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Luna Miguel

Escritora

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La sábana ensangrentada de Francia

¿Cuándo sucede el "clic"? ¿En qué momento nuestros ojos se abren para mirar fijamente lo que antes negaban? Me refiero a ese gesto al que la escritora y pensadora Carolina Sanín se refiere siempre como 'conversión' y a ese mismo que la novelista Cristina Morales prefiere nombrar como 'politización'. Ese gesto que tiene que ver con la comprensión de una injusticia y con el motor que dentro de nosotras se enciende para tratar de acabar con ella.

Se le llame como se le llame, la veterinaria María Sánchez lo describe muy bien en su ensayo sobre feminismo y campo, 'Tierra de mujeres': "Este aislamiento de las mujeres es una enfermedad que ha sabido expandirse por todos los estratos. Me siento igual que alguien que descubre las habitaciones de una casa abandonada y va entrando, cuarto por cuarto, levantando las sábanas que cubren los muebles y buscando un reflejo en las ventanas y en los espejos. No. No es sólo la casa en la que crecí. La infección llegaba a todas las capas de mi vida: el colegio, la universidad, mi trabajo". Aunque Sánchez esté narrando un descubrimiento íntimo, relacionado además con algo tan suyo como es su árbol genealógico, la metáfora de esa casa llena de sábanas viejas que lo esconden todo puede aplicarse a un proceso más universal. Yo misma me repito una y otra vez cómo fue el ejercicio de abrir los ojos después de conocer a la periodista Luciana Peker en un congreso sobre periodismo y violencia machista. Sus palabras, sus experiencias, su energía y contundencia a la hora de hablar del feminicidio en Argentina fueron las manos que levantaron las sábanas polvorientas de mi casa.

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Un mapa de América ardiendo (retuit)

Greta Thunberg cruza el océano para no subir a un avión y eso enfada a los señores, casi tanto como nos enfadábamos algunas de nosotras en 2014 cuando Beyoncé salía al escenario ataviada con un diminuto vestido negro y detrás de su esbelta silueta se proyectaba la palabra FEMINIST. Por qué nos enfadábamos tanto, me pregunto algunos años después, qué podía dolernos de esa escena que hoy es cotidiana. ¡El capitalismo!, decíamos. ¡Lo mainstream!, justificábamos. ¡Que un(a) influencer se apropie de una lucha que es más grande y más poderosa y más honesta de lo que ella será jamás! Odiar el feminismo pop de Beyoncé se nos hacía tan difícil como amarlo. Menuda contradicción alabar el modo en el que un solo cartel luminoso haría que miles de personas atendieran a ese término por primera vez, y menuda contradicción también detestar que con su popularización se desvirtuara la batalla. Era como hacer malabares. Como arrancarnos la costra de una herida pequeña hasta que al fin comprendiéramos que "feminismo" también  significaba atender a los diferentes estadios de esta lucha. 

Todo lo relativo a Greta Thunberg genera una contradicción parecida: por un lado creemos que algo falla si ella es la protagonista de portadas de revistas de moda en las que sostiene carteles con amables mensajes para salvar el mundo, pero por el otro sabemos que su proeza es grande, pues anuncia y abre los ojos a una lucha que intuíamos urgente pero que estábamos retrasando, como si no fuera con nosotros, hasta que una imagen de América en llamas nos hizo vomitar. 

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No es el feminismo, es la tontería

Cancelar un concierto de C. Tangana por letras sexistas es una muy mala idea. Pero decir que son "las feministas" las que han provocado tal censura es una idea igualmente nefasta. Que dentro de la militancia feminista haya contradicciones, errores, o hasta imbecilidad, no tiene tanto que ver con el feminismo sino con la condición humana.

El ejemplo perfecto lo puso Philip Roth (…).

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Contra el cuento de la poeta joven

Cuando querían alabar a un joven poeta (normalmente hombre) decían que era el nuevo Rimbaud, pero cuando querían destrozarlo (destrozarla, más bien) decían que había nacido una nueva Carmen Jodra. Siempre me pareció un insulto maligno, precisamente porque la alusión a Jodra no era de por sí nociva. ¿Por qué debería serlo si con sólo 19 años se había convertido en una de las poetas más importantes del país? ¿Por qué debería serlo si sus dos primeros libros de poemas cambiaron la manera de entender la lectura y la escritura de poesía de toda una generación? ¿Por qué debería serlo si antes, muchísimo antes de eso que ahora llamamos la poesía best seller, su primer libro ya fue todo un fenómeno en ventas en toda España?

En verdad, lo nocivo de Carmen Jodra era la mediocridad y el odio con los que una pandilla de críticos y poetas del momento (finales de los años 90, principios de los 2000) se atrevieron a mirarla. Lo nocivo de aquel nombre residía únicamente en lo que los otros sugirieron sobre ella. En lo que los otros manosearon su historia hasta dar con ese chiste con el que también pretendían insultar a toda aquella mujer joven, o no tan joven, pero mujer, que de pronto sobresaliera en ese pequeño mundo que "les pertenecía".

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Llenarse la boca con la palabra 'libertad'

Creo que lo que diferencia al que es víctima del que es sencillamente victimista es la capacidad de sobrevivir creando. Me refiero a que mientras las víctimas sacan fuerza para expresarse, ser creativas, y narrar el mundo aunque el mundo no las escuche, los victimistas solo saben nutrirse de las supuestas debilidades del otro, además de utilizar sus privilegios en su propia contra y a fuerza de negarlos.

Pensaba en esta diferencia durante las últimas semanas en las que algunas situaciones descorazonadoras han poblado nuestra actualidad. Como el bochorno de Ciudadanos en el Orgullo madrileño, tratando de apropiarse como partido de aquello por lo que millones de personas llevan décadas luchando y siglos sufriendo. No hace falta que explique la hipocresía de sus reclamos porque los aspavientos exagerados de sus dirigentes ya han dado la vuelta al mundo. Pero tal vez merece la pena volver a detenerse en esa idea desenfocada de "libertad" con la que nos han intentado comer la cabeza en los televisores durante los últimos años, una libertad egomaníaca y autocomplaciente, capaz de opacar por completo las realidades terribles de los otros. Ahora que los educadores en materia LGTBIQ+ de la Comunidad de Madrid van a estar señalados con un circulito rojo vete tú a saber con qué propósitos censores, me pregunto dónde están las bocas que tan fácilmente se llenan de la palabra libertad. Dónde están las que presumen de trabajar por todos y para todos. Por qué les gusta tanto relamer sus heridas falsas, en vez de sentir compasión, cercanía o solidaridad por las que realmente rezuman miedo.

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Un cuerpo muerto no es un espectáculo (y otras reflexiones sobre 'Cometierra')

Hace un par de años tuve la oportunidad de charlar con el escritor de novela negra Antonio Mercero, a propósito de la representación de los crímenes machistas en la literatura. Según el autor de El final del hombre (Alfaguara) "da la impresión de que una víctima femenina sacude más que una masculina, por alguna razón que a mí se me escapa, y por eso los asesinos en estas novelas se fijan más en las mujeres que en los hombres". No le falta razón: revisar buena parte de los catálogos dedicados a novela criminal es toparse con sinopsis en los que el motor de la narración y de la trama es el cuerpo desaparecido, o asesinado, o violado o mutilado de una mujer. Algo que me hace pensar en cuántas historias hemos leído al respecto y en cómo hemos normalizado tales escenas a fuerza de haberlas visto representadas una y otra vez.

En aquel cruce de emails, Mercero me dijo también que en la mayoría de estos casos no creía que los autores tuvieran una voluntad de denuncia. Y si bien es cierto que obras como la de Stieg Larsson sí visibilizan el debate de la violencia machista –e incluso son el motor de su popular saga– también lo es que en ocasiones sus hombres que no amaban a las mujeres destilaban cierta espectacularización del cuerpo violentado. No hace falta mirar únicamente novela negra para encontrar ese gusto por la sobreexposición de la violencia machista. Años después de leer 2666 de Roberto Bolaño, reviso sus páginas sobre las mujeres desaparecidas en el norte de México y los ojos se me ahogan ante tanta crudeza, tanto realismo, tanta violencia sin filtros.

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La vida se parece más a 'El cuento de la criada' que 'El cuento de la criada'

Me gustaría escribir algo muy gracioso y bien redactado sobre los muchísimos problemas que he detectado en la tercera temporada de 'El cuento de la criada', de la que HBO ya nos ha concedido 4 capítulos a día de hoy. Si tuviera fuerza y ganas, os diría que cuidado con los spoilers que vienen, y me echaría las manos a la cabeza al rememorar algunas escenas que me han parecido absolutamente demenciales. No hablo de las de violencia, porque a eso la serie ya nos tenía muy acostumbradas, sino más bien del monólogos de June, esos que al principio eran tan bellos y emotivos, y que ahora se han vuelto una especie de corta y pega de ideas feministas mal digeridas.

Igual que algo chirriaba en nuestro cerebro cuando en la última de Juego de Tronos Sansa aseguraba que si se había convertido en una mujer fuerte y poderosa era porque la habían violado y maltratado, aquí la voz en off de Elisabeth Moss provoca cierta náusea cuando sugiere, quiero creer que muy levemente, que lo que siente hacia su antiguo "dueño" es algo parecido al amor, "aunque distinto". Ojo. No quiero negar esa contradicción. No digo que no sea posible sentir piedad, o cierto cariño por quienes nos han hecho daño porque ese es un sentimiento demasiado real.

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Para enterrar al escritor macho (IV)

Hay preguntas dolorosas que surgen en las largas conversaciones sobre el #MeToo que mantengo con conocidas: ¿qué hacer si un amigo, un familiar o una expareja es acusada de cualquier tipo de abuso? ¿Qué hacer si es nuestra pareja actual la que almacena experiencias deleznables? ¿Cómo ser justas con la víctima, con el acusado y con nosotras mismas en la gestión de tales situaciones?

Todas estas preguntas y otras más complejas parecen haberse intensificado en algunos de los círculos que frecuento, probablemente porque en España se están levantando por fin algunas tiritas en relación a aquella marabunta que semanas atrás reventó los cimientos de la cultura mexicana con el #MeTooEscritoresMexicanos. Lo que había debajo de tales tiritas no eran sólo algunas heridas aún abiertas, sino, en muchos de los casos, una concentración de pus que se enquistaba desde vete tú a saber cuándo.   

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Pequeña antología de 'unpopular opinions' sobre la actualidad más urgente

Uno. Daenerys nunca se ha ido de madre. Siempre será uno de los personajes más impresionantes y complejos de la televisión, precisamente por su capacidad para caernos mal, para ser heroína y villana al mismo tiempo, y para dejarnos ver cómo el techo de cristal, el de acero valyrio, en este caso, también existe en la ficción, por muy fantasiosa que sea.

Dos. Puede que no te guste la literatura de Loreto Sesma, pero eso no debe convertir a su autora en el blanco de nuestras frustraciones con la industria editorial. El otro día, la joven autora, conocida por ser una de las integrantes de esa generación de voces que desde una poesía sencilla y fundamentalmente amorosa ha llegado a miles y miles de lectores, denunció en sus redes sociales los comentarios sexistas que un grupo de críticos literarios hicieron sobre su cuerpo en el contexto de un festival de literatura en Granada. "Para lo delgadita que está, menudas tetas", parece que dijeron esos hombres, que, como ella denuncia, sabrán mucho de literatura pero poco de modales. Yo también me pregunto para qué nos sirve vanagloriarnos de nuestra inteligencia literaria si después no tenemos ni idea de cómo comportarnos en la vida real. Si todo aquello que le exigimos a la "buena literatura" no deberíamos exigírselo también a nosotros mismos.

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Juego de Tronos, Woody Allen y lo hondamente femenino

UNO

Cuando Paula Bonet me pidió que presentara con ella Roedores. Cuerpo de embarazada sin embrión –una suerte de libro-objeto que nace precisamente de la imposibilidad de dar a luz a los embriones de los que fue madre– traté de subrayar todas las veces en las que en la literatura se había abordado el tema de la pérdida gestacional. Aunque yo creía que iba a costarme muchísimo encontrar reflexiones a propósito del aborto –del espontáneo, pero también del voluntario– o incluso de la pérdida de un hijo pequeño, solo me hizo falta abrir los libros de algunas de las poetas más importantes del siglo XX para encontrar palabras al respecto. Así, Sylvia Plath, Blanca Varela, Diane di Prima, Joyce Mansour, Forough Farrojzad, Anne Sexton o Pita Amor, entre otras, ya habían encerrado entre sus versos reflexiones radicalmente distintas entre sí sobre el cuerpo de la madre, el desgarro del aborto, la sangre estéril, o el vacío y el vaciado tras la pequeña pérdida. Sin embargo, a nuestros ojos de lectoras, se nos hacía casi impensable haber pasado por alto y durante tanto una temática así.

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