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José M. Portillo

Historiador, profesor de la Universidad del País Vasco. Entre el año 2000 y el 2013, por salir de la lista del carnicero de ETA, enseñó en universidades de España, Estados Unidos, México y Colombia. 
Ahora enseña de nuevo en la Facultad de Letras de Vitoria y reparte el tiempo entre el ensayo y la novela. Tanto deambular le ha llevado al convencimiento de que la Historia no es nada si no está en el camino.
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¿Somos un gran país?

Exaltación nacionalista en Madrid. Con vestido de ciudadanía, en el acto convocado por el partido naranja para mayor gloria de su líder, la sobredosis de nacionalismo eclipsó hasta la nulificación cualquier atisbo de discurso de la ciudadanía. Estamos asistiendo al nacimiento de un 'peneuve' o una 'ciu' de España. Ciudadanos clona el modelo, a la vista está que exitoso en Cataluña y Euskadi, y lo manipula genéticamente para dar como resultado el nuevo partido nacionalista que, como manifestó el líder en ese acto, España necesita. Para ello mezcla a dosis iguales un discurso muy simple de la igualdad (“en España no veo más que españoles”) y una frase recuperada del aznarismo (que aplaude con las orejas) acerca de lo grande que es esta nación española.

La cuestión, en mi opinión, es precisamente si necesitamos un partido nacionalista español, por muy moderno que sea el envoltorio (también lo es, y de primera, el del nacionalismo a la Puigdemont). ¿Es realmente la mejor manera de enfrentar el enorme problema constitucional, que vale tanto como decir de convivencia, que tenemos en España? La respuesta desde el partido naranja a esta cuestión argumenta que en la medida que recuperemos un orgullo nacional en España estaremos en mejores condiciones de hacer frente al nacionalismo catalán (eventualmente el vasco también). El razonamiento tiene su lógica: si los nacionalistas se ponen gallitos, nosotros nos ponemos más. No es otra cosa que aprovechar el movimiento que instintivamente llevó a muchos catalanes a la calle el otoño pasado al ver cómo se las gastaban los indepes.

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Sin pistolas no sois nada

Todo empezó en 1968 con un exceso de anfetaminas y termina en 2018 con una carta mal redactada. Entre medias cincuenta años de ignominia y ochocientos cincuenta y tres asesinatos. Todo por una frase, aquella que decía algo del derecho a la autodeterminación del pueblo vasco. Ese era todo el espesor ideológico, una lasca fina como una hostia. Todo lo demás fue movilización, llevar a gente de la kale borroka a los comandos, tener la calle como territorio exclusivo, eliminar del espacio público a los disidentes, periodistas, profesores, artistas o concejales, meterlos en sus casas y si fuera posible en zulos, silenciar todo lo que no fuera a coro con las consignas propias: el miedo.

El miedo es el principio de la tiranía, es su único principio. Para el tirano tiene la ventaja de que precisa muy poca ideología, unas cuantas frases huecas. Ya lo dijo un famoso tirano: haga como yo, no se meta en política. El tirano no tiene que meterse en política ni esforzarse ideológicamente porque el miedo le despeja el horizonte de contrincantes políticos e ideológicos.  Así actuó ETA en tantos escenarios (ayuntamientos, plazas, fiestas, campos de fútbol, centros de enseñanza...) donde no se oía más que el eco de sus disparos, como bien dice Edurne Portela. Apenas sin ideología, pero con mucha movilización ETA se hizo con el espacio público hasta que pareciera que el pueblo estaba con ellos, como decía uno de sus eslóganes preferidos.

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Pedro, me estoy cabreando

En realidad soy un don nadie pero deberías tomarme, Pedro, por una metáfora, la de tu último votante. Cuando el PSOE pierda mi voto, así se vaya a la abstención, que es lo más probable aunque me tenga que atar la mano, tu partido se quedará como el Partido Socialista Francés, hecho unos zorros. Así, que creo que conviene tomar nota de por qué los últimos votantes socialistas nos estamos cabreando, y mucho.

Vaya por delante el subidón que me dio el día que puliste como se merecía a Susana Díaz. Me lo tomé como la victoria de la dignidad frente a la marrullería y creo que eso te encumbró muy merecidamente a una posición dentro del partido que te permitía, finalmente, llevar adelante la política que, por ejemplo, te había costado el acta de diputado. Ole tus huevos.

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Lengua y ensimismamiento

La que ha liado el Gobierno, sin duda a propósito, con el anuncio de que va a introducir en Cataluña, ahora que manda gracias a Puigdemont, el castellano como opción de lengua vehicular. Todas las alarmas encendidas. Alteración general y toque a rebato para defender la lengua, la que sea, unos la catalana, otros la española. Así es el país: dile que vamos a la cola en investigación en Europa y ni se inmuta; ahora, dile que vas a hacer a sus niños estudiar esta o la otra lengua (nacionales, claro) y te saltan a los ojos.

Este país tiene un problema de fondo, y grave. Entendemos por punto general que las identidades son o bien de una pieza y para siempre, o bien jerárquicas. Puede uno ser español y catalán, pero midiendo siempre, algo más de lo uno que de lo otro. Nada de identidades horizontales y variables. Si alguien dice que en su itinerario vital las identidades las usa, por ejemplo, a beneficio de inventario es, cuando menos, un gilipollas.

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El 155

Es uno de los sintagmas que más oímos últimamente, el 155. Para pedir su urgente aplicación o para requerir dosis extra de cautela ante su gravedad. Hablamos, cómo no, de Cataluña. Se invoca este artículo como el preservativo necesario frente al paso que parece ser inminente de una declaración unilateral y uniformada de independencia en el Parlamento de Cataluña. Se habla tanto de él que ya le decimos familiarmente “el 155”, como si fuera un viejo conocido.

Sin embargo, puede que no sea tan conocido como invocado. Este artículo constitucional no supone, como se dice a menudo, una intervención del gobierno autónomo por parte del gobierno de la nación. Lo que el 155 habilita es la posibilidad de que, ante un incumplimiento de las obligaciones constitucionales y legales por parte de un gobierno autónomo, o ante una actuación que atente gravemente contra el interés general de España, el gobierno de la nación pueda obligar a la comunidad autónoma al cumplimiento de sus obligaciones y proteger dicho interés general. Para ello, el inciso segundo de este artículo prevé que el Gobierno pueda dar instrucciones (o sea, mandar sobre) las autoridades de dicha comunidad autónoma.

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Los límites de la soberanía y el Parlamento de Cataluña

Las leyes aprobadas la semana pasada por el Parlamento catalán exigen algo inaudito para una ley: suponer que la ley puede ser vulnerada apelando a la soberanía popular. En efecto, en el mismo acto de aprobar las leyes de referéndum de autodeterminación y de transitoriedad jurídica, los diputados de JxSí y la CUP (que son quienes en exclusiva han votado a favor de estas leyes) conscientemente vulneraron entre otras la Constitución, el Estatuto de Autonomía, la Ley Electoral, las leyes que regulan el funcionamiento de la Justicia (del Poder Judicial, del Tribunal Constitucional) y las leyes de organización local y territorial. Adviértase que no se trata de leyes que reformen leyes previas (algo normal en cualquier sistema constitucional), sino que se trataba, como advirtieron los letrados de la cámara, de quebrantar deliberadamente leyes adoptadas tanto por las Cortes como por el propio Parlament de Catalunya.

La manera que el President Puigdemont ha tenido de explicar semejante actuación ha sido apelar a la soberanía del pueblo de Cataluña. El único límite que existe según él, su gobierno y la mayoría parlamentaria actual es la soberanía de ese pueblo que se sustancia en ese parlamento en el que, junto a la CUP, tienen casualmente mayoría. Es un lenguaje tan claro y evidente que parece hasta mentira que no nos adhiramos todos inmediatamente a él: ¿cabe algo más democrático que convertir en ley la voluntad del pueblo? Es tan tentador que hasta Ada Colau y Podemos están ahí a un tris de entrarle a la idea y ceder a la evidencia. Si no lo ha hecho ya la primera es porque quiere seguir siendo alcaldesa y si no lo hace Podemos es porque le puede salir la cosa poco rentable más allá del Ebro.

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¡Que viene Sánchez…!

No hay jornada, sobre todo desde que a Susana Díaz le amargaron el día los avales de su rival, sin que la prensa adicta a la andaluza no incluya alguna noticia o artículo de opinión que advierta sobre el peligro de una victoria de Pedro Sánchez en las primarias socialistas. Abismo, ruptura, caos, desaparición… el diccionario se les va quedando escaso. A eso hay que añadir que si Corbyn por aquí, que si Hamon por allá y que si al contrario mira a Schulz y a Renzi, tan moderados. Aparte de que no se sabe muy bien qué es exactamente lo que hay que ver en el líder socialdemócrata alemán y en el centrista italiano, salvo que tampoco gobiernan y que no parece fácil que lo hagan, lo que llama la atención es tanta preocupación por repetir el cuento del lobo con Sánchez.

Porque, veamos, si Sánchez es un radical izquierdista podemizado y plegado a la estrategia de Pablo Iglesias, algo tendrá que reflejarse en el programa de gobierno que propone a su partido. Se llama “Por una nueva democracia” y, sinceramente, además de una fusilada a Tony Judt y la propuesta de una participación más efectiva de los militantes en la toma de decisiones del partido, no se ve por ningún lado el radical distanciamiento con el discurso socialista. Incluso diría que al contrario. Un ejemplo en tema candente, Cataluña. Si siguiéramos creyendo lo que El País quiere que creamos, pensaríamos que aquí viene lo de un pacto con los independentistas, lo del referéndum… Cito: “Partiendo de estos elementos, federalismo, reforma de la Constitución y diálogo sincero, será posible que aquellos que se sienten a la vez catalanes y constitucionalistas, retomen la iniciativa frente a un independentismo irredento que se ha potenciado a partir del argumento del agravio comparativo y el 'no nos dejan decidir'”.   Inmediatamente: “En Catalunya, como en cualquier otro territorio en España y en cualquier sociedad compleja y diversa, la existencia de identidades nacionales diferentes no puede convertirse en un instrumento político de dominación y segregación de unos ciudadanos sobre otros”. ¿Y el abismo? Si lo dijera Rivera, los mismos que nos cuentan el cuento aplaudirían con las orejas.

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El espejo escocés

Hay que ver cómo les gusta a los líderes de Junts x Sí que gobiernan en Cataluña el espejo escocés. Es, como en los cuentos, un espejo mágico que devuelve la imagen que uno quiere ver y que evita mirar hacia otro lado, donde casualmente está la realidad. En el artículo que publica El País firmado por el vicepresidente y el presidente del gobierno catalán se ve una realidad que, supongo, entienden incontestable: ellos están sentados a la mesa de diálogo, quieren acordar pacíficamente cómo abordar las diferencias entre Cataluña y España y están esperando que se sienten los otros, los españoles. Estos, sin embargo y como cabía esperar, son de la peor calaña política y no solamente no acuden al diálogo sino que muestran la vía de la represión a los catalanes para solventar las diferencias: condenas judiciales y, llegado el caso, la fuerza armada.

Ay, si tuviéramos en España tan solo un pedazo del gobierno democrático británico que accedió a celebrar un referéndum en Escocia en vez de usar las amenazas y las condenas. En el espejo británico, Cataluña es como Escocia, pero España se parece más a Turquía que a otra cosa. ¿Así de simple? Creo que no, que la cuestión es algo más compleja y la historia puede arrojar alguna luz que, me temo, haga palidecer un tanto la prístina imagen del espejo británico.

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Por ser mujer, candidata a rectora y querer hablar

Hace escasos días en el campus de Vitoria de la UPV/EHU un grupo no muy numeroso de personas impidieron que la única candidata al rectorado de esta institución, Nekane Balluerka, pudiera exponer su programa de gobierno. Tras una pancarta impidieron por la fuerza que la profesora Balluerka accediera al salón de grados del edificio de Las Nieves. Por la fuerza quiere decir literalmente eso, utilizando la fuerza física al tiempo que se gritaban las consabidas consignas tan relacionadas con el mundo académico como Hemendik alde. Nada nuevo, lo habitual.

Sin embargo, creo que es hora de denunciar el contenido profundamente machista de este tipo de actitudes y con ello la enésima falacia de estas revoluciones tuiteras. A Nekane Balluerka no le dejaron hablar por ser mujer, ser candidata al rectorado de la UPV/EHU y presumir que iba a decir cosas que no les iban a gustar a quienes machistamente le impidieron siquiera tomar la palabra. Si Nekane se hubiera llamado Arnaldo, hubiera ido a la universidad a hacer campaña y a decir cosas que a los de la pancarta les parecen el no va más, por supuesto que habría pasado hasta el salón de grados, habría dicho lo que le pareciera bien y quienes estaban el otro día tras la pancarta habrían aplaudido con las orejas.

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Legalidad y legitimidad en el PSOE

Más allá de los fuegos artificiales de las referencias a El País, Telefónica y otros grandes pesos mediáticos y empresariales, la entrevista que Évole hizo a Sánchez en la Sexta dejó sobre la mesa un asunto de la mayor relevancia. Tiene que ver con la  legitimidad de la actual dirigencia socialista para seguir tomando decisiones políticas en nombre del PSOE.

Fuera quien fuera el que le puso los palos en la rueda a Sánchez, lo cierto es que el primero de octubre el secretario general del partido fue desbancado de un modo que recuerda poderosamente al golpe de Estado light (pero por light no menos efectivo) que sacó del gobierno de Brasil a Dilma Rousseff y colocó en su lugar a Michel Temer. Una buena campaña de prensa calienta el ambiente, una jugarreta dudosamente legal deja la decisión en un órgano representativo con cuyos votos ya se cuenta y que le da el barniz de legitimidad democrática y sin un asomo de violencia, voilà, ya tenemos una nueva dirección política.

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