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Emilio Silva

Periodista y sociólogo. Activista por la memoria histórica.

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14 de abril: la Segunda República vista desde la lengua de una mariposa

Una vez recogidos los animales y cerrada la puerta de casa, el padre se sentaba a liarse un cigarrillo junto a la chimenea, la madre cosía con la tenue luz de las brasas dejándose la vista en no perder el hijo y el hijo pequeño sacaba de la cómoda el libro que les había correspondido, se sentaba junto al fuego y comenzaba a leerles una historia a sus padres. La imagen resulta inusual, pero fue muy real en miles de pueblos españoles en los que los cambios de la Segunda República, su esfuerzo en alfabetizar el país construyó ese momento histórico en el que los hijos de jornaleros analfabetos pudieron recibir instrucción pública y, una vez que sabían leer, acceder a alguno de los 600.000 libros que las misiones pedagógicas distribuyeron por más de 5.000 pueblos, donde apenas unos pocos señoritos eran propietarios de libros que no fueran la biblia.

La imagen de esos hijos contándoles cuentos a sus padres forma parte de la historia de uno de los proyectos pedagógicos más hermosos que se han desarrollado en la historia de la humanidad. Explica milimétricamente, además, lo que fueron los proyectos de transformación social de la Segunda República y todo el esfuerzo educativo que llevó a cabo para luego caer en ese agujero de la historia al que el fascismo arrastró a este país que estuvo durante casi veinte años de la dictadura sin construir un solo centro de enseñanza.

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El Ducado de Franco: honores a la impunidad en la democracia cautiva

El 2 de abril de 1939, un día después de la victoria, la portada del diario ABC mostraba un mapa de España con un esquema de la guerra de los fascistas contra el pueblo español, dividido en cuatro momentos: las provincias ocupadas el 18 de julio de 1936, las conquistadas hasta el 18 de julio de 1937, las "liberadas" a 23 de diciembre de 1938 y el final de la guerra. Era un mapa escolar, destinado desde ese mismo "Día de la Victoria", el 1 de abril, a formar el espíritu nacional que tendría en Franco a un digno heredero de los Reyes Católicos, cristianizando España y asesinando y expulsando infieles.

Ese Día de la Victoria fue de una enorme actividad propagandística. Franco era felicitado por autoridades internacionales. El Papa Pío XII se apresuró enviando un telegrama al Caudillo, en el que decía: "Levantamos nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente con V.E. deseada victoria católica España. Hacemos votos porque este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas y cristinas tradiciones" (sic).

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La desmemoriada ley de la memoria

A principios de diciembre de 2004, Isabel González entró en las dependencias del Palacio de la Moncloa para acudir a una reunión con los representantes de la Comisión Interministerial que iba a elaborar la ley de la memoria histórica. Isabel llegaba desde la localidad leonesa de Palacios del Sil y buscaba a un hermano desaparecido. Casi sesenta años antes había acudido a la Sociedad de Naciones para denunciar allí las desapariciones de la represión franquista, porque ella buscaba a su hermano Eduardo y a uno de sus cuñados.

Isabel acudía a aquella reunión como parte de la representación de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), el colectivo que en el año 2000 había llevado a cabo la primera exhumación científica de desaparecidos de la dictadura fascista del general Franco y había abierto ante la ONU el caso de las personas desaparecidas en España.

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¿Debe contrastar la Fiscalía la declaración del presidente Mariano Rajoy como testigo en el juicio de la Gürtel?

En su comparecencia como testigo de una "separata" del juicio de la trama Gürtel, el presidente Mariano Rajoy fue preguntado por el abogado de la acusación, Mariano Benítez de Lugo en los siguientes términos [ aquí, la transcripción completa]: M.B. ¿Dirigió o no dirigió alguna campaña electoral aparte de la que nos ha comentado del señor Aznar?

R. Dirigí la campaña electoral de 1994, elecciones europeas; la de 1995, elecciones municipales y autonómicas; 1996, elecciones generales, y la del año 2000, elecciones generales. En los tres primeros casos estaba trabajando en Génova como vicesecretario y en la última estaba en el Gobierno, pero durante un mes y medio compaginé la labor en el Gobierno con la dirección de la campaña del año 2000. Por tanto, la última vez que dirigí una campaña fue hace 17 años largos, 1990 [se equivoca, quiere decir 2000].

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España: es hora de acabar con el apartheid de las víctimas de la violencia

Primero lo secuestraron y lo detuvieron ilegalmente. Sus captores lo torturaron porque era parte del castigo que pretendían infringirle. Lo habían elegido por su militancia política y no iban a tener ni la más mínima contemplación con él ni con su familia. Las armas todavía calientes, acostumbradas a las distancias cortas, a no dudar al apuntar, a mirar a los ojos a la persona a la que estaban a punto de arrebatarle la vida.

Después de mantenerle retenido, lo sacaron con los ojos vendados y no era por protección de los verdugos, porque no sobreviviría para delatarles. Era una forma más de aumentar su sufrimiento. Finalmente, junto a unos árboles, le dispararon dos tiros en la cabeza y allí dejaron su cuerpo agonizante.

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Elecciones de 1977: el formateo de una democracia incompleta

Cuando el 19 de noviembre de 1933 se abrieron los colegios electorales para recoger los votos de unas elecciones generales, había una novedad trascendental entre el electorado: mujeres. Aquellos comicios fueron los primeros que se celebraron en España con sufragio universal, nuestras primeras elecciones generales democráticas. En la portada del ABC del 22 de noviembre de ese año puede verse una foto de cuatro mujeres junto a una urna, acompañadas de un titular que dice: "El enorme triunfo de las derechas y la actuación electoral de la mujer". Así fue la Segunda República, un periodo democrático con victorias electorales de ideologías diferentes y participación sin restricciones de género.

La muerte del dictador Francisco Franco abrió un proceso en el que se podía recuperar la democracia y las élites franquistas decidieron ocultar que nuestro país ya había hecho la transición durante los años treinta del siglo pasado. Se trataba de seguir escondiendo que el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 asesinó una democracia, y de apartar del debate político la posibilidad de volver a ser un estado republicano. Por eso la academia y los medios de comunicación bautizaron el proceso como una transición, como si fuera la primera vez que nuestra sociedad se disponía a acercarse con una papeleta en la mano a unas urnas democráticas. El segundo objetivo era preparar una asociación entre el regreso de la monarquía y el inicio de la democracia, una forma de consolidar la jefatura del Estado de Juan Carlos de Borbón y escenificar una estrenada lejanía de sus estrechos vínculos con el dictador.

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Juan Luis Cebrián en el país de los demócratas franquistas

Cuenta Juan Luis Cebrián, en una entrevista publicada por el diario El Mundo, escrita por Cayetana Álvarez de Toledo, que tuvo que aceptar el cargo de director de informativos de la televisión franquista porque Jesús de la Serna, su director en el diario Informaciones, le dijo que "no tenía más remedio". Lo cuenta Cebrián cuando el periodista ya no vive y sirve para decir que no quería pero le obligaron.

Recuerda un poco al relato con el que Felipe González explicó por qué no pudo reparar a las víctimas de la represión franquista como hubieran merecido. En el libro El futuro no es lo que era (2002), una larga conversación entre González y Cebrián, el expresidente del Gobierno aseguraba que antes de llegar a La Moncloa el general Gutiérrez Mellado, el militar con mejor imagen de la transición por su actitud el 23F, le pidió que no removiera nada relacionado con las víctimas de la represión franquista porque "todavía quedan rescoldos encendidos". Cuando el libro fue impreso el general ya no vivía y no existía posibilidad de ratificar aquella información.

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18 de julio, ¡nunca más!

El 23 de septiembre de 1939, el dictador Francisco Franco dictó una ley que consideraba “no delictivos determinados hechos de actuación político social cometidos desde el catorce de abril de 1931 hasta el dieciocho de julio de 1936”. En el artículo primero se dice: “Se considerarán no delictivos los hechos que hubieran sido objeto de procedimiento criminal por haber sido calificados como constitutivos de cualesquiera los delitos contra la constitución, contra el orden público, infracción de las Leyes de tenencia de armas y explosivos, homicidios, lesiones, daños, amenazas y coacciones y de cuantos con los mismos guarden conexión, ejecutados desde el catorce de abril de mil novecientos treinta y uno hasta el dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis, por personas respecto de las que conste de modo cierto su ideología coincidente con el Movimiento Nacional y siempre que aquellos hechos que por su motivación político-social pudieran estimarse como protesta contra las organizaciones y el gobierno que con su conducta justificaron el Alzamiento”.

En esa ley esta condensada la vulneración de la legalidad, considerando lícito el terrorismo de extrema derecha que llevó a cabo una incesante actividad para socavar la legitimidad de la Segunda República mediante la inestabilización. Reconocía como beneficiosas las actuaciones contra la Constitución de 1931, la primera en el mundo que recogía como propio el derecho humanitario elaborado por la sociedad internacional hasta la época. Aquel hubiera sido el inicio de una cultura de los derechos humanos que después de cuarenta años de dictadura y cuarenta de democracia sigue siendo una de nuestras enormes carencias.

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La impunidad es una materia dura y abundante en el subsuelo de nuestra democracia

El 30 de agosto se conmemora en el mundo el Día Internacional de los Desaparecidos. En España hay todavía 114.226 mujeres y hombres, asesinados por la represión franquista, que no han recuperado su identidad y que son buscados por sus familias. Nuestra convivencia normalizada con esa realidad es consecuencia de la hegemonía de unas élites que no podían buscar su legitimidad en la lucha contra la dictadura y han tratado de construirla en el entorno de las víctimas del terrorismo. Para eso era necesario invisibilizar el franquismo y narrar la historia reciente como si lo inmediatamente anterior a la transición hubiera sido la guerra civil.

Aeropuerto de Barajas, 26 de noviembre de 2013. Un grupo de personas de diferentes edades se va reuniendo frente al mostrador de una compañía aérea. Se saludan, se abrazan y empiezan a conversar. El círculo va creciendo y de pronto todos reaccionan cuando llega una mujer mayor, que esboza una enorme sonrisa que se congela en su rostro cuando su hija, después de saludar, enuncia que la madre va a cumplir 89 años en pleno vuelo.

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Presidentes españoles: defender los derechos humanos fuera y lejos

Felipe González se hace abogado defensor de dos opositores detenidos en Venezuela. Cuando llegó por primera vez a la presidencia del Gobierno, en 1982, promovió la creación en el Senado español de una comisión encargada de estudiar la situación de las personas desaparecidas de nacionalidad española en las dictaduras. Poco tiempo antes de esas elecciones, participó en un acto político en una fosa común en la localidad jienense de La Carolina, pero las personas desaparecidas del franquismo estuvieron desaparecidas de su agenda política de todas las legislaturas en las que gobernó.

José María Aznar tardó unas pocas horas en apoyar la iniciativa de González, apuntándose a declarar a Venezuela como la vanguardia del eje del mal. Unos años antes se había apuntado a promover con la misma premura a una guerra que causó decenas de miles de muertes civiles. Sus argumentos: unas inexistentes armas de destrucción masiva y su irrefrenable necesidad de derrocar dictadores, en ese caso Sadam Huseín. No pasaba lo mismo con Francisco Franco; el Gobierno de Aznar financió dos años con dinero público la fundación del dictador ferrolano y él mismo, en el verano de 2003, declaró ante decenas de periodistas que leería en sus vacaciones un best seller del neofranquismo que justificaba el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y de cuyo nombre es mejor no acordarse.

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