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Sabrina Duque

Periodista, cronista y traductora. Después de trabajar durante años cubriendo desde ventas de empresas telefónicas hasta golpes de estado, ahora cuenta historias sobre personas. Vivió cuatro años en Lisboa, Portugal, donde escribió –entre otras crónicas y perfiles– sobre el inventor de la lobotomía, la educación de una futura estrella del fútbol, meseros cascarrabias y un director de sonido que oye demasiado. También vivió en Brasil, donde publicó textos sobre dibujos animados feministas y ensayos sobre abuelas en bikini. Sus historias han sido traducidas al portugués, italiano e inglés.  En la actualidad vive en Managua, Nicaragua.

Ha colaborado con El Estado Mental (España), Gatopardo (Ecuador), Mundo Diners (Ecuador), Folha de São Paulo (Brasil), O Estado de São Paulo (Brasil), Internazionale (Italia), en el portal storybench.org (EE.UU.) y en Etiqueta Negra (Perú).

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Bésame mucho

Una columna de fieles espera su turno en el santuario de Loreto para saludar al papa Francisco. Quieren besarle el anillo. Él se retuerce, recula, quita la mano. No deja que se lo besen. El video apareció en redes sociales. Asomaron las críticas. Vino la aclaración: a Francisco no le gusta que le besen el anillo "por higiene". Muchas bocas, muchos gérmenes, concentrándose en un solo anillo. Miren que tiene razón: los besos son una forma de transmitir nuestras bacterias al otro. Lo sabemos. Pero nos encanta andar por la vida intercambiando bacterias, ¿cierto?

Hay besos de respeto, como aquello de besar el anillo del Papa. Hay besos que son rituales de despedida: aquel beso en la mejilla para decir adiós. Hay besos que curan todas las heridas, siempre y cuando uno tenga menos de siete años. Hay besos que dan la suerte: eso lo aprendimos en las escenas de casino de las películas, cuando un personaje besa los dados antes de lanzarlos. Música de suspenso. Hay besos que cuestan la vida, según aprendimos con Mario Puzo: si un mafioso te besa, empieza a organizar tu funeral. Hay besos que te etiquetan de por vida: Judas, traidor por un beso. Jacob, ladrón de herencias ajenas, por otro beso. Hay besos. ¡Ay, besos!

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La felicidad, un juguete más o menos nuevo

Si viviéramos en tiempos de Tales de Mileto, felicidad sería “tener un cuerpo sano, fortuna y un alma bien educada”. Si fuéramos contemporáneos de Platón, le escucharíamos decir que la felicidad está relacionada con la virtud, no con el placer. Y a Hegugesias, negar la posibilidad de ser felices, porque los placeres son efímeros.

En el Diccionario de filosofía de Nicola Abbagnano, un fragmento recoge la mirada de los antiguos griegos sobre la felicidad. Hay algo de azar, algo de destino, algo de virtud, algo de estética, algo de fortuna. Buenos, guapos y ricos -ellos, nada más que ellos- serían felices. Ser malo, feo o pobre sería una cadena perpetua a la infelicidad. O aquel escogido por los dioses, el azar o quién sabe qué, se daría de bruces con la felicidad (y agradecería que en suerte no le tocó vivir una tragedia). Esa visión duró siglos. 

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Científicas

Marie Curie había ganado su primer Nobel −el de Física, en 1903− y era profesora en la Sorbona. Así que en 1911 presentó su candidatura a la Academia de las Ciencias en Francia. Los señores de la Academia dijeron que no. Que no entraba. Por judía. Por 'viuda alegre'. No bastaba haber recibido un Nobel ni dar clases en la universidad más famosa de la ciudad. No podía entrar. La razón no era el haberse enamorado de un hombre separado. Ni por ser polaca. Ni por ser judía. Su pecado era de género. Pasaron 68 años para que la Academia de las Ciencias en Francia dejase entrar a una mujer. Fue en 1979.

Albert Einstein, en cambio, le escribió una carta aquel mismo año de 1911 para decirle que admiraba su intelecto y su honestidad y para contarle cuán honrado se sentía por haberla conocido. Y para recomendarle que no le diera importancia a la "chusma": los periódicos se habían ensañado contra ella, llamándola polaca destructora de hogares. Marie Curie siguió investigando física y química y criando sola a sus dos hijas. En aquel mismo año, 1911, se ganó su segundo Nobel, el de Química.

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Lengua materna, aunque no sea la de mamá

Hoy, 21 de febrero, es el Día Internacional de la Lengua Materna. Según la UNESCO, en el planeta se hablan alrededor de 6000 lenguas y hay más de 2500 en peligro de extinción. Cada vez que muere el último hablante de una lengua, se acaba una cultura, sus recuerdos, sus formas de entender el mundo y de relatarlo.

Cada vez que pienso en lenguas que desaparecen, siento que mi problema doméstico no es tan grave. La lengua materna de mi hijo —quien tiene seis años— no es la lengua de su madre.

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El zombi es un ser multiusos

Un zombi es un cadáver viviente, algo que alguna vez fue humano pero que ahora no se conmueve, no razona, no vive y no tiene más identidad que la de su horda. Un zombi es una metáfora de los miedos. Sus historias nos remiten a escenarios post apocalípticos -¿calentamiento global, guerra nuclear?-, nos aterran con enemigos que aparecen de la nada, nos hablan de pérdida de identidad, del riesgo de que algún experimento salga mal y nos estremecen al pensar que el virus zombi puede expandirse como cualquier otro virus de nuestro tiempo. 

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De pseudociencia y otras tristezas

Lloren. Es el día más triste del año. 

No. No es cierto. No hay forma de comprobarlo. Pero hoy, tercer lunes de enero, hay quienes se creerán esa historia porque la verán publicada por varias cuentas en redes sociales y leerán y compartirán palabras de ánimo para enfrentar el Blue Monday. 

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El alfabeto en la yema de los dedos

El Ensayo de la Ceguera de José Saramago me golpeó como una historia de horror. Con los años, le encontré otras capas y otros sentidos, pero a los 18 años sólo sentía angustia. Tuve pesadillas en las que despertaba en un mundo de nubes, rodeada de algodones, incapaz de ver algo que no fuese blanco.

Pasé varios días en desasosiego, pensando qué cosas extrañaría si de pronto algo me cegaba. Ganaron los libros. Extrañaría la mirada sobre las páginas, las horas sumergida en historias con el poder de alegrarme o angustiarme. Extrañaría la belleza de la palabra leída.

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Pequeñas batallas ganadas a la corrupción

Un año después de su última aparición en la lista FORBES de los diez hombres más ricos de Brasil, Marcelo Odebrecht -presidente de la mayor constructora de América Latina- aparecía en las noticias por su arresto. Fue en junio de 2015 y Brasil miraba, boquiabierto, cómo varios de los hombres más ricos del país, antes intocables, eran escoltados por policías.

Iban a la cárcel.

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Un señor muy rico quiere cambiarnos el retrete

Hace un año, vi que en las redes sociales aparecían bromas con imágenes de inodoros. Es más fácil reírse de la imagen de un retrete y despotricar sobre días que nos parecen inútiles -¿9 de octubre día del huevo?, ¿23 de mayo día de la toalla?, ¿14 de marzo día del número Pi?-  que hacer una búsqueda y enterarnos que el 80% de las aguas residuales del planeta vuelven al medio ambiente sin ser tratadas. Cuando construimos una casa o remodelamos el baño, escogemos un inodoro nuevo por cualidades no excluyentes. Pensamos que debe consumir menos agua -bueno para el planeta y bueno para el bolsillo- pero que tiene que verse bien -no tan grande, no tan pequeño- y que su color debe combinar con las paredes.

No pensamos en el retrete como un artículo que salve vidas. Pero lo es. El acceso sostenible al agua potable y a los servicios básicos de saneamiento -un retrete, una llave de agua para lavarse las manos, un sistema de alcantarillado- evita que a través de las heces se propaguen enfermedades mortales. El cólera, por ejemplo, que puede matar a un adulto en pocas horas. El año pasado, entre tanto meme, no recuerdo que nadie haya explicado que unos 1800 millones de personas -algo así como todos los habitantes de China sumados a todos los de Estados Unidos- beben agua no potable, que podría estar contaminada por heces.

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La memoria de un gol

Teófilo Cubillas desembarcó en Oporto con una pregunta: ¿Alguien me regala las imágenes de mis goles? El futbolista peruano quizás tenía nostalgia, quizás tenía curiosidad: quería observar lo que había sido. Lo que habían sido sus compañeros. Pero no. Nada. No había nada para él.

Era marzo de 2012 y Cubillas, un futbolista peruano que en los años setenta se había convertido un ídolo en esa ciudad portuguesa, llegaba para un homenaje que le hacía el Porto F.C. a su antiguo goleador. Pero también estaba en busca de una memoria. De la oportunidad de mirar con distancia al ídolo que fue.

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