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Luna Miguel

Escritora

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Pequeña antología de 'unpopular opinions' sobre la actualidad más urgente

Uno. Daenerys nunca se ha ido de madre. Siempre será uno de los personajes más impresionantes y complejos de la televisión, precisamente por su capacidad para caernos mal, para ser heroína y villana al mismo tiempo, y para dejarnos ver cómo el techo de cristal, el de acero valyrio, en este caso, también existe en la ficción, por muy fantasiosa que sea.

Dos. Puede que no te guste la literatura de Loreto Sesma, pero eso no debe convertir a su autora en el blanco de nuestras frustraciones con la industria editorial. El otro día, la joven autora, conocida por ser una de las integrantes de esa generación de voces que desde una poesía sencilla y fundamentalmente amorosa ha llegado a miles y miles de lectores, denunció en sus redes sociales los comentarios sexistas que un grupo de críticos literarios hicieron sobre su cuerpo en el contexto de un festival de literatura en Granada. "Para lo delgadita que está, menudas tetas", parece que dijeron esos hombres, que, como ella denuncia, sabrán mucho de literatura pero poco de modales. Yo también me pregunto para qué nos sirve vanagloriarnos de nuestra inteligencia literaria si después no tenemos ni idea de cómo comportarnos en la vida real. Si todo aquello que le exigimos a la "buena literatura" no deberíamos exigírselo también a nosotros mismos.

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Juego de Tronos, Woody Allen y lo hondamente femenino

UNO

Cuando Paula Bonet me pidió que presentara con ella Roedores. Cuerpo de embarazada sin embrión –una suerte de libro-objeto que nace precisamente de la imposibilidad de dar a luz a los embriones de los que fue madre– traté de subrayar todas las veces en las que en la literatura se había abordado el tema de la pérdida gestacional. Aunque yo creía que iba a costarme muchísimo encontrar reflexiones a propósito del aborto –del espontáneo, pero también del voluntario– o incluso de la pérdida de un hijo pequeño, solo me hizo falta abrir los libros de algunas de las poetas más importantes del siglo XX para encontrar palabras al respecto. Así, Sylvia Plath, Blanca Varela, Diane di Prima, Joyce Mansour, Forough Farrojzad, Anne Sexton o Pita Amor, entre otras, ya habían encerrado entre sus versos reflexiones radicalmente distintas entre sí sobre el cuerpo de la madre, el desgarro del aborto, la sangre estéril, o el vacío y el vaciado tras la pequeña pérdida. Sin embargo, a nuestros ojos de lectoras, se nos hacía casi impensable haber pasado por alto y durante tanto una temática así.

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Cosas que se me ocurren cuando habláis despectivamente de los "escritores millennial"

1/ Decir que un escritor con 20.000 seguidores en la red social de turno tiene que ser forzosamente malo -y que si interesa a la industria editorial es sólo por la cantidad de potenciales clientes que hay entre sus likes- es casi como atreverse a decir que un escritor con una columna semanal en el periódico de turno es irremediablemente malo -porque si interesa a la industria editorial, es sólo por la cantidad de potenciales clientes que hay entre los lectores de tal medio-. En verdad, las dos cosas podrían resultar más que ciertas, con la salvedad de que al primero le acusaremos de estar matando a la literatura y al segundo le coronaremos en la lista de "lo mejor del año".

2/ Caso A: 'Prestigioso Premio Literario' de 'Una Gran Casa Editorial' es entregado a un escritor de culto que ha rebajado su nivel para llegar al público 'mainstream' con una 'novelita' sencilla de amor. Caso B: 'Prestigioso Premio Literario' de 'Otra Gran Casa Editorial' es entregado a una escritora que ya llegaba al público 'mainstream' pero que quiere ganar otro tipo de prestigio con una 'novelita' sencilla de amor. Adivinen contra quién se publicarán los artículos más incendiarios. Adivinen en cuál de los dos casos las reseñas irán acompañadas de alusiones a la vida personal, al físico, al tipo de fotografías que sube a Instagram o al simple hecho de ser, ay, 'millennial'.

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"Tonses, pita, lobo bosque"

"Tonses, pita, lobo bosque". Así es como lo contaba a los tres años. A mis padres les hacía mucha gracia mi versión del cuento. Creo que había hasta una cinta en la que se podía escuchar mi hilito de voz intentando narrar la historia de Caperucita. "Tonses, pita, lobo bosque". Como veis, era entrañable, pero carecía de sentido. Como probablemente carecía de sentido el cuento original en mi cabeza cuando mi madre me lo contaba completo, por la noche, en la penumbra de una habitación infantil iluminada solamente por la bombilla del pasillo. Tal vez de toda aquella historia me gustara el nombre de "Caperucita". Los nombres en diminutivo me encantaban porque hacían al personaje más cercano: si a mí, que era minúscula, me llamaban "Lunita", aquella niña de la caperuza roja también podría ser mi amiga. Pero lo mejor del cuento no era su protagonista, ni la tensión de encontrarse a un lobo entre los árboles –¡si el lobo hablaba no podía ser tan malo!–, ni que después de tantos rodeos la historia pudiera tener un final feliz. Lo mejor era el clímax de los ojos grandes, de las orejas grandes, de la nariz grande, de los dientes tan grandes, ¡abuelita, abuelita!, y de aquel "para comerte mejor", que cuando al ser pronunciado por la boca de mi mamá solía ir seguido de un bocadito suave en mis mofletes, además de unas cosquillas. Claro que eso era lo mejor.

"Tonses, pita, lobo bosque".

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'Una marabunta que escribe': retrato del estallido del #MeToo mexicano

Más de 80 escritoras se reunieron el pasado martes 26 de marzo en Ciudad de México para convertirse en "La Marabunta". Concretamente, en una marabunta que escribe y que quiere acabar con la violencia física, el abuso de poder, el maltrato psicológico y el acoso sexual que vertebra la escena literaria mexicana. La quedada fue la consecuencia urgente de dos jornadas intensas en redes sociales provocadas por la creación del hashtag #MeTooEscritoresMexicanos, mediante el cual centenares de mujeres pertenecientes al ámbito del la cultura empezaron a airear no sólo sus propias experiencias de abuso, sino también, y casi por primera vez, los nombres y apellidos de las personas que las habían violentado. Además de los reportes en perfiles personales, la creación de la cuenta @MeTooEscritores alentó a cada vez más mujeres a realizar sus denuncias. En menos de 24 horas y tras la explosión en Twitter, los presuntos abusadores ascendieron a 134 —entre editores, periodistas, escritores— y las interacciones con la cuenta o con el hashtag superaban los 7 millones según El País.

Si de cara al público la iniciativa resultó viral —48 horas después se sumarían también las acciones #MeTooPeriodistasMexicanos, #MeTooMúsicosMexicanos, #MeTooCineastasMexicanos, y un largo etcétera— de manera interna la participación se volvió prácticamente inmanejable. Como advertía la novelista Brenda Lozano en Twitter, los mensajes y las denuncias no paraban de colapsar el correo electrónico que se había facilitado desde @MeTooEscritores, y lo que al principio iba a ser una reunión entre unas pocas mujeres del ámbito editorial del DF, acabó por generar un foro de debate de casi un centenar de autoras, comunicadoras o editoras. Era la hora, de acuerdo con la periodista Lydia Cacho, de tomar toda esa fuerza y canalizarla para organizarse. Para que la rabia no se perdiera en un hashtag. Para que las que no tienen acceso a redes sociales puedan igualmente participar del grito. Para que entre todas pudieran ser, al fin, "la marabunta", tal y como se reclama en el emotivo manifiesto difundido el miércoles 27 de marzo y que reproducimos al final de este texto. 

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#MeTooEscritoresMexicanos

El escritor macho no es único en su especie, pero del resto de machos le diferencian tres cosas: su tendencia a definir tu aspecto físico con metáforas alambicadas, su capacidad para entender mejor que tú la literatura y el mundo en su esencia, y a veces, solo a veces, su manía de disculpar el comportamiento de algunos Escritores Machos Alfa, véase Ted Hughes o Antonio Machado, o véase Pablo Neruda o J. D. Salinger, porque la persona y la obra cómo van a ser lo mismo, ¡revanchistas!, ¡joder!

El escritor macho es, por lo tanto, un animal fiel a los suyos. Un animal de compadreo, que solo busca el conflicto cuando sospecha que otro escritor macho le puede quitar un premio, o que otro escritor macho le ha arrebatado la atención del editor macho al que los dos veneran. Que en la vida no se puede tener todo lo sabe el escritor macho.

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Amnesia colectiva

Solo quiero enseñaros el fragmento de un poema.

Pero antes debería poneros en contexto.

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Para enterrar al escritor macho (III)

Tienen 25 y 27 años y la prensa de su país los considera "los escritores que han dinamitado la literatura francesa". Son narradores. Escriben juntos. Llevan ropa muy moderna y los filtros de su Instagram son tan totales que hasta a mí se me escapan. ¿Cómo hacen esas fotos para que su vida parezca un constante after humoso?, llegué a pensar cuando espié lo que muestran de sus vidas en las redes tras conocerles. Hasta sus nombres son molones. Él, Simon. Ella, Capucine. Comparten el apellido, Johannin, con el que él firmó su primera novela, merecedora del Prix de la Vocation en 2017 y con el que ahora traen juntos Nino dans la nuit, un texto que vio la luz en enero y cuyo videoclip (porque sí, han hecho hasta un videoclip a lo Gaspar Noé para presentar la novela) cuenta con unas 30.000 visualizaciones en YouTube.

Reconozco que me he puesto algo quisquillosa en la presentación de estas biografías. Si lo he hecho no es porque quiera arremeter contra los escritores, sino más bien para demostrar lo fácil que nos resulta a los periodistas culturales caer la condescendencia cuando nos dejamos llevar. Si aprender sobre Simon y Capucine puede elevar los índices de mal humor a cualquiera que no esté dispuesto a dejar que alguien más joven le venga a reinterpretar el mundo, escribir sobre ellos podría resultar aún más incómodo. Porque para poder hacerlo habrá que leer su novela. Y porque al leer su novela uno se da cuenta de que lo que tiene entre las manos no es el enésimo producto hípster revestido de "frescura millennial", sino uno de los textos más desgarradores que podemos leer ahora sobre lo que significa crecer en la Francia convulsa de Emmanuel Macron. Es cierto que la dosis de drogas y música que aderezan la ficción tienen algo de excesivo. Pero todavía es más cierto que el retrato de la juventud precaria, del racismo estructural de la sociedad francesa y de la violencia machista que los Johannin firman en Nino dans la nuit es la demostración de la necesidad que tenemos de hablar. De denunciar. Y de hacerlo sin romantizar nuestra situación, pero sí mostrando nuestro evidente y poderoso enfado.

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Lo verdaderamente escandaloso de Balthus

En aquel entonces Balthus era un espejo. Encontrar sus obras en aquel libro de El erotismo en el arte que yo miraba cada vez que mis padres salían a hacer la compra o incluso que llegué a guardar debajo de la cama para inspeccionarlo cuando según ellos yo debía llevar largo rato durmiendo era, sin duda, uno de los pasatiempos más excitantes que conocí de niña. Allí había obras de muchísimos artistas que me parecían unos cerdos. Había fotografías en las que las mujeres abrían las piernas con una elasticidad a mi juicio improbable, o pinturas donde los penes eran más grandes que las cabezas de sus portadores. ¿Para qué dibujaban los adultos todas esas cosas? ¿Qué sentido tenían? ¿Y por qué me ponían tan nerviosa?

Balthus, sin embargo, era ese espejo. Las niñas de esas imágenes —recuerdo una en un diván, con un batín probablemente rosa, y otra en una silla con las bragas al aire, e incluso esa con el chichi delgado a la que una profesora le reñía y le daba tirones— representaban cómo me sentía yo al ver el resto de obras del libro. E incluso cómo me sentía yo cuando a veces en la televisión pasaban escenas de amor. Y también cómo me sentía yo cuando estaba sola, en mi cuarto, en esa misma cama bajo cuyo colchón escondí El erotismo en el arte, y de pronto se me ocurría menear milimétricamente mis caderas contra la almohada hasta sentir aquello que entonces no sabía cómo se llamaba pero que ya era hermoso y prohibido, como un cuadro de Balthus.

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Para enterrar al escritor macho (II)

Un amigo ha escrito un libro (del que no hablaré más porque ya lo hice en otra columna) sobre el ocaso de las masculinidades y la necesidad de revisarse los privilegios cuando uno es hombre, blanco, cis y hetero. O incluso sobre la necesidad de revisarse los privilegios, en general, cuando uno los tiene, porque yo que no soy hombre, blanco, cis y hetero, pero soy mujer, blanca, cis y hetero, he tardado en aprender que si se me ha concedido este espacio tengo que aprovecharlo muy bien para denunciar cosas importantes, o para dar a conocer otras, o incluso que debo cederlo, porque qué diablos nos cuesta apartarnos un poquito y dejar hablar al otro.

Perdón, me he ido por las ramas.

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