Las urgencias sanitarias en Andalucía, entre la saturación y la falta de personal
A Esther, a sus 55 años, la vida se le escapaba de las manos en apenas unos días. Esta granadina, que había acudido a las urgencias hospitalarias del Hospital San Cecilio de Granada por una simple caída el pasado mes de enero, empeoró notablemente en unas horas críticas que estuvieron a punto de acabar en tragedia. “Podría haber muerto”, reconoce tras haber vivido en primera persona cómo la situación asistencial de las urgencias en el Servicio Andaluz de Salud (SAS) da pie a episodios como el suyo.
La segunda semana laboral completa de huelga convocada por los sindicatos médicos contra el Estatuto Marco del Gobierno de España afronta su recta final. Mientras, la cuestión sanitaria ha entrado de lleno, si no lo había hecho ya, en la precampaña electoral a tres meses de los comicios. El caso de Esther es extremo, pero representa el sentir de profesionales, pacientes y sindicatos de la sanidad pública andaluza. Porque la falta de personal en todos los ámbitos da pie a jornadas maratonianas que extenúan a los profesionales porque no pueden dar abasto con el volumen de usuarios que reciben, especialmente en los periodos de alta frecuentación que se producen en invierno por las patologías asociadas a las enfermedades respiratorias fruto del frío. En la historia de Esther se cruzan todos los factores que explican lo que para los sindicatos de la mesa sectorial es, desde hace años, el “desmantelamiento” de la sanidad pública.
Porque Esther, que desarrolló asma crónica por culpa del tabaco, estuvo a punto de perder la vida por una neumonía no diagnosticada. “Llegué a despedirme de mi marido y cuando me dijeron que tendría que entrar en la UCI pensaba que me moría”. No se equivocaba, puesto que el personal médico que la atendió advirtió a sus familiares de que el cuadro clínico que presentaba era muy malo y que podía pasar lo peor. Afortunadamente, sobrevivió, pero el relato de los cuatro días que pasaron entre su caída y el ingreso en la UCI desvelan la falta de recursos que hay incluso en hospitales tan importantes como el San Cecilio de Granada.
Sin estadísticas oficiales ni un tiempo de respuesta determinado por decreto, las urgencias hospitalarias y de centros de salud responden a la buena voluntad de los profesionales, a la afluencia de usuarios y, a veces, a la suerte. El caso de Esther es paradigmático: se cayó y notó una fuerte presión en el pecho por la que acudió a urgencias. Una vez allí, se limitaron a hacerle una exploración sin rayos que no detectó un grave hematoma que tenía. Tras pasar varias horas en urgencias, fue derivada a su casa con antiinflamatorios, pero seguía sufriendo “dolores insoportables”. Tras otras dos visitas los siguientes días en urgencias, acabó siendo hospitalizada porque había contraído una gripe que le había generado una neumonía que no le habían diagnosticado y que, por poco, casi le cuesta la vida.
Historias como la de Esther no son las únicas. Pilar, de 88 años, vivió un proceso aún más prolongado antes de recibir un diagnóstico correcto. Desde que su médica de cabecera la derivó a urgencias el 21 de octubre hasta que finalmente fue ingresada en la UCI el 13 de diciembre con un diagnóstico de síndrome coronario agudo, transcurrieron casi dos meses. Durante ese tiempo acudió en tres ocasiones al servicio de urgencias y regresó a casa sin un diagnóstico claro ni un tratamiento que aliviara sus síntomas. Fueron semanas de dolor, sufrimiento y desconcierto en las que su estado fue empeorando progresivamente pese a que su edad avanzada y sus antecedentes coronarios podían haber alertado de un posible problema cardíaco.
La situación cambió el 13 de diciembre, cuando el agravamiento de los síntomas la obligó a regresar de nuevo a urgencias. Esta vez fue ingresada de inmediato y trasladada a la UCI. A pesar de la dureza del proceso, Pilar reconoce el trabajo del personal sanitario que finalmente la atendió. “Ese día apareció la sanidad pública que recordaba, la atención y la profesionalidad con la que mi familia y yo siempre habíamos contado”.
Su experiencia, sin embargo, le deja preguntas que van más allá de su propio caso. “¿Qué ocurre con las urgencias? ¿Cuáles son sus protocolos y criterios para atender a las personas? ¿Quién decide sobre los profesionales y los equipos que están al frente? ¿Son más importantes los planteamientos de rentabilidad económica que los de atención a las personas?”. “Estas preguntas no son retóricas”, advierte. “Tienen respuesta. Y víctimas”.
Profesionales al límite
Quienes trabajan en primera línea reconocen que la saturación de las urgencias no siempre tiene su origen en los propios hospitales, sino en las dificultades de acceso a la atención primaria. Marta es médica en el centro de salud de Atarfe, en el área metropolitana de Granada. Según explica, el dispositivo de urgencias de este centro atiende a una población que supera los 40.000 habitantes y que incluye municipios y zonas dispersas como Albolote, Colomera, El Chaparral o el entorno del pantano de Cubillas. Además, a partir de las tres de la tarde las urgencias de Albolote se derivan a Atarfe, lo que incrementa aún más la presión asistencial.
A pesar de ese volumen de población, el servicio funciona con solo dos equipos de guardia. “Con que uno salga a un aviso domiciliario, el otro se queda solo atendiendo todo lo que entra, y eso revienta el servicio”, explica. La situación se agrava, según relata, por las dificultades para conseguir cita en la atención primaria. “Si te dan cita para dentro de dos semanas, entiendo que la gente vaya a urgencias, aunque no sea el sitio. Cuando tienes un problema de salud, lo que quieres es que se solucione”.
El personal sanitario llevaba tiempo reclamando la incorporación de un tercer equipo de urgencias para poder repartir la carga asistencial. Sin embargo, la petición ha sido denegada por la administración autonómica. “Ese tercer equipo estaba previsto, pero al final lo han rechazado. Lo decide Sevilla y nosotros nos quedamos con dos equipos para una población enorme”, lamenta. En ese contexto, las guardias se convierten en jornadas extenuantes. Según explica, cada médico puede llegar a atender cerca de un centenar de pacientes durante una sola guardia. “Es un trabajo a destajo. Durante la madrugada tampoco paran de venir pacientes. Con dos médicos es inasumible”.
La presión asistencial también se deja sentir en los hospitales comarcales, donde la dispersión geográfica y el envejecimiento de la población añaden dificultades adicionales. Mar trabaja desde hace siete años en las urgencias del Hospital de Baza y explica que la demanda no ha dejado de crecer en ese tiempo. Este centro sanitario da servicio a una amplia comarca del norte de Granada, con numerosos municipios pequeños y una población especialmente envejecida. “Aquí la gente es muy mayor y eso supone una mayor carga asistencial”, señala.
A su juicio, el principal problema vuelve a estar en la saturación de la atención primaria, que debería actuar como primer filtro del sistema sanitario. Cuando ese primer nivel no puede absorber la demanda, los pacientes terminan acudiendo directamente a urgencias. “Si la primaria falla, todo acaba degenerando aquí, porque la gente busca una solución”. Aunque actualmente la plantilla del hospital está completa, el volumen de trabajo ha crecido hasta el punto de hacer los turnos cada vez más exigentes. “Ahora mismo estamos todos los médicos, pero aun así los turnos son mucho peores porque hay muchísima más demanda”.
Ese incremento de pacientes se traduce en tiempos de espera más largos, sobre todo para los casos menos urgentes. Situaciones que antes podían resolverse en aproximadamente una hora ahora se alargan considerablemente más. La prolongación de esas esperas también tiene impacto en la relación con los pacientes. “Cuando la gente tiene que esperar más tiempo llega más enfadada y se genera una especie de retroalimentación negativa que hace más difícil el trato”, explica.
Desde los sindicatos reconocen que la presión asistencial en las urgencias varía según el momento del año y el centro sanitario. Victorino Girela, portavoz de sanidad de CSIF en Andalucía, señala que los tiempos de espera no siempre responden a un colapso estructural, sino a picos de demanda asociados sobre todo a las epidemias invernales de gripe y otras infecciones respiratorias.
“El tiempo medio de espera en urgencias es muy variable. Depende del centro y del momento epidémico en que nos encontremos”, explica. Según indica, una vez superados los picos de alta frecuentación propios del invierno, “no hay más que las demoras habituales”. El representante sindical asegura que no tiene constancia de retrasos generalizados fuera de esos periodos, aunque sí señala casos concretos donde los tiempos se han alargado por falta de personal. “El Hospital Virgen del Mar de Cádiz ha mantenido tiempos de espera más altos por falta de profesionales”, apunta.
Donde sí reconoce una presión más evidente es en la atención primaria. En muchos centros de salud, los pacientes pueden esperar más de una semana para ser atendidos por su médico de cabecera. “Los tiempos medios de espera superan los ocho o diez días para ver a tu propio médico, y en muchos casos la consulta es incluso telefónica”, afirma.
La respuesta de la Junta
La Consejería de Salud y Consumo no ha respondido directamente a las preguntas de este medio sobre el posible colapso de las urgencias ni sobre los tiempos medios de atención en el sistema sanitario andaluz. En su lugar, se han remitido a una intervención del consejero de Salud, Antonio Sanz, durante una sesión parlamentaria en la que defendió el funcionamiento general del sistema sanitario.
En esa intervención, el consejero pidió analizar la situación a partir de “indicadores objetivos” y no de casos concretos. Según explicó, el sistema sanitario andaluz gestiona cada año 588 millones de datos sanitarios, por lo que considera inevitable que puedan producirse incidencias puntuales. En el ámbito de la atención primaria, cuyo colapso denuncian sindicatos y profesionales como la clave de bóveda que genera el resto de problemas, aseguró que el tiempo medio de respuesta “no supera los cinco días”, una cifra que, según defendió, refleja la media del sistema.
Sanz reconoció, no obstante, que pueden existir demoras en procesos no urgentes o programados y defendió que la Junta está adoptando medidas para reforzar el sistema sanitario andaluz, entre ellas la aprobación de 3.983 nuevas plazas en el Servicio Andaluz de Salud o la puesta en marcha de un decreto para facilitar la cobertura de puestos de difícil acceso en zonas rurales. También señaló que el sistema sanitario andaluz, con más de 130.000 profesionales, 1.514 centros de salud y más de medio centenar de hospitales para atender a una población de 8,6 millones de personas, es el mayor del país, lo que a su juicio explica que puedan producirse incidencias en la actividad asistencial.
Mientras tanto, para pacientes como Esther o Pilar, la cuestión no se mide en estadísticas ni en indicadores de gestión, sino en el tiempo que pasa entre el momento en que acuden a urgencias y el instante en que alguien consigue poner nombre a lo que les ocurre. Un tiempo que, en algunos casos, puede marcar la diferencia entre una recuperación difícil y una tragedia.