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Román Rodríguez Curbelo

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Magnolia: mujer entre la calle, la violencia y la esperanza 

El Parlamento de Canarias está a menos de doscientos metros de Miraflores, un callejón estrecho de Santa Cruz de Tenerife donde todo el mundo sabe que cada día aguardan noticias de la vida un puñado de prostitutas sentadas al fresco. En la capital tinerfeña abundan pisos privados donde cientos de mujeres soportan a puteros día a día. Más arriba, en las medianías de la isla, cerca de La Esperanza y a menos de un kilómetro del centro penitenciario Tenerife II, luce también sin descanso el amarillo chillón de la fachada de El Hotelito, afamado prostíbulo, antaño residencia de ancianos. 

Pisos, calles, clubes: nunca paran. Magnolia (nombre ficticio) padeció los dos primeros espacios. Hermana mayor de sus hermanos, entonces bajo unas condiciones económicas complicadas, le correspondió ayudarlos. Con ese deseo emigró a Tenerife a comienzos de siglo, tras una infancia muy dura en la que padeció “cosas que marcan la vida de una mujer, difíciles de superar”. Ahora es rubia, viste de negro, labios de rojo. 

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Tenerife II: la cárcel de todos, las penas de pocos

Desde los edificios de entrada del centro penitenciario de Santa Cruz de Tenerife II se ve el mar. Aparcamientos amarillos, techos rojos, bancos blancos, setos enormes, una fuente, una señal de taxi. A la cárcel la rodean las dos lenguas del barranco de Marreros. Una pasarela transparente salva una de ellas y une el centro de módulos con la entrada. El día en que lo iban a soltar, un preso se paró un momento a medio puente, soltó las bolsas negras de basura repletas con sus pertenencias y, sin prisas, señaló el fondo de la cárcel y soltó: “Espera, quiero respirar este aire. Este aire ya es distinto al de ahí detrás”.

La prisión parece tan acogedora que cuando la construían a finales de la década de los ochenta hubo turistas interesados en comprar lo que creían que eran viviendas de una urbanización con aires de aldea, de jardines boscosos y amplios espacios. Visualmente no aplasta. Tiene muchos lugares abiertos y mucho cielo. Uno puede contemplar las montañas del entorno y una franja de océano, y casi invita a caminar pese al rigor de los inviernos y a los vientos del verano.

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