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Sabrina Duque

Periodista, cronista y traductora. Después de trabajar durante años cubriendo desde ventas de empresas telefónicas hasta golpes de estado, ahora cuenta historias sobre personas. Vivió cuatro años en Lisboa, Portugal, donde escribió –entre otras crónicas y perfiles– sobre el inventor de la lobotomía, la educación de una futura estrella del fútbol, meseros cascarrabias y un director de sonido que oye demasiado. También vivió en Brasil, donde publicó textos sobre dibujos animados feministas y ensayos sobre abuelas en bikini. Sus historias han sido traducidas al portugués, italiano e inglés.  En la actualidad vive en Managua, Nicaragua.

Ha colaborado con El Estado Mental (España), Gatopardo (Ecuador), Mundo Diners (Ecuador), Folha de São Paulo (Brasil), O Estado de São Paulo (Brasil), Internazionale (Italia), en el portal storybench.org (EE.UU.) y en Etiqueta Negra (Perú).

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John, Paul, George y Ringo

Que alguien me los explique. No las veinte veces que estuvieron en el primer lugar del Billboard o por qué son los músicos que más álbumes han vendido -más que Elvis, más que Michael Jackson. Tampoco las más de 2.500 adaptaciones de 'Yesterday', el tema más versionado de la historia. O las razones por las cuales 'She loves you' fue el single más vendido en Inglaterra entre 1963 y 1977 -¡14 años!- hasta ser destronado por otra canción, de -¡qué coincidencia!- Paul McCartney, ya en 'Wings'. Que alguien me explique por qué no me los puedo sacar de la cabeza, ni de los oídos, desde que tengo uso de razón.

The Beatles han sido la banda sonora de mi vida, tanto que no puedo decir cuándo fue la primera vez que los escuché: siempre han estado ahí. Y si en la infancia no pasé de los primeros álbumes, en la adolescencia los escuché todos con obsesión. Y en tantos años aún no me explico por qué son inolvidables, por qué no puedo dejar de escucharlos, por qué compré discos compactos si ya tenía los casetes. O por qué siempre vuelven a mi lista de reproducción (ya que dejamos de usar casetes y discos compactos).

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En Bollywood no todo es bailar y cantar

Colores. Confeti. Canciones pegajosas. Coreografías contagiosas. Chicos de mirada intensa. Chicas en saris perfectos. Bodas fastuosas. Con elefantes. Cuando pensamos en el cine de la India, tendemos a pensar en Bollywood, pero la industria del cine en ese país de más de 1,35 miles de millones de habitantes, el país donde la gente va más al cine, no solo habla hindi, que es la lengua en la que se filma en Mumbai. Bollywood, por cierto, es una combinación entre Bombay –como antes se conocía a Mumbai– y Hollywood.

¿Recuerdan la primera película india que vieron? Yo sí. Y no fue una de Bollywood, aunque estaba filmada en hindi. Fue Kama Sutra, de Mira Nair. Recuerdo que había un elefante, parte de una escena violenta y triste: la ejecución del amante de la protagonista. El final triste, la humillación de Tara y la liberación de Maya –humillada la primera en lo sexual, liberada la segunda por sus conocimientos sobre seducción– dejaron en mí una impresión de un cine que cuestionaba el papel de las mujeres en una sociedad de reyes y cortesanos, pero con ecos que llegaban hasta el presente. La primera vez que vi una de Bollywood –no recuerdo cuál–, no podía emparentarla con el filme de Mira Nair.

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Una taza de té, por favor

Imagino que para los chinos que toman té, 茶, el mundo se divide en dos grupos. Por un lado, los que pronuncian 茶 como té, igual que en el dialecto Min, del sur de China. Esos son los alemanes, los ingleses, los franceses, los hispanos, los finlandeses, los letones, los tamiles y los holandeses. Así se pronuncia en danés, hebreo, húngaro, indonesio, italiano, armenio...

Por el otro, los que pronuncian 茶 como cha, igual que en mandarín. Y esos son los portugueses, japoneses, persas, hindúes, rusos, tibetanos, griegos, vietnamitas, coreanos. Y un puñado de lenguas más: albanés, árabe, checo, croata, rumano, swahili, turco, tailandés…

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La enfermedad invisible (para el enfermo)

El cuerpo nos da señales cuando estamos enfermos. Nos duele la cabeza. Nos duele la barriga. Sentimos debilidad. Nos miramos al espejo y notamos la palidez. Gritamos y lloramos si nos quebramos un hueso. El cuerpo nos avisa para buscar medicina, ayuda, descanso.

Pero a veces no pasa. Hay quienes están enfermos y no lo notan. Su cerebro bloquea las señales de alerta: no importa el pelo que se cae a puñados, la balanza con números tan bajos. O tan inestables. O tan 'perfectos' de acuerdo a unas reglas que alguien inventó y que muchísimas creímos. O tan 'imperfectos' de acuerdo a nuestras cabezas. No se le cree al propio clóset y se ignoran aquellos pantalones de toda la vida que ya no nos quedan bien. Un día se nos caen. Un día después aprietan. Parecen ajenos. Lo único que se siente, lo único que el cerebro nos deja sentir, es arrepentimiento y culpa por cada cosa que nos llevamos a la boca.

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Señores, su día

Cada 8 de marzo, no falla, escucho a algún señor quejarse de que se celebra el Día de la Mujer, pero que no hay un mísero día dedicado al Hombre. ¡Injusticia!

A esos señores les tengo dos noticias. La buena es que sí, que existe el Día del Hombre (desde hace más de veinte años). La mala es que no, no es un día para exigir que las cosas sigan como en el glorioso pasado de algunos nostálgicos, donde "las mujeres sabían cuál era su lugar" (y con ello se referían a la cocina, no a la gerencia), la literatura sólo era universal cuando estaba escrita por un hombre y los asuntos serios -conferencias, academias de ciencias- eran tratadas sólo por ellos.

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La fragilidad de las bibliotecas

El señor Nikola Koljevic amaba a Shakespeare y lo citaba de memoria, en inglés. Era profesor de Poesía y Crítica de la Universidad de Sarajevo. Sus alumnos lo adoraban. Había visitado cientos de veces la Biblioteca Nacional de Sarajevo, amaba sus libros. Pero en 1992, convertido en el segundo al mando del ultranacionalista Radovan Karadzic, ordenó destruirla.

De la sangrienta guerra de los Balcanes nos quedan relatos sobre masacres e incredulidad. En medio del horror sufrido, quizás una biblioteca en llamas no deba doler tanto. Pero desde que escuché esta historia, su incongruencia se quedó conmigo. Me dijeron que era porque el edificio, levantado durante el Imperio Austrohúngaro y terminado en 1894, tenía trazos árabes y orientales. No es una historia traumática como el relato de las masacres, pero cada vez que alguien lo vuelve a contar, vuelvo a quedar confundida. ¿Cómo un hombre que amaba los libros ordena destruir una biblioteca? ¿Porque se 'veía' impura? ¿Porque recordaba que Sarajevo era una ciudad donde convivían bosnios musulmanes y croatas católicos? Sea como sea, entre el 24 y el 25 de agosto de 1992, las milicias serbias dispararon proyectiles sobre la biblioteca, cuyas ruinas ardieron durante tres días.

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Veinte segundos para no morir

El jabón tiene una índole curiosa. Sus moléculas son antagonistas aparentes: unas le huyen al agua y se pegotean a la grasa. A las otras les gusta el agua más que a un pato. Esa naturaleza compleja hace que una sola cosa disuelva la grasa y luego la escurra de la piel, tejido o metal en la que está pegada. Fácil. ¿Fácil?

Los seres humanos sabían hacer jabón por lo menos 2.800 años a.C. Un cilindro babilónico de arcilla traía la receta básica: hervir grasas con cenizas. El cuento no venía completo, porque el cilindro no explicaba para qué usaban aquello. Pero se sabe.

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El deseo de ser puente

¿Ya los empujó la ola Hallyu? ¿Ya se quedaron con una canción de K–Pop en la cabeza? ¿Ya llegó la revolución de la cultura pop coreana a sus vidas? 

Había visto esa marejada desde lejos, en algunos artículos de prensa sobre las bandas de chicos coreanos que enloquecen a las chicas occidentales. Como yo fui una niña en los ochenta, me los imaginé como a los New Kids on the Block o como a los Backstreet Boys de los noventa. Chicos cuyas fotografías empapelaban cuartos, sus discos invadían habitaciones y sus canciones eran entonadas por sus fanáticas aun sin saber el significado. Lo que yo no sabía es que ahí se gestaba una revolución cultural: un ejército de estudiantes de coreanos dispuestos a llevar la cultura popular de aquel país a cada rincón posible. 

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Roald y la fábrica de chocolate

Un señor británico, de familia noruega, que fue petrolero, piloto de guerra, escritor y guionista nació un día como hoy y vinculó para siempre las palabras infancia, chocolate y magia.

En Francia, en 1995, quisieron homenajear a este señor, llamado Roald Dahl, declarando Día Mundial del Chocolate la fecha de su cumpleaños. Dahl construyó en su imaginación una fábrica de chocolate mítica: ese reino de maravillas que le pertenecía a Willy Wonka en Charlie y la Fábrica de Chocolates. Dahl es el creador de un niño llamado Charlie Bucket, muy cariñoso y bien portado, que se gana uno de los cinco boletos dorados para visitar la fábrica de Wonka, que lleva muchísimos años cerrada al público.

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El día O

Leí que un tal Arimateo Dantas, concejal en una pequeña ciudad de Brasil, había declarado que la falta de orgasmos femeninos en el estado de Piauí era un problema de salud pública. Y para eso, hace diez años, se había inventado el Día del Orgasmo Femenino. La alcaldía lo había aprobado y en Esperantina -una ciudad de 38.000 habitantes- cada año se celebraba la fecha, que luego se volvió mundial. En otro lugar encontré una historia un poco más elaborada: se decía que Dantas había logrado aprobar una ley que dictaba que los hombres debían hacer que sus mujeres tuvieran orgasmos. En el texto no atinaban a entender cómo hacían cumplir la tal ley: ¿los asuntos de alcoba se debatirían en los tribunales? ¿cuál sería la pena para los maridos demandados?

Ambas historias concluían que esa era la razón por la cual el 8 de Agosto se celebra el Día Mundial del Orgasmo Femenino. Pensé en el tal Arimateo Dantas, ¿era un prócer feminista? ¿Una leyenda oculta? ¿Un personaje de cuento? Y, me pregunté, ¿por qué ese hombre no es una celebridad en Brasil? Así que busqué en los diarios brasileños la historia del concejal Dantas y descubrí tres cosas interesantes, además de que su nombre no es Arimateo, sino José Arimatéia Dantas Lacerda. Primera: la fecha propuesta por Dantas Lacerda es el 9 de mayo. Segunda: su proyecto fue vetado por el alcalde del pueblo, así que las celebraciones que ocurrieron hace diez años fueron informales. Tercera: Dantas Lacerda perdió la reelección. Votaron por él 73 personas, el 0,31 % de los votos válidos.

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