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Ana Pérez Luna

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Ni justa ni ejemplarizante

Ni justa, ni ejemplarizante, así es la sentencia que se hizo pública la semana pasada sobre el caso de La Manada. Si podemos sacar una conclusión clara es que gana el machismo, al que le sale barato violar mientras a las mujeres nos sale muy caro el simple hecho de salir a la calle. El espacio público les pertenece a ellos, y el privado, hasta el rincón más íntimo de tu propio cuerpo, también: por las buenas o por las malas.

Incluso esto último, si fue por las buenas o por las malas, lo han sentenciado ellos, han decidido que la mujer de 18 años que denunció una violación durante los Sanfermines de 2016 por cinco depravados, según el código patriarcal, ni sintió el dolor suficiente, ni se resistió lo estipulado.

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La cuarta ola del movimiento feminista

El 8 de marzo viene siendo, año tras año, “el día de los datos”. Tercos como ellos solos en lo que a desigualdad y violencia se refieren, se resisten a dar tregua.

El machismo sigue presente, no importa si es en casa o en las calles, en lo privado o en lo público, en el espacio de trabajo o en el del paro.

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Una brecha insostenible

Poco se ha hecho esperar la contrarreacción al famoso movimiento #MeToo. En esta ocasión, el rechazo procedía de un grupo de mujeres francesas con gran relevancia pública. Manifiesto en mano y sin pudor alguno, no dudaron en tachar a sus colegas, las actrices norteamericanas, de puritanas, y en ponerse al frente de una especie de causa llamada seducción, ahí es nada.

No es la primera vez que lo que debiera ser un férreo pacto de género tristemente hace aguas por algún rincón, bien por un motivo, bien por otro. También en nuestro país asistimos a casos similares, aunque de menor impacto mediático.

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Se precisa celebrity para funciones políticas

Hace justo un mes, el pasado día 12 de noviembre, la presidenta de la Junta de Andalucía agradecía en un tweet a la periodista Mabel Lozano su trabajo y compromiso contra la trata de mujeres, con motivo de la publicación de su libro El proxeneta. Tres días después, Susana Díaz anunciaba en el Debate del Estado de la Comunidad el impulso de medidas para impedir que ningún medio de comunicación que publique anuncios de contactos sexuales o prostitución cubierta o encubierta reciba ni un euro de arcas públicas mediante contratación, subvenciones o publicidad.

En realidad, la igualdad y la denuncia contra la violencia de género se prodigan bastante en el discurso público de la dirigente andaluza. Tampoco es extraño que se pronuncie sobre temas cuya controversia lleva a muchos otros responsables políticos a permanecer en silencio. Así lo hizo con el reciente caso de Juana Rivas y volvió a hacerlo durante la intervención final del citado Debate, en una clara alusión al caso de "la manada", cuya instrucción ha conmocionado a gran parte de la sociedad. Sin embargo, esto no parece ser suficiente para merecer la atención de la opinión pública que parece más centrada en otras cuestiones como la crisis territorial.

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Cuando la igualdad no es para todas igual

La capacidad del ser humano para arruinar cualquier causa justa con actitudes excluyentes es algo que no deja de asombrar. Lo estamos viendo a diario en política: nada hay que genere más reproches hacia una persona de izquierdas que otra persona de "otra" izquierda. Y a medida que el debate sobre quién es más de izquierdas va alcanzando cotas insospechadas, en una especie de vorágine autodestructiva, la derecha avanza consolidando su poder.

Algo parecido sucede con la variante de género. Las mujeres, que nos enfrentamos al fenómeno más pionero de la globalización, el machismo, también padecemos el mal de la autoexclusión. Tenemos claro que nuestra presencia en puestos de responsabilidad política, empresarial o de cualquier otro ámbito sigue siendo irrisoria y que estas y otras muchas reivindicaciones deben ser un objetivo prioritario de la sociedad en su conjunto, pero sobre todo nuestro, de las mujeres que somos quienes sufrimos la discriminación en primera persona.

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No voto con la vagina pero me termina gobernando un falo

Fue el pasado noviembre, al final de la campaña para las presidenciales de EE.UU., cuando Susan Sarandon hizo unas declaraciones de lo más desafortunadas. "No voto con mi vagina" manifestaba la prestigiosa actriz dejando claro así su rechazo a la que pudiera haber sido la primera mujer Presidenta de los EE.UU.

Tan contundentes fueron sus manifestaciones que terminaron difuminando la figura de Donald Trump y poniendo con sus palabras en el centro de la diana a Hillary Clinton. Su no apoyo a Trump no fue noticia; por contra, su rechazo a Clinton retumbó hasta el último de los rincones tras hacerse eco medios de comunicación de todo el mundo.

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La insoportable levedad de la igualdad en las empresas

Al hilo de la sentencia hecha pública esta misma semana que condena a 7 años de cárcel al catedrático de la Universidad de Sevilla Santiago Romero, por abusar sexualmente de tres profesoras, caben muchas reflexiones. Quizás y aunque no sea lo habitual, estas debieran centrarse en el ámbito laboral, un espacio especialmente invisible.

Una de las conclusiones a las que, de una vez por todas, debiéramos llegar es que la violencia de género se extiende por todos y cada uno de los rincones de esta sociedad. Va mucho más allá de las tremendas cifras que se acumulan año tras año y que superan ya las 800 mujeres asesinadas en los últimos doce años. Detrás de esa violencia que mata hay otra que no deja vivir, permanente y cotidiana. Es más, en realidad son una sola, una misma violencia vestida con distinto disfraz. Son las insoportables miradas lascivas que te desnudan en el transporte público, o mientras haces deporte, son los comentarios soeces que sexualizan a la mujeres como si no hubiese valor alguno más allá de nuestros cuerpos, son esos intolerables chistes misóginos que nos infravaloran y nos estereotipan... Son, lamentablemente, nuestro día a día en una sociedad enferma de machismo.

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Sharon Ferris-Choat, la presencia femenina que quiere abrir camino a la mujer en el mundo de la vela

Al pensar en la relación que históricamente se ha establecido entre la mujer y el mar, resulta casi inevitable la recurrente figura de la sirena. Esos míticos seres encarnados  en voluptuosos y seductores cuerpos femeninos, envueltos  a su vez en estereotipados rasgos de dulzura y belleza. Todo un perfecto aderezo que, de manera previsible, termina conduciendo al fatal desenlace: que hasta el más recio de los Ulises acabe perdiendo el norte en pleno océano.

Sin embargo, y aunque no gocen de tan buena reputación, el mar ha contado con una presencia femenina bien distinta, mujeres poderosas que también se hicieron a la mar. Unas, disfrazadas de varón, como es el caso de Jeanne Baret, la primera mujer que, inmersa en una aventura científica, dio la vuelta al mundo embarcada. Otras, a las bravas y  armadas con sable y pistola, como las piratas Anne Bonny o Artemisa de Halicarnaso, ponían cuota de género al sangriento mundo de corsarios y bucaneros.

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No son los pluses... es el machismo, estúpido

Acabamos de celebrar el Día Europeo por la Igualdad Salarial y los informes en torno a esta fecha nos dicen cosas como que una mujer ha de trabajar casi 3 meses más al año que un hombre para percibir su mismo salario. Ni más ni menos.

Unos datos que deberían avergonzarnos, aunque pasen casi desapercibidos en el día a día, cuando nadie parece reparar en estos detalles que dificultan la vida de muchas mujeres.

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“Abengoa, ¿quién salva su culo?”

Hace apenas unos días, en este mismo diario, un empleado de Abengoa, anónimamente, lamentaba la amarga situación en la que se encuentran los trabajadores de esta empresa, sumida en una profunda crisis que amenaza a miles de puestos de trabajo. Y encontraba algunos de los culpables: los políticos, que "sólo miran por su culo" y los sindicatos, a los que acusaba de haber estado desaparecidos de la empresa y aparecer ahora "para captar dinero".

Es perfectamente comprensible la angustia de los trabajadores de Abengoa, que de golpe y porrazo se encuentran ante el mismo drama que han vivido y viven millones de trabajadores en toda España, un país cada día más injusto donde las cien grandes fortunas han crecido casi un 10% el pasado año, mientras trece millones de personas malviven bajo el umbral de la pobreza.

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