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Francesc Trillas

Es en la actualidad Profesor del Departamento de Economía Aplicada de la Universitat Autónoma de Barcelona, e investigador del Centro Sector Público-Sector Privado del IESE y del Institut d’Economia de Barcelona. Es Doctor en Economía por el Instituto Universitario Europeo de Florencia, donde defendió su tesis doctoral en diciembre de 2000. Con anterioridad a su carrera académica, fue concejal del Ayuntamiento de Barcelona entre 1991 y 1995. Posteriormente a su etapa doctoral, fue investigador en la Regulation Initiative de la London Business School hasta 2002. En 2008 fue Visiting Scholar del Departamento de Economía de la Universidad de California-Berkeley. Ha publicado en varias revistas internacionales y está especializado en economía de la regulación, micro-economía aplicada y aspectos políticos e institucionales de la economía. Es autor del blog Progreso Real.

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Fútbol, economía y ciencia

El fútbol globalizado nos ilustra algunos de los fenómenos más interesantes de la economía moderna, como el rol de las instituciones formales e informales que interactúan con los mercados, las normas culturales que influyen en las decisiones colectivas, y el alcance de la racionalidad humana. Creíamos que sabíamos cosas al respecto antes de la Copa del Mundo de Rusia, pero hemos seguido aprendiendo con ella, en algunos casos confirmando y en otros matizando o casi desmintiendo lo que considerábamos nuestra sabiduría acumulada. 

El fútbol tiene una cara oculta y mostramos una gran benevolencia con algunos de sus protagonistas, incluso cuando tienen una proximidad inquietante con esta cara. Por esa benevolencia hemos tolerado y aplaudido un espectáculo concebido y desarrollado a mayor gloria de, y haciéndole el juego a, Vladímir Putin, el autócrata protagonista de The Road to Unfreedom, la última denuncia del historiador Timothy Snyder, discípulo de Tony Judt, sobre los intentos de la nueva oligarquía rusa por sembrar de inestabilidad las democracias que creíamos consolidadas.

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La Teoría de la Elección Social tras el referéndum del Brexit

En los últimos tiempos han tenido lugar plebiscitos como los de Crimea, el Brexit o Colombia, y asistimos a la presencia sonora en el debate político de propuestas para celebrar referéndums de secesión (por ejemplo en Cataluña o en la parte serbia de Bosnia-Herzegovina) o para salir del euro o de la UE. Las dudas y dilemas que plantean estos mecanismos de decisión sugieren a mi juicio la imperiosa necesidad de divulgar algunos análisis académicos sobre la agregación colectiva de preferencias inspirados en la Teoría de la Elección Social. Estos análisis están hasta cierto punto resumidos en la nueva edición expandida del libro clásico del Premio Nobel de economía Amartya Sen.

La lectura de las reflexiones actualizadas de Sen y su relación con el instrumento referendario, así como la experiencia histórica reciente, subrayan la utilidad de algunos de los mensajes fundamentales de la Teoría de la Elección Social para afrontar los debates y la toma de decisiones que rodean a la cuestión catalana, por citar sólo la que nos resulta más cercana de entre las de naturaleza similar.

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El 9-N y la manipulación política

Independientemente de la sustitución de una consulta con marco legal escrito por un evento participativo sin él, la dimisión del profesor Quim Brugué como miembro de la Comisión de Control de la consulta del 9 de Noviembre, argumentando que esta consulta carecía de garantías democráticas, ha puesto de manifiesto algo que varios observadores vienen apuntando desde hace tiempo: la manipulación de la democracia que encubre una campaña que se hace en nombre de ella. Un aspecto de esta manipulación, aunque no el único, es cómo se pretenden convertir en preferencias de un pueblo (de un colectivo) las preferencias individuales reales de sus miembros.

Pau Marí-Klose fue el primero que analizó la posible consulta a la luz de la teoría de la elección social, en Agenda Pública. Puso un ejemplo numérico en que dadas tres opciones posibles, la votación entre pares de estas opciones no da lugar a una elección estable: el ganador depende de qué dos opciones se comparan o del orden con que se comparan. En su ejemplo, aunque el federalismo ganaría a la independencia, ésta ganaría al status quo. Creo que cuando Marí-Klose escribió su artículo, aún no se conocía la pregunta encadenada que acordaron los partidos pro-consulta. Por otra parte, en el ejemplo de este sociólogo, cuando se preguntaba entre status quo y modelo federal, una mayoría, por poco, prefería el status quo. Este detalle es el que daba lugar a unas preferencias colectivas inestables, que dependían de qué se preguntaba exactamente. Marí-Klose ilustró su idea con seis grupos de votantes, pero creo que con tres es suficiente, como se hace en la tabla 1 (que utilizaré posteriormente a efectos comparativos). En ella realizo pues el supuesto de que hay tres grupos de votantes que se dividen a partes iguales. Para simplificar, llamémosles independentistas, federalistas y españolistas, aunque insisto en que es un supuesto simplificador, puesto que no creo que ninguna sociedad europea del siglo XXI pueda describir su diversidad reduciéndola a tres grupos disjuntos. Supongamos un ránking para cada tipo de votante entre las opciones I, E y F (por independencia, estabilidad y federación) como el que aparece en la tabla. Como los tres grupos tienen igual tamaño, no perdemos generalidad si decimos que cada grupo tiene un voto. En tal caso, en votaciones donde se comparan dos opciones, vemos que F le gana a I por dos votos a uno, que I le gana a E también por dos a uno, pero sin embargo (rompiendo la transitividad colectiva), F no le gana a E, sino que E le gana a F por dos a uno. Es una paradoja que conocen los buenos estudiantes de economía y de ciencia política (la paradoja de Condorcet): en algunos casos, las preferencias individuales transitivas (es decir, que cada individuo puede ordenar en un ránking) pueden dar lugar como en este caso a preferencias colectivas no transitivas, es decir, que no se pueden ordenar de forma estable, generándose ciclos y por consiguiente otorgando mucho poder a quien controle la agenda política. Es un ejemplo de las dificultades inherentes a las decisiones colectivas, que Kenneth Arrow generalizó en el Teorema de la Imposibilidad que lleva su nombre: no es viable un sistema de reglas democráticas que cumpla con satisfacción varios criterios deseables a la vez. Muchos problemas en democracia, como éste, no tienen una solución fácil, lo que parecería desaconsejar el tono tajante que en ocasiones utilizan algunos analistas. Quien diga que este problema tiene una solución perfecta o única, miente o ignora aspectos básicos de la sabiduría acumulada.

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El futuro económico de Escocia, visto desde Cataluña

Si se lee en algún titular que la independencia producirá una ganancia o una pérdida de tantos euros per cápita (habitualmente una cifra redonda), hay que desconfiar de todo lo que viene a continuación, como hemos señalado en el libro “Economia d’una Espanya plurinacional”. Presentar un número mágico es exactamente lo contrario de lo que hace Gavin McCrone en su fantástico libro sobre las implicaciones económicas del futuro constitucional de Escocia, "Scottish Independence. Weighing Up the Economics".

Los ejercicios sobre los aspectos económicos de la independencia que concluyen con un número mágico pecan de dos defectos fundamentales:

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¿Es de mala educación hablar de la desigualdad?

Cuando el Movimiento Occupy popularizó el lema "Somos el 99%", muchos de nosotros pensamos que la idea de que las desigualdades de ingresos y de riqueza estaban aumentando de manera injusta y peligrosa era algo que nadie decente se atrevería ya a discutir. Estábamos equivocados, porque el economista norteamericano Gregory Mankiw, entre otros, ha argumentado recientemente que a su juicio no existe nada de injusto ni de peligroso en el aumento de las desigualdades. El lema mencionado popularizó el trabajo de economistas como Thomas Piketty y Emmanuel Saez, que habían utilizado datos de los registros de impuestos sugiriendo que el crecimiento económico en las últimas décadas había beneficiado desproporcionadamente a los segmentos más ricos (el 1%) de la sociedad. Esta evidencia, junto con la de que la movilidad económica a través de las generaciones es menor de lo que se había supuesto históricamente, y junto con el hecho de que la crisis económica estaba golpeando especialmente duro a los sectores más vulnerables de la sociedad en la periferia de Europa, parecía lo bastante incontrovertible como para que los pensadores y comentaristas conservadores prefirieran mirar a otra parte y tratar de distraer a la opinión pública con alguna otra dimensión política (como el nacionalismo o la religión, o la búsqueda de chivos expiatorios). Los libros de Thomas Piketty ("Le capital au XXIe siècle"), Branko Milanovic ("The Haves and the have-nots") y Angus Deaton ("The Great Escape") sobre la desigualdad, describieron los peligros de la desigualdad para la democracia, y confirmaron el diagnóstico de los artículos de revistas académicas: los "occupiers" tenían razón en movilizarse entorno a este tema. El debate parecía cerrado.

Las posibles razones para el aumento de la desigualdad en la mayoría de países de la OCDE incluyen la globalización, la tecnología, la desregulación, la ideología, la captura de la política y factores institucionales, como la reducción de la cobertura de los sindicatos. Mientras que la desigualdad de ingresos de mercado aumentó en las últimas décadas en muchos países, la redistribución a través de impuestos/transferencias se hizo menos eficaz, probablemente debido a la movilidad internacional del capital.

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Cataluña y el declive del Estado-nación

Los costes y beneficios de la secesión de una región relativamente rica como Cataluña no pueden desvincularse de la cuestión del federalismo europeo. Por federalismo europeo me refiero aquí a la adopción de mecanismos de decisión comunes y democráticos (y no tecnocráticos) aplicados a una selección de políticas, en la línea de la propuesta de una cámara presupuestaria para los países de la zona euro de Thomas Piketty. Eso implicaría eliminar de facto las fronteras a los efectos de estas cuestiones.

Un artículo escrito por el economista Rodríguez Mora y sus co-autores ilustra el "efecto frontera" en el comercio internacional: si Cataluña se separase y se crease una nueva frontera, los intercambios con el resto de España descenderían a un nivel similar al de Portugal con España. En este artículo se calcula que el coste de esta disminución del comercio podría alcanzar el 9 % del PIB, que es más que el déficit fiscal que Cataluña supuestamente dejaría de sufrir respecto al resto de España. También encuentran que el efecto frontera es en general considerable entre pares de países europeos, incluso en el contexto del mercado único y la unión monetaria.

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El objetivo de la socialdemocracia: progreso sostenible

En un momento de incertidumbre política y económica, especialmente en Europa, es útil reivindicar la tradición política que ha proporcionado un mayor bienestar a más personas por un periodo de tiempo más largo: la socialdemocracia. Esta reivindicación está incluida en un trabajo reciente realizado por mí mismo junto a Carles Rivera y Javier Asensio para la Fundación Rafael Campalans y la Secretaría de Economía del PSC. Las experiencias de Gobierno socialdemócratas en los países del norte y centro de Europa son las más exitosas de la historia en términos de prosperidad compartida. De acuerdo con las palabras del historiador Tony Judt en su último libro, The memory Chalet, la socialdemocracia no es sólo una lista de políticas del Gobierno, sino también un conjunto de valores que son los mejores para navegar por una sociedad globalizada e incierta. Parece una paradoja que las organizaciones socialdemócratas tengan dificultades electorales en muchos países, a la vez que las alternativas (el capitalismo desrregulado, el comunismo) han suspendido claramente el test de la práctica de Gobierno.

La reivindicación de la socialdemocracia también se encuentra en los documentos aprobados por la Conferencia Política del PSOE del pasado fin de semana, con una apuesta clara por el reformismo igualitarista, que debe ser motivo de celebración. A mi juicio, esta apuesta debería complementarse con una reflexión autocrítica sobre por qué el socialismo español fue incapaz en su última etapa de Gobierno de plantear y dar continuidad a un proyecto de progreso sostenible al no frenar la “enfermedad holandesa” asociada al boom de la construcción, apostar por decisiones fiscales regresivas y verse obligado a abrazar acríticamente las propuestas que venían impuestas desde fuera por los mercados financieros (que eran los causantes en primer lugar de la crisis financiera global).

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¿Por qué debe preocuparnos la presencia de expolíticos en las grandes empresas privadas?

Recientemente la revista liberal The Economist publicó un artículo argumentando que la influencia de las grandes empresas en la esfera política era excesiva. El nombramiento de personas con un pasado político o con claras conexiones políticas en el consejo de administración de las empresas privadas es potencialmente uno de los instrumentos que éstas tienen para influir en las decisiones que les afectan. Por supuesto, puede argumentarse también que algunos antiguos responsables políticos tienen otras habilidades además del acceso a los canales de decisión gubernamental. Pero la presencia de personal político en los consejos de administración de las grandes empresas privadas ha pasado a ser un motivo de preocupación respecto al funcionamiento de nuestras democracias y también de nuestras empresas.

Se ha documentado mediante evidencia empírica sistemática la amplitud del fenómeno en países tan distintos como Indonesia, Alemania (históricamente en la época de Hitler y contemporáneamente), Francia, o Estados Unidos (analizando entre otras la evolución de las empresas conectadas con el exvicepresidente Cheney y las conectadas con el exsecretario del Tesoro Geithner). El fenómeno tiene una enorme amplitud y se presenta en países tanto desarrollados como en vías de desarrollo.

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