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Acidez

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Primero fueron los recreacionistas. Señores hechos y derechos disfrazados para simular que se disparan con un fusil y que logran salvar el pellejo tras una barricada. No nos pedían mucho. Tan solo, quizás, que les prestásemos la ciudad algún fin de semana que quedase libre entre una media maratón y la carrera de las empresas, por ejemplo. Se podía soportar.

Después vinieron los mercadillos medievales. Aquí la cosa empezó a complicarse. En primer lugar, porque no quedó un municipio español sin su mercado. Pero también porque nunca nadie logró explicarnos satisfactoriamente la relación entre la Edad Media y las batucadas. Pese a todo, los beneficios obtenidos por el turismo bien valían el salir de allí con la ropa oliendo a longaniza a la brasa. Se podía soportar.

Pero últimamente ando bastante consternado porque veo que estamos dando un paso peligroso. Compruebo que aparecen restaurantes con menús basados en el siglo XIV o, directamente, en la antigua Roma. Aparte de que te dejen el bolsillo temblando, a mí me preocupan sobre todo las digestiones. Como esto se extienda, no va a haber Almax suficiente en las farmacias.

Llamadme prosaico, pero cuando me hacen esa pregunta de a qué época histórica querría desplazarme solo pienso en lo mal que tenían que oler las calles, en la falta de higiene y alcantarillado y en todas las enfermedades que pillaría. Tú y yo, seguramente, llevaríamos ya años bajo tierra.

Vale que el tiempo que estamos viviendo no es para echar cohetes, pero yo en esto sigo estando con el filósofo Javier Gomá. Dice Gomá que, para quien habite en un país democrático occidental, este es el mejor lugar del planeta y la mejor época de la historia para vivir. Nadie se cambiaría por un fulano del siglo XIV, especialmente quien pertenezca a cualquier tipo de minoría.

Asistimos hoy al auge de proyectos políticos que buscan corregir la tesis de Gomá, nuestro filósofo más elegante. Reforcemos nuestras democracias, adaptémoslas a las exigencias actuales. Procuremos, en definitiva, evitar la acidez.