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Luna Miguel

Escritora

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El año de narrar el fin del amor

Me gusta mucho ese verso de Juan Carlos Mestre que dice "Cada amor que termina es un cementerio de abrazos". Lo recito para mis adentros cada vez que a mi alrededor alguien termina una relación, se separa, decide odiarse con alguien que antaño amó, o creyó que amaba, o le provocaba sentimientos de amor, o… da igual. El caso es que el cementerio de Juan Carlos Mestre se me ha aparecido en los últimos meses más que nunca. A saber: amigos que se separan, amigos que escriben sobre amigos que se separan, películas de Netflix que elevan la complejidad del divorcio a tema de discusión familiar en todas las mesas de Navidad. Quizá exagero.

En realidad no: recientemente, varios medios de comunicación han elegido como mejor poemario de 2019 una reedición de La belleza del marido (Lumen), de Anne Carson, texto que ya cumple casi veinte años y con el que la autora canadiense ya retrató mucho antes que Noah Baumbach de qué manera fulminante una pareja de clase media-alta, artistas, blancos, hermosos y hermosamente casados pueden precipitarse hacia el abismo, haciendo muchos aspavientos, como si nunca nadie antes que ellos hubiera vivido un desamor así. "¿Qué es lo contrario a prometido?", musita Scarlett Johansson en algún momento del filme de Netflix. "El intervalo de la serie eres tú", escribe Anne Carson en algún momento del aclamado poemario.

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El violador eres tú (y tú, y tú, y tú...)

La novelista Brenda Lozano –del movimiento de creadoras 'Mujeres juntas marabunta', que hace unos meses revolucionaron la escena cultural mexicana con el #MeTooEscritoresMexicanos– comparte en sus redes sociales la alegría de que, por primera vez en meses, absolutamente todas las grandes cabeceras periodísticas de su país se hayan hecho eco de las recientes marchas contra la violencia machista que han sacudido México. No es raro que además de este hecho, los titulares más repetidos hagan referencia a la letra de Un violador en tu camino, el himno que decenas de miles de mujeres han coreado en las últimas horas desde Ciudad de México, Madrid, Nueva York, París, Barcelona, Lima, Bogotá, Roma, Buenos Aires, y otras cuantas grandes y pequeñas ciudades del mundo, desde que el colectivo 'Las Tesis' lo popularizara el pasado 25N en Santiago de Chile.

Al mismo tiempo en que todas esas voces desgarradas, fortísimas y altísimas chillan y ríen y cantan, envueltas en ira, con el fin precisamente de detener la violencia que los hombres ejercen contra nuestros cuerpos, en Argentina se absuelve a los tres acusados de violar, empalar y matar en 2016 a Lucía Pérez. El de Pérez es uno de los casos de feminicidio más sonados de los últimos años, no solo por la brutalidad de los hechos, sino también por la conmoción que causó a nivel internacional. El rostro de la joven llenó las redes sociales, las noticias, inspiró poemas, canciones, mensajes de rabia y de reconocimiento, en un tiempo previo a la difusión del #MeToo.

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Dos pechos pintados para que jodan al amo

Nunca he mostrado el pecho en público. Desde los doce años empecé a tapar con la tela del bikini aquello que supuestamente no debía mostrar por motivos que no entendía: ¿Mis leves bultitos de carne resultarían ofensivos para alguien si los descubría en la playa? ¿Por qué de la noche a la mañana mi torso, hasta entonces infantil, se había convertido en un "peligro" para mí misma, para mi libertad? Conforme lo infantil se desvanecía, la violencia hacia mi pecho crecía exponencialmente: el novio que se enfadó el día que le propuse hacer nudismo en Cabo de Gata, el padre que no me dejaba comprar sostenes con relleno, el crítico que desdeñó por "provocador" un verso sobre mi pezón mordido, el algoritmo que me avisó de exceso de color-carne-blancuzca al subir aquella foto amamantando a mi hijo, o los espectros que a menudo parecen esperar atentos en la mensajería instantánea de una red social, para mandar una solicitud sexual en caso de que en mi último selfie se intuya un trocito muy pero que muy chiquito de escote. Nunca he mostrado el pecho en público porque el pudor me come los nervios. Estoy convencida de que si un trozo de mi carne se intuyera más allá de "lo normal", se desataría el caos, mi ánimo se vendría abajo, saltarían las alarmas que llevan acechando desde los doce años: gritarían todas a la vez como sirenas de lecheras desafinadas, desbocadas, intranquilas.

Escribía la poeta y activista Audre Lorde —fallecida, por cierto, un día de noviembre como el de hoy, pero en 1992— que no se puede desmontar la casa del amo con las herramientas del amo. Por eso yo creo, sinceramente, que las mujeres capaces de sacar pecho, de sacar "el pecho", literalmente, para rebelarse contra el amo son excepcionales. Al contrario de lo que muchos piensan, pintarse el pecho con consignas en una manifestación, salir a reventar un acto político con las tetas al aire o pasearse por una alfombra roja con mensajes como "En Chile torturan, violan y matan", como hizo Mon Laferte hace unos días en la entrega de los Grammy Latinos, no es una frivolidad, ni siquiera un capricho, y para nada una "estéril y desesperada llamada de atención", como algunos han tildado últimamente el gesto de la cantante pop chilena. Enseñar el pecho en 2019 sigue reventando revolviendo las tripas de miles de espectadores porque significa que las portadoras de tal pecho siguen siendo sumisas en nuestra sociedad. Se sigue considerando que sus posturas políticas valen menos, que sus cuerpos son demasiado puros como para exigir nada con mensajes pintados en ellos. Y al igual que en el caso de Mon Laferte, se siguen sexualizando; incluso si el feminismo lleva décadas tratando de resignificar el gesto de desnudarse, el amo no da el brazo a torcer, se asume tan poseedor y manipulador del cuerpo femenino que no es capaz de entender por qué ellas lo utilizan como herramienta para desmontar la casa.

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No hay que olvidar a las que nunca olvidaron

Paula Bonet llama "despertadoras" a aquellas mujeres cuya obra nos ayudó a entender la importancia de la lucha colectiva, pero también la de la necesidad de procurar un recorrido íntimo: de lecturas, de reflexiones, esas que nos llevan no sólo a ser nosotras más libres, sino también a entender nuestros propios privilegios. Para quienes sigan a la artista por Instagram, reconocerán de entre sus fotografías los rostros de las mujeres a las que ella reivindica a través de un hermoso altar: Joan Didion, María Luisa Bombal, Anne Sexton, y un largo etcétera.

Personalmente, se me hace cada vez más complejo trazar un mapa de despertadoras porque conforme avanzo en lecturas, corrijo otras anteriores, o me siento orgullosa de aquellas a las que al principio no hice caso, o reniego de una influencia para venerar otra que al día siguiente quizá vuelva a cuestionar.

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Poema gamberro contra la historia fascista y misógina de España

Escribió Cristina Morales, ganadora del Premio Nacional de Narrativa de 2019, que "fascismo y machismo son la misma cosa". Si le tomamos la palabra, no nos costará entender de qué manera esas violencias hermanadas han sido el arma definitiva para acabar con buena parte de la escritura de las mujeres españolas del siglo XX. A saber: fascismo es lo que mantuvo a algunas de nuestras grandes autoras en el exilio, preparándose para ser olvidadas; y el machismo eso que terminó de silenciarlas, a la sombra casi siempre de un amante o de un marido.

Si hago esta asociación es porque casi al mismo tiempo al que el jurado del Premio Nacional anuncia el nombre de la autora de 'Lectura fácil' —en lo que a mí se me antoja un galardón reparador por lo que de gesto político tiene también para nosotras, lectoras y escritoras— un pequeño ejemplar del cuaderno 'Cantar de la luna vacía', de María Teresa León, llega a mis manos, como si los planetas se hubieran alineado.

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De Greta a Renata y el fin de la trola de los 'ninis'

Se ha escrito mucho estos días sobre los ataques gratuitos a la figura de Greta Thunberg y sobre por qué a algunos les molesta tanto la figura de una adolescente reivindicando sus ideas. En un artículo viral de Nacho Pato en La Marea, el periodista se preguntaba si "Thunberg tiene edad legal para trabajar, casarse o ir a la cárcel, ¿por qué no para recordarte que nos vamos al carajo, que no hay planeta B y que comes demasiada carne?". Por su parte, la novelista Nuria Labari aseguraba en El País que "curiosamente, la sobreexposición de los menores en la nueva sociedad digital solo ha calado en la agenda política la primera vez que una adolescente ha utilizado su poder en Internet para actuar políticamente".

Tal vez ese odio que carcome la lengua a los que se escudan en discursos anti-Thunberg no sea tan distinto al que hace diez años llenaba las páginas de opinión de la prensa con insultos hacia los llamados 'ninis'. Los mismos que hoy se ríen de que una chica con trenzas lidere una lucha que ni siquiera se han molestado en entender son aquellos que quisieron hacernos creer que mi generación, la millennial, estaba conformada por vagos que ni estudiaban ni trabajaban ni sentían pasión por otra cosa que por sus lloriqueos.

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Las vidas trans no son una anécdota

El pasado viernes, Pablo Iglesias subía a Twitter un fragmento de Vidas Trans, una antología de textos críticos alrededor de la sanidad, la educación, los cuidados o las redes sociales, firmados por Alana Portero, Cassandra Vera, Darío Gael, Atenea Bioque y Arnau Macías. Precisamente Iglesias se hizo eco de una página en la que Macías contaba cómo un día se disfrazó del líder de Unidas Podemos para cabrear a la gente de su entorno escolar: "Imaginaos a todos esos católicos, conservadores, y casposos al ver a una tía vestida de hombre, y además del malvado, asesino, comeniños, chavista y bolivariano Pablo Iglesias. Esta noche me lo pasé en grande y todo culminó con una frase de mi amiga que no olvidaré nunca: te queda muy bien la barba".

Aunque la fotografía de Iglesias mostraba únicamente esa anécdota –ojo, una anécdota importante en el contexto del relato de Arnau Macías–, muchos usuarios celebraron que una persona sobre la que recae tanta atención dedique un espacio a difundir la importancia de leer las experiencias de uno de los colectivos más maltratados por nuestra sociedad. Puede parecer una tontería. Una anécdota enredándose sobre otra anécdota: "El político que visibilizó tal libro". Pero es importante porque, en palabras de Alana Portero, "a ver si sirve para arrojar un poco más de luz sobre nuestra realidad y que las instituciones corrijan el abandono al que nos someten".

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El vientre vacío: relatos contra la precariedad de una generación que no sabe si podrá ser madre

"Con frecuencia me pregunto cómo se siente una madre cuando su sociedad la acompaña". Así cerraba la poeta María Ramos su introducción a Siamesa, un libro de su autoría en el que narra el embarazo y los primeros meses junto a su hija, a la que tuvo con 21 años. La soledad y el rechazo social que Ramos siente durante su gestación y crianza viene acompañada de una constante infantilización de su cuerpo, de sus deseos y de sus aspiraciones tanto laborales como vitales, que ella refleja de manera fantástica en otro verso: "niña con una niña dentro".

Pero no hace falta tener 21 años y estar a punto de parir para que la sociedad te mire como a una niña que no ha sabido tomar buenas decisiones. A sus 44 años, Sonia V. también recuerda cómo nada más cumplir los 40 comunicó a su ginecólogo que estaba embarazada y que este le preguntó "¿a tu edad? ¿estás segura de lo que haces?", haciéndole sentir, literalmente, "como si fuera una púber inconsciente".

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La sábana ensangrentada de Francia

¿Cuándo sucede el "clic"? ¿En qué momento nuestros ojos se abren para mirar fijamente lo que antes negaban? Me refiero a ese gesto al que la escritora y pensadora Carolina Sanín se refiere siempre como 'conversión' y a ese mismo que la novelista Cristina Morales prefiere nombrar como 'politización'. Ese gesto que tiene que ver con la comprensión de una injusticia y con el motor que dentro de nosotras se enciende para tratar de acabar con ella.

Se le llame como se le llame, la veterinaria María Sánchez lo describe muy bien en su ensayo sobre feminismo y campo, 'Tierra de mujeres': "Este aislamiento de las mujeres es una enfermedad que ha sabido expandirse por todos los estratos. Me siento igual que alguien que descubre las habitaciones de una casa abandonada y va entrando, cuarto por cuarto, levantando las sábanas que cubren los muebles y buscando un reflejo en las ventanas y en los espejos. No. No es sólo la casa en la que crecí. La infección llegaba a todas las capas de mi vida: el colegio, la universidad, mi trabajo". Aunque Sánchez esté narrando un descubrimiento íntimo, relacionado además con algo tan suyo como es su árbol genealógico, la metáfora de esa casa llena de sábanas viejas que lo esconden todo puede aplicarse a un proceso más universal. Yo misma me repito una y otra vez cómo fue el ejercicio de abrir los ojos después de conocer a la periodista Luciana Peker en un congreso sobre periodismo y violencia machista. Sus palabras, sus experiencias, su energía y contundencia a la hora de hablar del feminicidio en Argentina fueron las manos que levantaron las sábanas polvorientas de mi casa.

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Un mapa de América ardiendo (retuit)

Greta Thunberg cruza el océano para no subir a un avión y eso enfada a los señores, casi tanto como nos enfadábamos algunas de nosotras en 2014 cuando Beyoncé salía al escenario ataviada con un diminuto vestido negro y detrás de su esbelta silueta se proyectaba la palabra FEMINIST. Por qué nos enfadábamos tanto, me pregunto algunos años después, qué podía dolernos de esa escena que hoy es cotidiana. ¡El capitalismo!, decíamos. ¡Lo mainstream!, justificábamos. ¡Que un(a) influencer se apropie de una lucha que es más grande y más poderosa y más honesta de lo que ella será jamás! Odiar el feminismo pop de Beyoncé se nos hacía tan difícil como amarlo. Menuda contradicción alabar el modo en el que un solo cartel luminoso haría que miles de personas atendieran a ese término por primera vez, y menuda contradicción también detestar que con su popularización se desvirtuara la batalla. Era como hacer malabares. Como arrancarnos la costra de una herida pequeña hasta que al fin comprendiéramos que "feminismo" también  significaba atender a los diferentes estadios de esta lucha. 

Todo lo relativo a Greta Thunberg genera una contradicción parecida: por un lado creemos que algo falla si ella es la protagonista de portadas de revistas de moda en las que sostiene carteles con amables mensajes para salvar el mundo, pero por el otro sabemos que su proeza es grande, pues anuncia y abre los ojos a una lucha que intuíamos urgente pero que estábamos retrasando, como si no fuera con nosotros, hasta que una imagen de América en llamas nos hizo vomitar. 

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