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Jesús A. Núñez

Economista y militar (retirado). Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

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El príncipe heredero saudí lanza una nueva purga interna y una guerra de precios de petróleo para consolidar su poder

A Mohamed bin Salman (MbS) le han vuelto a entrar las prisas. Con la clara intención de garantizar su sucesión al trono que su debilitado padre, Salman bin Abdulaziz, ostenta desde 2015, el flamante príncipe heredero ha dedicado el pasado fin de semana a dar dos golpes más sobre la mesa que se explican en esa clave.

Por un lado, ha vuelto a lanzar (aunque sea su padre quien ha firmado las órdenes) una purga contra posibles rivales para acceder al trono. De un solo golpe, y como continuación a la que realizó en noviembre de 2017 –cuando encerró en el lujoso hotel Ritz-Carlton a decenas de príncipes, altos cargos y empresarios–, ha detenido a figuras tan destacadas como los príncipes Ahmed bin Abdulaziz, hermano del actual monarca y principal crítico interno a MbS; Nayed bin Ahmed bin Abdulaziz, hijo del anterior y hasta ahora jefe de las fuerzas terrestres; Mohamed bin Nayef, desplazado por el propio MbS como heredero en junio de 2017; y Nawaf bin Nayef, hermano menor del anterior. Todos ellos han sido acusados de estar perpetrando un golpe de Estado en contacto con actores extranjeros sin identificar.

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Los resultados de las elecciones en Irán añaden más ingredientes de tensión al conflicto con EEUU

Ni retrasando cinco horas el cierre de los colegios electorales ni apelando al voto como un deber religioso ha logrado el tándem Jamenei-Rohaní convencer a los 58 millones de potenciales votantes a acercarse a las urnas.

Y el resultado de esa apatía por parte de una sufrida ciudadanía es la participación más baja desde 1979 (un 42,56%, 20 puntos menos que en las de 2016, mientras en Teherán se registró un raquítico 25,4% –dando credibilidad al Ministerio de Interior–). Y el caso es que lo ocurrido no constituye ninguna sorpresa ni sirve de disculpa, como ha pretendido el régimen, apelar al creciente temor por los efectos del coronavirus (que ya ha provocado 12 muertos, según el ministerio). Las razones de esta apatía vienen de mucho más atrás.

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Cuatro argumentos que demuestran que ni Trump ni Netanyahu buscan la paz en Palestina

Tras seis guerras y dos intifadas en los últimos 72 años resulta tan claro que los palestinos no van a conseguir (ni solos ni con la ayuda, cada vez más cuestionable, de países árabes) vencer por la fuerza a los israelíes como que estos últimos tampoco lograrán, a pesar de sus repetidas victorias en el campo de batalla, anular la capacidad de resistencia de los primeros.

Como enseñan tantos otros conflictos de larga duración, cuando se llega a ese punto se impone la necesidad de sentarse a negociar, habitualmente con la ayuda de mediadores creíbles para, rebajando los planteamientos maximalistas de cada bando, encontrar un punto de equilibrio que permita mirar hacia adelante.

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Qué pretende Erdogan con la intervención militar en Libia

Si no fuera por la tragedia que conlleva, la decisión del Parlamento turco de aprobar el despliegue de tropas en Libia podría verse, en clave cómica marxiana, como el culmen de la entrada de actores en el atestado camarote en el que se encuentran los más de seis millones de libios atrapados en el conflicto desde 2011.

Además, nada apunta a que esa medida, que establece un mandato de un año para añadir tropas sobre el terreno a los drones, armas y asesores que Ankara ha aportado al conflicto desde el pasado verano, vaya a servir para poner fin a la violencia.

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Cruce de caminos en las elecciones de Argelia

Diez meses después del arranque de un proceso de movilización ciudadana que hizo visible el hartazgo de buena parte de los 41 millones de argelinos con un sistema de poder no solo anacrónico sino también corrupto y antidemocrático, Argelia ha llegado a unas elecciones presidenciales que se pueden ver cómo el punto en el que se han cruzado dos caminos divergentes. Así, la victoria del ex primer ministro Abdelmadjid Tebboune, con el 58,15% de los votos, será vista por unos como la confirmación de su visión lampedusiana, mientras que para otros solo quedará como un intento fracasado de parar las ansias de cambio de la ciudadanía.

Por uno de esos caminos transita le pouvouir, una amalgama de facciones malavenidas, a cuyo frente destacaba hasta hace muy poco el hermanísimo, Said Buteflika, sustituido ahora por el jefe del Estado Mayor, Ahmed Gaid Salah, los prebostes de las empresas públicas y los principales dirigentes del Frente de Liberación Nacional y la Reagrupación Nacional para la Democracia. Incapaces de consensuar un relevo al decrépito Abdelaziz Buteflika –lo que probablemente les habría evitado enfrentarse a la situación actual–, volvieron a ser los uniformados, encabezados por el ya citado Gaid Salah –más conocido como "Sargento García", como parodia sarcástica de un personaje televisivo de escasas luces–, los que tomaron las riendas del proceso.

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Supercopa en Arabia Saudí, dinero en caja sin complejos

Hay ocasiones en las que el poder del dinero es tan visible que, como ha ocurrido al darse a conocer que la Supercopa de España de fútbol se va a celebrar en Arabia Saudí, casi sobra cualquier explicación. Pero dado que los dirigentes de la Real Federación Española de Futbol (RFEF) se han empeñado en añadir el insulto a la desvergüenza, parece necesario salir al paso de los forzados argumentos que han utilizado para "vender" a la opinión pública su decisión de celebrar dicha competición en suelo saudí durante los próximos tres años.

Así, en su afán por responder a las críticas que inmediatamente han surgido por tratar con uno de los regímenes más desacreditados del planeta, han considerado que se trata de "opiniones creadas". Como si no fuesen hechos sobradamente contrastados que en Riad se localiza el más rigorista ejemplo del islam suní (el wahabismo), que, por un lado, niega derechos no solo a las mujeres sino al conjunto de unos súbditos educados obligatoriamente en la sumisión total al gobernante (por muy arbitraria que pueda ser su conducta) y, por otro, está en la base misma del salafismo y el yihadismo que tantos dolores de cabeza sigue produciendo de la mano de Al Qaeda, Dáesh y tantos otros grupos terroristas. Como si no fuera cierto que Arabia Saudí es uno de los más preocupantes ejemplos de violación sistemática de los derechos humanos y uno de los principales ejecutores de penas de muerte. Como si no existiesen casos tan macabros como el del periodista Jamal Khashoggi o tan brutales como el recurso a la fuerza generalizado en el conflicto de Yemen, donde la crisis humanitaria se añade a la barbarie de una campaña militar para la que no se adivina final. O como si, en definitiva, no destacara la satrapía saudí, primera importadora de armas a nivel mundial, entre los regímenes menos interesados en promover los valores democráticos.

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Cómo queda cada actor involucrado en la guerra siria tras la operación de Turquía

Mucho han cambiado las cosas en Siria desde que, a principios de 2011, comenazaron las movilizaciones ciudadanas contra un régimen que, para entonces, ya había perdido el limitado impulso reformista que supuso la entrada en escena de Bashar el Asad (2000). Cientos de miles de muertos después y con Al Asad sintiendo que el tiempo ya corre a su favor, la operación militar turca supone la confirmación simultánea de varios cambios que acaban situando a cada actor implicado en su lugar. Así:

Turquía ha ido girando desde una posición que apuntaba directamente a la caída de Al Asad, tras su desaire a Recep Tayyip Erdogan (cuando este último le aconsejó llevar a cabo reformas para frenar las movilizaciones), a otra en la que se vislumbra ya un futuro entendimiento, una vez más a costa de los kurdos. Su ofensiva militar (la tercera desde el inicio de la guerra) no es ningún manantial de paz (así se denomina la operación) para los seis millones de habitantes de las provincias del noreste sirio ni pretende crear una zona segura.

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Algo se remueve en Egipto entre la represión y la corrupción

Sabe que cuenta con el apoyo explícito de Donald Trump ("es mi dictador favorito"), incluyendo la tradicional ayuda de 1.300 millones de dólares anuales. Sabe también que las cancillerías occidentales lo ven, como mínimo, como un mal menor para frenar un islamismo político que sienten como la encarnación del mal; lo que se traduce en mirar para otro lado ante sus excesos mientras mantenga la paz con Israel y el canal de Suez abierto.

Es consciente igualmente de que cuenta con el interesado apoyo de Emiratos Árabes Unidos y de Arabia Saudí para paliar los efectos más negativos de una política económica marcada por el FMI, en la que florece la corrupción y en la que los militares aumentan sus ganancias y privilegios. Pero, aun así, Abdelfatah al Sisi no puede ocultar su nerviosismo ante las movilizaciones que tuvieron lugar el pasado fin de semana en varias ciudades egipcias.

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Elecciones en Túnez, el país que se salvó del abismo tras la primavera árabe

Túnez lleva jugándosela desde hace tiempo y las elecciones presidenciales del próximo día 15 no son más que una nueva prueba en el difícil camino hacia una democracia que todavía no está consolidada. Frente a la tentación fácil de resaltar únicamente los desafíos y las asignaturas pendientes para llegar a ese punto, conviene al menos recordar lo ya hecho hasta aquí y valorar en su justo término un proceso que, en términos comparativos, sigue siendo hoy excepcional en el mundo árabe.

Mirando a sus vecinos es inmediato constatar que ni ha caído en el abismo que caracteriza a Libia, Siria o Yemen, ni tampoco se ha visto raptado por unos militares golpistas como los que encabeza el presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi. Por otro lado, ha logrado integrar plenamente en el juego político al islamismo del Partido Ennahda, hasta el punto de que no solo va a presentar por vez primera a un candidato propio, Abdelfatah Mourou, sino que desde 2016 está realizando un giro estratégico que pone su carácter de partido conservador de amplio espectro por delante de su perfil tradicional de movimiento fundamentalmente religioso.

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Del Open Arms al Ocean Viking y mucho más allá

El espectáculo ha sido tan deplorable que el momentáneo alivio por la noticia del desembarco de los desesperados que todavía quedaban en el Open Arms no alcanza para suavizar el bochorno y pensar que a partir de aquí las cosas van a ser diferentes. Aunque en realidad, tras años de acumular tantos episodios con fuerte carga teatral por parte de diferentes responsables políticos de los todavía veintiocho (¿cuántos "nunca más" llevamos contabilizados?), tampoco deberíamos asombrarnos por lo visto en estos 19 días.

Cualquier análisis sobre lo que los países miembros de la Unión Europea (UE) hacen en este terreno debe entender que la política migratoria sigue siendo un asunto nacional -sometido, por tanto, a los vaivenes electoralistas de la política local- y que, en términos comunitarios, las bases principales se acordaron ya en Tampere en 1999, fijando como objetivos prioritarios garantizar el control de las fronteras propias y reducir (cabría añadir "por cualquier medio") los flujos de desesperados que llaman a las puertas. Y es en función de ese mantra como se entiende tanto el cada vez más visible sesgo securitario de sus respuestas, como el aumento de las competencias y recursos de Frontex, la asistencia técnica a los servicios policiales de nuestros vecinos para que, a su manera, filtren a quienes se dirijan hacia la UE o la presión para que readmitan a los que ya han entrado en el supuesto paraíso europeo. Por el camino se ha perdido no solo el respeto escrupuloso de la ley internacional, sino la atención a las normas éticas más básicas que se le presuponen a cualquier ser humano.

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