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Sabrina Duque

Periodista, cronista y traductora. Después de trabajar durante años cubriendo desde ventas de empresas telefónicas hasta golpes de estado, ahora cuenta historias sobre personas. Vivió cuatro años en Lisboa, Portugal, donde escribió –entre otras crónicas y perfiles– sobre el inventor de la lobotomía, la educación de una futura estrella del fútbol, meseros cascarrabias y un director de sonido que oye demasiado. También vivió en Brasil, donde publicó textos sobre dibujos animados feministas y ensayos sobre abuelas en bikini. Sus historias han sido traducidas al portugués, italiano e inglés.  En la actualidad vive en Managua, Nicaragua.

Ha colaborado con El Estado Mental (España), Gatopardo (Ecuador), Mundo Diners (Ecuador), Folha de São Paulo (Brasil), O Estado de São Paulo (Brasil), Internazionale (Italia), en el portal storybench.org (EE.UU.) y en Etiqueta Negra (Perú).

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Cooperar

Eran dieciséis. El 14 de marzo de 1761, dieciséis tejedores y aprendices firmaron una carta donde prometían trabajar juntos. Querían comprar juntos los hilos, a un mejor precio, y decidir cuál sería el mejor valor -ni muy alto ni muy bajo- para vender las telas. 

Esos dieciséis escoceses de un pueblo llamado Fenwick se inventaron las cooperativas antes de que se llamasen así. Se bautizaron la Sociedad de Tejedores de Fenwick e hicieron un fondo común para adquirir material de trabajo que todos usarían, compraron víveres al por mayor y con el tiempo empezaron a mejorar su comunidad. Los tejedores fundaron una biblioteca y en 1812 ayudaron, junto a otras dos organizaciones, a financiar la construcción de una escuela. 

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¡El menú (sostenible), por favor!

Para combatir al cambio climático, casi todos tenemos una lista de hábitos a cambiar. Cambiar la bañera por la ducha. Ir a todo lado con nuestra botella de agua -y no comprar más plástico. Llevar bolsas de tela al mercado. Clasificar la basura del hogar en papel, plástico, metal, vidrio y orgánicos. Nuestra lista es común y sensata. Pero en mi lista, hasta hoy, no había estado pensar en lo que pido cuando voy a un restaurante.

Nunca me puse a pensar que esas cerezas que pedí para el postre habían llegado en avión. O que aquel bacalao estaba a cientos de kilómetros del lugar donde lo pescaron. Tampoco me cuestioné comerme un mango en otoño o que en Portugal debí preferir las bananas de Madeira por sobre las que llegaban de Ecuador. Me tomó demasiados años descubrir que lo que comemos -y cuándo lo comemos- puede afectar al medioambiente. Ahora, a mi lista para combatir el cambio climático le sumé estas preguntas: ¿Está en temporada? ¿A cuántos kilómetros de casa fue cosechado? ¿Viene de un invernadero? ¿Lo cultivó un campesino o una gran industria?

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La tentación llegó en barco: 31 de mayo Día Mundial sin Tabaco

La tentación llegó en barco. Como el chocolate, las patatas, el maní y el tomate, el tabaco desembarcó en Europa desde América después de cruzar el océano Atlántico.

Los pueblos de Centroamérica y Sudamérica fueron los primeros en inhalar polvos de tabaco -la hoja secada, molida y aromatizada. Era un ritual de sanación y de comunicación con los espíritus. Pedro Alvares Cabral, descubridor de Brasil, reportó en 1500 que los indígenas trataban los accesos y las fístulas con la planta. Durante el segundo viaje de Colón a las Antillas, fray Ramón Pané describió la ceremonia para curar a los enfermos con polvo de tabaco. Hasta hoy, en la amazonia brasileña, el rapé se usa para ceremonias religiosas. El tabaco llegó a  España en el siglo XV, cuando Felipe II encomendó que trajeran semillas de tabaco para cultivarlas cerca de casa.

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Un día iluminado

Sin luz no hay nada. Sin luz no hay vida. Sin luz no ocurren las reacciones químicas que hacen que las plantas hagan fotosíntesis, que nuestros ojos vean y que nuestra piel absorba la vitamina D. Cuando la luz da un giro brusco de dirección, aparece el arcoíris. Cuando algo se interpone en su camino, aparece la sombra. Cuando encuentra un espejo, la luz rebota y parece duplicarse. Cuando se abre una pesada y oscura cortina, la luz inunda la habitación. Bajo un cielo saturado de nubes, a veces un rayo de luz encuentra camino e ilumina un pedazo de césped, un árbol, una escuela. El relato del libro del Génesis es poético: después de los cielos y la tierra y las tinieblas y las aguas, el siguiente elemento creado es la luz. "Hágase la luz; y la luz se hizo. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas".

Ningún humano ha viajado a la velocidad de la luz (299 792 458 metros por segundo, en el vacío), pero multitudes de científicos se han dedicado a estudiarla. Desde que Al Haytham publicó siete volúmenes sobre la luz, los colores y la visión, en 1015, hasta hoy la ciencia no ha dejado de estudiarla para intentar entenderla. ¿Qué es? ¿Cómo viaja? ¿Es onda o partícula? Con los siglos, las respuestas se fueron encontrando y la luz se convirtió en objeto de estudio en los laboratorios. De ahí salieron fuentes alternativas de energía –como los paneles solares– y también el internet que viaja a velocidad de la luz (mi proveedor de internet aún no llega a ese nivel, espero que pronto).

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Una improvisación sobre el jazz

Nadie sabe cuándo fue la primera vez. En qué momento del siglo XIX aquellos esclavos africanos comenzaron a improvisar cantos mientras cosechaban algodón en las haciendas de Luisiana. Cuando África y Estados Unidos parieron un hijo que sólo tuvo nombre propio a inicios del siglo XX y se volvió universal.

A veces parece que el jazz es como una fuente de la eterna juventud. Toma un ritmo cansado, hazlo beber de ella, y saldrá joven, diferente. Tomen a la samba, hija de África en Brasil. Era una chica de barrio, la estrella de su cuadra, hasta que llegó el jazz, se juntaron, y nació la bossa nova. La samba clásica no murió, pero una parte de ella se mudó de las favelas a los barrios de clase media de Río de Janeiro en los sesenta y, convertida en bossa nova conquistó Nueva York. Conquistó París. Hoy es casi imposible subir a un ascensor en Hamburgo, Santiago o Hong Kong y no escuchar Garota de Ipanema. Una música típica -la samba- bañada por el jazz- se convirtió en una epidemia mundial.

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Bésame mucho

Una columna de fieles espera su turno en el santuario de Loreto para saludar al papa Francisco. Quieren besarle el anillo. Él se retuerce, recula, quita la mano. No deja que se lo besen. El video apareció en redes sociales. Asomaron las críticas. Vino la aclaración: a Francisco no le gusta que le besen el anillo "por higiene". Muchas bocas, muchos gérmenes, concentrándose en un solo anillo. Miren que tiene razón: los besos son una forma de transmitir nuestras bacterias al otro. Lo sabemos. Pero nos encanta andar por la vida intercambiando bacterias, ¿cierto?

Hay besos de respeto, como aquello de besar el anillo del Papa. Hay besos que son rituales de despedida: aquel beso en la mejilla para decir adiós. Hay besos que curan todas las heridas, siempre y cuando uno tenga menos de siete años. Hay besos que dan la suerte: eso lo aprendimos en las escenas de casino de las películas, cuando un personaje besa los dados antes de lanzarlos. Música de suspenso. Hay besos que cuestan la vida, según aprendimos con Mario Puzo: si un mafioso te besa, empieza a organizar tu funeral. Hay besos que te etiquetan de por vida: Judas, traidor por un beso. Jacob, ladrón de herencias ajenas, por otro beso. Hay besos. ¡Ay, besos!

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La felicidad, un juguete más o menos nuevo

Si viviéramos en tiempos de Tales de Mileto, felicidad sería “tener un cuerpo sano, fortuna y un alma bien educada”. Si fuéramos contemporáneos de Platón, le escucharíamos decir que la felicidad está relacionada con la virtud, no con el placer. Y a Hegugesias, negar la posibilidad de ser felices, porque los placeres son efímeros.

En el Diccionario de filosofía de Nicola Abbagnano, un fragmento recoge la mirada de los antiguos griegos sobre la felicidad. Hay algo de azar, algo de destino, algo de virtud, algo de estética, algo de fortuna. Buenos, guapos y ricos -ellos, nada más que ellos- serían felices. Ser malo, feo o pobre sería una cadena perpetua a la infelicidad. O aquel escogido por los dioses, el azar o quién sabe qué, se daría de bruces con la felicidad (y agradecería que en suerte no le tocó vivir una tragedia). Esa visión duró siglos. 

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Científicas

Marie Curie había ganado su primer Nobel −el de Física, en 1903− y era profesora en la Sorbona. Así que en 1911 presentó su candidatura a la Academia de las Ciencias en Francia. Los señores de la Academia dijeron que no. Que no entraba. Por judía. Por 'viuda alegre'. No bastaba haber recibido un Nobel ni dar clases en la universidad más famosa de la ciudad. No podía entrar. La razón no era el haberse enamorado de un hombre separado. Ni por ser polaca. Ni por ser judía. Su pecado era de género. Pasaron 68 años para que la Academia de las Ciencias en Francia dejase entrar a una mujer. Fue en 1979.

Albert Einstein, en cambio, le escribió una carta aquel mismo año de 1911 para decirle que admiraba su intelecto y su honestidad y para contarle cuán honrado se sentía por haberla conocido. Y para recomendarle que no le diera importancia a la "chusma": los periódicos se habían ensañado contra ella, llamándola polaca destructora de hogares. Marie Curie siguió investigando física y química y criando sola a sus dos hijas. En aquel mismo año, 1911, se ganó su segundo Nobel, el de Química.

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Lengua materna, aunque no sea la de mamá

Hoy, 21 de febrero, es el Día Internacional de la Lengua Materna. Según la UNESCO, en el planeta se hablan alrededor de 6000 lenguas y hay más de 2500 en peligro de extinción. Cada vez que muere el último hablante de una lengua, se acaba una cultura, sus recuerdos, sus formas de entender el mundo y de relatarlo.

Cada vez que pienso en lenguas que desaparecen, siento que mi problema doméstico no es tan grave. La lengua materna de mi hijo —quien tiene seis años— no es la lengua de su madre.

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El zombi es un ser multiusos

Un zombi es un cadáver viviente, algo que alguna vez fue humano pero que ahora no se conmueve, no razona, no vive y no tiene más identidad que la de su horda. Un zombi es una metáfora de los miedos. Sus historias nos remiten a escenarios post apocalípticos -¿calentamiento global, guerra nuclear?-, nos aterran con enemigos que aparecen de la nada, nos hablan de pérdida de identidad, del riesgo de que algún experimento salga mal y nos estremecen al pensar que el virus zombi puede expandirse como cualquier otro virus de nuestro tiempo. 

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