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Ignacio Sánchez-Cuenca

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A vueltas con la Transición

Con motivo de los problemas políticos y económicos que está atravesando España, vuelve a hablarse con insistencia de Transición; de la primera, la de 1977, para atribuirle algunos de los pecados originales que están en la base de nuestro sistema, pero también de una fantasmal segunda que tendría que producirse en algún momento para poner al día el entramado institucional y económico del país. De la “segunda transición” ya escribió José María Aznar en un lamentable libro propagandístico publicado en 1994, cuando estaba a las puertas del poder. Resulta difícil entender que con ese antecedente se retome ahora la expresión. En general, cuando se habla de transición política se hace para referirse a un cambio de régimen. No creo, sin embargo, que quienes propugnan la segunda transición estén pensando en un régimen no democrático. Más bien, al usar el término “Transición” parece que se quiere indicar que algunas tareas quedaron pendientes o mal resueltas en los albores de nuestra democracia. 

Es verdad que la Transición no fue como la han contado muchos de sus protagonistas y apologetas, pero, a mi juicio, tampoco es la causa de nuestros males actuales. En la versión canónica, la Transición española se presenta como un modelo a seguir, pues constituye un caso de democratización exitosa, sin derramamiento de sangre y caracterizado por grandes acuerdos entre las fuerzas políticas. Vale la pena repasar hasta qué punto fue así.

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¿Se puede apoyar un referéndum de secesión sin ser independentista?

Hay un error muy extendido en el debate público sobre la demanda de secesión por parte de importantes partidos políticos y asociaciones civiles de Cataluña. En esencia, el error consiste en confundir los deseos de las partes con los procedimientos que deben seguirse para resolver civilizadamente el conflicto, desde parámetros democráticos. Esa confusión resulta evidente: quienes abogan por el referéndum lo hacen porque están a favor de la independencia; creen que una consulta es el mejor instrumento para conseguir sus objetivos. En cambio, quienes rechazan el referéndum rechazan también la independencia; piensan que si no hay  referéndum, la demanda de separación no podrá prosperar. En ambos casos, las razones para promover o evitar el referéndum son razones interesadas, derivadas de las preferencias y proyectos políticos que cada parte abraza.

Lo lógico, sin embargo, es dar un paso atrás y contemplar el conflicto desde un punto de vista “apartidista”, fijándonos solamente en lo que hay en juego desde un punto de vista democrático. Si cambiamos el plano de análisis y nos situamos en el terreno de los principios democráticos, lo que nos encontramos es una demanda que parece gozar de un amplio apoyo ciudadano en Cataluña, aunque no podemos estar seguros, a partir de la asistencia a manifestaciones y de las proclamas de ciertos partidos, de cuán grande es dicho apoyo. Sabemos que un asunto como la independencia despierta pasiones políticas y genera polarización en la sociedad. Y, además, no se trata de un asunto que pueda ventilarse únicamente en Cataluña, pues tiene consecuencias de todo orden para el resto de España.

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