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Luna Miguel

Escritora

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#MeTooEscritoresMexicanos

El escritor macho no es único en su especie, pero del resto de machos le diferencian tres cosas: su tendencia a definir tu aspecto físico con metáforas alambicadas, su capacidad para entender mejor que tú la literatura y el mundo en su esencia, y a veces, solo a veces, su manía de disculpar el comportamiento de algunos Escritores Machos Alfa, véase Ted Hughes o Antonio Machado, o véase Pablo Neruda o J. D. Salinger, porque la persona y la obra cómo van a ser lo mismo, ¡revanchistas!, ¡joder!

El escritor macho es, por lo tanto, un animal fiel a los suyos. Un animal de compadreo, que solo busca el conflicto cuando sospecha que otro escritor macho le puede quitar un premio, o que otro escritor macho le ha arrebatado la atención del editor macho al que los dos veneran. Que en la vida no se puede tener todo lo sabe el escritor macho.

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Amnesia colectiva

Solo quiero enseñaros el fragmento de un poema.

Pero antes debería poneros en contexto.

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Para enterrar al escritor macho (III)

Tienen 25 y 27 años y la prensa de su país los considera "los escritores que han dinamitado la literatura francesa". Son narradores. Escriben juntos. Llevan ropa muy moderna y los filtros de su Instagram son tan totales que hasta a mí se me escapan. ¿Cómo hacen esas fotos para que su vida parezca un constante after humoso?, llegué a pensar cuando espié lo que muestran de sus vidas en las redes tras conocerles. Hasta sus nombres son molones. Él, Simon. Ella, Capucine. Comparten el apellido, Johannin, con el que él firmó su primera novela, merecedora del Prix de la Vocation en 2017 y con el que ahora traen juntos Nino dans la nuit, un texto que vio la luz en enero y cuyo videoclip (porque sí, han hecho hasta un videoclip a lo Gaspar Noé para presentar la novela) cuenta con unas 30.000 visualizaciones en YouTube.

Reconozco que me he puesto algo quisquillosa en la presentación de estas biografías. Si lo he hecho no es porque quiera arremeter contra los escritores, sino más bien para demostrar lo fácil que nos resulta a los periodistas culturales caer la condescendencia cuando nos dejamos llevar. Si aprender sobre Simon y Capucine puede elevar los índices de mal humor a cualquiera que no esté dispuesto a dejar que alguien más joven le venga a reinterpretar el mundo, escribir sobre ellos podría resultar aún más incómodo. Porque para poder hacerlo habrá que leer su novela. Y porque al leer su novela uno se da cuenta de que lo que tiene entre las manos no es el enésimo producto hípster revestido de "frescura millennial", sino uno de los textos más desgarradores que podemos leer ahora sobre lo que significa crecer en la Francia convulsa de Emmanuel Macron. Es cierto que la dosis de drogas y música que aderezan la ficción tienen algo de excesivo. Pero todavía es más cierto que el retrato de la juventud precaria, del racismo estructural de la sociedad francesa y de la violencia machista que los Johannin firman en Nino dans la nuit es la demostración de la necesidad que tenemos de hablar. De denunciar. Y de hacerlo sin romantizar nuestra situación, pero sí mostrando nuestro evidente y poderoso enfado.

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Lo verdaderamente escandaloso de Balthus

En aquel entonces Balthus era un espejo. Encontrar sus obras en aquel libro de El erotismo en el arte que yo miraba cada vez que mis padres salían a hacer la compra o incluso que llegué a guardar debajo de la cama para inspeccionarlo cuando según ellos yo debía llevar largo rato durmiendo era, sin duda, uno de los pasatiempos más excitantes que conocí de niña. Allí había obras de muchísimos artistas que me parecían unos cerdos. Había fotografías en las que las mujeres abrían las piernas con una elasticidad a mi juicio improbable, o pinturas donde los penes eran más grandes que las cabezas de sus portadores. ¿Para qué dibujaban los adultos todas esas cosas? ¿Qué sentido tenían? ¿Y por qué me ponían tan nerviosa?

Balthus, sin embargo, era ese espejo. Las niñas de esas imágenes —recuerdo una en un diván, con un batín probablemente rosa, y otra en una silla con las bragas al aire, e incluso esa con el chichi delgado a la que una profesora le reñía y le daba tirones— representaban cómo me sentía yo al ver el resto de obras del libro. E incluso cómo me sentía yo cuando a veces en la televisión pasaban escenas de amor. Y también cómo me sentía yo cuando estaba sola, en mi cuarto, en esa misma cama bajo cuyo colchón escondí El erotismo en el arte, y de pronto se me ocurría menear milimétricamente mis caderas contra la almohada hasta sentir aquello que entonces no sabía cómo se llamaba pero que ya era hermoso y prohibido, como un cuadro de Balthus.

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Para enterrar al escritor macho (II)

Un amigo ha escrito un libro (del que no hablaré más porque ya lo hice en otra columna) sobre el ocaso de las masculinidades y la necesidad de revisarse los privilegios cuando uno es hombre, blanco, cis y hetero. O incluso sobre la necesidad de revisarse los privilegios, en general, cuando uno los tiene, porque yo que no soy hombre, blanco, cis y hetero, pero soy mujer, blanca, cis y hetero, he tardado en aprender que si se me ha concedido este espacio tengo que aprovecharlo muy bien para denunciar cosas importantes, o para dar a conocer otras, o incluso que debo cederlo, porque qué diablos nos cuesta apartarnos un poquito y dejar hablar al otro.

Perdón, me he ido por las ramas.

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Para enterrar al escritor macho

Le pregunté por la representación de la masculinidad en su libro, y me dijo que lo hacía "para provocarle". Aunque en un primer momento me reí —pensaba, de verdad, que aquella respuesta sólo podía ser una broma, una manera de decir que así es como reaccionaría un escritor macho— el resto de sus evasivas me confirmaron que no, que aquella charla iba en serio, y que el devenir de nuestra mesa de debate sobre un libro protagonizado por dos hombres perdidos en el mar dejaría de ser amable en ese mismo punto, o al menos dejaría de serlo para mí. Porque, cuidado, yo no tengo nada en contra de un libro carente de figuras femeninas —será que la Historia de la Literatura no nos haya dado ya muchos de esos—. Ni nada en contra de un escritor que opte por contar su angustia y su verdad desde lo más íntimo, como hizo el hombre que tenía a mi lado en el escenario del Santa Clara, en el Hay Festival de Cartagena de Indias, hace tan solo unos días. Lo que sí detesto es la posición altiva, paternalista y burlona de quien no sólo no es capaz de reflexionar sobre su propia obra carente de figuras femeninas sino, lo que es peor, la de quien insulta a su interlocutor en un contexto cómodo y festivo "porque yo no he venido aquí a hablar de eso".

Eso. Hablar de eso. Qué demonios significa ha-blar-de-e-so.

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El reto viral definitivo: únete al #AliadoChallenge

Dice la periodista Lorena G. Maldonado que está harta de que le lleguen a la redacción tantos “libros de mierda” con la promesa de que son la nueva y radical aportación a la literatura feminista. Es cierto que, de un par de años a esta parte, la industria editorial ha encontrado una nueva gallina de los huevos de oro en este tipo de publicaciones. Ironiza al respecto, y con mucho acierto, la joven novelista francesa Leïla Bouherrafa, que en una escena de La dédicace retrata el escritorio de una reputada editora, repleto de títulos “empoderadores” que te enseñan, literalmente a “dibujarte la vagina”. Con un solo vistazo a esas montañas de libros de color rosa, Bouherrafa se ventila una moda ridícula, sí, pero en siguientes capítulos, su escritura llena de humor negro y conversaciones brillantes entre mujeres solitarias que habitan París nos hace entender que el desafío de la nueva literatura feminista no está en una fajilla con mensajes cuquis, ni en esas falsas y coloridas promesas que son producto de un marketing perezoso.

Con una industria favorable a escuchar mensajes hasta ahora desatendidos y menospreciados por la sociedad, y con una red de lectores dispuestos a aprender para poder guiarse en sus propias batallas, es probable que el reto se encuentre en la capacidad de autores y editores para abrir nuevos debates y alejarse de contenidos que sólo suman rumor al ruido.

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En algún momento habrá que matarlos

“Una mierda”, “asquerosa”, “muy machista”, “el personaje es lo peor”, “violenta”, “malísima”, “…pero”, “…aunque”, “…lo cierto es que la vi hasta el final”. Quien esté enganchado a las novedades de Netflix sabrá que esos comentarios se refieren al último éxito de la plataforma, You, una serie que puede resumirse en un thriller sobre la adicción a las redes sociales y a las nuevas tecnologías como tema de fondo. Para muchos medios You tiene algo de Gossip Girl y de Pretty Little Liars, y no sólo porque dos de sus personajes más importantes lo fueran también en las series fundacionales del melodrama millennial, sino porque, como ellas, también se basa en el trabajo de una escritora, y quizá por eso contenga personajes que retratan la vida del mundo editorial neoyorkino.

Para resumirlo sin hacer demasiado spoiler, You cuenta la relación enfermiza entre un sociópata que espía a las chicas en redes sociales y entre una mujer que está buscando su camino en un mundo complejo. Él es librero y ella es escritora, por lo que la relación podría parecer perfecta. Él es escéptico con las vidas convencionales y falsas que pueden crearse en la ciudad de Nueva York, y ella es una feminista bastante combativa, capaz de enfrentarse a los hombres que intentan acosarla. Él es mono, y ella es mona. Ambos inventan palabras y hasta se comparan con los Fitzgerald, ¿qué podría salir mal? Pues que para que todo sea tan supuestamente perfecto él tiene que manipularla, alejarla de todo lo que le importa y justificar constantemente las acciones que nos llevan una y otra vez a disculpar su monstruosidad. Tan disculpado queda el “psicópata” que hasta el actor que le da vida se pasa el día reaccionando en Twitter e Instagram en contra de las usuarias adolescentes que le piden que “las secuestre”, que las “maltrate”, que “las haga suyas”.

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La insensatez de decir que tu racismo es tradición

"¿Imaginan que les dieran una paliza y el que les agrede les dijera que eso no duele?". La que se hace esa pregunta es la escritora Lucía Mbomío en una columna publicada en 2017 en Afroféminas, la revista de pensamiento feminista y antirracista dirigida por Antoinette Torres, que un año más ha lanzado una campaña contra el profundo racismo de algunas de nuestras tradiciones navideñas en España. Concretamente, Afroféminas ha creado el hashtag #alcoistopblackface y ha invitado a usuarios de Twitter a grabarse vídeos de 20 segundos explicando por qué es insultante, dañino e imprudente que en las noches de Reyes Magos los blancos se pinten la cara de negro para mantener fingir que son los pajes reales de un Baltasar cuya cara, durante años, también ha sido la de un hombre blanco embadurnado de pintura oscura.

Dicen las activistas que "parte del problema del blackface es que la gente blanca no sabe por qué es un problema. Es imposible entender por qué los negros estamos tan enfadados por su uso, a menos que uno sepa qué es lo que los negros vemos cuando los blancos se pintan la cara imitando la negritud". Y añaden: "Nada sobre la historia de lo que vuestros antepasados han hecho a las personas negras y otras personas racializadas nos sorprende como mujeres negras. Sabemos que los españoles esclavizaron, vendieron, compraron, encadenaron, colgaron, quemaron vivos, y desmembraron a cientos de miles de hombres y mujeres negros, hombres y mujeres indígenas, durante trescientos años. Sabemos que se hizo con impunidad. Sabemos que se hizo públicamente. Sabemos que el rostro negro y otras imitaciones raciales eran formas de entretenimiento para vuestros antepasados que formaban parte de un proceso deshumanizante más amplio que hacía posible la esclavitud y la postración”. Por eso, como resaltan, esta costumbre nunca podrá ser concebida en pleno 2019 como un gesto “para honrarnos u homenajearnos. NUNCA".

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Mujeres malas, calcetines sudados, mierda de reno

Querida Mamá Noel,

me gustaría decirte que este año he sido buena, pero no. Para nada. Si te soy sincera, he hecho muchas cosas que a tu querido esposo no le gustarán demasiado.

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