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Carlos Felipe

Carlos Alberto Felipe Martell (Santa Cruz de La Palma, 1963). Profesor universitario de Estadística. Autor de 'Los Privilegiados del Azar', novela cuya primera edición se agotó antes de llegar a las librerías. Ha obtenido diferentes menciones y reconocimientos en concursos literarios de poesía, relato corto y microrrelato. Habitualmente publica en su blog 'Relatos y Palíndromos desde Canarias'. Es miembro del Club Palindromista Internacional, en cuya revista, 'SEMAGAMES', colabora. En la actualidad, interviene semanalmente en el programa 'Las Mañanas de Gente Radio' (Gente Radio) coordinando y proponiendo un concurso de palíndromos.

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Promoción fantasía

Reciprocidad. En este septiembre se cumplen tres años, pero mis vivencias se anclaron de tal manera que todavía siento palpitar recuerdos en versión 2015. Tú dominabas desde esos asientos antivisita que la universidad te había alquilado en E.3.1, E.2.3 o “Eduardo Domenech”. Me escudriñabas con la innegociable curiosidad juvenil con la que siempre se analizan las primeras impresiones proporcionadas por un nuevo profesor. Recuerdo que sonreías. Sonreías y yo también lo hacía porque me contagiabas. Era imposible no hacerlo. Ahora, con el paso de los años, te miro y certifico que formaste parte de una promoción de cine. Quizá no lo creas, pero en 2015, a veces, mientras te daba clase, me sentía como si yo mismo estuviera al otro lado, en tu lado, observando y comiendo cotufas. Reciprocidad.

Nostalgia. Este año te gradúas. No todos tus compañeros estaban allí, en 2015, ni todos están ahora, en 2018. Algunos se habrán quedado en el camino. Otros, mis No Alumnos, se incorporaron más tarde. Pronto desaparecerás de este edificio; de la cafetería. En un par de años echarás de menos las asignaturas de alemán, el ascensor asesino, las risitas de tu amiga chiflada, las horas de estrés en la biblioteca… Nostalgia.

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Cuando la comunicación hechiza

Hay dos maneras de abrir una puerta. Tocando o a patadas. Si llamas a la puerta pero no te abren, si vuelves a llamar sin obtener resultado, si tocas una y otra vez pero no recibes respuesta, al final tienes dos opciones. O te resignas o la abres de una patada. Algo así nos pasa a unos cuantos profesores universitarios, los inconformistas, sobre todo a algunos que damos clase en facultades y grados tan aparentemente gélidos como pueden ser la Economía, la Contabilidad o el Derecho. Nosotros, esa minoría, somos animales emocionales encerrados en un mundo muy frío. La puerta que nos aísla es paradójica, pues para abrirla hay que hacerlo hacia dentro y hacia fuera. Una puerta muy complicada. Por eso solemos pasar muchos años resignados hasta que llega el momento de rebelarse y tomar decisiones. Todo mundo, toda facultad, todo grado universitario, deja de ser frío cuando le aportamos calidez. Necesitamos entender que, para que ese grado o esa facultad tengan ese calor acogedor, su corazón, su motor, su alma, debe tener  un protagonista indiscutible: el alumnado. Nosotros, los animales emocionales docentes, tenemos que darle una patada (a veces muy fuerte) a la primera cerradura de la puerta para dejar entrar al alumnado. Luego esos alumnos tendrán que darle otra patada a la segunda cerradura para que nosotros podamos salir con ellos, acompañándolos y apoyándolos. 

Hace poco más de un mes que una vicedecana de la facultad donde trabajo me propuso colaborar en un proyecto. Yo no suelo implicarme mucho en la gestión universitaria, a veces porque no me considero adecuado para el cargo, y en otras ocasiones porque los enfoques planteados por el equipo gestor suelen ser muy institucionales. Sé que sufro de alergia a lo políticamente correcto y a lo institucional, lo cual me limita. En esta ocasión, sin embargo, la propuesta venía de una vicedecana muy especial, pues ella y yo coincidimos en muchos aspectos. Por ejemplo, a nivel docente creemos en lo mismo, si bien utilizamos diferentes herramientas para tratar de llegar al mismo objetivo en las aulas. La vicedecana utiliza armonía para conseguir armonía. Yo utilizo caos para conseguir armonía. Lo mío es más radical, no lo discuto, y se debe a mi creencia en mi propia definición del arte. El arte es la armonía surgida del caos. O sea, yo pongo unos Power Rangers encima de la mesa cuando explico Estadística, mientras que la vicedecana pone música. Los dos buscamos lo mismo, los dos pretendemos ponerle los ojos como platos al estudiante. 

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Profesores malos y menos malos

Me preguntaba un compañero, profesor universitario como yo, cuál era el truco para tener contento al alumnado. Tras un instante de reflexión, concluí que no hay ningún truco en mi posible respuesta, pero sí en su pregunta. Mi compañero (él mismo lo reconoce) tiene constantes conflictos  con los estudiantes. No se puede pretender pasar del conflicto constante a caer bien. Si eres un “profesor malo”, primero tendrás que evolucionar a “menos malo”. Hay que respetar las fases de la evolución.

Antes de entrar de lleno en la respuesta que le di, es necesario hacer una aclaración importante. La docencia universitaria poco tiene que ver con la enseñanza primaria y secundaria. En la universidad te diriges a un público adulto, un público poco exigente que solo quiere aprender. Cuando digo “poco exigente” me refiero a lo que el alumno espera de su profesor. Sí que es exigente, y mucho, con el aprendizaje de cada materia. Pero, respecto al profesor, el alumno solo espera de él que sea una herramienta más, como lo puede ser un libro, una tablet o un corrector de cinta. El profesor universitario no está en el aula para educar, no está para dictar normas de comportamiento, no está para formar personas, sino profesionales. En definitiva, ser profesor universitario debería ser fácil. Al menos muchísimo más fácil que dar clase a adolescentes, por ejemplo. A pesar de ello, hay muchos docentes que tienen serios problemas de comunicación y de relación con su audiencia.

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Prereferéndum en cuatro actos

Primer acto

El señor Micropolítico y el señor Macropolítico tienen una relación enquistada por el transcurso de los años. Como sucede en muchas parejas, la fase de enamoramiento dio paso a la de indiferencia para luego caer en la incomodidad. 

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¡Hay que ganar!

Después de estar diez años sentado en las gradas de diversas canchas y pabellones deportivos, viendo entrenamientos y partidos de baloncesto, hoy quiero resumir en unas líneas mis impresiones tras oír lo fuerte que laten los corazones en el mundo del deporte. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué laten con tanta ferocidad los corazones de directivos, técnicos y aficionados? Quiero dejar claro que este artículo se centra exclusivamente en el deporte de base, en niñas y niños con edades comprendidas entre siete y diecisiete años. En un momento dado, cuando mi hijo decidió que era hora de dejar el baloncesto para centrarse en sus estudios universitarios (mi hijo es la razón de mis diez años de peregrinaje por las canchas), decidí recoger en nostálgicos apuntes diversas anécdotas, comportamientos, situaciones vividas en entrenamientos y partidos… Leyendo después esos apuntes me di cuenta de que tenía registrados muchos momentos más propios de una película de terror, o de humor absurdo, que de la propia realidad. El paso siguiente fue escribir Una semana… ¿de básquet?, un relato socarrón, con mucha mala baba, para despellejar los comportamientos aberrantes por parte de los adultos en el escenario del deporte infantil. Pero esa es otra historia... O no. Realmente es la misma historia que voy a narrar aquí, solo que el relato la trata en forma de cuento. En este artículo quiero ponerme más serio.

Soy una persona con una extraña capacidad (llámese manía o curiosidad) para estar en una grada deportiva, evadirme del juego y centrarme de lleno en el entorno. El entorno es la clave para entender la violencia en el deporte. Has leído bien, he dicho “violencia en el deporte” a pesar de que la irrupción de dicha expresión en este artículo resulte demasiado brusca. La violencia en el deporte, en contra de lo que pueda parecer, es mucho más frecuente de lo que pensamos. La violencia en el deporte no son solo esas agresiones aisladas, tan mediáticas, que ocurren casi cada fin de semana en diversos lugares y en diversos deportes (principalmente en el fútbol). No. La violencia en el deporte es más cotidiana, está en cientos de canchas, pabellones, y estadios, pero casi siempre es verbal y no pasa de ahí. Al no pasar de ahí, no llega a los medios de comunicación. Cuando un energúmeno le grita a un árbitro para protestar su labor, eso es violencia. Cuando un energúmeno abuchea a un niño que va a tirar un penalti o un tiro libre, eso es violencia. Y así podríamos continuar con decenas de ejemplos. Existe una franja invisible, muy débil, que separa la violencia verbal de la física. Cuando se atraviesa esa fina línea es cuando nos alertamos. Error. El mundo del deporte no es preventivo; siempre se espera a que se llegue a las manos para actuar. 

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Homenaje a una promoción de ensueño

Se trata de la V promoción del Grado en Turismo de la Universidad de La Laguna (ULL). Por muchos años que pasen jamás podré olvidar a aquel grupo de gente que una mañana de diciembre se acercó a mi despacho para regalarme, además de un llamativo bolígrafo y unos tentadores bombones, una camiseta con un palíndromo embutido. “Sonríe, risa y así retratarte, risa y así reírnos”. Fue el primer regalo (al menos colectivo) que recibía yo en más de veinticinco años de docencia. Ese día terminó de caerse del todo mi escafandra de profesor distante que, unos meses antes, ya alguien me había empezado a arrancar de la cabeza. 

En el presente curso académico 2016-17, una buena parte de este maravilloso grupo de chicas y chicos encara su cuarto año de grado. Algunos se habrán quedado en el camino; otros aún transitarán por cursos inferiores, o incluso compaginarán asignaturas de diferentes cursos. Eso es lo habitual en la enseñanza universitaria, pues nadie dijo que fuera fácil y que todo se aprueba a la primera. La universidad exige sacrificio, y las circunstancias personales de cada cual marcan los ritmos. Da igual donde estén ahora. Me dirijo a todos aquellos que tuve enfrente, dentro del aula E.3.1 de la Facultad de Economía, Empresa y Turismo, entre septiembre y diciembre de 2013. 

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Sí, antes prefiero al PP porque reduce la varianza

Decían los viejos de antes que no se podía mezclar la leche con la fruta porque eran incompatibles. Pero vamos por partes. Vamos a hablar de Estadística y de pactos. El baile de acuerdos es más un tema estadístico que un puzle de aritmética política. Empecemos por unas breves nociones muy básicas de Estadística. 

Hay una frase maldita que trata de desacreditar a esta disciplina: “La Estadística dice que si tú te comes dos manzanas y yo ninguna, nos hemos comido una manzana cada uno”. La puñetera y reduccionista frase pretende simplificar e identificar toda la Estadística con la media aritmética. Efectivamente, la media de “cero” y “dos” es “uno”. Pero una media no significa nada si no va acompañada de otra medida que demuestre la existencia de poca dispersión, de poca varianza, de poco distanciamiento entre los datos. Pondré otro ejemplo más intuitivo. Si en una clase de dos alumnos, en un examen, uno de ellos saca un “cero” y el otro un “diez”, la nota media de ambos es “cinco”. Pero si en la clase de enfrente también hay dos alumnos, y ambos sacan un “cinco”, la nota media de ambos también es “cinco”. Ahora bien, este último “cinco” es una nota media muy representativa de sus calificaciones. En la primera clase, sin embargo, la media “cinco” no representa para nada las notas reales (cero y diez). Es lo mismo que lo de las manzanas.

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Cuando los celos te comen la cabeza

Quien haya leído algún artículo mío en este diario sabrá que no los escribo con mucha asiduidad. Soy de los que necesitan inspiración para escribir. A veces, un pequeño detalle al que, en condiciones normales, no le das más importancia de la que merece, puede convertirse en esa mecha que te da el impulso emocional para que una idea fluya. Hoy voy a hablar de los celos profesionales.

Soy profesor universitario e imparto Estadística. Hace unos días fue mi cumpleaños y, al entrar en un aula, mi alumnado del Grado en Turismo de la Universidad de La Laguna me sorprendió con una suelta de globos de colores y unos cánticos que perfumaron de embrujo el ambiente del recinto y agitaron mi alma. Luego, en otra aula, me esperaba una tarta con diez puñeteras velas que no obedecieron nunca a mis soplidos. Pues bien, el vídeo casero con las imágenes de los globos cayendo sobre mí, captadas con el teléfono móvil de una alumna, fue subido al Facebook y se hizo viral. No estoy seguro de lo que significa viral; no sé si es un concepto encorsetado matemáticamente, pero al menos, para mí, el hecho de que un simple vídeo de un profesor, entrando en clase y recibiendo la canción de Cumpleaños Feliz en colores, registre casi nueve mil reproducciones en unos días, me parece impactante. Por supuesto, ese inolvidable día me ha servido para leer cómo funcionan estas maravillosas promociones de jóvenes canarios.

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El profesor astronauta

Dicen que en la vida, en ocasiones, ocurre algo imprevisible que puede llegar a modificar de raíz tus parámetros y, con ellos, tu percepción. En los últimos años he tenido el privilegio de pasar en dos ocasiones por una experiencia así. La primera de ellas me impulsó a escribir novelas de intriga de un modo voraz. El otro cambio, del cual trata este artículo, es a nivel profesional. Hoy voy a hablar de profesores universitarios.

Soy un profesor universitario. Hasta hace tres años manejaba una teoría muy cómoda que me permitía vivir mi profesión de una forma simple, eficiente, rentable (tanto para mi alumnado como para mí), pero, quizá, sin alma; sin compromiso. Esa teoría la enunciaba así:

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El circo emocional

Tras una semana en la que, por fin, se le ha demostrado a la izquierda quién manda en Europa (con un presidente del Gobierno español que, al sonreír por la humillación griega, se come las orejas con sus labios), en plena euforia comunitaria y (¡por supuesto!) española producida por el aplastamiento del enemigo mediterráneo, llegó Él. Y con Él… el tormento.

De la alegría europeísta a la tragedia española en solo tres noticias de portada. La población, al recibir la comunicación de su marcha, fue presa de una consternación colectiva. Él, uno de nuestros últimos superhéroes, de nombre Iker Casillas, abandonaba el país para dejarlo en el más insoportable de los desamparos, en un umbral de inquietud comparable al despiadado intento golpista de 1981.

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