 10.800 edificios destruidos, 8.000 parcialmente destruidos y alrededor de 40.000 viviendas dañadas. Entre los edificios dañados hay 277 escuelas, 10 hospitales, 70 mezquitas y 2 iglesias. Además de 12 manifestantes tiroteados en Cisjordania, la mayoría niños.

Entonces, ¿de qué iba todo esto?

La respuesta sincera es: de nada.

Ningún bando la quería. Ningún bando la empezó. Sólo ocurrió.

Recapitulemos los hechos antes de que se olviden.

Dos jóvenes árabes secuestraron a tres jóvenes estudiantes religiosos israelíes cerca de la ciudad cisjordana de Hebrón. Los secuestradores pertenecían al movimiento Hamás, pero actuaron por su cuenta. Su propósito era intercambiar a sus cautivos por prisioneros palestinos. Liberar a prisioneros es ahora la ambición más alta de cada militante palestino.

Los secuestradores eran aficionados y su plan salió mal desde el principio. Les entró el pánico cuando uno de los estudiantes usó su teléfono móvil y acabaron disparando a los rehenes. Todo Israel estalló en protestas. Aún no han sido hallados los secuestradores.

Las fuerzas de seguridad israelíes aprovecharon la oportunidad para poner en marcha un plan ya preparado. Se arrestó a todos los activistas conocidos de Hamás en Cisjordania, así como a todos los presos que fueron canjeados como parte del acuerdo para liberar al rehén israelí Gilad Shalit. Para Hamás, esto era la violación de un acuerdo.

Los líderes de Hamás en la Franja de Gaza no podían quedarse quietos mientras sus camaradas en Cisjordania eran encarcelados. Reaccionaron con el lanzamiento de cohetes contra ciudades y pueblos israelíes.

El gobierno israelí no podía quedarse quieto mientras sus pueblos y aldeas eran bombardeados. Respondió con un fuerte bombardeo de la Franja de Gaza desde el aire.

A partir de ahí, sólo fue un festival interminable de muerte y destrucción. La guerra pedía a gritos un propósito.

Hamás cometió luego, en mi opinión, un enorme error. Utilizó algunos de los túneles clandestinos que había construido debajo de la valla fronteriza para atacar a objetivos israelíes. Los israelíes de pronto se dieron cuenta de este peligro que el ejército había menospreciado. La guerra sin sentido adquirió un propósito: se convirtió en la guerra contra los “túneles del terror”. Se envió a la infantería a la Franja de Gaza para buscarlos y destruirlos.

Ochenta mil soldados entraron en la Franja. Después de destruir todos los túneles conocidos, no tenían nada que hacer excepto quedarse en los alrededores y servir de objetivo.

El siguiente paso lógico hubiera sido avanzar y conquistar toda la Franja de Gaza, unos 45 kilómetros de largo y una media de 6 kilómetros de ancho, con 1,8 millones de habitantes. Cuatro veces más grande que la isla de Manhattan con aproximadamente la misma población.

Pero el ejército israelí detestaba la idea de conquistar la Franja por tercera vez (después de 1956 y de 1967). La última vez que se fueron de allí, los soldados cantaban “¡Adiós Gaza, y no te volveré a ver!”. Las predicciones de bajas militares eran altas, muchas más de las que la sociedad israelí estaba dispuesta a sufrir, a pesar de todas las exageraciones patrióticas.

La guerra degeneró en una orgía de muerte y destrucción con ambos bandos “bailando en sangre”, bendiciendo cada bomba y cada misil, ajenos completamente al sufrimiento causado a los seres humanos del otro bando. Y todavía sin ningún objetivo decidido.

Si Clausewitz tenía razón acerca de que la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios, entonces toda guerra debe tener un objetivo político claro.

Para Hamás, el objetivo era simple y estaba claro: levantar el bloqueo sobre Gaza.

Para Israel no había ninguno. Binyamin Netanyahu definió su objetivo como “calma a cambio de calma”. Pero eso ya lo teníamos antes de que todo comenzara.

Algunos de sus colegas del gabinete exigieron “ir hasta el final” y ocupar toda la Franja. El mando del ejército se opuso, y uno no puede luchar en una guerra en contra de los deseos del mando del ejército. Así que todo el mundo se quedó esperando a Godot.

¿Qué produjo el acuerdo de alto el fuego definitivo?

Ambos bandos estaban agotados. En el bando israelí, la gota que colmó el vaso fue la difícil situación de los asentamientos alrededor de la Franja de Gaza, llamados el “sobre de Gaza”. Bajo el bombardeo incesante de cohetes de corto alcance y, lo que es aún peor, de proyectiles de mortero que no cuestan casi nada, los habitantes, en su mayoría miembros de kibbutz, empezaron a desplazarse discretamente a regiones más seguras.

Eso era casi un sacrilegio. Uno de los mitos fundadores de Israel era que en la guerra de 1948, en la que nació el estado, los aldeanos y los habitantes árabes de los pueblos huyeron al ser tiroteados, mientras nuestros asentamientos permanecieron firmes incluso en medio del infierno.

Eso no fue del todo así. Se evacuaron varios kibbutz por orden del ejército cuando su defensa se hizo imposible. En otros tantos, se enviaron lejos a las mujeres y a los niños, mientras que los hombres recibieron la orden de quedarse y luchar junto con los soldados. Pero, en general, los asentamientos israelíes se mantuvieron firmes y lucharon.

Pero la de 1948 fue una guerra étnica por el territorio. La tierra evacuada se perdió para siempre (o al menos hasta la siguiente guerra). Esta vez todo el razonamiento ha sido diferente.

La vida en el “sobre” se volvió imposible. Las sirenas sonaban varias veces en una hora y todo el mundo tenía 15 segundos para encontrar refugio. El clamor por la evacuación se cuestionó abiertamente en voz alta. Cientos de familias se desplazaron. Se abandonó el mito y el gobierno se vio obligado a organizar un movimiento de masas. Eso no se veía como una victoria.

Se sometió al bando palestino a un terrible sufrimiento. Alrededor de 400.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares. Familias enteras se refugiaron en los edificios de la ONU, varias familias en una habitación o en un rincón del patio, sin electricidad y con muy poca agua incluso madres con 6, 7 u 8 hijos.

(Imagínese lo que eso significa: una familia, pobre o rica, tiene que salir de su casa en cuestión de minutos sin poder coger nada, ni ropa, ni dinero, ni álbumes de familia, sólo el tiempo justo para coger a los niños y correr, mientras que detrás de ellos la casa se derrumba. El trabajo de toda una vida y los recuerdos destruidos en cuestión de segundos. Los jóvenes se habían ido hacía tiempo, viviendo en túneles subterráneos secretos y preparándose para la lucha decisiva).

Es casi un milagro que en estas condiciones el gobierno y la estructura de mando de Hamás funcionasen. Las órdenes iban desde los líderes escondidos hasta las celdas escondidas, se han mantenido contactos con los líderes en el extranjero y entre diferentes organizaciones, mientras que los drones espía sobrevolaban la zona y mataban a cualquier líder civil o comandante que daba la cara.

Después de la acción para matar al comandante en jefe del brazo armado de Hamás, Mohammad Deif (que tuvo éxito o no, no lo sabemos), Hamás comenzó a disparar a los informantes, sin los cuales este tipo de acciones son imposibles (en mis días como un joven terrorista, hacíamos lo mismo).

Pero con todo su extraordinario ingenio, Hamás no podía seguir así indefinidamente. Sus grandes reservas de cohetes y proyectiles de mortero se estaban agotando. También necesitaban parar.

¿El resultado? Es evidente que un empate. Pero, como he dicho antes, si una organización de resistencia pequeña logra un empate frente a una de las maquinarias militares más poderosas del mundo, tiene motivos para celebrar, como efectivamente hizo, el pasado lunes, el 50º día de una guerra para nada.

¿Qué han perdido ambos bandos?

¿Qué han perdido ambos bandos?Los palestinos han sufrido grandes pérdidas materiales. Miles de hogares se han destruido con el fin de quebrar su espíritu, algunos de ellos con algún pretexto insuficiente, otros sin ninguno. En los últimos días, la Fuerza Aérea echó abajo sistemáticamente los lujosos rascacielos del centro de Gaza.

Las pérdidas humanas palestinas también han sido enormes. Los israelíes no han derramado ninguna lágrima.

En el bando israelí, las pérdidas humanas y materiales han sido comparativamente leves. Las pérdidas económicas han sido significativas, pero soportables. Son las pérdidas invisibles las que cuentan.

En todo el mundo se está acelerando la deslegitimación de Israel. Millones de personas han visto las imágenes diarias que salen de Gaza y, consciente o inconscientemente, han cambiado la imagen que tienen de Israel. Para muchos, el pequeño y valiente país se ha convertido en un monstruo despiadado.

El antisemitismo, se nos dice, aumenta peligrosamente. Israel afirma ser el estado-nación del pueblo judío y la mayoría de los judíos defienden a Israel y se identifican con él. La nueva ira contra Israel a veces se parece a los viejos tiempos de antisemitismo, y a veces lo es.

No sabemos cuántos judíos irán a Israel impulsados por el antisemitismo. Tampoco sabemos cuántos israelíes se irán de Israel a Alemania, a Estados Unidos o a Canadá impulsados por esta eterna guerra.

Uno tiende a pasar por alto el aspecto más peligroso. Se ha creado una enorme masa de odio en Gaza. ¿Cuántos de los niños que vimos salir corriendo con sus madres de sus hogares se convertirán en los “terroristas” del mañana?

Millones de niños en todo el mundo árabe han visto las imágenes transmitidas a diario en sus hogares por Al Jazeera, y se han convertido en enemigos acérrimos de Israel. Al Jazeera es una potencia mundial. Mientras que su edición en inglés trata de ser moderada, la edición árabe no ha tenido freno, hora tras hora sus informes han mostrado las imágenes desgarradoras de Gaza, los niños muertos, las casas destruidas.

Por otro lado, se ha roto la enemistad desde hace generaciones de los gobiernos árabes hacia Israel. Egipto, Arabia Saudí y todos los Estados del Golfo (excepto Catar) están colaborando ahora abiertamente con Israel.

¿Puede esto dar fruto político en el futuro? Podría, si nuestro gobierno estuviera realmente interesado en la paz.

En el propio Israel, el fascismo, vil e inconfundible, ha levantado su fea cabeza. “Muerte a los árabes” y “Muerte a los izquierdistas” se han convertido en gritos de guerra legítimos. Parte de esta repugnante oleada remitirá con suerte pero algo puede permanecer y convertirse en un elemento habitual.

El destino personal de Netanyahu no se ve claro. Durante la guerra, su índice de popularidad subió rápidamente. Ahora sufre una caída libre. Hacer discursos sobre la victoria no es suficiente. La victoria debe verse, si es posible, sin un microscopio.

La guerra es una cuestión de poder. La realidad creada en el campo de batalla se refleja generalmente en los resultados políticos. Si la batalla termina en un empate, el resultado político también será un empate.

Celebrando un triunfo similar hace mucho tiempo, Pirro, rey de Epiro, comentó: “¡Otra victoria como ésta y estaremos perdidos!”.

Publicado en Gush Shalom | 30 Agosto 2014 | Traducción del inglés: Fátima Hernández Lamela

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